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Aguasturbias

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Para quienes huyen de la justicia, las deudas o la persecución, Aguasturbias es ciudad de nuevos comienzos. Para alguno de ellos, sin embargo, el pasado es algo difícil de escapar.

Historia

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Aguasturbias cuenta con una floreciente industria alrededor de la caza de monstruos marinos.Cada día, las flotas levan anclas al anochecer en pos de tan poderosas bestias.Cuando tienen éxito regresan a los muelles del matadero para convertir los restos de los monstruos en carne, huesos y duro pellejo.

Arquitectura

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A Aguasturbias le faltan recursos naturales para la construcción, lo que obliga a sus habitantes a reusar todo lo que pueden. Es normal ver restos de barcos de lugares tan lejanos como Jonia, Demacia y el mismo Fréljord como parte de su arquitectura

Tallado de Tahm Kench

La imagen del viejo Tahm Kench marca los antros de avaricia en todo Aguasturbias. Símbolo de codicia y libertad extrovertida, el rostro del Rey del Río no solo aparece en forma de grafiti, sino que también sirve de guía para los que buscan saciar apetitos indecentes.

Invocadores de Serpientes

Ya sea debido a la magia o a su diseño arquitectónico ancestral, los invocadores de serpientes usan estos pilares huecos para imitar los gritos y chillidos de los horrores que habitan el fondo marino, para traerlos a la superficie o asustarlos.

Lugares

Puente del Carnicero

Este puente de piedra fue alguna vez el camino hacia la entrada de un templo, pero ahora el Puente del Carnicero es una peligrosa conexión entre los muelles del matadero y las barriadas de Aguasturbias.

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La bodega

Ubicada al final de un muelle, rodeada de aguas infestadas de tiburones y peces navaja, y por la peligrosa pandilla de los Ganchos Dentados, la bodega de Gangplank está llena de tesoros y botines provenientes de todo el mundo Tras la destrucción del Masacre, las bodegas repletas de tesoros de Gangplank fueron saqueadas y quienes seguían al temible pirata abandonaron su lealtad.

Cobertizos del matadero

Tras una exitosa caza de monstruos marinos, las flotas asesinas regresan a los muelles del matadero para rebajar a las criaturas a carne, huesos y pieles acorazadas dentro de estos enormes cobertizos. Un lucrativo mercado de glándulas, órganos y secreciones sacadas de las serpientes prospera en Aguasturbias.

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Gun’dola

Estas plataformas elevadas transportan bienes y carne, huesos y grasa de monstruo marino faenado por todas las islas sobre viejos rieles. Algunas de las góndolas tienen instalados cañones, una astuta inspiración para el nombre de este lugar.

Cementerio

Los cementerios constan de muchísimas boyas que flotan en la superficie y que están amarradas a los cadáveres en el fondo marino. La gente rica es enterrada en costosos ataúdes debajo de espectaculares lápidas que se mecen en el agua, mientras que los pobres por lo general son amarrados en masa a viejas anclas debajo de barriles anegados.

Fauna

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Varios monstruos de toda Runaterra se envían a través del mercado negro, una amplia formación y vendidos como productos de vida para el entretenimiento, uso industrial o simplemente como subordinados leales. El comercio ilegal es especialmente frecuente en un refugio de piratas como Pantoque. Como es la principal fuente de comercio en el mercado negro, los que pagan más Krakens, sin duda, obtendrán mejores monstruos que los que pagan menos. Ejemplos de estas bestias mercenarias son los Lomoférreos, Los Ockléopedos, Los cangrejos Saqueadores y las Aletafilada.

Lomoférreos

Tanques de Asedio
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Ocklépodos

Utilidad de soporte

Cangrejos Saqueadores

Hostigacampeones

Ratas de muelle (Aletafiladas)

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Una terrorífica mezcla entre tiburón y rata, estas criaturas son más grandes que los perros y son conocidas por

acechar a borrachos y pescadores solitarios en las noches más oscuras. Generalmente viajan en manada y pueden arrancarle con facilidad la pierna a un hombre de una sola mordida.

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Las ratas crecen y se hacen más monstruosas conforme avanzan en edad. Una rata de los muelles adulta es un Aletafilada.

Son, en partes iguales, desprecio, agilidad y colmillos afilados, parientes más cercanas de las cobras de mar que de las ratas.

Nadie ha sobrevivido lo suficiente para ver la parte inferior de una rata de muelle, pueden nadar como un tiburón y escabullirse como rata, por lo que no hay lugar seguro.

Les gustan las porogalletas, solo que ellas lo entienden como poros hechos galletas.

Los estibadores duermen en camastros elevados para evitar ser comidos por las ratas de muelle mientras duermen.

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Son enemigas naturales de los leones de cloaca.

Tienen pinchos venenosos en sus colas… aunque la mayoría de la gente no sobrevive lo bastante para verlas.

Antes eran usadas para mantener los muelles limpios de basura ya que se comen lo que sea.

Aguas infestadas de tiburones

El mar alrededor de los muelles del matadero por lo general se oscurece con la sangre de los monstruos marinos asesinados. El cebo atrae a tiburones y otros depredadores hacia los distintos puertos, lo que da paso a espumarajos violentos.

Monstruos marinos

Los enormes monstruos marinos son una constante amenaza en los mares que rodean a Aguasturbias y, con el paso de los siglos, se creó una industria de mercado a partir de la caza y faena de estas. Se desconoce el motivo por el cual estas bestias se acercan a las islas, pero su impacto es innegable.

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La Gran Barbuda [Nagakabouros]

También conocida como la Serpiente Madre por las culturas indígenas alrededor de la ciudad, la Gran Barbuda es el la deidad suprema de Aguasturbias. Sus mitos ancestrales cuentan sobre marineros descuidados que olvidan dejar el diezmo tradicional en el Pozo de la Serpiente al navegar su barco hacia los puertos de Aguasturbias.

Economía

Moneda

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Cada día comerciantes, mercaderes y corsarios de toda Runaterra llevan bienes y riquezas al próspero puerto. Solo un tonto rechazaría el oro, sin importar el rostro del dignatario extranjero que aparezca en la moneda. Aguasturbias sin embargo acuña su propio dinero, Serpientes de Plata y Krakens de Oro.

Botín de guerra

Cuando el barco de Gangplank regresa al puerto, cargado con el tesoro de su última victoria o atraco en alta mar, primero pasa por los muelles del matadero para dejar sus nuevas riquezas en la bodega del capitán.

Naves y Flotas

El Masacre

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Una enorme bestia de tres mástiles, el buque insignia de Gangplank es una de las naves más infames de toda Runaterra. Heredada tras su despiadado parricidio, el Masacre es un buen recordatorio del temible poder del capitán y la manifestación física de este.

Estandartes de Ganchos Dentados

Una de las pandillas más antiguas y feroces de Aguasturbias, los Ganchos Dentados le juran su lealtad a Gangplank. Su nombre proviene de las armas curvas y retorcidas que usan para cazar monstruos marinos.

El Barquero

En Aguasturbias, los muertos no se sepultan, se devuelven al océano. El barquero se lleva los cuerpos de los muertos a los distintos cementerios dispersos por los canales que rodean a la ciudad.

Flota asesina

Hay flotas que salen del puerto todos los días al anochecer para cazar monstruos marinos. Siendo rivales que se identifican con símbolos y tradiciones únicas, muchas de las flotas luchan constantemente entre sí para establecer su dominio.

Armas

Cañón de mano

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Al ser relativamente baratas, estas armas reparadas son populares entre la gran gama de pandillas de los muelles, bandoleros comunes y corsarios jóvenes.

Daga de rollo carmesí

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Alguien estaba dispuesto a pagar una considerable suma por esta modesta daga del tesoro de Gangplank. Tanto su origen como su uso son desconocidos.

De que otra riña por un botín de los más buscados se está llevando a cabo.

Gangplank

El Azote de los Mares

Impredecible y brutal, el destronado rey de los saqueadores a quien todo el mundo conoce como Gangplank es temido a lo largo y ancho del mundo. Doquier que dirija sus negras velas, muerte y ruina habrán de acompañarlo, pues tal es su mala reputación que la mera visión de su insignia en el horizonte pone a temblar hasta al marino más curtido.

Gangplank hizo fortuna abusando de las rutas comerciales de los Doce Mares, y así se ganó muchos enemigos poderosos. En Jonia, provocó la ira de la mortífera Orden de la Sombra tras saquear el Templo del Cuchillo Dentado y hasta se dice que el mismísimo gran general de Noxus juró ver a Gangplank hecho pedazos, luego de que este le robara el Leviatán, el buque de guerra personal de Swain y el orgullo de la flota noxiana.

Aunque Gangplank ha provocado la ira de muchos, nadie ha podido llevarlo ante la justicia, a pesar de los asesinos, cazarrecompensas y flotas enteras que han mandado tras él. Ver la creciente cantidad de recompensas que ofrecen por su cabeza le produce un despiadado placer y se asegura de pegar los avisos en el tablón de los más buscados de Aguasturbias, para que todos los vean siempre que regresa al puerto con su barco lleno de tesoros.
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En épocas más recientes, Gangplank fue derrotado por obra de la cazarrecompensas llamada Miss Fortune. Destruyó su barco con todo Aguasturbias como testigo, mató a su tripulación y destrozó su aura de invencibilidad. Viéndolo vulnerable, las pandillas de Aguasturbias se alzaron contra él, peleando entre ellas por el dominio de la ciudad portuaria.

A pesar de quedar horriblemente herido en la explosión, Gangplank logró sobrevivir. Portando una serie de cicatrices nuevas y con un nuevo brazo metálico en lugar del amputado, está más que determinado a recuperar sus fuerzas, reclamar lo que considera por derecho suyo y castigar sin compasión a todo aquel que se vuelva en su contra.

Noxianos

El enorme capitán de guerra noxiano se estremeció y dejó caer su hacha cuando Gangplank lo apuñaló profundamente en las entrañas con su sable. La sangre salía a borbotones de la tatuada boca del guerrero mientras recitaba una maldición nunca antes oída.

Gangplank sacó su sable con desdén y empujó al moribundo hombre a la cubierta. Su pesada armadura hizo un estruendo cuando colapsó. Su sangre se mezclaba con el agua que caía sobre la cubierta frontal de la galera de guerra. El casco pintado de negro del barco de Gangplank se cernía sobre la otra nave, hasta quedar unidas con ganchos y cuerdas de abordaje.

Gangplank apretaba con fuerza sus dientes negros y dorados, aguantando el dolor. El noxiano estuvo a punto de derrotarlo. Aun así, se rehusó a demostrar debilidad frente a su tripulación y sonrió con mucho esfuerzo.
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El viento y la lluvia chocaban contra su cuerpo, y giró para echarle un vistazo al resto de los noxianos. Había declarado un duelo mortal contra el capitán enemigo, y ahora que había ganado, su espíritu de lucha se habían esfumado.

—Este barco me pertenece —rugió Gangplank, tan fuerte que se escuchó incluso en medio de la fuerte ventisca—. ¿Hay alguien que tenga algo que decir al respecto?

Uno de los noxianos, un enorme guerrero con tatuajes en el rostro y vestido con una armadura con pinchos, miró furiosamente a Gangplank:

—Somos hijos de Noxus —vociferó—. ¡Cualquiera de nosotros moriría con orgullo antes de dejar que alguien de tu calaña se apodere de nuestro barco!

Gangplank frunció el ceño y luego encogió los hombros.

—Muy bien —dijo y se dio la media vuelta.

Gangplank mostró a su tripulación una cruel sonrisa. 

—Mátenlos a todos —rugió—. ¡Y préndanle fuego a su barco!

“Yo ya degollaba gente y hundía galeras de guerra noxianas cuando tú todavía mojabas los bombachos, marinerito. No querrás enfrentarte a mí”.

Miss Fortune

La Cazarrecompensas

Belleza y peligro: son muy pocos los que pueden igualar a Miss Fortune en tales atributos. Es una de las cazarrecompensas más infames de Aguasturbias, que creó su leyenda sobre un reguero de cadáveres acribillados y holgazanes capturados. El eco atronador de sus pistolas gemelas rebota en los hediondos atracaderos y las míseras casuchas de la ciudad portuaria, como señal inequívoca de que otra riña por un botín de los más buscados se está llevando a
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Al igual que la mayoría de los que alcanzan la fama en el retorcido laberinto incrustado de sal de Aguasturbias, Miss Fortune tiene las manos empapadas de sangre. Pero no siempre fue así, ya que alguna vez fue conocida como Sarah, la amada hija de una famosa pistolera que vivía pacíficamente en su solitario taller en una isla. La joven Sarah ayudaba a su madre en la forja: limando seguros, calibrando gatillos o fundiendo pistolas personalizadas. La habilidad de su madre en la creación de armas de fuego era legendaria y sus pistolas, hechas a la medida, se encontraban en las colecciones de muchos nobles ricos. Pero, con frecuencia, las codiciaban gente despiadada y de corazón oscuro.

Una de esas personas era un saqueador de Aguasturbias de recientes y exitosas correrías llamado Gangplank. Arrogante y seguro de su poder, le exigió a la madre de Sarah que le hiciera un par de pistolas que fueran únicas en todo el mundo. Así, un trato renuente fue pactado y exactamente un año después Gangplank volvió por sus armas. Llevaba puesto un pañuelo rojo sobre la cara y no tenía intenciones de pagar por lo que había pedido. Planeaba llevarse las armas por la fuerza.

Las pistolas que la madre de Sarah había creado eran realmente una obra de arte: cañones de mano gemelos, de gran belleza y letalidad precisa. Demasiado buenas para alguien como aquel hombre sin escrúpulos, declaró la madre de Sarah al ver al bruto corsario en el que se había convertido Gangplank. Furioso, Gangplank se apoderó de las armas y le disparó con su propia creación, antes de apuntarlas contra el esposo y la mismísima Sarah. Luego, lleno de resentimiento, le prendió fuego al taller y arrojó ambas pistolas al suelo, declarando que si eran demasiado buenas para alguien como él, entonces nadie podría tenerlas.

Sarah despertó en el centro de una escena atroz: su rubio cabello manchado con sangre y un par de balas alojadas en ambos costados del corazón de su madre. Se arrastró por las ruinas en llamas de su hogar, con los restos de las pistolas aferrados a su pecho sangrante. Su cuerpo sanó, pero parte de su mente quedó para siempre atrapada en el taller de su madre consumido por el fuego y no hubo jabón suficiente que pudiera quitarle el vívido rojo de su cabello; o al menos eso cuenta la historia. Interminables pesadillas comenzaron a atormentarla a partir de entonces, pero Sarah aprendió a sobrellevarlas con una consumidora obsesión de venganza. Reparó las pistolas de su madre y averiguó lo más que pudo acerca del saqueador del pañuelo rojo mientras iba ascendiendo al poder, preparándose para el día en el que estuviera lista para asesinarlo.

Tras embarcarse a Aguasturbias, Sarah mató a su primera víctima, a minutos de pisar las torcidas tablas del muelle: un pirata borracho con un galón de Oscuro de Myron en la panza y un precio por su cabeza. Sarah le disparó en medio de su estupor y arrastró el cadáver hasta la pizarra de los más buscados, de la que arrancó una docena de carteles más.

En una semana, había cobrado cada uno de esos botines, y los criminales con la mala fortuna de haberse atravesado en el camino de Sarah estaban muertos o tras las rejas. Se ganó rápidamente una temible reputación en las tabernas y clubes de apuestas de Aguasturbias. Se convirtió así en Miss Fortune, la Mala Fortuna, para inspirar miedo en sus víctimas y ocultar sus verdaderas intenciones cobrando fama con extravagantes hazañas. Gangplank jamás la reconocería; sería solo otra cazarrecompensas más en las transitadas calles de Aguasturbias.

Con el paso de los años, las historias sobre Miss Fortune se propagaron por todos lados y cada una era más impresionante que la anterior. Capturó el Sirena de un capitán que descubrió de la peor manera lo que significa meter la mano donde no se debe, ahogó al jefe de los Corsarios Cuchillo de Seda en uno de sus propios barriles de ron y sacó al Destripador Demente de su guarida, el estómago de un leviatán descuartizado, los muelles del matadero.

Gangplank todavía era demasiado poderoso como para enfrentarlo de manera abierta, así que Miss Fortune pasó los años entre la astucia y la intriga, rodeándose de un pequeño pero leal grupo de aliados y amantes que al final usaría para despojarse de sus demonios. Pero matar a Gangplank nunca sería suficiente para Miss Fortune. Solo humillarlo por completo y reducir a cenizas todo lo que le fuera querido podría satisfacer a la cazarrecompensas de cabello rojo como la sangre.

Y ese día por fin llegó.

Miss Fortune lo arriesgó todo para ejecutar su primera maniobra contra Gangplank. Tras hilar tramas complicadas sobre otras, el Masacre terminó hecho pedazos y envuelto en llamas junto al muelle, con el autoproclamado Rey de Aguasturbias finalmente destronado. Y lo mejor fue que toda Aguasturbias lo vio caer.

Ahora, con Gangplank derrocado, los capitanes saqueadores y jefes pandilleros de la ciudad portuaria compiten por ocupar su lugar.

La batalla por Aguasturbias ha comenzado.

El Muelle Blanco

El Muelle Blanco de Aguasturbias debe su nombre a la capa de excremento de pájaro que lo cubre de extremo a extremo, algo de esperarse de un lugar a donde van a parar los muertos. La gente de aquí no enterraba a los cadáveres; los regresaban al mar. Un cementerio de muertos sumergidos cuyas tumbas colgaban suspendidas en las frías profundidades, marcadas por cientos de boyas. Algunas eran meros carteles con nombres; otras, elaborados marcadores de tumbas tallados con el fin de recrear krakens o mozas voluptuosas.

Miss Fortune se sentó sobre un cajón vacío de Ron el Rapto al fondo del muelle, con las piernas cruzadas y un nocivo cigarro colgando de su labio inferior. En una mano, sostenía un respirador conectado a un ataúd a medio sumergir que flotaba a poca profundidad en el agua. En la otra, sujetaba una cuerda deshilachada que pasaba por un oxidado bloque de poleas y terminaba atada a la tapa del ataúd. Sus dos pistolas estaban enfundadas y a corto alcance.

La luz de la luna reflejaba un leve brillo a través de la niebla que llegaba del mar, tiñendo la sucia superficie del agua de un color amarillo tabaco. Gavias carroñeras graznaban alineadas sobre cada uno de los pandos tejados que rodeaban el muelle, lo que siempre indicaba un buen augurio, pues aquellas aves reconocían mejor que nadie los indicios de una buena pesca.

—Ya era hora —murmuró, cuando un hombre con la cabeza afeitada y una casaca de escamas de dragón apareció en el estrecho callejón repleto de escombros. Un grupo de ratas de muelle de dientes afilados lo seguía, con la esperanza de que estuviera ebrio, se desmallara y verlo convertirse en presa fácil para ellas. Su nombre era Jakmunt Zyglos, uno de los Hermanos Pintados. Cualquier corsario de hueso salado tenía tatuajes, pero cada centímetro de Zyglos estaba cubierto de serpientes con garras, nombres de amantes y registros de cada barco que hundió y hombre que mató. Su piel era una confesión tan válida como cualquier otra que ella hubiera visto.

Avanzó con determinación por el muelle, pero sus ojos que se movían cautelosos de lado a lado delataron su falsa seguridad. Su mano aferró el sable largo, con filo hecho de dientes de tiburón, que le colgaba de la cintura. Él también poseía un arma de fuego, una llamativa carabina con tubos cristalinos a lo largo del cañón.

—¿Dónde está? —exigió Zyglos.— Dijiste que lo traerías.

—¿Es esa una maldita carabina hex de Piltóver? —preguntó ella, ignorando la pregunta de él.

—¡Contéstame, maldita sea!

—Tú primero —dijo Miss Fortune, tirando un poco de cuerda de la polea y hundiendo un poco más el ataúd—. Después de todo, no sé cuánto más va a durar este respiradero y no querrás que tu hermano se quede sin aire, ¿o sí?

Zyglos tomó una bocanada de aire y vio Miss Fortune cómo se relajaba.

—Sí, maldita sea, es de Piltóver —dijo mientras desenfundaba el arma y se la extendía por el seguro del gatillo.

—Es de las caras —dijo Miss Fortune.

—Tú eres la experta —dijo él con desprecio.

Ella soltó aún más cuerda. Salieron burbujas de aire del ataúd, ahora completamente sumergido. Zyglos levantó las manos, con el arrepentimiento volcándosele de los ojos.

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo! —suplicó—. Es tuya. Sácalo de ahí. Por favor.

—¿Vendrás en calma?

Zyglos dejó salir una carcajada fatalista.

—¿Qué alternativa tengo? —preguntó—. Hundiste mis barcos y mataste a todos mis hombres. Mandaste a mi gente a la miseria o a los galeotes, ¿y para qué? ¿Por una maldita pistola hex robada? ¿Por un botín?

—¿Por ambas cosas y un poco más?

—Entonces, ¿cuánto valgo para ti, perra?

—¿Cuánto? Quinientas serpientes de plata.

—¿Todo este alboroto por unas míseras quinientas serpientes?

—El dinero no es lo que te terminará matando. Es el hecho de que eres uno de los hombres leales a Gangplank —dijo Miss Fortune—. Por esote quiero muerto.

—¿Muerto? ¡Espera, la recompensa dice vivo!

—Sí, pero nunca fui buena para seguir instrucciones —dijo Miss Fortune antes de soltar la cuerda y el respiradero. El ataúd se sumergió en la oscuridad de los muertos de las profundidades dejando por todo vestigio un montón de agitadas burbujas. Zyglos gritó el nombre de su hermano y corrió en dirección a ella, desenfundando su afilada espada. Ella dejó que se acercara lo suficiente antes de sacar sus pistolas y dispararle con ambos barriles, uno al ojo y otro al corazón.

Miss Fortune escupió el cigarro al mar y sopló el humo de cada cañón.

—Defensa personal —dijo con una sonrisa, practicando la mentira que le diría a los comisarios de recompensas—. El muy idiota se me vino encima con una espada llena de dientes. No tuve otra opción.

Miss Fortune se agachó para recoger la carabina hex caída. Giró el arma en sus manos. Demasiado liviana para su gusto, pero muy bien hecha y absurdamente letal. El fantasma de una sonrisa apareció por un segundo en su rostro al recordar el calor del viejo taller, el aroma a aceite de pistola y la sensación de la mano de su madre en su hombro. Miss Fortune suspiró y sacudió el recuerdo de su cabeza antes de que se volviera amargo. Lanzó la pistola al agua, dejando que se hundiera entre los muertos. El mar exigía su tributo después de todo, y además no había mentido: el arma valía una pequeña fortuna.

Se quedó de pie y luego caminó de regreso a Aguasturbias. Sabía que tenía que lanzar el cuerpo de Zyglos al agua, pero las ratas del muelle y las gavias carroñeras también necesitaban comer, ¿o no?

Y la carne fresca era un lujo poco común en el Muelle Blanco.

“Mayor el riesgo, mayor la recompensa”.

Nunca has tenido amigos como estos dos

Cuando eran jóvenes, Twisted Fate El Robacarteras y Graves El Robavidas se dedicaban a hacer de las suyas en las calles de Aguasturbias y de todo el mundo. Hasta que Twisted Fate dejara a Graves pudriéndose en la cárcel.

Twisted Fate

El Robacarteras

Twisted Fate es un afamado experto en juegos de cartas y estafador. Ha apostado y usado su encanto en gran parte del mundo conocido, lo que le ha ganado el odio y la admiración de ricos y tontos por igual. Rara vez se toma las cosas en serio, despierta cada día con una burlesca sonrisa y un descuidado aire de fanfarrón. Por donde se vea, Twisted Fate siempretiene un as bajo la manga.

Nacido en el pueblo nómade del río Serpentino, el muchacho aprendió la magia de las cartas a muy temprana edad y pronto entendió lo que significaba no agradarle a nadie. Tolerados por los exóticos bienes que producían, pero aislados por sus extrañas costumbres, su gente no era muy bien recibida donde fuera que llevasen sus coloridas barcas de río. Los ancianos decían que así era el mundo, pero el hecho de que se rehusaran a luchar contra ese prejuicio era algo que siempre irritó la sensibilidad del joven muchacho.

Unos hombres que habían perdido su fortuna apostando en los puestos de la gente del río regresaron poco después en medio de la noche para cobrar venganza, con garrotes en las manos e incentivados por un destilado barato. Echaron a la gente del río de vuelta a sus barcos a punta de golpes e insultos, y al final apuntaron sus armas contra la familia del muchacho. Él no lo aguantó más y luchó. Expulsó a los hombres apaleándolos ágilmente con sus propios garrotes.

Orgulloso de lo que había hecho, el muchacho quedó estupefacto cuando su gente le dio la espalda. La represalia iba en contra del código del río y había solo un castigo para ello: el exilio. Todo su mundo se vino abajo. El muchacho vio cómo las barcas de su gente zarparon sin él dejándolo sin nada, solo en el mundo por primera vez en su vida.

Llegó a la adultez pasando de pueblo en pueblo, entrando a los clubes de apuestas de cada ciudad a la que llegaba, donde utilizaba su sobrenatural habilidad con las cartas para ganar dinero y sobrevivir. El hecho de que era capaz de quitarle dinero a los presuntuosos, arrogantes y crueles era para él un valor agregado. Aunque tenía cuidado y dejaba que sus oponentes ganaran algunas manos, pronto aprendió otras formas de luchar cuando algún oponente disgustado intentaba recuperar la fortuna que había perdido.

Al otro lado de una de las mesas, conoció a un tal Malcolm Graves y, al reconocer a un espíritu afín, unió fuerzas con él. Ambos pasaron años armándose una reputación de mala fama por todo Valoran. Con cada estafa, engaño y asalto, el empedernido apostador buscó nuevas y más peligrosas maneras de dominar las cartas.

Su búsqueda terminó de la peor forma cuando un asalto les salió mal, lo que resultó en la captura de Graves. El rivereño, por otro lado, quedó libre por azares del retorcido destino. Las verdaderas circunstancias de lo ocurrido aquella noche y su terrible desenlace fue siempre un misterio, pues el tahúr nunca habla de ello. Buscando volver a empezar, le devolvió su nombre a las aguas para adoptar otro: Twisted Fate, el de la suerte retorcida.

Desde entonces, Twisted Fate ha continuado jugando con la suerte en clubes de bajo y alto nivel, en cada ciudad que visita, donde gana innumerables fortunas a su paso, aunque nadie sabe qué hace con sus ganancias (además de comprar finas vestimentas) ni por qué se esmera tanto en acumular tanta riqueza. Lo han encarcelado con bombo y platillo en varias ocasiones, pero ninguna prisión de Runaterra ha podido atraparlo por mucho tiempo. Twisted Fate nunca está en su celda a la mañana siguiente, y lo único que deja es un naipe como burla y señal de que alguna vez estuvo ahí.

En Aguasturbias, Twisted Fate y Graves por fin pudieron ajustar cuentas. Tras una destructiva batalla y luego de burlar a la muerte por muy poco a manos de Gangplank, el dúo por fin dejó de lado las diferencias y volvió a trabajar en conjunto.

Casi imposible de rastrear, se dice que Twisted Fate se esfuma en el aire cada vez que un enemigo cree tenerlo acorralado. Una habilidad bastante útil para un hombre que ha despajado de su oro a miles de personas...

El Maestro de las Cartas

Toda la gente del Gloriosa Fortuna tenía los ojos puestos en Twisted Fate. Sintió cómo todos los clientes del salón de apuestas lo observaban con una mezcla de envidia, emoción y anticipación maliciosa para que perdiera todo en su última jugada.

Más allá de la avaricia propia de ese tipo de lugares, Twisted Fate sintió un propósito particular en ese sitio, como una soga atada al cuello. Las cartas se retorcían nerviosas, advirtiéndolo del peligro. Sabía que debía retirarse y salir de ahí antes de caer en las manos de quien fuera que estuviera tras él, pero la oportunidad de arruinar al hombre que tenía al otro lado de la mesa era demasiado atractiva como para dejarla pasar.

Le sonrío a su oponente, un avaro mercante que amasó su fortuna con el sudor y la sangre de las azotadas espaldas de los mineros esclavos. Las vestimentas del hombre aquel eran costosas: pieles del Fréljord, cuero artesanal y amuletos marinos de Aguasturbias. En cada dedo tenía un anillo de oro que costaba más de lo que cualquier hombre pudiera ganar en toda una vida. Un humo aromático salía de las pipas, que cubría la fortuna compuesta de dinero, joyas y escrituras que yacía entre ellos, como el acopio de tesoros de un pirata.

Twisted Fate asintió en señal al mercante.—Creo que es su turno, maestro Henmar.

—Conozco las reglas, rata de riachuelo —dijo Henmar, mientras Twisted Fate pasaba sus dedos tatuados en repetitiva espiral por encima de las cartas—. Y no creas que tu sucio juego de manos me va a distraer para que cometa un error.

—¿Distraerlo? —dijo Twisted Fate, demostrando una escueta seguridad con cada gesto. —Declaro que nunca me rebajaría a tan deshonrosas argucias.

—¿No? Entonces, ¿por qué cada tanto miras hacia otro lado? —dijo Henmar—. Escucha con atención, negocio con los mejores y conozco la expresión de un hombre desesperado cuando la veo.

Twisted Fate mostró una pícara sonrisa, cambió las cartas en sus manos y se quitó el sombrero de forma exagerada.

—Es usted astuto, señor. Sin duda —dijo antes de pasear la mirada por la multitud. Era la gente de siempre; hombres y mujeres que esperaban que quien ganara fuera generoso con los que lo rodeaban. Las cartas temblaron cuando los ojos de Twisted Fate se posaron sobre ciertos individuos. Entonces sintió un sabor a leche rancia en la boca. Hacía tiempo que había aprendido a confiar en esa reacción como señal de un inminente alboroto.

Ahí, un hombre con un parche en el ojo y una mujer con cabellos de fuego. Estaban definitivamente armados y conscientes de su naturaleza escurridiza. ¿Los conocía? Probablemente no. ¿Trabajaban para Henmar? ¿Protegían sus riquezas? Poco probable. Alguien como Henmar haría notar que traía acompañantes. Eran cazarrecompensas. Las cartas se agitaban aún más en las manos de Twisted Fate. Las juntó todas y las puso sobre la mesa.

—Tienes el tipo de mirada que me dice que ya sabes que vas a perder —dijo Henmar con el tono de un hombre que cree que todos lo que lo rodean son inferiores a él.

—Entonces, ¿qué tal si hacemos esto aún más interesante, señor? —contestó Twisted Fate, antes de deslizar las cartas como un abanico, al tiempo que observaba cómo los cazarrecompensas se acercaban aún más—. ¿Quiere duplicar la apuesta?

—¿Puedes pagar tanto? —preguntó Henmar con sospecha.

—Definitivamente —dijo Twisted Fate, clavando la mirada en el mercante y sacando un pesado morral de monedas del gran bolsillo de su larga chaqueta—. ¿Y usted?

Henmar se lamió los labios y chasqueó los dedos. Un lacayo detrás del mercante le pasó un morral de monedas similar. El público del Gloriosa Fortuna murmuró en conjunto cuando posó el oro junto al resto que se encontraba en medio de la mesa. Se habían peleado guerras por menos dinero de lo que estaba ahí en juego.

—Tú primero —dijo Henmar.

—Con gusto —dijo Twisted Fate y volteó las cartas al tiempo que los cazarrecompensas se lanzaban al ataque.

El hombre con el parche en el ojo se lazó sobre él con un collar de captura. La mujer gritó su nombre y desenfundó un par de pistolas idénticas.

Twisted Fate pateó la mesa por debajo, lo que lanzó las monedas, cartas y pergaminos por todos lados. Estruendosos balazos dejaron agujeros del tamaño de un puño en la mesa. El collar de captura se cerró, pero cuando se disipó el humo y la gente dejó de gritar, Twisted Fate no estaba en ninguna parte.

Henmar se puso de pie, con el rostro lleno de rabia mientras buscaba a su oponente en vano. Miró los trozos de la mesa dispersos por el suelo y su rostro se puso pálido.

—¿Dónde está el dinero? —gritó—. ¿Dónde está mi dinero?

Habían cinco cartas volteadas en el suelo del Gloriosa Fortuna.

Era una mano ganadora.

“No es una apuesta si no puedes perder...”

Malcolm Graves

El Robavidas

Malcolm Graves es un hombre buscado en todos los reinos, ciudades e imperios que ha visitado. Duro, determinado y, sobre todo, implacable, logró amasar una pequeña fortuna (que luego perdió) gracias a una vida de crimen.

Criado en los muelles sucios de Aguasturbias, Malcolm muy pronto aprendió a pelear y robar, habilidades que le fueron muy útiles en todos estos años. De joven, se escabulló al continente entre las aguas turbias del pantoque de un barco de carga saliente, y robó, mintió y apostó en cada lugar por el que pasó. Pero fue al otro lado de la mesa de un arriesgado juego de cartas en el que Malcolm conoció al hombre que cambiaría su vida: el estafador conocido como Twisted Fate, de suerte tan retorcida como su nombre. Ambos reconocieron en el otro la imprudente pasión por el peligro y la aventura, y así nació una colaboración poco menos que disfuncional que duraría casi una década.

La combinación de las habilidades únicas de Graves y Twisted Fate construyó una eficaz alianza que acumulaba números nunca vistos de asaltos. Robaron y estafaron a ricos y necios a cambio de dinero, fama y la mera emoción de salirse con la suya. La aventura les era tan atractiva como la paga.

En la zona fronteriza de Noxus, enemistaron a dos reconocidas familias, solo para poder llevar a cabo el rescate de un heredero fingidamente secuestrado. Que se quedaran con el dinero para luego ofrecer al vil muchacho al mejor postor, no debió haber sorprendido a quien dejó en sus manos las negociaciones. En Piltóver, son conocidos por ser los únicos ladrones capaces de abrir la supuestamente impenetrable Bóveda Sincronizada. No solo vaciaron la bóveda, sino que además engañaron a los guardias para que la subieran a un barco de carga que ellos mismos habían robado. Solo mucho después de que se perdieran en el horizonte, la gente se enteró del asalto; y encontraron además el naipe insignia de Fate.

Sin embargo, la suerte no les duró para siempre. Durante un asalto que terminó por salirles mal, Twisted Fate aparentemente traicionó y abandonó a su compañero. Atraparon a Graves con vida y lo metieron en la infame prisión conocida como el Armario.

Siguieron años de encierro y tortura, tiempo en el que Graves se dedicó a cultivar su odio hacia su antiguo compañero. Sin duda alguien más débil hubiera sucumbido, pero Malcolm Graves lo soportó todo hasta que logró escapar. Con mucho esfuerzo, recuperó la libertad e inició la búsqueda de Twisted Fate, el hombre cuya traición lo condenó a una década de miseria indescriptible.

Años más tarde, Graves por fin se vio las caras con Twisted Fate. Sin embargo, luego de descubrir la verdad de lo acontecido y de escapar de la muerte a manos de Gangplank al lado de su viejo camarada, Graves dejó atrás su sed de venganza. Más viejos, aunque no más sabios, ambos decidieron continuar su amistad donde la habían dejado, en busca de hacerse ricos con esa combinación muy suya de engaños, asaltos y violencia precisa.

El Forajido

Encerrado en un bar vacío, sangrando de una docena de heridas y rodeado por un ejército que lo quería ver muerto, podría decirse que Malcolm Graves había tenido mejores días. Y peores también, así que aún no era momento para preocuparse. Graves se apoyó en la deteriorada barra y tomó una botella. Suspiró al leer la etiqueta.

—¿Vino demaciano? ¿Es lo mejor que tienes?
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—Es la botella más cara que tengo... —dijo el mesonero, temblando de miedo bajo la barra, sobre un océano resplandeciente de vidrios rotos.

Graves miró a su alrededor y sonrió.

—Creo que más bien es la última botella que te queda.

El hombre estaba sumido en el pánico. Claramente no estaba acostumbrado a estar en medio de un tiroteo como aquel. Esto no era Aguasturbias, en donde riñas letales ocurrían diez veces al día. A Piltóverse la conocía por ser una ciudad más civilizada que el hogar de Graves. Al menos en algunos aspectos.

Arrancó el corcho de la botella con los dientes y lo escupió al suelo para luego echarse un trago. Revolvió el licor en su boca antes de tragárselo, tal como lo hacían los viejos ricachones que alguna vez había visto.

—Sabe a orina —dijo—, pero a bote regalado no se le miran los hoyos, ¿qué no?

Se escuchó un grito a través de las ventanas rotas, lleno de inmerecida confianza y la falsa fanfarronería de quien te supera en número.

—Ríndete, Graves. Somos siete contra uno. Esto no va a acabar bien.

—En eso no te equivocas —gritó Graves en respuesta—. ¡Si quieres salir vivo de esta, será mejor que traigas más hombres!

Tomó otro trago de la botella y la dejó sobre la barra.

—Hora de trabajar —dijo y tomó su inimitable escopeta de la barra.

Graves recargó el arma, colocando nuevas balas en la recámara. La cerró con un letal y satisfactorio sonido, tan fuerte que hasta los hombres de afuera lo escucharon. Los que lo conocían sabían qué significaba aquel ruido.

El forajido se deslizó por la barra y se abrió camino hasta la puerta,trizando los vidrios del suelo con cada paso. Se detuvo para mirar por un vidrio roto. Cuatro hombres se escondían tras una cubierta improvisada: dos en el segundo piso de un elegante taller y otros dos en las sombrías entradas laterales. Todos apuntaban sus mosquetes o ballestas.

—Te seguimos por todo el mundo, hijo de perra —gritó la misma voz—. La recompensa no decía nada acerca de llevarte vivo o muerto. Sal ahora con ese cañón tuyo en alto y no habrá necesidad de derramar sangre.

—Ah, sí voy ahora mismo —dijo Graves—. No te preocupes ni así tantito por eso.

Sacó una serpiente de plata de su bolsillo y la arrojó a la barra, donde el círculo metálico se quedó girando sobre un charco de ron antes de caer de cara hacia arriba. Una mano temblorosa la recogió. Graves sonrió.

—Eso es por la puerta —dijo.—¿Qué puerta? —preguntó el mesonero.

Graves azotó la puerta principal con su bota y la arrancó de las bisagras. Se lanzó a través del marco astillado, se apoyó sobre una de las rodillas y disparó el arma desde la cadera.

—¡Ahora sí, bastardos! —vociferó—. ¡Acabemos con esto!

“Vinimos por su oro, no sus cabezas, así que ni se les ocurra hacerse los héroes“.

Mares de Fuego

Los Muelles del Matadero, El encargo, Un viejo amigo

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Los muelles del matadero de Pueblo Rata, un lugar tan maloliente como su nombre lo sugiere.

Sin embargo aquí estoy, oculto entre las sombras, respirando el hedor a sangre y vísceras abiertas de las serpientes marinas.

Me sumerjo más en la oscuridad, ocultando mi rostro con el ala del sombrero. Miembros de los Ganchos Dentados, armados hasta los dientes, rondan en las cercanías.

Su fama de salvajes los precede; seguro me derrotarían en una pelea justa. Solo que jugar limpio no es lo mío, y no estoy aquí para pelear. No esta vez.

¿Entonces, qué hago aquí, en uno de los rincones más sucios de toda Aguasturbias?

Pues el dinero. ¿Qué más podría ser?

El encargo es una jugada arriesgada, lo sé; pero no podía dejar pasar una recompensa de ese tamaño. Además, me aseguré de que las cartas jueguen a mi favor.

No pienso quedarme por mucho tiempo. Entraré y saldré de aquí, tan raudo y silencioso como me sea posible. Cuando termine, cobraré lo que me corresponde y desapareceré con el sol. Si todo sale bien, estaré de camino a Valoran antes de que se hayan dado cuenta de que la maldita cosa ya no está.

Los matones doblan en la esquina del enorme cobertizo del matadero. Eso me da dos minutos antes de que regresen. Tiempo de sobra.

La luna plateada se oculta tras un manto de nubes al tiempo que el muelle se cubre de sombras. Hay cajas desperdigadas por todo el puerto tras la jornada de hoy. Son perfectas para ocultarse.

Veo guardias apostados en la bodega principal. Sus siluetas vigilantes cargan ballestas. Cuchichean en voz alta, como esposas de pescadores. Ni aun con campanas en la ropa alguno de estos cretinos me hubiera escuchado.

Creen que nadie sería tan tonto como para venir por aquí.

Un cadáver hinchado cuelga por encima, para que todos lo vean. El bulto gira lentamente con la brisa nocturna que recorre la bahía. Es... desagradable. Un gancho enorme, como los que se usan para cazar mantas, mantiene el cuerpo en el aire.

Tras cruzar unas cadenas oxidadas por la humedad de las piedras, llego a un par de imponentes grúas, que llevan a las criaturas marinas gigantes a los cobertizos del matadero para faenarlas. De ahí proviene el olor nauseabundo que impregna cada rincón de este lugar. Tendré que comprar ropa nueva cuando termine con esto.

Al otro lado de la bahía, más allá de las aguas cebadas de los muelles del matadero, un grupo de barcos echa anclas mientras sus linternas se mecen con el vaivén del agua. Una embarcación me llama poderosamente la atención: un gigantesco galeón de guerra, de velas negras. Sé quién es el dueño; todo el mundo en Aguasturbias sabe quién es el dueño.

Me detengo a saborear el momento. Estoy a punto de robarle al hombre más poderoso de la ciudad. Siempre es emocionante mirar a la muerte a los ojos y escupirle en la cara.

Como era de esperarse, la bodega principal está tan cerrada como las piernas de una noble doncella. Hay guardias fijos en todas las entradas, y cerraduras y barrotes en las puertas. Si no se tratara de mí, diría que es imposible penetrar este lugar.

Me escabullo por un callejón al otro extremo de la bodega. No tiene salida ni es tan oscura como hubiera preferido. Si sigo aquí cuando la patrulla regrese, me verán. No hay duda. Y si me capturan, mi última esperanza será una muerte rápida. Lo más probable es que me lleven con él... donde mi fin sería mucho más lento y doloroso.

El truco, como siempre, está en no dejarse atrapar.

Escucho pasos. Los matones volvieron antes de tiempo. Con suerte me quedan un par de segundos. Saco una carta de la manga y la deslizo entre mis dedos sin pensarlo, algo tan natural en mí como respirar. Esta es la parte sencilla; lo que viene a continuación es lo delicado.

Doy rienda suelta a mi mente y la carta comienza a resplandecer. Siento la presión a mi alrededor; la posibilidad de llegar a cualquier lado casi me doblega. Entrecierro los ojos y pienso en el lugar al que debo llegar.

De pronto siento un vuelco en el estómago que me resulta conocido, justo al desplazarme. En un instante, el aire se mueve conmigo y entro a la bodega. Sin dejar rastro.

Me sorprende lo bueno que soy.

Afuera, si uno de los Ganchos Dentados mirara hacia el callejón, vería tan solo una carta cayendo al suelo. Es probable que ni eso.

Orientarme me toma unos instantes. El tenue brillo de las linternas se cuela a través de las grietas de los muros. Mis ojos se ajustan a la luz.

La bodega está repleta hasta el tope de tesoros traídos de los Doce Mares: armaduras resplandecientes, obras de arte exóticas y sedas brillantes. Hay muchos objetos de valor, pero estoy aquí por otra cosa.

Desvío mi atención a las compuertas de carga al frente de la bodega, donde deben tener los últimos embarques. Toco cada paquete y embalaje con los dedos hasta toparme con una cajita de madera. Puedo sentir el poder que emana de su interior; esto es lo que me trajo hasta aquí.

Abro la tapa.

Mi premio está a la vista. Es una daga magnífica, que reposa en una cama de terciopelo negro. Me dispongo a tomarla, cuando…

Ch-chom.

Quedo petrificado. El sonido es inconfundible.

Antes de que pronuncie una sola palabra, sé quién es la persona a mis espaldas.

—Fate —dice Graves, entre penumbras—. Tanto tiempo.

La espera, Reunión, Fuegos artificiales

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Llevo horas aquí. Habrá quienes no puedan quedarse quietos por tanto tiempo. Yo, en cambio, tengo mi ira para hacerme compañía. Y no pienso irme de aquí hasta ajustar cuentas.

Bien pasada la medianoche, la serpiente finalmente aparece en la bodega. Como siempre, de la nada y recurriendo al mismo viejo truco de magia. Preparo mi escopeta, listo para reventarlo de un plomazo. Después de pasarme años enteros buscando a este traidor hijo de perra, aquí lo tengo, frente a mis ojos, a merced del cañón de Destino.

—Fate —digo—. Tanto tiempo.

Había preparado una mejor frase para la ocasión. Curioso que la haya mandado al diablo apenas lo vi frente a mí.

¿Y Fate? Su rostro no decía nada. No había ni miedo ni arrepentimiento. Ni siquiera un dejo de sorpresa, incluso con un arma cargada apuntándole en la cara. Maldito sea.

—Malcolm, ¿cuánto tiempo llevas parado ahí? —me pregunta, con un dejo de sonrisa en su voz que solo logra enfurecerme más.

Apunto. Puedo apretar el gatillo y dejarlo más muerto que una rata en el mar.

Es lo que debería hacer. Pero aún no. Necesito escuchar que lo diga.

—¿Por qué lo hiciste? —le pregunto, sabiendo perfectamente que saldrá con alguna respuesta ingeniosa.

—¿Es necesaria el arma? Pensé que éramos amigos.

Amigos. Este desgraciado se está burlando de mí. Lo único que quiero hacer ahora es arrancarle su petulante cabeza, pero debo mantener la calma.

—Te ves tan elegante como siempre —me dice.

Agacho la cabeza para ver las mordidas de peces navaja en mi ropa; tuve que nadar para evitar a los guardias. Desde que amasó un poco de fortuna, Fate se obsesiona con la apariencia. No puedo esperar a estropearle al atuendo. Pero primero necesito respuestas.

—Dime por qué me dejaste cargando con la culpa, o van a recoger los trozos de tu linda cara de entre las balsas —esta es la forma en que tienes que hablarle a Twisted Fate. Si le das la menor oportunidad, te comenzará a enredar con sus palabras hasta que no sepas dónde ha quedado tu cabeza.

Su escurridiza forma de ser nos fue bastante útil cuando éramos socios.

—Diez condenados años, ¡encerrado! ¿Sabes cómo termina un hombre después de algo así?

No, no lo sabe. Por primera vez, no tiene algo ingenioso que decir. Sabe muy bien que me traicionó.

—Me hicieron cosas que habrían enloquecido a cualquier otro hombre. Solo la ira me mantuvo en pie. E imaginar este momento, justo ahora. Es entonces cuando llega la respuesta ingeniosa:

—Así que… fui yo quien te mantuvo con vida. Quizás deberías darme las gracias.

Esa es la gota que derrama el vaso. Estoy tan furioso que apenas puedo mirarlo. Quiere provocarme. De ese modo, cuando la ira me haya enceguecido, él ya se habrá esfumado. Respiro hondo e ignoro la carnada. Le sorprende que no muerda el anzuelo. Esta vez, no me iré sin una respuesta.

—¿Cuánto te pagaron por entregarme? —rujo.

Fate se queda en su sitio, sonriendo. Está tratando de ganar tiempo.

—Malcolm, me encantaría conversar de esto contigo, pero este no es el momento ni el lugar.

Casi demasiado tarde noté una carta bailando entre sus dedos. Espabilo y presiono el gatillo.

PUM.

Descartada. Por poco y también le vuelo la mano.

—¡Idiota! —me ladra. Por fin hice que perdiera los estribos—. ¡Acabas de despertar a toda la maldita isla! ¿Tienes idea de quién es el dueño de todo esto?

No me importa.

Preparo el segundo disparo. Apenas logro ver sus manos moviéndose cuando sus cartas explotan alrededor mío. Respondo con tiros, sin tener claro si lo quiero muerto o moribundo.

Antes de volver a dar con él entre el humo, mi ira y la lluvia de astillas, alguien abre una puerta de una patada.

Una multitud de matones entra rugiendo para aumentar la dosis de confusión que ya impera en todo el lugar.

—¿Estás realmente seguro de que quieres hacer esto? —me pregunta Fate, listo para lanzarme otro manojo de cartas.

Asiento con la cabeza y me preparo para disparar.

Es tiempo de saldar cuentas.

Comodines, Alarma, Juego de manos

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El asunto se complica. Rápido.

Toda la bodega está plagada de Ganchos Dentados, pero a Malcolm le importa un bledo. Lo único que le interesa soy yo.

Siento venir el siguiente tiro de Graves hacia mí, lo esquivo. El sonido de su arma es ensordecedor. Una caja explota justo en el lugar donde estaba yo medio segundo antes.

Creo que mi socio de antaño intenta matarme.

Doy un salto acrobático sobre una pila de marfil de mamut mientras lanzo un trío de cartas en la dirección de mi perseguidor. Me agacho para esconderme antes de que den en el blanco, listo para encontrar una salida. Solo necesito un par de segundos.

Aunque maldice en voz alta, las cartas apenas logran retrasarlo un instante. El muy bastardo siempre ha sido un hueso duro de roer. Uno bastante obstinado. Nunca ha sabido dejar el pasado atrás.

—No te vas a escapar, Fate —dice con un gruñido—. No esta vez.

No hay duda. Su encanto no ha cambiado un ápice.

Pero se equivoca, como de costumbre. Me iré de aquí tan pronto encuentre una salida. No tiene sentido hablar con él cuando lo único que quiere es desquitarse.

Otro disparo. Una bala rebota en una armadura demaciana invaluable para luego incrustarse en los muros y en el piso. Me muevo de izquierda a derecha, zigzagueando y amagando, corriendo de principio a fin. Graves me persigue bramando sus amenazas y acusaciones, con su escopeta ladrando implacable en sus manos. Para ser un hombre grande, es rápido. Casi lo había olvidado.

Y no es mi único problema. Con todos sus gritos y disparos, el muy idiota desató un avispero de guardias. Los Ganchos Dentados nos tienen acorralados. Son lo suficientemente astutos además para haber dejado a algunos de sus hombres protegiendo la puerta principal.

Necesito salir de aquí, pero no me iré sin lo que vine a buscar.

Arrastro a Graves por toda la bodega hasta llegar a mi punto de partida, un poco antes de que él lo haga. Hay Ganchos entre mi premio y yo, y vienen más en camino. No hay tiempo que perder. La carta en mi mano brilla al rojo vivo. La lanzo justo al centro de las puertas de la bodega. La detonación revienta las bisagras y dispersa a los Ganchos. Me muevo en esa dirección.

Uno de ellos se recupera antes de lo que esperaba e intenta golpearme con un hacha de mano. Me balanceo para esquivar el golpe y le doy una patada en la rodilla mientras lanzo otra baraja de cartas a sus amigos para mantenerlos a raya.

Con el camino ya despejado, me apodero de la daga ornamentada que vine a robar y la engancho en mi cinturón. Después de tantos problemas, que al menos me paguen.

Las compuertas de carga, abiertas de par en par, llaman por mí. Pero hay demasiados Ganchos amontonados. No hay forma de salir, así que decido quedarme en la única esquina silenciosa que resta en esta casa de orates.

Una carta corre entre mis dedos cuando me alisto a cambiar de sitio. Sin embargo, justo cuando empezaba a alejarme, Graves aparece, acechándome como un perro rabioso. La culata de Destino retrocede y reduce a un Gancho Dentado a pedazos.

La mirada de Graves se dirige a la carta que resplandece en mi mano. Sabiendo lo que significa, apunta el cañón humeante de su pistola hacia mí. Me veo obligado a moverme, a interrumpir mi concentración.

—No puedes correr para siempre —dice rugiendo tras de mí.

Hay que admitir que no es un idiota. No me concede el tiempo que necesito.

Me está sacando de foco, y solo pensar en que los Ganchos podrían atraparme, ya me está afectando. Su jefe no tiene fama de misericordioso.

Mi cabeza se llena de pensamientos. Entre ellos distingo la sensación de que alguien me ha tendido una trampa. Me ofrecen un encargo sencillo de la nada, cuando más lo necesito y, sorpresa, me encuentro a mi viejo socio en el lugar del atraco, esperándome. Alguien mucho más listo que Graves ha querido verme la cara.

No puede pasarme a mí esto. Me daría un puñetazo por ser tan descuidado, pero hay todo un muelle lleno de gigantones listos para hacerlo por mí.

En este momento, lo único que importa es largarme de aquí como sea. Dos estallidos de esa condenada escopeta de Malcolm hacen que salga volando. Mi espalda termina chocando contra una polvorienta caja de madera. La saeta de una ballesta se aloja en la madera podrida justo detrás de mí, a centímetros de mi cabeza.

—No hay salida, mi estimado —me grita Graves.

Miro a mi alrededor. El fuego de la explosión está llegando al techo. Puede que tenga razón.

—Nos traicionaron, Graves —le grito.

—Tú debes saber mucho de eso —me responde.

Intento razonar con él.

—Si trabajamos juntos, podemos salir de esta.

Debo estar desesperado.

—Preferiría que los dos muriéramos aquí antes de confiar en ti otra vez —gruñe.

No esperaba menos. Intentar que entre en razón solo aumenta su enojo, que es justo lo que necesito. La distracción me da el tiempo suficiente para salir de la bodega.

Puedo escuchar a Graves adentro, gruñendo. Sin duda fue a revisar el sitio donde estaba, sin encontrar nada más que una carta a modo de provocación.

Lanzo un sinfín de barajas a través de las compuertas de carga detrás de mí. Demasiado tarde para andarme con sutilizas.

Me siento mal por un instante, por dejar a Graves en un edificio en llamas. Pero lo conozco; sé que esto no acabará con él. Es demasiado obstinado como para dejarse matar así. Además, un incendio en el muelle es cosa seria en un pueblo porteño. Todo esto podría darme algo de tiempo.

Mientras busco la forma más rápida de salir de los muelles del matadero, el sonido de una explosión me hace levantar la cabeza.

Es Graves, que aparece a través de un agujero creado por él mismo tras hacer explotar un costado de la bodega. Tiene la mirada de asesino.

Lo saludo con el sombrero y me echo a correr. Me persigue disparando su escopeta.

Tengo que admirar la determinación de este tipo.

Con suerte, no me matará esta noche.

Tallado en hueso, Lección de fuerza, Un mensaje

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Los ojos del joven pilluelo estaban bien abiertos y asustados conforme se iba acercando a los aposentos del capitán.

Fueron los gritos agónicos que venían de la puerta al final del pasadizo los que hicieron que empezará a pensarlo dos veces. Los alaridos que hacían eco a través de las cubiertas claustrofóbicas del enorme buque de guerra negro podían ser escuchados por cualquier miembro de la tripulación a bordo del Masacre. Justo lo que el capitán quería.

El primer oficial, con el rostro poblado de cicatrices, había puesto la mano sobre el hombro del chico para reconfortarlo. Se detuvieron frente a la puerta. El chico se estremeció mientras otro lamento atormentado se escuchaba desde adentro.

—Firme —dijo el primer oficial—. Al capitán le interesará escuchar lo que tienes que decir.

Después de oírlo decir eso, golpeó la puerta intensamente. Un momento después, una mole con tatuajes en el rostro que llevaba una espada curva y amplia en la espalda abrió la puerta. El chico no escuchó las palabras que se decían los dos hombres. Su mirada estaba puesta en la figura corpulenta sentada de espaldas a él.

El capitán era un hombre voluminoso y de mediana edad. Su cuello y sus hombros eran gruesos, semejantes a los de un toro. Se había arremangado y sus antebrazos estaban completamente empapados en sangre. Un gabán rojo colgaba de un perchero cercano, junto a su tricornio negro.

—Gangplank —dijo el pilluelo en un respiro, con la voz llena de miedo y pavor.

—Capitán, me imaginé que querría escuchar esto —dijo el oficial.

Gangplank no dijo nada ni miró hacia ninguna parte, decidido a seguir con su trabajo. El marino lleno de cicatrices dio un empujón al niño, quien tambaleó antes de recuperar el equilibrio y se tropezó unos pasos que lo acercaron al capitán del Masacre, como quien se aproxima al borde de un acantilado. Su respiración se iba acelerando a medida que contemplaba la obra del capitán.

Había varios cuencos con agua ensangrentada en el escritorio de Gangplank, junto a un grupo de cuchillos, ganchos e instrumentos quirúrgicos.

En su mesa de trabajo yacía un hombre, atado firmemente con correas de cuero. Lo único que podía mover era su cabeza. Miraba a su alrededor con una desesperación desgarradora, el cuello estirado y el rostro cubierto de sudor.

La mirada del muchacho se dirigió irremediablemente a la pierna izquierda, que había sido desollada. El chico de pronto se dio cuenta de que no podía recordar la razón que lo había llevado hasta ahí.

Gangplank interrumpió su labor para contemplar al visitante. Sus ojos eran igual de fríos y sin vida como los de un tiburón. Sostenía un cuchillo alargado en una mano, apoyado con delicadeza entre sus dedos como si fuera un fino pincel.

—La talla en hueso es un arte en extinción —dijo Gangplank, mientras volteaba de nuevo a ver su obra.— Son pocos hoy en día los que tienen la paciencia necesaria para tallar un hueso. Toma tiempo. ¿Lo ves? Cada corte cumple un propósito.

De algún modo, el hombre seguía vivo a pesar de la herida en su pierna. Le habían despellejado toda la carne y la piel del fémur. El chico, paralizado de horror, se fijó en lo detallista del diseño, un motivo de tentáculos y olas, que había tallado el capitán en el hueso. Era una obra delicada, incluso hermosa. Eso hacía que fuera más escalofriante.

El lienzo viviente de Gangplank comenzó a sollozar.

—Por favor... —gimió.

Gangplank ignoró su patética súplica y soltó el cuchillo. Desparramó un vaso de whiskey barato sobre su trabajo para limpiarle la sangre. El grito del hombre casi le desgarró la garganta hasta que se desplomó en la misericordia de la inconciencia. Los ojos amenazaban con salirse de su órbita. Gangplank gruñó en señal de disgusto.

—Niño, recuerda estas palabras —dijo Gangplank.— A veces, incluso quienes te son leales olvidan cuál es su lugar. De vez en cuando, debes procurar que lo recuerden. El poder de verdad tiene que ver con cómo te ven los demás. Si te muestras débil por un momento, será tu fin.

El chico asintió, con el rostro completamente pálido.

—Despiértalo —dijo Gangplank, apuntando con un gesto al tripulante inconsciente.— La tripulación entera debería escuchar su canción.

Cuando el médico del barco entró en escena, Gangplank volvió la mirada hacia el niño.

—Entonces —dijo.— ¿Qué era lo que querías decirme?

—Hay... un hombre —dijo el chiquillo, titubeando en cada palabra.— Un hombre en el muelle de Pueblo Rata.

—Continúa —dijo Gangplank.

—Estaba tratando de no ser visto por los Ganchos. Pero yo sí pude verlo.

—Ajá —dijo Gangplank entre murmullos mientras su interés empezaba a disiparse. El capitán se volvió hacia su obra.

—Sigue hablando, chico —le pidió el primer oficial.

—Estaba jugando con una baraja de cartas especiales. Resplandecían de un modo extraño.

Gangplank se levantó de la silla cual coloso saliendo de las profundidades.

—Dime dónde está —dijo Gangplank.

El cinturón de cuero de su pistolera crujía en su puño apretado.

—En la bodega grande, la que está cerca de los cobertizos.

La cara de Gangplank se enrojecía de furia mientras se ponía el gabán y tomaba su sombrero del perchero. Sus ojos también se veían rojos a la luz de la lámpara. El chiquillo no fue el único que dio un paso atrás por precaución.

—Dale al chico una serpiente de plata y un plato de comida caliente —le ordenó el capitán a su primer oficial mientras caminaba con decisión hacia la puerta de la cabina.

Y diles a todos que vayan al muelle. Tenemos trabajo por hacer.

Lucha en los muelles, El Puente del Carnicero, Una ráfaga

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Estoy tosiendo negro. El humo del incendio de la bodega me carcome los pulmones, pero no tengo tiempo para recobrar el aliento. Fate se escapa. Preferiría morir antes que pasar otra eternidad acechándolo por toda Runaterra. Es tiempo de ponerle punto final.

El bastardo me ve venir. Empuja a un par de estibadores para sacarlos de su camino y corre a lo largo del muelle. Está tratando de trazar su vía de escape, pero le estoy pisando los talones; así le será imposible concentrarse.

Hay más Ganchos pululando en el perímetro, como moscas en una letrina. Antes de que puedan interponerse en su camino, Fate lanza un par de sus cartas explosivas y acaba con los matones. Un par de Ganchos no son nada para él. Pero yo sí. Lo voy a hacer pagar y Fate lo sabe. Se escabulle por el muelle tan rápido como puede.

Su riña con los matones del embarcadero me da el tiempo suficiente para alcanzarlo. Cuando me ve, se lanza tras una enorme pila de vértebras de ballena. Con un disparo de mi arma acabo con su escondite al tiempo que una multitud de huesos vuela por los aires.

Me responde tratando de arrancarme la cabeza, pero logro dispararle a su carta en pleno vuelo. Explota como si fuera una bomba y nos envía de rodillas al suelo. Se pone de pie rápidamente y huye. Le disparo con Destino a todo lo que da.

Algunos Ganchos se nos acercan con cadenas y sables. Doy un giro violento y les vuelo las entrañas hasta que se les salen por las espaldas. Echo a correr antes de poder escuchar el golpe húmedo de sus tripas estrellándose contra el embarcadero. Pongo la mira en Fate, pero me interrumpe el disparo de una pistola. Se aproximan más Ganchos, mejor armados.

Me escondo tras el casco de un viejo arrastrero para regresarles el fuego. Mi gatillo suena sin más. Tengo que recargar. Inserto munición nueva en el cilindro, escupo mi enfado en el piso y me sumerjo de nuevo en el caos.

A mi alrededor veo cajas de madera en pedazos, reventadas a punta de disparos y explosiones. Un disparo me arranca una buena parte de la oreja. Me armo de valor y empiezo a abrirme camino con el dedo en el gatillo. Destino acaba con quien se le ponga al frente. Un Gancho Dentado pierde la mandíbula. Otro sale volando en dirección a la bahía. Un tercero queda reducido a un puñado de tendones y músculos.

En medio del caos, diviso a Fate escapando hacia los rincones más lejanos de los muelles del matadero. Paso corriendo por el lado de un pescadero colgando anguilas de caza. Acaban de despellejar a una; sus tripas seguían desparramándose por el muelle. El hombre se voltea hacia mí empuñando su gancho de carnicero.

BAM.

Le vuelo una pierna.

BAM.

Continúo con un tiro en la cabeza.

Aparto el cadáver pestilente de un pez navaja de mi camino y sigo avanzando. La sangre acumulada de los peces y los Ganchos que derribamos me llega hasta los tobillos. Suficiente para que a un tipo elegante como Fate le dé un ataque. Incluso conmigo detrás de él, desacelera el paso para no mancharse las faldas.

Antes de que pueda alcanzarlo, Fate se echa a correr. Siento que me quedo sin aliento.

—¡Date la vuelta y enfréntame! —le grito.

¿Qué clase de hombre no se hace cargo de sus problemas?

Un ruido a mi derecha reclama mi atención hacia un balcón con dos Ganchos más. Le disparo, se derrumba y cae en pedazos hacia el muelle.

El humo de la pistola y los escombros es muy denso. No puedo ver un demonio. Corro hacia el sonido de sus delicadas botas que retumban contra las tablas de madera. Se está haciendo camino hacia el Puente del Carnicero, al borde de los muelles del matadero. La única salida de la isla. Por nada del mundo dejaré que se me escape de nuevo.

Al llegar al puente, Fate se detiene en seco a medio correr. Al principio pienso que se va rendir. Luego me doy cuenta de por qué se detuvo: En el otro extremo, una masa de bastardos con espadas se interpone en su camino. Pero yo no pienso detenerme.

Fate voltea para evitar el filo de las espadas, pero solo se topa conmigo. Soy su pared. Está atrapado. Mira a un costado del puente, en dirección al agua. Está pensando en saltar, pero sé que no lo hará.

Ya no le queda alternativa. Comienza a caminar en dirección a mí.

—Mira, Malcolm. Ninguno de los dos tiene que morir aquí. Tan pronto como salgamos de esta…

—Te vas a largar corriendo de nuevo. Como siempre lo has hecho.

No me responde nada. De pronto ya no le preocupo demasiado. Me doy vuelta para ver a qué le presta tanta atención.

Detrás de mí, veo cómo todas las escorias capaces de cargar una pistola o una espada invaden los muelles. Gangplank debe haber llamado a sus muchachos de todas partes de la ciudad. Seguir avanzando solo firmaría nuestra sentencia de muerte.

Por otro lado, morir no es mi mayor preocupación el día de hoy.

Se acercan, Sobre el abismo, Dar el salto

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Los Ganchos no tienen motivo para apresurarse. Ya no. Saben que nos tienen atrapados. Detrás de ellos, parece que todos los asesinos y sabandijas despiadados en Aguasturbias estuvieran diciendo presente. No hay vuelta atrás.

En el extremo más lejano del puente, bloqueando mi ruta de escape hasta el laberinto de las barriadas de Aguasturbias, aparece ni más ni menos que toda la banda de los Sombreros Rojos. Ellos dominan el lado este de la ribera. Sirven a Gangplank, al igual que los Ganchos Dentados y casi toda la maldita ciudad.

Graves está a mis espaldas, acercándose más con cada pisada. Al obstinado hijo de perra no le interesa el desastre en el que nos vinimos a meter. Realmente me cuesta creerlo. Aquí estamos otra vez, como hace tantos años. Hasta las rodillas de problemas y no logro que me escuche.

Me gustaría poder contarle qué fue lo que ocurrió realmente aquel día, pero no tendría sentido. No me creería ni por un segundo. Una vez que se le aloja un pensamiento en el cráneo, extirpárselo toma su tiempo. Claramente, el tiempo es algo que no nos sobra.

Me retiro hacia un costado del puente. Cerca del riel veo malacates y poleas suspendidos debajo de mí, a muchos metros sobre el océano. Mi cabeza da vueltas y mi estómago se me cae hasta las botas. Cuando vuelvo al centro del puente, me doy cuenta de la encrucijada en la que me he metido.

A la distancia puedo ver el barco de velas negras de Gangplank. Desde ahí se nos aproxima ni más ni menos que una armada de botes a toda marcha. Al parecer todos sus hombres vienen en camino.

No puedo escapar ni de los Ganchos, ni de los Sombreros, ni del cabeza dura de Graves.

Solo me queda una salida.

Pongo un pie sobre la verja del puente. No me había percatado de la altura. El viento azota mi abrigo y hace que se agite como vela al viento. Jamás debí volver a Aguasturbias.

—Sal de ahí ahora mismo —dice Graves. Estoy seguro de haber notado una cuota de desesperación en su voz. Quedaría destrozado si muriera antes de obtener la confesión que tanto ha buscado.

Respiro profundo. La caída sí que es larga.

—Tobías —dice Malcolm—. Retrocede.

Me detengo. Hacía mucho que no escuchaba ese nombre.

Un momento después, doy el salto.

El espectáculo, Un observador, Cae la noche

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La Hidra Descarada era una de las pocas tabernas de Aguasturbias que no tenía aserrín en el piso. No era frecuente que un trago terminara en el suelo; para que hablar de un charco de sangre. Pero esta noche, el bullicio se escuchaba hasta allá por el Risco del Saltador.

Hombres de relativa reputación y mejores recursos echaban sapos y culebras cantando melodías fantásticas sobre las peores fechorías que habían cometido.

Y ahí, en medio del tumulto, una persona conducía el jolgorio de la noche.

Se contoneaba brindando a la salud del capitán del puerto y todos sus serenos. Su brillante cabello rojo se movía con soltura y cautivaba la mirada de todos los hombres presentes, quienes de todas formas no habían puesto los ojos en nada que no fuera ella.

Aunque la sirena de cabello carmesí se había asegurado de que ninguna copa quedara vacía esta noche, los hombres no se sentían atraídos hacia ella por la mera alegría de estar borrachos. Lo que anhelaban era la gloria de contemplar su siguiente sonrisa.

Con la taberna todavía rebosando de júbilo, se abrió la puerta principal, desde donde apareció un hombre vestido de manera sobria. Pasando tan desapercibido como solo es posible tras años de práctica, caminó hacia la barra y pidió un trago.

La joven mujer tomó un vaso recién servido de cerveza ambarina de entre un mostrador destartalado.

—Amigos míos, me temo que debo retirarme —dijo la dama con un gesto dramático.

Los hombres del puerto le respondieron con sendos alaridos de protesta.

—Bueno, bueno. Ya la pasamos bien —dijo en tono de tierno reproche—. Pero tengo una noche ajetreada por delante y ustedes ya van tarde si pretenden llegar a sus puestos.

Sin bacilar, se subió a una mesa, pero antes miró a todo el mundo a su alrededor con un dejo de regocijo y triunfo.

—¡Que la Serpiente Madre tenga piedad por nuestros pecados!

Les concedió la más cautivante de sus sonrisas, se llevó la jarra a los labios y bebió la cebada de un solo trago.

—¡En especial los más grandes! —dijo golpeando el vaso contra la mesa.

Se limpió la cerveza de la boca entre un estruendo apoteósico de aprobación y le lanzó un beso a la multitud.

Enseguida todo el mundo se retiró, como súbditos tras su reina.

El amable capitán del puerto le sostuvo la puerta a la dama. Esperaba conseguir una última mirada de aprobación, pero ella ya caminaba por las calles antes de que pudiera fijarse en su cortés y tambaleante reverencia.

Fuera de la taberna, la luna se había ocultado tras el Nidal del Manumiso y las penumbras de la noche parecían extenderse hasta alcanzar a la mujer. Cada paso que la alejaba de la taberna era más resoluto y seguro que el anterior. Su fachada despreocupada se había disuelto para revelar su verdadero ser.

Ya no quedaba un ápice de lo que hace unos segundos inspiraba alegría y entusiasmo. Miró con desaliento, no hacia las calles ni a los callejones alrededor suyo, sino a lo lejos, pensando en las miles de posibilidades que traía consigo esta noche.

Detrás de ella, el hombre de atuendo sencillo de la taberna le seguía el paso. Su pisada era silenciosa, pero desconcertantemente veloz.

En el lapso de un latido, sincronizó sus pasos a la perfección con los de ella, a unos centímetros de su hombro, justo fuera de su campo visual.

—¿Está todo en orden, Rafen? —preguntó ella.

Después de todos estos años, aún no podía creer que todavía no fuera capaz de sorprenderla.

—Sí, Capitana —dijo.

—¿No te detectaron?

—No —contestó resentido, luego de controlar su disgusto por la pregunta—. El capitán del puerto no tenía a nadie vigilando y en el barco no había ni una mosca.

—¿Y el chico?

—Hizo su parte.

—Muy bien. Nos vemos en el Sirena.

Luego de recibir su orden, Rafen se alejó y desapareció entre la oscuridad.

Ella siguió adelante mientras la noche la envolvía. Todo estaba puesto en marcha. Solo faltaba que los actores empezaran con el espectáculo.

El salto, Unas botas finísimas, Naranjas

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Escucho rugir a Graves mientras me zambullo. Todo lo que alcanzo a ver es la cuerda debajo de mí. No es tiempo de pensar en la caída o en las desconocidas y tétricas profundidades.

Todo se vuelve una mezcla borrosa de vientos huracanados.

Casi grito de alegría cuando alcanzo la cuerda, pero me quema la mano como un fierro al rojo vivo. Mi caída se detiene súbitamente cuando llego al punto de amarre.

Me quedo ahí por un momento, maldiciendo.

Había escuchado que caer al agua de una altura como esta no bastaba para matar a un hombre, pero prefiero correr el riesgo de lanzarme hacia el muelle de carga de piedra del que me separan al menos unos quince metros. Moriré, pero prefiero mil veces eso que ahogarme.

Entre donde estoy y la plataforma de piedra hay un par de cables de trabajo pesado que se extienden de aquí al continente, uno de ida y el otro de vuelta. Los impulsan unos mecanismos ruidosos y rudimentarios. Se utilizan para transportar partes faenadas de las bestias marinas a los mercados de todo Aguasturbias.

Los cables vibran mientras un balde pesado y oxidado, tan grande como una casa, surca su camino hacia mí.

Dejo que una sonrisa se dibuje en mi cara por un segundo. Al menos hasta que veo lo que está en el interior del carro. Estoy a punto de caer con los pies por delante a una cuba humeante de órganos de pescado.

Tardé meses en ganarme la moneda que pagué por estas botas. Flexibles como la gasa y fuertes como el acero templado, son una obra artesanal fabricada con la piel de un dragón marino abisal. Hay menos de cuatro pares en todo el mundo.

Demonios.

Coordino mi salto con precisión y aterrizo justo en medio del balde de bocado. El cebo frío se cuela por todas las fibras cosidas a mano de mis preciadas botas. Por lo menos mi sombrero sigue limpio.

De pronto escucho el ladrido de la maldita escopeta una vez más.

La línea de amarre explota.

El carro emite un chillido al liberarse de los cables. Me quedo sin aire cuando el balde se estrella contra la plataforma de piedra. Siento que los cimientos del muelle tiemblan antes de volcarse hacia un lado.

Todo cae sobre mi cabeza, incluida una tonelada de vísceras de pescado.

Lucho por mantenerme de pie mientras busco otra salida. Siento que los barcos de Gangplank se aproximan. Ya casi están aquí.

Me arrastro mareado hacia un bote pequeño atracado en el muelle de carga. No alcanzo a llegar a la mitad del tramo cuando un escopetazo le abre el casco de par en par hasta echarlo a pique.

Viendo cómo el bote se hunde, caigo al suelo de rodillas, muerto de cansancio. Trato de recuperar un poco el aliento soportando mi propio hedor. Malcolm está de pie junto a mí. De algún modo consiguió llegar hasta aquí también. Claro que pudo lograrlo.

—Ya no te ves tan elegante, ¿eh? —Graves sonríe y me mira de arriba abajo.

—¿Cuándo vas a aprender? —digo, poniéndome de pie—. Cada vez que intento ayudarte, me...

Graves le dispara al suelo en frente de mí. Estoy seguro de que algo me golpeó la espinilla. —Si solo me escucha...

—Ya te escuché lo suficiente, amigo mío —me interrumpe, mascullando cada palabra—. Era el atraco más grande de nuestras vidas y tú te escapas antes de que pudiera darme cuenta.

—¿Antes de qué? Te lo dije...

Le sigue otro disparo y otra lluvia de piedras, pero ya me tiene sin cuidado.

—Traté de que saliéramos de ahí. Todos los demás nos dimos cuenta de que nada estaba saliendo como esperábamos —le dije—. Pero tú no querías ceder. Como siempre —la carta está en mi mano antes de siquiera darme cuenta.

—Te lo dije entonces, todo lo que debías hacer era apoyarme. Habríamos salido de ahí, felices y forrados. Pero tú optaste por correr —me dice, dando un paso adelante. El hombre que solía conocer parece haberse perdido tras una capa de odio acumulada durante años.

No intento decir otra palabra. Ahora lo veo en sus ojos. Algo dentro de él se quebrantó.

Por sobre su hombro veo un resplandor; es un mosquete de chispa. La vanguardia de la tropa de Gangplank viene hacia nosotros.

Lanzo una carta sin pensarlo. Atraviesa el aire justo en dirección hacia Graves.

Su arma da un tronido.

Mi carta acaba con uno de los hombres de Gangplank. Su pistola estaba apuntando a la altura de la espalda de Malcolm.

Detrás de mí, otro miembro de su banda cae al suelo empuñando un cuchillo. Si Graves no le hubiera disparado, podría haber acabado conmigo sin más.

Ambos nos miramos. No perdimos el hábito.

Los hombres de Gangplank ahora nos rodean por todas partes, acercándose cada vez más entre aullidos y abucheos. No podemos luchar contra tantos.

A Graves eso no lo detiene. Levanta su arma y se da cuenta de que no le quedan balas.

No saco ninguna carta. No tiene sentido.

Malcolm da un rugido y se abalanza contra ellos. Esa es su forma de hacer las cosas. Con la culata de la pistola, le quiebra la nariz a un bastardo, pero la turba le da una paliza.

Siento que unas manos me agarran y me contienen los brazos. Levantan a Malcolm del suelo. Cae sangre de su rostro.

De pronto dejo de oír los gritos y aullidos de la turba. Siento escalofríos.

La muralla de matones se retira para darle paso a una silueta, un hombre con un abrigo rojo que se dirige a nosotros.

Es Gangplank.

De cerca es mucho más grande de lo que imaginaba. Y más viejo. Las líneas de su cara son profundas y definidas.

Con una mano sostiene una naranja mientras le quita la cáscara con una navaja para tallar. Lo hace lentamente, concentrándose en cada corte.

—Cuéntenme, camaradas —dice. Su voz es un gruñido ronco y profundo—. ¿Les gustan los tallados en hueso?

Sangre, Verdad, La Hija de la Muerte

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El puño choca contra mi cara otra vez. Me desplomo de golpe contra la cubierta del barco de Gangplank. Un par de esposas hechas de arrabio se me clavan en las muñecas.

Me ponen de pie con dificultad y me obligan a arrodillarme junto a Fate. Lo cierto es que no podría haberme puesto de pie si esta manada de matones virolentos no me hubiese obligado a hacerlo.

El enorme y musculoso imbécil que me golpeó entra y sale de mi vista.

—Vamos, hijo —le digo—. Lo estás haciendo mal.

No veo venir el siguiente golpe. Siento una explosión de dolor y mi cara vuelve a la cubierta. Vuelven a levantarme y a ponerme de rodillas. Escupo sangre y algunos dientes. Luego sonrío.

—Hijo, mi abuelita pega más fuerte que tú y eso que la enterramos hace ya cinco años.

Se acerca para golpearme otra vez, pero una palabra de Gangplank hace que se detenga enseguida.

—Es suficiente —dijo el capitán.

Bamboleando un poco, intento concentrarme en la borrosa silueta de Gangplank. Mi vista se aclara lentamente. Veo que lleva colgado en su cinturón la maldita daga que Fate intentó robarse.

—Twisted Fate, ¿no? Me dijeron que eras bueno. Y yo no soy de aquellos que menosprecian la obra de un gran ladrón —dice Gangplank. Da un paso adelante y se queda mirando a Fate—. Pero un buen ladrón sabría que es mejor evitar robarme a mí. —Se agacha y me mira fijamente a los ojos.

—Y tú... Si fueras un poco más listo, sabrías que lo mejor habría sido poner tu arma a mi servicio. Pero ya no importa.

Gangplank se levanta y nos da la espalda.

—No soy un hombre poco razonable —continúa—. No le pido a la gente que se arrodille ante mí. Todo lo que pido es un mínimo de respeto... algo sobre lo que ustedes escupieron encima. Y eso no puede quedar impune.

Su tripulación empieza a acercarse, como perros esperando la orden para despedazarnos. De cualquier manera, no me siento nervioso. No pienso darles esa satisfacción.

—Hazme un favor —le digo, apuntando hacia Fate con la cabeza—. Mátalo a él primero.

Gangplank suelta una risita.

Le hace un gesto a un hombre de su tripulación, quien comienza a hacer sonar la campana del barco. En respuesta, suenan una docena más en toda la ciudad puerto. Borrachos, marineros y tenderos empiezan a brotar de las calles, atraídos por el alboroto. El maldito quiere hacerlo público.

—Aguasturbias nos mira, muchachos —dice Gangplank—. Es tiempo de darles un espectáculo. ¡Traigan a la Hija de la Muerte!

Escucho un vitoreo mientras la cubierta retumba con el clamor de pisotones en el suelo. Traen un viejo cañón. Puede que esté oxidado y verde de lo viejo que es, pero sigue siendo una belleza.

Doy un vistazo hacia donde está Fate. Tiene la cabeza gacha y no dice una palabra. Le quitaron sus cartas... una vez que acabaron de encontrarlas. Ni siquiera le permitieron que se quedara con su estúpido sombrero de dandi; ahora veo a un pequeño malnacido usándolo entre la multitud.

De todos los años que conozco a Fate, siempre había sido capaz de hallar una salida. Ahora que está acorralado, puedo ver la derrota en su cara.

Bien.

—Es lo que te merecías, maldito infeliz —le gruño.

Él me devuelve la mirada. Todavía hay fuego en sus ojos.

—No me enorgullece la manera en que se dieron las cosas...

—¡Dejaste que me pudriera ahí adentro! —lo interrumpo.

—Yo y el resto de la tripulación intentamos sacarte de ahí. ¡Y eso les costó la vida! —responde furioso—. Perdimos a Kolt, a Wallach, al Ladrillo... a todos ellos. Y todo por tratar de salvar tu obstinado pellejo.

—Pero tú saliste sano y salvo —contesto—. ¿Sabes por qué? Porque no eres más que un cobarde. Y nada de lo que puedas decir va a cambiar eso.

Mis palabras lo hieren como puñetazos. No intenta responder. La última chispa de lucha en sus ojos se esfuma al tiempo que sus hombros se desploman. Todo terminó para él.

Ni siquiera Fate podría ser tan buen actor. Mi ira se disipa.

De pronto me siento cansado. Cansado y viejo.

—Todo se fue al diablo y supongo que ambos tenemos la culpa —dice—. Pero no te estaba mintiendo. De verdad tratamos de sacarte. Ya no importa. Solo vas a creer lo que quieras de todos modos.

Me toma un momento digerir sus palabras; me toma un poco más darme cuenta de que le creo.

Demonios, tiene razón.

Hago las cosas a mi modo. Siempre lo hice. Cada vez que me pasaba de la raya, él estaba ahí, apoyándome. Era él el que siempre hallaba una salida.

Pero no le puse atención ese día, ni lo hice desde entonces.

Por eso terminé haciendo que nos maten a ambos.

De pronto nos levantan de un tirón y nos arrastran hacia el cañón. Gangplank lo acaricia como si fuera su mascota.

—La Hija de la Muerte me ha servido bien —dice—. Hace tiempo que buscaba la oportunidad de despedirla como se merece.

Un grupo de marineros arrastra una gruesa cadena y comienza a enrollarla alrededor del cañón. Ahora me doy cuenta de lo que pretenden hacer.

Nos ponen espalda con espalda, y la misma cadena nos recorre las piernas y las esposas. Un cerrojo se cierra de golpe, atándonos a la cadena.

Una compuerta de embarque se abre en la borda del barco, hasta donde llevan al cañón a ocupar su lugar. Los mirones repletan los pantalanes y los muelles de Aguasturbias, dispuestos a presenciar el espectáculo.

Gangplank apoya el tacón de su bota en el cañón.

—Bueno, no pude librarnos de esta —dice Fate por encima del hombro—. Siempre supe que algún día serías mi ruina.

Dejo escapar una risa cuando lo dice. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me reí.

Nos arrastran hasta la orilla del barco cual ganado al matadero.

Supongo que este será mi final. Tuve una buena vida mientras pude. Pero la suerte no es eterna para nadie.

Es justo ahí que me doy cuenta de lo que tengo que hacer.

Con mucho cuidado y haciendo presión contra mis esposas, logro meter una mano en el bolsillo de atrás. Sigue ahí; es la carta de Fate que encontré en la bodega. Tenía planeado usarla para metérsela en su condenada garganta.

Los matones revisaron a Fate de arriba abajo para ver si tenía cartas, pero no a mí.

Le doy un empujón. Gracias a que estamos encadenados juntos, es fácil darle la carta a Fate sin que lo noten. Puedo sentirlo titubear cuando se la entrego.

—Como tributo son insignificantes, pero al menos me servirán —dice Gangplank—. Denle mis saludos a la Gran Barbuda.

Mientras saluda a la multitud, Gangplank empuja al cañón por la borda con una patada. El armatoste cae a las aguas oscuras de un chapuzón y empieza a hundirse rápidamente. La cadena sobre el muelle cae con él un momento después.

Ahora que se acerca nuestro fin, le creo a Fate. Sé que lo intentó todo con tal de sacarme, al igual que todas las veces que trabajamos juntos. Pero en esta ocasión, y por primera vez, yo soy el que tiene la solución. Al menos puedo compensarlo con eso.

—Lárgate de aquí.

Fate empieza a hacer sus movimientos y gira la carta entre los dedos. A medida que empieza a acumular poder, siento una presión incómoda en la nuca. Siempre odié estar cerca suyo cuando hacía este truco.

De pronto, se esfuma.

Las cadenas que ataban a Fate caen al muelle estruendosamente, lo que saca algunos gritos entre la multitud. Mis cadenas siguen estando bien apretadas. Aunque no salga de esta, solo ver la expresión en la cara de Gangplank ya hace que valga la pena.

La cadena del cañón me hace caer. Me doy de bruces contra el muelle y gruño de dolor. Un instante después caigo del bote.

El agua fría me golpea y me deja sin aliento.

Estoy sumergido. Me hundo con rapidez. La oscuridad me arrastra.

La zambullida, Una lucha con la oscuridad, Paz

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La carta que Malcolm puso en mi mano podría llevarme fácilmente hasta el muelle. Estoy tan cerca de la costa; desde ahí, desaparecer entre la multitud sería facilísimo. Podría escapar de este chiquero de isla en menos de una hora. Esta vez nadie me encontraría.

Un momento después, todo lo que veo es su cara enfurecida a medida que desaparece en las profundidades.

Maldito sea.

No puedo abandonarlo. No después de lo que pasó la última vez. Escapar no es una opción. Sé a dónde tengo que ir.

Siento que la presión se acumula y luego desaparezco.

En un instante estoy justo detrás de Gangplank, listo para hacer lo mío.

Un miembro de su tripulación me detecta sin tener explicación para cómo llegué aquí. Mientras piensa sobre el asunto, le doy un puñetazo justo en la cara. Su cuerpo cae sobre un montón de grumetes perplejos. Todos voltean a mirarme, los sables listos en sus manos. Gangplank lidera el ataque y trata de cortarme justo a la altura de la garganta.

Pero soy más rápido que él. En un único y sutil movimiento, me deslizo por debajo del acero arqueado y despojo a Gangplank de la adorada daga de plata guardada en su cinturón. Detrás de mí, escucho maldiciones que podrían quebrar el mástil en dos.

Salto hasta la cubierta y me guardo la daga en los pantalones mientras el extremo de la cadena se rompe contra la orilla del barco. Me estiro y agarro el último eslabón de acero antes de que desaparezca por la borda.

Al romperse, la cadena me tira hacia un costado y ahí es donde me doy cuenta de lo que acabo de hacer.

El agua viene hacia mí rápidamente. En ese instante eterno, cada parte de mi cuerpo quiere soltar la cadena. El hecho de ser un hombre de agua dulce que no sabe nadar me ha perseguido toda la vida. Y ahora me condenará a la muerte.

Respiro una última bocanada de aire. De pronto, el disparo de un mosquetón me perfora el hombro. Doy un grito de dolor y dejo ir mi último suspiro justo antes de que el mar me arrastre.

El agua congelada me golpea el rostro a medida que me hundo en su sofocante eternidad azul.

Es mi peor pesadilla.

Siento cómo se acumula el pánico. Trato de contenerlo. Casi me supera. Más disparos atraviesan el agua sobre mi cabeza.

Veo tiburones y mantas cerca. Pueden saborear la sangre. Me siguen mientras caigo en el abismo. Sigo hundiéndome.

Solo vive en mí el terror, de dolor no hay nada. Siento el latido de mi corazón en los oídos. Mi pecho arde. Debo evitar tragar agua. La oscuridad se retuerce en torno a mí. Es demasiada profundidad. No hay vuelta atrás. Ya lo tengo claro.

Pero todavía puedo salvar a Malcolm.

Escucho un ruido sordo bajo mis pies. Entonces, la cadena queda floja. Es el cañón, que acaba de chocar contra el suelo marino.

Uso la cadena para arrastrarme hacia las sombras. Veo una silueta más abajo. Creo que es Graves. Me arrastro con desesperación hacia él.

De pronto veo que está frente a mí, aunque a duras penas distingo el contorno de su cara. Creo que agita la cabeza para mostrar su furia porque regresé.

Voy a desmayarme. Mi brazo está entumecido y siento que me aplastan el cráneo.

Suelto la cadena para sacar la daga del pantalón. Mi mano tiembla.

Busco a ciegas en la oscuridad. Por obra de algún milagro, encuentro la cerradura de las esposas de Graves. Inserto la daga para tratar de forzarla, tal como lo hice con otras miles de cerraduras. Pero mis manos no dejan de temblar.

Incluso Graves debe estar aterrorizado. A estas alturas, sus pulmones deberían haberse rendido. La cerradura no cede.

¿Qué haría Malcolm en mi lugar?

Giro la daga. Adiós a la delicadeza. No queda más que recurrir a la fuerza bruta.

Siento que algo cede. Creo que me corté la mano. La daga cae. En dirección al abismo. Y sigue su curso... ¿Qué es ese brillo?

Justo sobre mí, percibo un rojo intenso. Rojo y naranja. Está en todas partes. Es hermoso… Así que esto es morir.

Me río.

Empiezo a tragar agua.

Es agradable.

Fuego y ruina, Una conclusión, La peor parte

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Miss Fortune mira hacia la bahía desde la cubierta de su barco, el Sirena. Las llamas se reflejaban en sus ojos mientras trataba de asimilar el nivel de destrucción que había causado.

Lo único que quedaba del barco de Gangplank eran escombros en llamas. La tripulación había muerto en la explosión, ahogada entre todo el caos o devorada por una colonia de peces navaja.

Había sido un momento apoteósico. Una descomunal bola de fuego rodante había iluminado la noche como un nuevo sol.

La mitad de la ciudad lo había presenciado; Gangplank se había asegurado de que así fuera, tal como ella lo esperaba. Tuvo que humillar a Twisted Fate y a Graves en frente de todo Aguasturbias. Tuvo que recordarle a todo el mundo por qué es mejor no cruzarse con él. Para Gangplank, las personas solo son herramientas que puedes usar para mantener el control. Esta fue la carta que ella utilizó para matarlo.

Los gritos y las campanadas hacían eco por toda la ciudad portuaria. La noticia se propagaría como reguero de pólvora.

Gangplank está muerto.

Las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa.

Esta noche solo era el fruto de todos sus esfuerzos: contratar a Fate, avisarle a Graves, todo solo para distraer a Gangplank. Cobrar su venganza le había tomado años.

La sonrisa de Miss Fortune se esfumó.

Desde el momento en que él irrumpió en el taller de su familia a rostro cubierto con una pañoleta roja, ella se había estado preparando para este momento.

Sarah perdió a sus padres ese día. Aunque ella era tan solo una niña, él de todos modos fue capaz de dispararle mientras veía cómo sus padres se desangraban en el piso.

Gangplank le había enseñado una dura lección: sin importar cuán seguro puedas sentirte, todos tus logros, tus metas, tus seres queridos... en fin, tu mundo, puede derrumbarse en un abrir y cerrar de ojos.

El único error que había cometido Gangplank fue no haberse asegurado de que ella muriera. Su ira y su odio le habían permitido soportar esa dura y fría noche, y así todas las noches después de esa.

Durante quince años se dedicó a reunir todo lo que necesitaba, esperando hasta que Gangplank la olvidara, bajara la guardia y se encontrara cómodo en la vida que había construido. Solo entonces podría realmente perderlo todo. Solo entonces sabría cómo se siente perder tu hogar, perder tu mundo.

Debería sentirse dichosa, pero solo se sentía vacía.

Rafen se une a ella en la borda e interrumpe su ensimismamiento.

—Ya está —dice—. Se acabó.

—No —responde Miss Fortune—. Aún no.

Dejó de ver hacía la bahía para poner la mirada en Aguasturbias. Sarah esperaba que terminando con él acabaría con su odio. Sin embargo, lo único que logró fue desatarlo. Por primera vez desde ese día, se sentía realmente poderosa.

—Esto apenas empieza —dice—. Quiero que me traigan a todos los que hayan jurado lealtad ante él. Quiero las cabezas de sus lugartenientes colgadas en mi pared. Quema cada burdel, taberna o bodega que lleve su marca. Y quiero su cadáver.

Rafen se estremeció. Había escuchado palabras como esas alguna vez, pero nunca de su boca.

Cielo rojo, Carnada para tiburones, Reconciliación

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Pensé mucho acerca de la forma en que me gustaría abandonar este mundo. ¿Encadenado como un perro en el fondo del mar? Esa no se me había ocurrido. Por fortuna, Fate logra abrir el candado de mis grilletes justo antes de dejar caer la daga.

Me desenredo de las cadenas, sediento de aire. Me doy vuelta hacia donde está Fate. El pobre no mueve un músculo. Pongo mi mano alrededor de su cuello y empiezo a patalear hacia la superficie.

A medida que subimos, todo se ilumina con un tono rojizo.

Una onda expansiva me tumba hasta que ni siquiera sé dónde está la superficie. Caen trozos de hierro. Un cañón se sumerge a unos metros, seguido de un pedazo de timón chamuscado. También hay cuerpos. Una cara cubierta de tatuajes me mira conmocionada. La cabeza cercenada luego desaparece lentamente en la oscuridad bajo nuestros pies.

Nado más rápido, con los pulmones a punto de reventar.

Una eternidad después alcanzo la superficie, tosiendo agua salada y jadeando en busca de aire. El problema es que arriba es casi irrespirable. El humo me ahoga y se me clava en los ojos. Vi muchas cosas arder en mi vida, pero jamás algo así; parece que hubieran incendiado el mundo entero.

—Maldito sea... —me escucho murmurar.

El barco de Gangplank ya no está. Hay trozos de escombros echando humo repartidos por toda la bahía. Los islotes de madera al rojo vivo colapsan por todas partes y emiten un silbido a medida que se hunden. Una vela ardiendo cae justo en frente de nosotros y casi nos arrastra a Fate y a mí por última vez. Los hombres en llamas saltan desesperados de entre los restos chamuscados al agua para acallar sus gritos. El olor se parece al apocalipsis; es una mezcla de sulfuro, ceniza y muerte, entre cabellos quemados y piel derretida.

Me fijo en Fate para ver cómo está. Me cuesta mantenerlo a flote. El desgraciado es más pesado de lo que parece y no ayuda en nada que yo tenga las costillas rotas. Encuentro un trozo humeante de casco flotando cerca de mí. Parece ser lo suficientemente sólido. Nos echo a ambos encima. No es precisamente una embarcación, pero nos servirá de todos modos.

Por primera vez puedo observar a Fate con detención. Veo que no respira. Presiono su pecho con mis puños. Justo cuando empiezo a preocuparme de dónde van a terminar sus costillas, Fate tose un montón de agua salada. Me desplomo y agito la cabeza una vez más cuando empieza a recuperar la conciencia.

—¡Maldito estúpido! ¿Para qué regresaste?

Responderme le toma un minuto.

—Pensé que podía intentar hacerlo a tu manera —murmura arrastrando las palabras—. Quería saber qué se sentírse un cabeza dura. —Sigue tosiendo más agua—. Se siente horrible.

Los peces navaja y otras criaturas marinas incluso más viles empiezan a rodearnos. No pienso ser carnada para nadie. Aparto mis pies de la orilla.

Un tripulante mutilado aparece en la superficie y se sostiene de nuestra balsa. Le pongo la bota en la cara y lo saco flotando de mi vista. Un grueso tentáculo le recorre el cuello y lo arrastra de vuelta a lo profundo. Ahora los peces tienen algo más para distraerse.

Antes de que se queden sin carne fresca, tomo una tabla de nuestra balsa y la uso para remar lejos de la carnicería.

Empujo contra el agua por lo que parece una eternidad. Mis brazos se sienten pesados y adoloridos, pero sé muy bien que no puedo detenerme. Cuando logro alejarme un poco de la masacre, me tumbo boca arriba.

Estoy agotado como un cartucho de escopeta mientras miro hacia la bahía. Está teñida de rojo con la sangre de Gangplank y su tripulación. No hay sobrevivientes a la vista.

¿Cómo es que todavía respiro? Tal vez sea el hombre con mejor suerte de Runaterra. O tal vez la buena fortuna de Fate alcanza para ambos.

Veo un cuerpo flotando cerca con un objeto que me parece familiar. Es el pequeño malnacido que estaba con Gangplank, con el sombrero de Fate entre las manos. Se lo quito y lo lanzo hacia Fate. No veo un gesto de sorpresa en su cara, como si siempre hubiera sabido que lo iba a recuperar.

—Ahora solo falta encontrar tu arma —dice.

—¿En serio piensas ir allá abajo otra vez? —le respondo, apuntando hacia el fondo.

La tez de Fate toma un particular tono verde.

—No tenemos tiempo. Quien quiera que haya hecho esto dejó a Aguasturbias sin jefe —digo—. Esto va a ponerse feo en cualquier momento.

—¿Me estás diciendo que puedes vivir sin tu escopeta? —me pregunta.

—Tal vez no —respondo—. Pero conozco a un buen armero en Piltóver.

—Piltóver... —dice, perdido entre sus pensamientos.

—Hay mucho dinero circulando ahí en estos momentos —digo.

Fate se concentra por un momento.

—Hmm. No estoy seguro de si me gustaría que fuéramos socios de nuevo... eres más estúpido de lo que ya solías ser —dice finalmente.

—Está bien. No sé si me gustaría tener un socio que se llame Twisted Fate. ¿A quién demonios se le ocurrió ese nombrecito?

—Bueno, es mil veces mejor que mi verdadero nombre —dice Fate entre risas.


—Tienes razón —admito.

Sonrío. Se siente como en los viejos tiempos. Enseguida borro toda expresión de mi rostro y lo miro directamente a los ojos.

—Solo tengo una condición: si se te ocurre dejarme a mí otra vez cargando la bolsa, te vuelo la condenada cabeza. Y sin derecho a réplica.

Fate acalla su risa y me devuelve la mirada por un momento. Luego de un rato, sonríe.

—Es un trato.

Caos, El hombre arruinado, Propósito

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Aguasturbias se estaba devorando a sí misma. Las calles resonaban con los alaridos de los desesperados y los moribundos. Los incendios en los barrios humildes hacían caer cenizas por toda la ciudad. El control se había perdido y ahora cada banda se daba prisa en llenar el vacío de poder tras la caída de un solo hombre. Había empezado una guerra después de que se dieran a conocer tres sencillas palabras: Gangplank está muerto.

Las ambiciones despiadadas y los resentimientos de poca monta que se habían mantenido a raya durante años ahora podían volverse algo concreto.

En los muelles, un grupo de balleneros se abalanzaron sobre un pescador rival. Lo ensartaron con arpones y dejaron su cuerpo colgando de un palangre.

En el punto más alto de la isla, las imponentes compuertas que estaban ahí desde que se fundó Aguasturbias no eran más que un recuerdo. Al cobarde líder de una banda un rival lo arrancó de su cama. Sus gritos y lloriqueos se silenciaron cuando lanzaron su cabeza contra el mármol tallado a mano de la escalera de su propia casa.

A lo largo del muelle, un Sombrero Rojo huye e intenta cortar la hemorragia de una herida en su cabeza. Mira por encima del hombro para ver si aún lo persiguen, pero no logra ver a nadie. Los Ganchos Dentados se rebelaron contra los Sombreros. El chico tuvo que volver a su escondite a advertirle al resto de sus camaradas.

Dobló la esquina y gritó para que sus compañeros reunieran sus armas y se le unieran. Pero su sed de sangre le secó la garganta. Justo frente a la guarida de los Sombreros Rojos se encontraba un grupo de Ganchos. Sus espadas goteaban sangre. A la cabeza, una figura enjuta, apenas un hombre, dibujaba una sonrisa maliciosa en su cara marcada por la viruela.

El Sombrero Rojo tuvo tiempo para maldecir una última vez.

Al otro lado de la bahía, en una callejuela oscura y silenciosa, un médico intentaba ejercer su oficio. El oro que había recibido era más que suficiente para pagar por sus servicios... y comprar su silencio.

Le había tomado media hora arrancar el abrigo empapado de la carne despellejada del brazo de su paciente. El doctor había visto lesiones horribles en su carrera, pero no pudo evitar retroceder al ver el brazo magullado. Se detuvo un momento, aterrorizado por el efecto que podrían provocar sus siguientes palabras.

—Lo... lo siento. No puedo salvar su brazo.

Entre las sombras de la habitación iluminada con velas, la ruina sangrienta de un hombre trata de componerse antes de ponerse de pie a duras penas. La mano que todavía le servía se disparó como un látigo y tomó por el cuello al tembloroso doctor. Lo levantó con mesura y lentitud del suelo y lo puso contra la pared.

Por un momento de terror, el hombre salvaje lo miró con indiferencia, pensando en qué haría con él a su merced. De pronto lo soltó.

Perdido entre el pánico y la confusión, el matasanos tosió violentamente mientras la masa ensombrecida caminaba hacia el extremo de la habitación. Atravesando la luz de la linterna del cirujano, el paciente se estiró para alcanzar el primer cajón de un armario a mal traer. De forma minuciosa, el hombre abrió cada cajón buscando lo que necesitaba. Finalmente, se detuvo.

—Todo tiene un propósito —dijo contemplando su brazo mutilado.

Sacó un objeto del estuche y lo lanzó a los pies del doctor. Ahí, a la luz de la linterna, brillaba el acero pulido de una sierra para huesos.

—Córtelo —dijo—. Tengo trabajo por hacer.

El día del juicio

Si bien Twisted Fate y Graves lograron escapar, Aguasturbias se vuelve un caos a medida que las calles retumban con los gritos de los desesperados y moribundos. Se inició una guerra a poco de escucharse tres palabras: Gangplank está muerto.

HARROWING

Recuerdos de Harrowing

La Batalla del Cruce de Navajas.

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- Una armada de Aguasturbias encabezada por Miss Fortune y el Capitán Gangplank –combatiendo juntos tras una difícil tregua– se enfrenta a la Niebla Negra.

- Las pérdidas son incontables. 

- La flota termina dispersada.

El Ancla Ahogada.

- Un elemento del Harrowing cobra relevancia

- Se reporta una figura de gran tamaño enclaustrada en un oxidado traje de buceo, vista en el corazón de la batalla.

La Siega de la Caleta del Contrabandista.

- Sin sobrevivientes.

La Batalla de la Serpiente.

- Un encantador de serpientes trae a la superficie a un leviatán de llama azul para que le haga frente al Harrowing. 

- La Niebla Negra se dispersa antes de tocar Aguasturbias, pero el gigante de las profundidades es asesinado en el proceso.

El Caer de la Sombra.

- La Niebla Negra sobrepasa las defensas del Faro del Sur, lo que lo hunde en el fondo del mar. 

- Aguasturbias se queda sin la protección de su luz guiadora.

La Cacería Salvaje.

- Hecarim lidera una hueste espectral que siembra la desolación sobre las costas de Puerto Gris. 

- A pesar de la valiente defensa librada por la flota de pescadores anclada en ese lugar, todas las almas se pierden. 

- Puerto Gris continúa hasta la fecha deshabitado.

La Muerte del Conquistador.

- El poderoso galeón Conquistador se pierde en las profundidades, junto a otros 30 barcos de guerra. 

- Hay quienes afirman haber visto, en los Harrowings subsecuentes, al Conquistador montado sobre las olas etéreas de la Niebla Negra.

La Batalla de Puerto Enlutado.

- El demonio espectral de Mordekaiser encabeza el Harrowing en una noche de masacre y terror, que hunde a Puerto Enlutado en la oscuridad. 

- Se dice que desde entonces las almas de los aparecidos siguen espantando sus calles vacías.

La Armada Carmesí.

- Una flota guerrera proveniente de Noxus cae en las garras nebulosas de la Niebla Negra. 

- Se pierden más de 30 embarcaciones. 

- No hay sobrevivientes.

El Remolino.

- En su intento desesperado por huir de la Niebla Negra, la fragata Ruina de la Luz es tragada por el mar.

La Mortaja.

- Hasta hace medio siglo, esta había sido la mayor extensión alcanzada por el Harrowing que se tuviera registrada.

La Flor de Jonia.

- Una flota jonia de tamaño desconocido se pierde en las tinieblas del Harrowing.

La Sombra y la Fortuna

Con la caída de Gangplank, el caos se apodera de Aguasturbias, donde viejas rivalidades son saldadas con sangre y la guerra entre pandillas amenaza con destrozar la ciudad. Miss Fortune reflexiona sobre el precio de su venganza, mientras la Niebla Negra avanza desde las Islas de la Sombra para descender sobre el puerto en una atroz tormenta de muerte y pesadillas.
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Cuando los sucesos de "Mareas de Fuego" llegó a su fin, el cambio sufrido por la ciudad portuaria fue más que evidente. Twisted Fate y Graves dejaron a un lado sus diferencias y fueron en busca de nuevas aventuras. Sarah Fortune derrocó a Gangplank en medio de una lluvia de plomo. Y la ciudad en sí misma dejó de ser una típica región pirata para convertirse en un lugar realista y peligroso, poblado por gente de toda calaña.

Por desgracia para Miss Fortune, Aguasturbias cambió aunque no del modo que ella esperaba. Gangplank era un líder despiadado, pero su lúgubre determinación era lo único que se interponía entre Aguasturbias y el caos total. Y precisamente en esa situación de caos llega la Niebla Negra del Harrowing para engullir Aguasturbias. Miss Fortune tiene que elegir: Alzarse como líder o ver cómo los no muertos diezman una ciudad ya de por sí debilitada por un caos que ella misma causó.

La Sombra y la Fortuna

Sangre en las calles

Las Carniceras Salvajes atravesaron la mandíbula del Grajilla con un pasador oxidado y lo dejaron colgado para que las alimañas carroñeras del muelle se dieran un festín con sus restos. Esta era la decimoséptima víctima que había visto el hombre encapuchado esta noche.

Una noche tranquila para lo que se acostumbra en Aguasturbias.

Al menos desde que el Rey Corsario encontró su muerte.

Algunas ratas de muelle ya habían devorado con sus colmillos rojos gran parte de los pies del hombre en cuestión y se amontonaban ahora en unas cestas apiladas para arrancar mordida a mordida la suave carne de sus pantorrillas.

El hombre encapuchado siguió su camino.

—Ayuda. Por favor.

Las palabras se ahogaban en una garganta inundada de sangre, de la que apenas lograban salir. El hombre encapuchado dio media vuelta mientras sus manos alcanzaban las armas que colgaban de su cinturón.

Resultaba increíble que el Grajilla aún siguiera con vida, colgado del pincho con mango de hueso. Los ganchos penetraban profundo en la estructura de madera de una grúa de carga. No había forma de liberar al Grajilla sin despedazarle el cráneo.

—Ayuda. Por favor —repitió.

El hombre encapuchado hizo una pausa para considerar las palabras del Grajilla.

—¿Para qué? —dijo al fin— Si te bajo de ahí ahora, estarás muerto por la mañana.

El Grajilla alzó la mano con cuidado y la llevó hasta un bolsillo oculto en su jubón de retazos. De allí sacó un kraken dorado. A pesar de la falta de luz, el hombre encapuchado pudo ver que era genuino.

Los carroñeros bufaron y se erizaron a medida que se acercaba. Las ratas de muelle no eran muy grandes, pero una carne tan apetitosa era un botín por el que darían pelea. Mostraban sus colmillos largos y afilados, y escupían saliva infectada con mil pestes.

El hombre pateó a una de las ratas y la mandó al agua. Luego aplastó a otra. Lanzaban dentelladas impiadosas, pero el astuto juego de pies del encapuchado les impidió acercarse a probar carne; cada uno de sus movimientos era fluido y preciso. Mató a otras tres antes de que el resto se perdiera en las sombras; sus ojos rojos y tétricos brillaban en la oscuridad.

El hombre encapuchado se paró al lado del Grajilla. Sus rasgos no podían distinguirse, pero la luz de una luna solitaria sugería que ese rostro no estaba sonriendo.

—La muerte ha venido por ti —dijo al fin—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.

Metió su mano en su abrigo y sacó una cuchilla de plata brillante. Era del largo de dos palmas y lucía grabados de símbolos en los bordes, que se extendían a lo largo en forma de espiral. Parecía un ornamentado punzón de cuero. Colocó la punta bajo el mentón del hombre agonizante.

La mirada del hombre se ensanchó; su mano arañó la manga del hombre encapuchado mientras contemplaba el vasto océano. El mar se asemejaba a un espejo negro que relucía con la luz que emanaba de incontables velas, de los braseros del muelle y de las lámparas, y que se distorsionaba a través del vidrio reciclado de los miles de cascos en la cara del acantilado.

—Saben lo que acecha en el horizonte —dijo—. Conocen del horror que supone. Y sin embargo, se despedazan entre ustedes como bestias salvajes. No le encuentro explicación.

Giró y golpeó la palma de su mano contra la parte plana del mango del punzón, hundiendo la cuchilla en el cerebro del hombre. Un último reflejo cadavérico y el dolor del Grajilla había terminado. La moneda dorada cayó de la mano del cadáver y fue a parar al océano con un ligero chapoteo.

El hombre retiró la cuchilla y la limpió con los harapos del Grajilla. La introdujo en la vaina dentro de su abrigo para luego sacar una aguja dorada y un trozo de hilo plateado bañado en las aguas extraídas de un manantial joniano.

Coció los ojos y los labios del hombre con una habilidad digna de alguien que ha hecho este tipo de trabajo más de una vez. Mientras cocía, recitaba palabras que había aprendido siglos atrás; palabras malditas que un rey muerto pronunciara hace mucho.

—Los muertos ya no podrán reclamarte —afirmó mientras terminaba con su trabajo y volvía a poner en su sitio sus herramientas.

—Quizás no, pero nosotros no nos iremos con las manos vacías, claro que no —replicó una voz detrás del hombre encapuchado.

Se dio la vuelta y se quitó la capucha para revelar un rostro con el color y la textura de una caoba avejentada, y pómulos que lucían angulares y patricios. Su largo cabello oscuro estaba atado al centro dejando ver los costados descubiertos de su cráneo, mientras sus ojos, que parecían haber sido testigos de un horror inefable, examinaban a los recién llegados.

Eran seis hombres, llevaban delantales de cuero manchados de sangre y cortados de forma tal que mostraban sus musculosas extremidades envueltas en tatuajes de espinas. Cada uno llevaba un gancho dentado y portaban cinturones de los que colgaban una variedad de cuchillos de carnicero. Matones de poca monta embravecidos por la caída del tirano que gobernó Aguasturbias con mano de hierro. Con su ausencia, las pandillas rivales buscaban apoderarse de territorios nuevos, y así la ciudad se volvió un caos.

El sigilo no fue su estrategia para esta situación. Las botas con clavos, el hedor a vísceras y el farfullo de maldiciones varias anunciaron su presencia mucho antes que ellos.

—No me importa que una moneda vaya a parar con la Gran Barbuda, claro que no —dijo el más grande de los carniceros, un hombre con una barriga tan prodigiosa que parecía un milagro que pudiera acercarse lo suficiente a un cadáver como para destriparlo—. Pero uno de los nuestros mató al viejo John ahí, con todas las de la ley, verdad. Así que esa serpiente dorada nos pertenecía.

—¿Quieren morir aquí? —preguntó el hombre.

El hombre gordo se echó a reír.

—¿Tienes idea de con quién estás hablando?

—No. ¿Y tú?

—Dime, entonces, así podré grabar tu nombre en la roca que usaré para hundir tus huesos.

—Mi nombre es Lucian —respondió, mientras abría su larga gabardina y sacaba un par de pistolas forjadas con piedras talladas y metales lustrados desconocidos hasta para el alquimista más intrépido de Zaun. Un rayo de luz fulgente derribó al carnicero gordo, dejándole de paso un agujero abrasador donde solía estar su corazón grotescamente hinchado.

La segunda pistola de Lucian era más chica, con una elegancia más vistosa, y disparaba una línea ardiente de fuego amarillo, el cual partió por la mitad a otro de los carniceros, desde la clavícula hasta la ingle.

Los demás quisieron huir como ratas de muelle, pero Lucian se encargó de ellos uno a uno. Cada ráfaga de luz representaba un disparo mortal, y en un abrir y cerrar de ojos, los seis carniceros yacían muertos.

Guardó sus pistolas y volvió a cubrirse con su gabardina. Otros se verían atraídos por el ruido y la furia de su trabajo, y él no tenía tiempo para salvar a estos hombres de lo que venía.

Lucian suspiró. Fue un error detener su marcha por el Grajilla ese; pero quizás aún quede un ápice del hombre que alguna vez fue. Pudo sentir un recuerdo amenazando con resurgir; sacudió su cabeza para evitarlo.

—No puedo volver a ser el hombre que fui —se lamentó Lucian.

No es tan fuerte como para asesinar al Carcelero Implacable.

Gloria en la muerte

La cota de malla de Olaf estaba bañada en sangre y vísceras; gruñía mientras usaba su hacha con una mano. Del arma brotaban huesos esquilados y músculos desgarrados; su filo había sido templado en una cama de Hielo Puro en lo más profundo del Fréljord.

Antorcha en mano, atravesaba las entrañas empapadas del krakensierpe; con cada hachazo, más profundo avanzaba. Le tomó tres horas llegar tan lejos. Atravesar sus enormes órganos brillantes y huesos gruesos no era una tarea fácil.

Es cierto, la bestia ya estaba muerta: la ensartó hacía una semana, luego de una larga cacería que comenzó en el norte y duró un mes. Brazos fuertes y espaldas anchas habían lanzado más de treinta arpones desde la cubierta del Beso del Invierno hasta perforar su piel escamada, pero había sido la lanza de Olaf la que ultimó a la bestia.

Matar a aquel animal en el corazón de una tormenta agitada a las afueras de Aguasturbias había sido estimulante, y por un momento, mientas la nave se escoraba y casi lo lanza a las fauces de la bestia, pensó que este sería el momento en que por fin conseguiría la muerte gloriosa que tanto anhelaba.

Pero en ese instante, el timonel Svarfell, maldito sea su poderoso hombro, centró el timón para enderezar la nave.

Y Olaf vivió. Una pena. Un día más cerca del terror de morir pacíficamente durante su sueño, ya anciano y con canas.

Atracaron en Aguasturbias con la esperanza de vender el cadáver y seccionarlo en trofeos de batalla: dientes enormes, sangre negra que arde como petróleo y un costillar tan grande que podría cubrir el salón de su madre.

Los otros miembros de la tribu, exhaustos por la cacería, dormían abordo del Beso del Invierno, pero Olaf, siempre impaciente, no podía descansar. En lugar de eso, tomó su hacha brillante y comenzó a desmembrar al colosal monstruo.

Al fin pudo divisar el interior de las fauces de la bestia: un esófago acanalado tan grande que podría tragarse un clan entero o aplastar a un navío saqueador de treinta remos de un solo mordisco. Sus dientes eran colmillos esculpidos que parecían rocas obsidianas.

Olaf asintió con la cabeza. —Sí. Justo como para rodear un corazón circular de los trotavientos y los leedores de huesos y cenizas.

Clavó la base punzante de la antorcha en la carne del krakensierpe y se puso a trabajar; dio hachazos a la mandíbula hasta que se aflojó un diente. Luego de enganchar el hacha a su cinturón, Olaf alzó el diente sobre su hombro mientras gruñía debido al tremendo esfuerzo.

—Es como si fuera un trol de escarcha juntando hielo para llevarlo a la guarida —se quejó, mientras se abría paso por las entrañas de la bestia, caminando entre sangre y jugos digestivos cáusticos que le llegaban hasta las rodillas.

Al cabo de un rato, pudo salir a través de la gigante herida posterior del krakensierpe y tomó una gran bocanada de aire un poco más fresco. Incluso después de haber estado dentro de las tripas de la bestia, Aguasturbias seguía siendo una sopa nauseabunda de humo y sudor y cosas muertas. El aire tenía la pesadez propia del hedor de mucha gente viviendo hacinada, como cerdos en un lodazal.

Dio un escupitajo nauseabundo y exclamó: "Mientras más pronto vuelva al norte, mejor".

El aire en el Fréljord era tan lacerante que podía cortarte hasta el hueso. Cada bocanada de este aire sabía a leche rancia y carne podrida.

—¡Oye! —gritó una voz desde el agua.

Olaf examinó la oscuridad y divisó a un pescador solitario, remando hacia el mar más allá de una línea de boyas adornadas con pájaros muertos y campanas.

—¿Acaso esta bestia te acaba de cagar? —gritó el pescador.

—No tenía oro para pagar el pasaje en barco, así que dejé que me tragara en el Fréljord y me trajera hasta el sur —asintió Olaf.

—¡Esa es una historia que sin duda me sentaría a escuchar! —dijo dl pescador, y sonrió y bebió de una botella rota de vidrio azul.

—Ven al Beso del Invierno y pregunta por Olaf —gritó—. Compartiremos un barril de Gravöl y honraremos a la bestia con canciones de perdición.

Y en las profundidades

El aire que rodea al Muelle Blanco suele oler a excrementos de gaviota y pescado podrido. Pero hoy no: tenía gusto a carne chamuscada y humo, un sabor al que Miss Fortune ya se estaba acostumbrando. Las cenizas oscurecían el cielo y gases hediondos provenían desde el oeste de contenedores encendidos con grasa de leviatán derretida en los Muelles del Matadero. Miss Fortune tenía una sensación grasosa en la boca; escupió en las vigas torcidas del muelle. El agua de allí debajo tenía una capa de residuos que expulsaban los miles de cuerpos que se fueron hundiendo con el pasar de los años.

—Vaya que tuvieron una noche agitada —dijo, señalando el humo que emergía de los acantilados del oeste.

—Así es —respondió Rafen—. Los cuerpos de muchos hombres de Gangplank se hundirán esta noche.

—¿A cuántos más atraparon? —preguntó Miss Fortune.

—Otros diez más de los Cangrejos —dijo Rafen—. Y los Gamberros del Cementerio ya no nos darán más problemas.

Miss Fortune asintió con la cabeza y se volteó a mirar el cañón de bronce ornamentado junto al muelle.

Corvo Navajas yacía dentro del tonel, muerto por el escopetazo que recibió el día en que todo cambió, el día en que la Masacre estalló ante los ojos de Aguasturbias.

Un escopetazo reservado para ella.

Era el momento de Corvo de hundirse con los muertos y ella se lo debía; le debía estar allí y presenciar cómo se perdía en las profundidades. Se habían acercado cerca de doscientos hombres y mujeres para mostrar sus respetos: los tenientes de ella, los antiguos miembros de la pandilla de Corvo y extraños que, pensaba Miss Fortune, eran antiguos camaradas del difunto, o quizás simplemente curiosos que se arrimaron con la esperanza de ver a la mujer que acabó con Gangplank.

Corvo le había contado que una vez fue capitán de su propia nave, un bergantín de dos mástiles que fue el terror de la costa noxiana, pero la única prueba de ello era su palabra. Quizás era cierto, quizás no, pero en Aguasturbias, muchas veces la verdad era mucho más extraña que cualquier historia que pudiera escucharse en los muchos tugurios de la ciudad.

—Veo que también los tienes peleándose en los Muelles del Matadero —dijo Miss Fortune mientras se sacudía partículas de cenizas de las solapas. Una larga cabellera pelirroja caía desde su tricornio y se posaba sobre las hombreras de su levita formal.

—Sí, no fue difícil poner a los Perros del Pueblo Rata en contra de los Reyes del Pantalán —contestó Rafen—. El tal Ven Gallar siempre quiso ese parche. Los muchachos de Travyn dicen que se lo quitaron a su padre hace más de una década.

—¿Será cierto?

—Quién sabe —respondió Rafen—. No importa si pasó ni cómo. Gallar es capaz de salir con cualquier disparate para apoderarse de esa parte de los muelles.

—No queda mucho que controlar por aquí.

—No —asintió Rafen con una sonrisa—. Se han estado matando entre todos. No creo que vayamos a tener problemas con ninguna de las pandillas.

—Otra semana como esta y no quedará vivo ningún hombre de Gangplank.

Rafen le lanzó una mirada de extrañeza, pero Miss Fortune fingió no darse cuenta.

—Vamos, hundamos a Corvo de una vez —dijo Miss Fortune.

Caminaron hasta el cañón, listos para arrojarlo al mar. Un bosque de boyas de madera flotaba en la superficie del agua, desde simples discos de palo seco hasta esculturas elaboradas de sierpes marinas.

—¿Alguien quiere decir algo? —preguntó Miss Fortune.

Nadie dijo nada. Dio la orden a Rafen, pero antes de que pudieran empujar el cañón al agua, una voz resonante hizo eco en todo el muelle.

—Tengo unas palabras para él.

Miss Fortune se dio vuelta para ver a una mujer enorme vestida de túnicas coloridas y acres de tela, que avanzaba a pasos largos por el muelle hacia ellos. Una banda de nativos tatuados la acompañaba: era una docena de jóvenes armados con lanzas hechas de dientes afilados, pistolas anchas y garrotes con ganchos. Se pavoneaban como los pandilleros arrogantes que eran, siempre junto a su sacerdotisa, como si fueran los dueños del pantalán.

—Con mil demonios, ¿qué hace ella aquí?

—¿Illaoi conocía a Corvo? —inquirió Rafen.

—No. Me conoce a mí —dijo Miss Fortune. Escuché que ella y Gangplank... ¿me entiendes?

—¿En serio?

—Es lo que dicen.

—Por la Gran Barbuda, no me sorprende que la gente de Okao nos haya hecho la vida imposible estas últimas semanas.

Illaoi cargaba una piedra enorme y esférica que parecía ser tan pesada como el ancla de la Sirena. La altísima sacerdotisa la llevaba a todas partes, y Miss Fortune suponía que se trataba de una especie de tótem de la religión de los indígenas. A lo que todos llamaban la Gran Barbuda, ellos lo conocían con un nombre impronunciable.

Illaoi sacó un mango pelado de la nada y le pegó un mordisco. Masticó la fruta con la boca abierta y se asomó al interior del barril del cañón.

—Un hombre de Aguasturbias merece la bendición de Nagakabouros, ¿no es cierto?

—¿Por qué no? —dijo Miss Fortune. Después de todo, se encontrará con la diosa en el fondo.

—Nagakabouros no vive en las profundidades —aseveró Illaoi. Solo los tontos paylangi creen eso. Nagakabouros está en todo lo que hacemos, es lo que nos hace avanzar por nuestro camino.

—Sí, qué estúpido de mi parte —dijo Miss Fortune.

Illaoi escupió el hueso fibroso del mango en el agua y revoleó al ídolo de piedra como si fuera una bola de cañón gigante para luego sostenerla justo enfrente de Miss Fortune.

—No eres estúpida, Sarah —dijo Illaoi, riéndose—. Pero ni siquiera sabes quién eres, qué hiciste.

—¿Por qué estás aquí, Illaoi? ¿Acaso es por él?

—¡Ja! Para nada —exclamó la sacerdotisa—. Soy devota de Nagakabouros. ¿Un dios, un hombre? ¿Qué clase de elección es esa?

—Ninguna — dijo Miss Fortune—. Mala suerte para Gangplank.

Illaoi sonrió, dejando a la vista una boca llena de pulpa de mango.

—No estás equivocada —dijo asintiendo lentamente—, pero no me estás escuchando. Permitiste que una anguila filosa se escapara del anzuelo y ahora debes pisotearla y marcharte antes de que te hunda los colmillos. No tardarás en dejar de moverte para siempre.

—¿Qué quieres decir?

—Ven a verme cuando lo entiendas —dijo Illaoi mientras extendía su mano. En su palma se encontraba un pendiente de coral rosado, adornado con una serie de curvas que radiaban con un foco central, como un ojo solitario que no pestañeaba.

—Tómalo —dijo Illaoi.

—¿Qué es eso?

—Una moneda de Nagakabouros para guiarte cuando estés perdida.

—Dime la verdad, ¿qué es?

—No es más que lo que te digo.

Miss Fortune dudó, pero había demasiada gente como para ofender a una sacerdotisa de la Gran Barbuda al rechazar su regalo. Tomó el pendiente y se quitó el tricornio para colocarse la correa de cuero alrededor del cuello.

Illaoi se acercó para susurrarle algo.

—No creo que seas estúpida —le dijo—. Demuéstrame que no me equivoco.

—¿Por qué debería importarme lo que tú pienses? —dijo Miss Fortune.

—Porque se avecina una tormenta —respondió Illaoi, al tiempo que le indicaba algo por sobre sus hombros con la cabeza—. Ya sabes cuál, así que más vale que estés lista para virar la proa hacia las olas.

Se dio la vuelta y pateó hacia las aguas el cañón donde yacía Corvo. Salpicó con mucha fuerza y se hundió entre una espuma de burbujas antes de que volviera a tomar forma la superficie de residuos; quedó solo su cruz, que subía y bajaba para indicar quién estaba debajo.

La sacerdotisa de la Gran Barbuda se marchó por donde había venido, hacia su templo en el acantilado, y Miss Fortune volvió su vista al mar.

Se estaba formando una tormenta en altamar, pero no era allí a donde Illaoi había señalado.

Se refería a las Islas de la Sombra.

La Gran Barbuda

Nadie pescaba de noche en la Bahía de Aguasturbias.

Piet, por supuesto, sabía por qué; conocía esas aguas desde que nació. Las corrientes eran traicioneras, las rocas rompecascos estaban al acecho, a escasos metros de la superficie, y el fondo del mar estaba repleto de barcos naufragados cuyos capitanes no le rindieron al mar el respeto que se merecía. Pero aún más importante: todos sabían que los espíritus de aquellos que se ahogaron en el mar se sentían solitarios y querían que otros los acompañaran.

Piet sabía todo esto, pero, así y todo, debía alimentar a su familia.

Debido a que el barco del capitán Jerimíad había quedado reducido a cenizas al verse atrapado en el fuego cruzado entre Gangplank y Miss Fortune, Piet estaba sin trabajo y sin un centavo para comprar comida.

Se bebió la mitad de una botella de Sidra Escurridiza para juntar el coraje y decidirse a empujar su bote al agua en medio de la noche. La posibilidad de compartir luego un trago con el gigante freljordiano lo ayudó también a calmar los nervios.

Piet bebió otro trago de la botella, se acomodó la barba que le incomodaba el mentón y vertió un sorbo del líquido al agua para honrar a la Gran Barbuda.

Caluroso y entumecido por el licor, el pescador remó más allá de las boyas de advertencia y sus pájaros muertos, hasta llegar a un estrecho del océano cerca de donde había tenido algo de suerte la noche anterior. Jerimíad siempre decía que tenía buen olfato para saber dónde estarían los peces, y algo le decía que los encontraría donde fueron a parar los restos del Masacre.

Piet sacó los remos del agua y los guardó antes de terminarse la Sidra. Luego de asegurarse de dejar un último trago en la botella, la lanzó al mar. Sus dedos cansados y confundidos por la bebida pusieron como carnada en los anzuelos unas larvas que encontró en el ojo de un hombre muerto y después ató sus sedales a las mordazas de la borda.

Cerró los ojos, se inclinó hacia un extremo del bote y colocó ambas manos en el agua.

—Nagakabouros —dijo, con la esperanza de que el utilizar el nombre que los nativos usaban para la Gran Barbuda le diera algo de suerte—, no te pido demasiado. Por favor, ayuda a este pobre pescador y convídale algunos bocados de tu alacena. Cuídame y mantenme a salvo. Y si muero en tu abrazo, deja que me quede en el fondo con el resto de los hombres muertos.

Piet abrió los ojos.

Un rostro pálido lo miraba fijamente, algo turbio, a escasos centímetros de la superficie. Resplandecía con una luz helada, sin vida.

Piet gritó y retrocedió en pánico mientras sus sedales, uno a uno, comenzaron a tensarse. Hicieron girar al bote al tiempo que unos ralos espirales de neblina se levantaban desde el agua. La neblina fue volviéndose espesa y la luz de los acantilados de Aguasturbias desaparecía pronto en la oscuridad a medida que una niebla oscura como el carbón se avecinaba desde el mar.

Los pájaros que debían estar muertos en las boyas comenzaron a chirriar, luego se escuchó el clamor de las campanas mientras sus cuerpos convulsionados balanceaban las boyas de un lado a otro.

La niebla negra...

Piet manoteó buscando los remos; el terror no le permitía colocarlos en los escálamos. La niebla era tan helada que entumecía y unas líneas de negro necrótico le perforaban la piel al simple contacto. Lloraba al sentir cómo un escalofrío de ultratumba le congelaba la espina dorsal.

—Gran Barbuda, Madre de las Profundidades, Nagakabouros —sollozó—. Guíame hacia mi hogar, por favor. Te lo ruego, por fa...

Piet ni siquiera pudo terminar su plegaria.

Un par de cadenas con ganchos puntiagudos atravesaron su pecho; pequeñas gotas de sangre carmesí caían desde sus puntas. Un tercer gancho atravesó su estómago, otro su garganta. Otros dos atravesaron sus palmas y lo jalaron hacia abajo con fuerza, para sujetar a Piet a su bote.

La agonía arrebataba su ser y gritaba ante la presencia de una figura de maldad pura que emergía de la oscura neblina. Un fuego verdoso envolvía su cornuda calavera, y unas cuencas excavadas por espíritus vengadores ardían llameantes regodeándose en su dolor.

El espíritu de ultratumba vestía una túnica oscura y antigua, con unas llaves oxidadas que colgaban a su costado. Una linterna cadavérica envuelta en cadenas gemía y se mecía con un apetito monstruoso en uno de sus puños cerrados.

El cristal de la linterna infernal se abrió para recibirlo y Piet sintió cómo su espíritu era arrancado del calor de su cuerpo mientras. Los llantos de innumerables almas torturadas chillaban desde lo más profundo, encolerizadas en su eterno purgatorio. Piet luchó para que su espíritu no abandonara su cuerpo, pero con un guadañazo espectral, su tiempo en el mundo de los vivos llegó a su fin, y el cristal de la linterna terminó de cerrarse.

—Un alma desgraciada, eso eres tú —dijo con una voz de ultratumba la parca que le había arrebatado la vida—. Pero apenas eres el primero que reclama Thresh esta noche.

La niebla negra comenzó a propagarse. Las siluetas de los espíritus maléficos, espectros aulladores y jinetes fantasmales se multiplicaban en su neblinoso interior.

La oscuridad cubrió todo el mar y llegó hasta tierra firme.

Y las luces de Aguasturbias se comenzaron a apagar.

Algo estúpido

Miss Fortune cerró los cañones de sus pistolas y las dejó sobre la mesa junto a su espada de hoja corta. Un sinfín de campanas frenéticas y gritos de alarma provenían de la ciudad sumida en el pánico, y ella sabía perfectamente lo que eso significaba.

Era el Harrowing.

Para hacerle frente a la tormenta que se avecinaba, dejó las persianas de las ventanas de su nueva villa abiertas de par en par, como retando a la muerte a que viniera por ella. Vientos murmurantes traían consigo el hambre de la neblina y un frío que congelaba hasta los huesos.

Posada en lo alto de los acantilados al este de Aguasturbias, la villa perteneció alguna vez a un líder de pandilla muy odiado. En el medio del caos de la caída de Gangplank, lo sacaron de su cama y le aplastaron los sesos sobre el adoquín.

Ahora aquel lugar le pertenecía a Miss Fortune, maldita la cosa si corría la misma suerte. Con la punta del dedo, recorrió las curvas del pendiente que Illaoi le había dado durante el hundimiento de Corvo. El coral se sentía cálido, y a pesar de que en realidad no creía en lo que representaba, era una baratija más o menos bonita.

La puerta de su recámara se abrió y dejó caer el pendiente.

Sabía quién estaba detrás de ella sin siquiera voltear. Solo un hombre se atrevería a entrar sin llamar a la puerta primero.

—¿Qué haces? —preguntó Rafen.

—¿Qué parece que estoy haciendo?

—Parece que estuvieras a punto de hacer algo muy estúpido.

—¿Estúpido? —dijo Miss Fortune, mientras posaba sus manos sobre la mesa—. Se derramó mucha sangre y perdimos a mucha gente buena para deshacernos de Gangplank. No puedo permitir que el Harrowing me arrebate...

—¿Te arrebate qué?

—Me arrebate esta ciudad —afirmó mientras levantaba sus pistolas y las acomodaba en sus fundas hechas a la medida que portaba en la cintura—. Y no vas a detenerme.

—No estamos aquí para detenerte.

Miss Fortune se dio la vuelta para ver a Rafen en el umbral de su recámara. Una veintena de sus mejores guerreros esperaban en el vestíbulo, armados hasta los dientes con mosquetes, pistolas con tambor, paquetes resonantes de bombas de metralla y alfanjes que parecían sacados de un museo.

—Parece que tú también piensas hacer algo muy estúpido —dijo ella.

—Así es —asintió Rafen, mientras caminaba hacia la ventana abierta y cerraba de un golpe la persiana—. ¿En verdad crees que vamos a dejar que nuestra capitana enfrente eso sola?

—Casi muero tratando de derrotar a Gangplank, y aún no he terminado. Y no espero que me acompañen, no esta noche —dijo Miss Fortune, parada ante sus hombres y descansando sus manos en las empuñaduras de nogal grabadas de sus pistolas—. Esta no es tu lucha.

—Por supuesto que lo es —se quejó Rafen.

Miss Fortune respiró hondo y asintió.

—Hay una posibilidad muy grande de que no vivamos para contarlo —dijo sin poder ocultar el atisbo de sonrisa que se formaba en sus labios.

—Esta no es la primera vez que luchamos contra el Harrowing, capitana —exclamó Rafen, mientras golpeaba la calavera en el pomo de su espada—. Y que me condenen si es la última.

Olaf estaba a la vista del Beso del Invierno cuando escuchó los gritos. En un principio, los ignoró, ya que los gritos no son novedad en Aguasturbias; pero luego vio cómo hombres y mujeres huían despavoridos del muelle, y entonces se interesó.

Salían en desbandada de sus botes y huían hacia las tortuosas calles tan rápido como podían. No miraban atrás y tampoco se detenían, ni siquiera cuando algún compañero tropezaba o caía al agua.

Olaf había visto hombres huir del combate, pero esto era otra cosa. Esto era un terror brutal, de la clase que solo había visto grabado en los cadáveres que desechaban los glaciares donde se dice que habita la Bruja de Hielo.

Las persianas se cerraban en todo el pantalán y los símbolos extraños que había visto en cada puerta estaban siendo espolvoreados frenéticamente con polvo blanco. Cabestrantes enormes levantaban estructuras de madera que se formaban con los cascos atrancados de los barcos que se encontraban en lo alto de los desfiladeros.

Reconoció a un tabernero que atendía un bar de mala muerte donde la cerveza era más fuerte que el orín de trol. Lo llamó.

—¿Qué sucede aquí? —gritó Olaf.

El tabernero sacudió la cabeza y señaló al océano antes de cerrar la puerta de un golpe. Olaf dejó el diente del krakensierpe en el pantalán de piedra y dio media vuelta para ver por qué había tanto escándalo.

Al principio pensó que se avecinaba una tormenta, pero se trataba de una niebla muy gruesa y oscura que provenía del mar, aunque se aproximaba a una velocidad desconcertante y a paso fluido.

—Ah, ya veo —dijo mientras se desabrochaba el hacha del cinturón—. Esto parece interesante.

La sensación que le causaba el mango de cuero de su arma de guerra le sentaba bien a su palma encallada a medida que la pasaba de mano en mano, moviendo sus hombros para aflojar los músculos.

La niebla negra barrió con los barcos más lejanos y los ojos de Olaf se ensancharon cuando vio cómo unos espíritus sacados de las más oscuras de las pesadillas se retorcían entre la neblina. Un caballero del terror enorme, una monstruosa quimera parte caballo de guerra y parte hombre, los guiaba junto a una parca negra que irradiaba un fuego verde. Los señores de la muerte dieron rienda suelta a una hueste de espíritus que cubrieron el muelle, mientras ellos volaban hacia el puerto de Aguasturbias a una velocidad alarmante.

Olaf había escuchado a los nativos susurrar sobre algo llamado el Harrowing, un tiempo de perdición y oscuridad, pero no esperaba contar con la dicha de enfrentarlo con hacha en mano.

La multitud de espectros destrozaron las miserables casuchas y los buques comerciantes y corsarios por igual con garras y colmillos; los despedazaban como un osezno cargando una presa en su hocico. Las lonas y los cordajes cedieron tan fácil como tendones podridos. Los mástiles más pesados se astillaron mientras los barcos caían uno encima de otro para quedar hechos añicos.

Unos cuantos espectros aulladores volaron hacia el Beso del Invierno y Olaf rugió de furia cuando vio cómo la quilla del navío saqueador viraba y se partía. Sus vigas se congelaron en menos de un segundo. El barco se hundió con una gran rapidez, como si estuviera cargado de rocas, y Olaf vio como sus compañeros freljordianos se veían arrastrados al fondo del mar por criaturas con extremidades cadavéricas y bocas como anzuelos.

—¡Olaf hará que deseen haberse quedado en sus tumbas! —vociferó mientras salía a la carga avanzando por el muelle.

De la nada, unos espíritus emergieron del océano y dirigieron sus garras congeladas hacia él. El hacha de Olaf se balanceó y formó un surco brillante en forma de arco que atravesó a la hueste. Los muertos daban horripilantes chillidos cuando su filo los iba desgarrando; la hoja de Hielo Puro era más letal que cualquier encantamiento.

Aullaban en su segunda muerte y Olaf cantaba la canción que había escrito para el momento de su muerte con un vigor casi lujurioso. La letra era sencilla, pero igualaba cualquier saga escrita por los errantes poetas de las tierras del hielo. ¿Cuánto tuvo que esperar para cantar aquella canción? ¿Cuántas veces temió no tener la oportunidad de hacerlo?

Una neblina reluciente que formaba unas mandíbulas asesinas lo rodeó, espectros y formas etéreas era aquello. Telarañas de escarcha cubrieron su cota de malla y el toque mortal de los espíritus voraces quemaron su piel.

Pero el corazón de Olaf era poderoso y bombeaba sangre que ardía con una furia ajena a cualquiera que no fuera el Berserker. Se sacudió el dolor del toque espectral, y sintió cómo la razón se desvanecía y la furia se acumulaba.

Una espuma carmesí se formaba en las comisuras de su boca a medida que mordía el interior de sus mejillas y dejaba la carne viva. Rugió y blandió su hacha como un desquiciado, sin importarle el dolor. Solo quería asesinar a sus enemigos.

Que ya estuvieran muertos no le importaba en lo más mínimo.

Olaf alzó su arma, listo para asestar otro hachazo, cuando un ruido ensordecedor de columnas astilladas y vigas de techos cayendo al suelo estalló a sus espaldas. Giró para enfrentar a su nuevo enemigo, mientras una ventisca de madera destruida y piedras caía como cascada sobre el muelle. Fragmentos afilados cortaron su rostro y trozos de piedras del tamaño de un puño aporrearon sus brazos. Grasa derretida y fluidos de animales caían como una llovizna nauseabunda mientras un gemido horrendo provenía de la niebla oscura.

Y fue entonces cuando lo vio.

El espíritu del krakensierpe se levantó de entre los restos de los Muelles del Matadero. Titánico y lleno de furia, sus tentáculos fantasmales se elevaron para luego caer y golpear con la fuerza de rayos lanzados por un dios iracundo. Una calle entera quedó en ruinas en un abrir y cerrar de ojos, y la furia enloquecida de Olaf finalmente salió a flote cuando contempló a un enemigo digno de reclamar su vida.

Olaf alzó su hacha en señal de saludo a su asesino.

—¡Eres una belleza! —gritó, y salió a la carga buscando su perdición.

El sudario rojo

La mujer era hermosa, con unos ojos anchos y almendrados, labios gruesos y los pómulos muy marcados, como es común en Demacia. El retrato en el relicario era una obra maestra diminuta, pero no captaba la profundidad de la fuerza y determinación de Senna.

Casi nunca miraba su foto, pues cargar con su dolor tan cerca del corazón lo hacía débil. El dolor era una grieta en su armadura. Lucian no podía permitirse sentir el peso de su pérdida, así que cerró el relicario de un golpe. Sabía que debía enterrarlo en la arena de la cueva debajo de los acantilados donde se hallaba, pero no podía sepultar su memoria en la tierra como lo había hecho con el cuerpo de ella.

Evitaría su dolor hasta que Thresh fuera destruido y pudiera vengar con ello la muerte de Senna.

Solo entonces podría lamentar la pérdida de su esposa con lágrimas y ofrendas a la Dama del Velo.

¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella terrible noche?

Sintió el acecho del abismo de tristeza insondable que lo perseguía, como si fuera a emboscarlo, pero lo suprimió con la misma saña que lo había hecho tantas veces. Recurrió a las enseñanzas de su orden, repitiendo mantras que él y Senna aprendieron para protegerse de las emociones. Solo así podía alcanzar un equilibrio interno que le permitiera enfrentar los terrores mortales que escapan a toda imaginación.

El dolor menguaba, pero nunca se iba.

En ocasiones, abría el relicario de mala gana y sentía cómo crecía la distancia entre él y el recuerdo de su esposa. Descubrió que ya no podía recordar el contorno de su rostro, la suavidad de su piel o el color particular de sus ojos.

Mientras más avanzaba en su cacería, más atrás quedaba el recuerdo.

Lucian alzó la cabeza, dejando escapar un suspiro de sus pulmones para reducir el ritmo de sus latidos.

Las paredes de la cueva eran de caliza pálida, hundidas en los acantilados sobre los que se edificó Aguasturbias. El movimiento del agua y las piedras que trajeron los nativos formaban un laberinto bajo la ciudad, desconocido para muchos. Las paredes rocosas pálidas lucían un sinfín de grabados de espirales, olas ondulantes y formas que podrían describirse como ojos abiertos.

Comprendió que estos eran símbolos de la religión de los nativos, pero el que los haya grabado no había visitado el lugar en muchos años. Lo descubrió al seguir los símbolos secretos de su propia orden, símbolos que lo guiarían a lugares de refugio y auxilio en cualquier ciudad de Valoran.

Apenas unos reflejos tenues de luz relucían en el techo de la cueva, pero a medida que sus ojos seguían el espiral de grabados, una luz radiante se propagó desde su palma.

Déjame ser tu escudo.

Lucian bajó su mirada; el recuerdo de sus palabras era tan claro como si estuviera junto a ella.

El relicario brilló con una llama verde centelleante.

Colocó la cadena del relicario alrededor de su cuello y desenfundó sus antiguas pistolas gemelas.

—Thresh —suspiró.

Las calles de Aguasturbias estaban desiertas. Las campanas del océano resonaban aún y los llantos de terror hacían eco desde el fondo del mar. Pueblo Rata estaba totalmente cubierto por la Niebla Negra y las tormentas huracanadas azotaban al desolado Puerto Enlutado. El fuego ardía a lo largo de todo el Puente del Carnicero y una niebla reluciente se aferraba a los acantilados sobre el Puerto Gris.

La gente en los extremos superiores de la ciudad se escondía en sus hogares y rezaba a la Gran Barbuda para que el Harrowing los pasara de largo, que el dolor cayera sobre algún otro desafortunado.

En cada ventana ardía una vela guardiana de color ámbar gris, todas relucientes a través de botellas verdes de cristal marino; de las puertas, persianas y tablones que cubrían las entradas colgaban raíces ardientes de la Emperatriz del Bosque Oscuro.

—¿La gente sigue creyendo en la emperatriz? —preguntó Miss Fortune.

Rafen se encogió de hombros, con los labios tensos y los ojos ceñudos, buscando amenazas en la bruma que se formaba. Sacó un trozo ardiente de la misma raíz de debajo de su camisa.

—Todo depende de dónde deposites tu fe, ¿qué no?

Miss Fortune desenfundó sus pistolas.

—Tengo fe en estas y en nosotros —afirmó—. Pero tomaré un ramito de raíz si te sobra alguno. ¿Qué más traes?

—Este alfanje me ayudó a sobrevivir los últimos seis Harrowings —dijo mientras daba toquecitos a su pomo. —Le ofrecí una botella de ron añejado a la Gran Barbuda y, a cambio, un hombre me vendió este cuchillo, me juró que su hoja es de acero solar puro.

Miss Fortune miró el cuchillo enfundado y, sin siquiera ver la hoja, supo que habían estafado a Rafen. La calidad del arriaz era muy inferior como para ser hoja demaciana, pero no estaba segura si debía decírselo.

—¿Qué hay de ti?

Miss Fortune le dio una palmada a la faltriquera donde guardaba sus balas.

—Todos se han bañado con ron Oscuro de Myron —dijo, asegurándose de que cada uno de los treinta hombres la escuchara—. Si los muertos quieren pelear, los enfrentaremos con nuestros propios espíritus.

El desconsuelo agobiante no daba mucho lugar para reír, pero de todos modos alcanzó a ver algunas sonrisas, no esperaba más en una noche así.

Dio la media vuelta y avanzó hacia Aguasturbias. Bajó por unas escaleras retorcidas, esculpidas con las rocas de los acantilados; cruzó puentes secretos con sogas a punto de ceder y callejones olvidados que no habían sido pisados en años.

Guio a sus hombres hasta la gran plaza de uno de los barrios pobres del muelle, donde las viviendas se balanceaban juntas, como si sus aleros retorcidos se murmuraran secretos. Cada fachada era una armazón de maderas flotantes, y patrones de escarcha se aferraban a las vigas torcidas. Vientos helados soplaban a través de los retales de madera flotante, cargados con llantos y gritos que provenían de la distancia. Braseros en llamas, que colgaban de los cientos de cables encordados entre los edificios, sahumaban hierbas extrañas. Los charcos de agua ondeaban y mostraban imágenes de cosas que en realidad no estaban allí.

En días normales este lugar era un mercado próspero, repleto de puestos, vendedores de carne inquietos, taberneros ambulantes cargados de bebidas, comerciantes vocingleros, piratas, cazarrecompensas y restos de naufragios crujientes de todas partes del mundo. Este lugar estaba a la vista de casi todo Aguasturbias, y eso era justamente lo que ella quería.

La neblina se aferraba a cada risco de madera.

Los restos de los mascarones lloraban lágrimas congeladas.

La niebla y las sombras se reunían.

—¿La Plaza Robacarteras? —dijo Rafen—. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Este era mi territorio cuando era apenas un ladronzuelo. Creía que conocía cada rincón de este lugar.

—No todos —dijo Miss Fortune.

Las casas que quedaban en pie reposaban en silencio y estaban oscuras; resistió el impulso de mirar a través de las sábanas rotas y ondulantes que habían clavado en cada una de las portillas.

—¿Cómo es que tú conoces todos estos caminos y yo no?

—Doña Aguasturbias y yo somos tal para cual —aseveró Miss Fortune, mientras su vista se angostaba al divisar la niebla oscura que se acercaba a la plaza—. Ella me susurra sus secretos como si fuéramos viejas amigas, así que conozco muchos callejoncitos de los que tú no tienes idea.

Rafen gruñó mientras el grupo se desplegaba en la plaza vacía.

—¿Y ahora qué?

—Ahora a esperar —respondió Miss Fortune una vez que llegaron al centro de la plaza, donde se sentían más expuestos.

La niebla negra se agitaba con cosas que se retorcían en sus oscuras entrañas.

De pronto, una espectral calavera incorpórea surgió de las tinieblas, sin ojos y con dientes afilados. Su mandíbula podía abrirse más de lo que cualquier otra estructura ósea pudiera permitir, y un gemido ansioso se formaba en su garganta.

Las balas de Miss Fortune atravesaron las dos cuencas de sus ojos y la calavera desapareció con un chillido de frustración. La capitana hizo girar el tambor de ambas pistolas para que los ingeniosos mecanismos dentro de ellas las recargaran.

Por un momento, reinó el silencio.

Al cabo de un rato, la niebla negra brotó exhalando insoportables chillidos y los espíritus de los muertos hicieron su aparición en la plaza.

La sombra de la guerra

Por segunda vez esa tarde, Olaf se abrió paso en las entrañas del krakensierpe. Blandió su hacha como un leñador enloquecido, cortando a diestra y siniestra con un júbilo desenfrenado. Las enormes extremidades de la bestia eran tan frágiles como la misma neblina, y sin embargo, el hielo de su hoja las cortaba como si fueran carne.

Los tentáculos se agitaban y golpeaban sobre las piedras del pantalán, pero Olaf era muy rápido para un hombre de su tamaño. Los guerreros lentos no sobrevivían en el Fréljord. Daba tumbos y hachazos a su paso, y así amputó un trozo importante de una extremidad, que desapareció tan pronto como se vio cercenada del cuerpo del monstruo.

Incluso bajo las garras del sudario rojo, Olaf pudo ver el cráneo de la criatura en medio del caos de extremidades fantasmales que lo rodeaban.

Los ojos de la criatura estaban encendidos con la furia del espíritu de su vida.

Un momento de conexión sublime se apoderó de ellos.

El alma de la bestia lo conocía.

Olaf se rio de buena gana.

—¡Este es el que te quitó la vida, y ahora nos unimos en la muerte! —rugió—. Si me llegaras a matar, combatiríamos por siempre más allá de los reinos conocidos por los mortales.

La posibilidad de luchar eternamente contra un enemigo tan implacable llenó de fuerza sus músculos adoloridos. Embistió contra las fauces de la bestia sin importarle el dolor; cada sacudida de los tentáculos del krakensierpe quemaba su piel mucho más que las ventiscas que soplan esquirlas en las costas de Lókfar.

Saltó por el aire con su hacha por todo lo alto.

Vio el rostro de la muerte gloriosa.

Un tentáculo lo sorprendió y lo atrapó por el muslo.

Lo revoleó de forma vertiginosa, levantándolo por los aires.

—¡Vamos! —bramó Olaf, mientras levantaba su hacha hacia el cielo como homenaje a su destino compartido—. ¡Hasta la muerte!

Una criatura espectral con garras afiladas y una boca llena de colmillos congelados emergió de la masa turbulenta de espíritus. Miss Fortune puso una bala en su rostro y se esfumó como si lo arrastrara un vendaval.

Un segundo disparo, y otro espíritu desaparecía.

Dejó brotar una sonrisa en medio de su miedo mientras buscaba refugio detrás de una baliza de roca erosionada con la efigie del Rey del Río, para recargar sus pistolas. Arrastrada por el impulso, se inclinó y le dio un beso justo en medio de su mueca dientona.

Todo depende de dónde deposites tu fe.

¿Los dioses, las balas o la habilidad innata?

La sonrisa se esfumó de su rostro cuando una de sus pistolas se atascó con un pedazo de metal. Los sermones de su madre surgieron desde lo más profundo de su memoria.

"Eso es lo que pasa cuando dejas que otro mezcle tu pólvora, Sarah", pensó, mientras guardaba su arma y desenvainaba su espada. Se la había quitado al capitán de una galera demaciana que se dirigía al norte de la costa de Shurima; era una de las más acabadas piezas de artesanía que jamás había visto.

Miss Fortune dejó su refugio, y comenzó a disparar su pistola cargada y a blandir su espada contra las criaturas de la neblina. Su disparo hizo caer a otro espectro y el filo de su espada lo cortó como si aquello fuera de carne y hueso. ¿Acaso los espíritus de los muertos tenían un componente físico que podía lastimarlos? Parecía imposible, pero estaba hiriendo algo en su interior.

No tenía tiempo para pensarlo demasiado y sospechaba que si seguía haciéndolo, el poder al que había accedido desaparecería.

Hombres y mujeres gritaban a medida que la tormenta impiadosa de espíritus colmaba la Plaza Robacarteras. Los espectros rasgaban con garras que congelaban su sangre o atravesaban sus pechos para arrancar sus corazones con un terror indescriptible. Siete habían muerto, quizás más, y sus almas torturadas habían abandonado sus cuerpos para voltearse en contra de sus camaradas. Sus hombres luchaban heroicamente con espadas y mosquetes al grito de la Gran Barbuda, sus seres queridos e incluso dioses paganos de tierras lejanas.

"Lo que sea que funcione", pensó Miss Fortune.

Rafen estaba en una rodilla, con su rostro ceniciento; respiraba como una prostituta de muelle luego de un turno largo. Restos de niebla se aferraban a él como telarañas y la raíz llameante alrededor de su cuello ardía con un brillo carmesí.

—De pie, a esta batalla le falta mucho para concluir —dijo.

—No me digas cuándo termina la batalla —se quejó, al tiempo que volvía a erguirse—. He pasado por tantos Harrowings que no te alcanzarían los dedos para contarlos.

Antes de que Miss Fortune pudiera decir algo, Rafen se inclinó a un costado y le disparó a algo detrás de ella. Un espíritu mezcla de lobo y murciélago chilló mientras se desvanecía, y Miss Fortune devolvió el favor al acabar con un ente de garras y colmillos afilados que se abalanzaba sobre su lugarteniente.

—¡Todos al suelo! —gritó Miss Fortune, antes de sacar unas bombas de metralla de su cinturón y lanzarlas a la neblina huracanada.

La explosión que generaron fue ensordecedora; el fuego y el humo invadieron el lugar. Astillas de madera y fragmentos de rocas rebotaron por doquier. Trozos de vidrio roto cayeron como si fueran una lluvia brillante de dagas. Una niebla punzante colmó la plaza, pero fabricada por vivos y libre de espíritus.

Rafen sacudió la cabeza y se llevó un dedo al oído.

—¿Qué había en esa bomba?

—Pólvora negra mezclada con esencia de copal y ruda —respondió Miss Fortune—. Es una de mis reservas especiales.

—¿Y eso tiene efecto sobre los muertos?

—Así lo creía mi madre —volvió a responder.

—Me basta y me sobra —dijo—. Sabes, quizás podamos llegar a...

—No lo digas —le advirtió Miss Fortune.

La neblina comenzó a amalgamarse con la plaza, primero en zarcillos e hilillos delgados, y luego en contornos luminosos de monstruos: cosas con piernas compartidas, mandíbulas llenas de colmillos y brazos que terminaban en ganchos o pinzas. Los espíritus que pensaron que habían asesinado.

Recobraban sus formas y volvían.

¿Qué decía la gente acerca de los planes y los contenidos de una letrina?

—Parece que los muertos no son nada fáciles de matar —se quejó Miss Fortune, tratando de no demostrar el miedo que sentía.

Fue una tonta al pensar que insignificantes chucherías y fe ciega podrían con los espíritus de los muertos. Quería mostrarle al pueblo de Aguasturbias que no necesitaban a Gangplank, que podían forjar su propio destino.

En lugar de eso, iba a terminar muerta mientras la ciudad quedaba en ruinas.

De pronto, un retumbo grave se hizo eco en la plaza. Luego otro.

Truenos ensordecedores crecían dentro de la tormenta amenazante.

Tanto así que semejaba el martilleo sobre un yunque. Golpearon de forma veloz y estruendosa hasta que su violencia sacudió el suelo.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Rafen.

—No lo sé —respondió Miss Fortune, mientras la figura de un jinete espectral bañado en plata negra emergía de la neblina. Montaba un caballo de guerra de proporciones extrañas, y su yelmo tenía la forma de un demonio pavoroso.

—Un caballero de la muerte —dijo Miss Fortune.

Rafen sacudió su cabeza, su rostro estaba pálido.

—Ningún caballero —dijo—. Es la Sombra de la Guerra...

El purificador

Un terror paralizante invadió a la compañía de Miss Fortune con la sola mención de esta pesadilla eterna de ira asesina y furia sin fin.

La Sombra de la Guerra.

En tiempos remotos, su nombre había sido Hecarim, pero nadie sabía con certeza si aquello era cierto o el invento de un antiguo cuentista. Solo los tontos se atrevían a contar su leyenda macabra alrededor del fuego, y no sin antes haber bebido el suficiente ron como para hundir un buque de guerra noxiano.

A medida que la Sombra de la Guerra emergía de la niebla, Miss Fortune comenzaba a percatarse de que no era un jinete común y corriente. Un temor frío cayó sobre sus hombros, como un velo ante la visión de una criatura monstruosa.

Quizás Hecarim fue alguna vez un caballero, un hombre y un caballo por separado, pero ahora eran uno solo, un gigante imponente cuyo propósito era destruirlo todo a su paso.

—Nos tienen rodeados —dijo una voz.

Miss Fortune se arriesgó a despegar la vista del centauro blindado para ver a un ejército completo de caballeros; sus siluetas centelleaban una radiante transparencia verdosa. Apuntaban con lanzas o espadas de fulgor oscuro. Hecarim desenfundó una guja enorme y puntiaguda cuyo filo emanaba fuego verde.

—¿Conoces algún corredor secreto para salir de aquí? —preguntó Rafen.

—No —respondió Miss Fortune—, quiero enfrentarme a ese bastardo.

—¿Quieres enfrentarte a la Sombra de la Guerra?

Antes de que Miss Fortune pudiera contestar, una figura encapuchada saltó desde la terraza de una tienda de granos para descender sobre la plaza. Aterrizó con estilo; una gabardina de cuero gastado se extendió detrás de él. Cargaba dos pistolas, pero no eran como ninguna que Miss Fortune hubiera visto antes en la mesa de armas de su madre. Eran una artesanía de metal, hechas de bronce, reforzadas con trozos de lo que parecía ser piedra tallada.

La luz se impuso en la plaza gracias a los rayos ardientes que soltaban cada una de sus pistolas, cuya descarga dejaba en ridículo la destrucción del Masacre. El hombre giró en espiral, al tiempo que marcaba objetivos y los mataba, uno por uno, con una velocidad asombrosa. La neblina ardía donde caían sus rayos, y los espectros chillaban mientras eran consumidos por la luz.

La neblina se retiró de la Plaza Robacarteras, llevándose a Hecarim y a los caballeros de la muerte con ella. Algo le decía a Miss Fortune que esto era apenas un respiro momentáneo.

El hombre enfundó sus pistolas y se dio vuelta para ver a Miss Fortune. Se retiró la capucha y reveló unos rasgos apuestos y oscuros, y unos ojos atormentados.

—Es lo que sucede con las sombras —dijo—. Un poco de luz y desaparecen.

Olaf no estaba contento con esta perdición.

Esperaba que los hombres hablaran de su batalla épica con el krakensierpe, y no de esta innoble caída hacia su muerte.

Albergaba la esperanza de que alguien lo hubiera visto cargar contra la bestia marina.

Rezaba para que al menos una persona lo hubiera visto atrapado en el abrazo del tentáculo espectral, siendo sacudido en lo alto del cielo, para luego huir antes de ver cómo lo lanzaba como a un trozo indigno.

Olaf se estrelló y atravesó el techo de un edifico atornillado al costado del acantilado. ¿O quizás era el casco de un barco? Cayó demasiado rápido como para ver lo que era. Vigas estropeadas y cerámicas lo acompañaron en su estrepitosa caída a través del edificio. Pudo ver rostros asombrados que gritaban durante su viaje al abismo.

Olaf atravesó un piso. Una vigueta lo impulsaba contra el viento mientras se precipitaba por los acantilados de Aguasturbias. Rebotó en un afloramiento de rocas y se estrelló de cabeza contra una ventana para luego atravesar otro piso más.

Maldiciones violentas lo seguían en su descenso.

Terminó dando trompos en un bosque colgante de sogas y poleas, banderas y gallardetes. La caída le dio una buena paliza, y su arma y extremidades quedaron colgando. El destino se burlaba de él; en lugar de un sudario rojo, lo envolvía un capullo de lona doblada.

—¡Así no, maldición! —gruñó—. ¡Así no!

La ciudad de los muertos

—¿Quién eres y dónde puedo conseguir unas pistolas como las tuyas? —preguntó Miss Fortune, mientras le ofrecía la mano al recién llegado.

—Mi nombre es Lucian —respondió, tomando su mano con cautela.

—Es un verdadero placer conocerte, amigo —exclamó Rafen, luego de darle una palmada en la espalda como si fueran viejos camaradas. Miss Fortune vio que la confianza de Rafen incomodaba a Lucian, como si hubiera olvidado cómo comportarse ante otros.

Sus ojos inspeccionaron los bordes de la plaza; sus dedos jugueteaban con la empuñadura de sus pistolas.

—Eres más que bienvenido —dijo Miss Fortune.

—Debemos movernos —dijo Lucian—. La Sombra de la Guerra regresará pronto.

—Tiene razón —dijo Rafen, implorando la aprobación de su capitana—. Es hora de volver y cerrar todas las escotillas

—No. Estamos aquí para luchar.

—Mira, Sarah. Lo entiendo. Ganamos Aguasturbias y quieres pelear por ella, para demostrarles a todos que eres mejor que Gangplank. Pues bien, está hecho. Nos adentramos en la Niebla Negra y luchamos contra los muertos. Es mucho más de lo que él jamás hizo. Cualquiera que se atreva a espiar por esas ventanas lo sabe. Rayos, hasta los que no tienen las agallas de mirar seguramente se van a enterar. ¿Qué más quieres?

—Luchar por Aguasturbias.

—Hay una diferencia entre luchar y morir por Aguasturbias —refutó Rafen—. La primera opción me sienta mejor que la segunda. Estos hombres y mujeres te siguieron hasta el infierno, pero es hora de regresar.

Miss Fortune enfrentó a su compañía de guerreros, a cada uno de esos andrajosos y despiadados revoltosos. Todos parecían capaces de vender a su madre por una baratija brillante, pero le dieron todo y mucho más de lo que pudo esperar. Aventurarse en la Niebla Negra fue la acción más valiente que cualquiera de ellos había realizado, y no podía recompensarlos guiándolos directo hacia la muerte solo por su sed de venganza.

—Tienes razón —dijo al fin, mientras tomaba un respiro—. Ya no hay nada que hacer aquí.

—Entonces que la fortuna los acompañe —dijo Lucian, mientras se alejaba y volvía a desenfundar sus pistolas.

—Espera —dijo Miss Fortune—. Ven con nosotros.

Lucian sacudió su cabeza. —No, hay un espectro de neblina al que tengo que destruir. Lo llaman Thresh, el Carcelero Implacable. Le debo una muerte.

Miss Fortune notó como se profundizaban las líneas alrededor de sus ojos y reconoció la expresión que ella misma llevaba desde que asesinaron a su madre.

—Te arrebató a alguien, ¿no? —interrogó.

Lucian asintió lentamente sin decir palabra, pero el silencio pesaba más que cualquier sonido de su voz.

—Claramente esta no es la primera vez que te ves las caras con los muertos —agregó—, pero no llegarás al amanecer si te quedas aquí solo. Quizás eso no signifique nada para ti, pero quien sea que este Thresh te haya arrebatado, no le gustaría que murieras en este lugar.

Lucian bajó la vista, y Miss Fortune notó el relicario que colgaba de su cuello. ¿Acaso era su imaginación o algún truco de la neblina que lo hacía radiar a la luz de la luna?

—Ven con nosotros —dijo Miss Fortune—. Busquemos un sitio seguro hasta mañana y vivirás para hacerlo de nuevo.

—¿Seguro? ¿Qué sitio es seguro en esta ciudad? —ironizó Rafen.

—Creo que conozco un lugar —contestó Miss Fortune.

Abandonaron la Plaza Robacarteras y se dirigieron al oeste, hasta el Puente de la Serpiente donde encontraron al freljordiano. Colgaba de un palo torcido como si fuera un cadáver envuelto en una horca. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los cuerpos sin vida, este se revolcaba como pez fuera del agua.

Una pila de escombros astillados lo rodeaba. Miss Fortune alzó la mirada para ver la distancia de su caída y cuántas viviendas del acantilado había atravesado.

La respuesta era un largo camino, y el hecho de que siguiera con vida era prácticamente un milagro.

Lucian apuntó sus pistolas, pero ella sacudió la cabeza en negación.

—No, este de aquí está del lado correcto de la tumba.

Se escuchaban gritos ahogados dentro del envoltorio; podían percibirse maldiciones dignas de una paliza en cualquier lugar del mundo, proferidas en un marcado acento freljordiano.

Miss Fortune colocó la punta de su espada sobre la lona y comenzó a cortarla de arriba hacia abajo. Un hombre barbudo cayó sobre los cantos como un ballenato recién expulsado de un saco amniótico rasgado. Lo abrazaba el hedor a tripas de pescado y vísceras.

Logró ponerse de pie a duras penas para luego blandir un hacha con una hoja que parecía un fragmento de diamante de hielo.

—¿Cómo llego a los Muelles del Matadero? —preguntó, tambaleándose como si estuviera borracho. Miró a su alrededor, confundido; su cabeza era una masa de chichones y moretones.

—Siempre recomiendo guiarse por la nariz —respondió Miss Fortune—, pero a ti no creo que pueda serte de mucha ayuda.

—Mataré al krakensierpe diez veces si es necesario —declaró el hombre—. Le debo una muerte.

—Parece que muchos tienen la misma deuda —contestó Miss Fortune.

El santuario

El freljordiano se presentó como Olaf, guerrero de la verdadera dama del hielo, y, luego de recuperarse de su conmoción, declaró su intención de unírseles hasta que pudiera luchar contra el espíritu más peligroso que encontraran dentro de la Niebla Negra.

—¿Desea morir? —preguntó Lucian.

—Por supuesto —respondió Olaf, como si la pregunta fuera el epítome de la estupidez—. Busco un final digno de una leyenda.

Miss Fortune dejó al hombre con sus sueños de muerte heroica. Mientras blandiera su hacha en la dirección correcta, sería bienvenido al grupo y avanzaría con ellos.

La niebla los asedió en tres ocasiones, y en cada oportunidad tomó la vida de un desafortunado de la compañía. Una risa maliciosa se hacía eco desde los costados de los edificios. Era como el sonido de un molejón afilando acero oxidado. Filas de aves carroñeras graznaban en las terrazas, anticipándose a un banquete de carne a la luz de la luna. Luces de bienvenida danzaban en la oscuridad de la neblina, como velas cadavéricas seductoras sobre un pantano que todo lo traga.

—No las miren —advirtió Lucian.

Su advertencia no llegó a tiempo a los oídos de un hombre y su esposa. Miss Fortune ignoraba sus nombres, pero sabía que habían perdido a su hijo a causa de una fiebre marina hacía un año. Cayeron por el acantilado al seguir una visión en las luces que solo ellos podían ver.

Otro hombre se cortó la garganta con su propio garfio antes de que sus amigos pudieran detenerlo. Otro más desapareció en la niebla sin que nadie lo notara.

Para cuando llegaron al Puente de la Serpiente, su compañía se había reducido a menos de una docena de individuos. Miss Fortune No podía sentirse mal por ellos. Les había advertido que no la acompañaran. Si lo que querían era una vida eterna, se hubieran refugiado detrás de puertas cerradas y tallas protectoras, aferrados a talismanes con espirales de la Gran Barbuda, rezando a lo que fuera que les otorgara consuelo.

Pero en contra del Harrowing ni eso podía garantizar su seguridad.

Pasaron junto a incontables casas destruidas; sus puertas y persianas colgaban muertas de bisagras de cuero. Miss Fortune tenía la vista fijada hacia adelante, pero era imposible evitar sentir las miradas acusadoras de los rostros congelados y sentir el terror de sus últimos momentos.

—Hay que darle algo de crédito a la Niebla Negra —dijo Rafen mientras pasaban por otro osario con familias frías y muertas en el interior.

Quería sentirse enfadada con él por aceptar semejante horror, ¿pero de qué serviría? Después de todo, tenía razón.

En lugar de eso, se concentró en la silueta de la estructura envuelta en la niebla que estaba del otro lado del puente. Se encontraba en el centro de un cráter excavado del acantilado, como si una poderosa criatura marina hubiera arrancado un gran pedazo de la roca de un mordisco. Estaba construida con los restos que arrastra el océano, como la mayoría de los sitios en Aguasturbias. Sus muros estaban compuestos por maderas arrastradas por el mar y ramas de tierras muy lejanas, y sus ventanas las constituían los restos saqueados de los barcos que salían a flote del fondo del mar. La construcción tenía la característica peculiar de no poseer ni una sola línea recta en toda su estructura. Sus singulares ángulos daban la sensación de que se movía, como si algún día pudiera irse a plantar raíces temporales a otro lugar.

Su aguja estaba igual de torcida, estriada como el cuerno de un narval y coronada con el mismo símbolo en espiral que colgaba del cuello de Miss Fortune. Una luz reluciente envolvía al emblema, y donde brillara, la oscuridad cedía.

—¿Qué es ese lugar? —preguntó Lucian.

—El templo de la Gran Barbuda —respondió Miss Fortune—. La casa de Nagakabouros.

—¿Es un sitio seguro?

—Es mejor que quedarse aquí afuera.

Lucian asintió y todos iniciaron el cruce del sinuoso trecho del puente. Así como la figura del templo, el puente era bastante inconsistente; sus cables ondulaban, como si estuvieran vivos.

Rafen se detuvo en el parapeto derruido y miró hacia abajo.

—Sube más cada año —dijo.

De mala gana, Miss Fortune fue junto a él y miró sobre el borde.

Los muelles y el Pueblo Rata estaban sumidos en la Niebla Negra; la red de góndolas apenas podía divisarse. Aguasturbias se ahogaba en la neblina, atrapada en su agarre letal; sus zarcillos se filtraban aún más en lo profundo de la ciudad. Se escuchaban gritos de terror en la distancia. Cada uno representaba el fin de una vida y la adición de un alma fresca a la legión de los muertos.

Rafen se encogió de hombros. —Unos años más y ningún lugar en Aguasturbias estará fuera de su alcance.

—Muchas cosas pueden pasar en unos años —dijo Miss Fortune.

—¿Esto sucede todos los años? —preguntó Olaf, con un pie posado en el parapeto, ignorando la caída vertiginosa, sin temor alguno.

Miss Fortune asintió.

—Excelente —dijo el freljordiano—. Si mi destino no es morir aquí esta noche, regresaré cuando la Niebla Negra se vuelva a hacer presente.

—Como digas —contestó Rafen.

—Gracias —dijo Olaf, y le dio una palmada en la espalda tan fuerte que casi lo tira del puente. Los ojos del freljordiano se ensancharon cuando vio que una multitud de tentáculos emergía de la neblina y se desenroscaban para aplastar las viviendas del Pueblo Rata.

—¡La bestia! —exclamó.

Y antes de que alguien pudiera detenerlo, se subió al parapeto y se lanzó desde el borde.

—Maldito loco —dijo Rafen mientras la figura de Olaf desaparecía en la neblina debajo de ellos.

—Todo aquel que blande hielo está mal de la cabeza —dijo Miss Fortune—. Pero este tipo es el más loco que haya conocido.

—Que todos entren —imploró Lucian.

Miss Fortune sintió la urgencia que transmitía su voz, y al dar media vuelta lo vio enfrentado a una figura encumbrada cubierta por una túnica oscura y unas cadenas con ganchos. Una luz verde clara envolvía al espectro, que con una de sus pálidas manos alzaba una linterna oscilante. El miedo invadió a Miss Fortune, un miedo que nunca había sentido, jamás desde que vio morir a su madre, y miró fijamente el cañón del arma del asesino.

Lucian desenfundó sus pistolas. —Thresh es mío.

—Todo tuyo —le dijo ella, y se fue.

Miss Fortune dirigió su mirada hacia arriba donde unas sombras cercaban el templo. Su respiración se detuvo unos instantes cuando vio a Hecarim y a sus caballeros de la muerte en la cresta del cráter.

La Sombra de la Guerra erigió su ardiente guja y los jinetes espectrales instaron a sus corceles infernales a descender. Ningún jinete mortal podría descender tan fácilmente de ese lugar, pero estos jinetes estaban muertos.

—¡Corran! —gritó Miss Fortune.

No está muerta

Una luz verde y nociva volvía espeso el final del puente. El Carcelero Implacable escondía sus rasgos cadavéricos debajo de una capucha horrorosa, pero la luz de su linterna reveló los restos de carne desfigurada, demacrada y despojada de toda emoción salvo un placer sádico.

Se movía suavemente, como todos los de su clase, gemidos de dolor brotaban de su túnica a medida que avanzaba. Thresh levantó un poco su cabeza, y Lucian vio cómo el esbozo de una sonrisa se ampliaba con anticipación dejando relucir unos dientes afilados.

—Mortal —dijo Thresh, saboreando la palabra como si fuera una golosina.

Lucian se arrodilló y recitó el mantra de claridad para preparar su alma para la batalla que estaba a punto de comenzar. Se había preparado para este momento unas mil veces, y ahora que el momento había llegado, su boca estaba seca y sus manos empapadas en sudor.

—Mataste a Senna —recriminó mientras alzaba la cabeza y se erguía—. La única persona que me quedaba en este mundo.

—¿Senna...? —se preguntó Thresh. El sonido que emitía era húmedo, espumoso, como si lo profiriera el cuello estrujado de una víctima del nudo de una horca.

—Mi esposa —contestó Lucian, aunque sabía que no debía hablar, ya que cada palabra podría volverse un arma que el espectro podría usar en su contra. Las lágrimas nublaron su vista; el dolor tiraba por la borda toda preparación y pizca de lógica. Levantó el relicario que colgaba de su cuello y lo abrió en un intento de hacerle comprender al espectro la profundidad de todo lo que había perdido.

Thresh sonrió; sus dientes filosos centelleaban mientras tocaba el cristal de la linterna con una uña amarillenta.

—Sí, la recuerdo —dijo engolosinado—. Un alma vital. Todavía fértil y cálida. Lista para ser atormentada. Tenía la esperanza de una vida nueva. Florecía en ella. Fresca, nueva, como una flor en primavera. Es tan fácil deshojar y marchitar a los soñadores.

Lucian alzó sus pistolas.

—Si la recuerdas, quizás también te acuerdes de estas —profirió.

La sonrisa dentada debajo del hábito harapiento nunca flaqueó.

—Las armas luminosas —dijo.

—Y la luz es la perdición de la oscuridad —exclamó Lucian, mientras canalizaba cada resto de odio a sus pistolas antiguas.

—Espera —rogó Thresh, pero Lucian no esperó.

Soltó un par de disparos deslumbrantes.

Una conflagración de fuego purificador envolvió al Carcelero Implacable; sus aullidos eran música para los oídos de Lucian.

Pero pronto los aullidos se transformaron en risas burbujeantes.

Un halo de luz oscura se disipaba alrededor de Thresh para luego terminar dentro de su linterna sin que el fuego lo tocara en lo más mínimo.

Lucian volvió a disparar una lluvia de rayos radiantes que, a pesar de asestar en el objetivo, no tuvieron efecto. Cada disparo se disipaba sin infligir daño alguno contra la niebla brillante de energía negra que emanaba de la linterna.

—Sí, recuerdo esas armas —dijo el espectro—. Despojé sus secretos de la mente de Senna.

Lucian se congeló.

—¿Qué acabas de decir?

Thresh rio con un chirrido ruidoso y tísico.

—¿No lo sabes? ¿Nunca sospechaste ni un poco luego de que la orden renacida supiera de mi existencia?

Lucian sintió un terror frío en su estómago. Un temor que nunca quiso reconocer por miedo a volverse loco.

—Ella no murió —continuó Thresh, mientras alzaba la linterna.

Lucian vio a espíritus torturados retorciéndose en su interior.

Thresh sonrió. —Le arranqué el alma y la conservé.

—No... —dijo Lucian—. Yo la vi morir.

—Todavía grita desesperada dentro de mi linterna —dijo Thresh, mientras se iba acercando con cada palabra sofocada que emitía. —Cada segundo de su existencia es agonía pura.

—No —sollozó Lucian, al tiempo que sus pistolas antiguas caían contra las piedras del puente.

Thresh lo rodeó con las cadenas serpenteantes que surgían de su cinturón de cuero para deslizarse por el cuerpo del caído purificador. Los ganchos atravesaron su gabardina en búsqueda de la carne suave que se encontraba debajo.

—La esperanza era su debilidad. El amor, su ruina.

Lucian observó los rasgos desfigurados de Thresh.

Sus ojos eran agujeros que no contenían más que un vacío infinito y oscuro.

Ya no quedaba rastro de lo que sea que Thresh haya sido durante su vida terrenal. Sin compasión, sin misericordia, sin humanidad.

—Todo es muerte y sufrimiento, mortal —dijo el Carcelero Implacable, mientras su mano buscaba el cuello de Lucian—. No importa a dónde intentes huir: tu único legado es morir. Pero antes que la muerte, estoy yo.

El aire pesaba en la garganta de Miss Fortune mientras corría hacia el templo. Sus pulmones luchaban para tomar aire, y el hielo volvía lento el trabajo de las venas. Unos espirales de neblina enervante llegaron a la roca del templo, impulsados por la presencia de los dos señores de los muertos. Destellos brillantes de luces resplandecían detrás de ella, pero no miró atrás. Sintió el estruendo de pezuñas pisando fuerte sobre la roca; podían verse chispas fulgurantes en la oscuridad.

Se imaginó el aliento de los jinetes espectrales en la nuca.

El espacio entre sus omóplatos ardió de solo pensar que podría alcanzarla una lanza espectral.

Un momento, ¿cómo pueden producir chispas si son fantasmas?

El pensamiento le resultó tan absurdo que la hizo reír, y reía aun cuando azotó contra las puertas torcidas de madera del templo. Rafen y su banda agotada ya se encontraban ahí, golpeando con puños y palmas la puerta.

—¡En el nombre de la Gran Barbuda! ¡Déjennos entrar! —rogó.

Miró hacia arriba cuando Miss Fortune llegó a su lado.

—Las puertas están cerradas —explicó.

—Me di cuenta —dijo jadeando, mientras tiraba del pendiente que Illaoi le había dado. Colocó su palma sobre la puerta, presionando con fuerza el coral contra la madera.

—¡Illaoi! —gritó—. Estoy lista para pisotear a esa maldita anguila. ¡Ahora abre la condenada puerta!

—¿Anguila? —interrogó Rafen—. ¿Qué anguila? ¿De qué estás hablando?

—No importa —contestó, mientras golpeaba hasta hacer sangrar su mano contra la madera—. Creo que era una metáfora.

La puerta se abrió hacia afuera, como si su entrada nunca hubiera sido bloqueada. Miss Fortune retrocedió para permitir que sus guerreros entraran primero y luego dio la media vuelta.

Hecarim alzó y blandió su guja buscando su cráneo.

Una mano la tomó por el collar y la tiró hacia atrás. La punta del arma cortó un centímetro de su garganta.

Cayó duro contra sus espaldas.

Illaoi se encontraba parada en la entrada, sosteniendo su ídolo de piedra delante de ella a manera de escudo. Una neblina blanca se aferraba a él como si fuera electricidad.

—Los muertos no son bienvenidos aquí —declaró.

Rafen y los demás cerraron la puerta y trabaron ambas anclas oxidadas con un palo pesado de roble estacionado. Un fuerte impacto estremeció la puerta.

La madera se rajó y volaron algunas astillas.

Illaoi se dio la vuelta y pasó al lado de Miss Fortune, que aún estaba desparramada sobre un mosaico de fragmentos de caracolas y arcilla.

—Te tomaste tu tiempo, niña —dijo la mujer, mientras Miss Fortune se ponía de pie. El templo estaba lleno, con al menos doscientas personas, quizás más. Reconoció una parte representativa de los habitantes de Aguasturbias: su población nativa, piratas, comerciantes y una variedad de gentuza de mar, además de viajeros desafortunados o poco inteligentes que atracaron con el Harrowing estando tan cerca.

—¿Crees que aguante esa puerta? —preguntó.

—Quizás sí, quizás no —contestó Illaoi, al tiempo que se dirigía hacia una estatua con muchos tentáculos ubicada en el centro del templo. Miss Fortune trató de entender lo que representaba, pero se rindió luego de la enésima vez que sus ojos se perdieron en los muchos espirales y curvas circulares.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo —dijo Illaoi, mientras colocaba a su ídolo en un hueco cóncavo de la estatua. Comenzó a moverse alrededor de ella, para luego dar una serie de golpes rítmicos sobre sus muslos y pecho con sus puños. La gente dentro del templo la imitaba. Golpeaba sus palmas contra su piel desnuda, además de pisotear y hablar en un idioma que la capitana desconocía.

—¿Qué están haciendo?

—Le devolvemos algo de movimiento al mundo —respondió Illaoi—. Pero necesitaremos más tiempo.

—Pues lo tendrán —prometió Miss Fortune.

Lucian sentía cómo los ganchos espectrales penetraban su carne. Eran mucho más fríos que el hielo del norte y el doble de dolorosos. La mano del carcelero se cerró en su garganta y su piel ardió con el tacto del espectro. Sintió cómo le quitaba su fuerza, y cómo desaceleraba el latido de su corazón.

Thresh levantó a Lucian y alzó su linterna, lista para recibir su alma. Las luces en su interior se lamentaban y retorcían inquietas; rostros y manos fantasmales presionaban el cristal desde adentro.

—Anhelé tu alma durante mucho tiempo, cazador de las sombras —dijo Thresh—. Pero recién ahora está lista para ser segada.

La visión de Lucian se nublaba, y sentía cómo su alma abandonaba sus huesos. Luchaba, intentaba resistir, pero el segador implacable cosecha almas desde que el mundo es mundo, y de este arte sabía más que nadie.

—Esfuérzate más —dijo Thresh, con un apetito monstruoso—. Las almas arden aún más cuando dan pelea.

Lucian intentó hablar, pero las palabras no salían de su boca, solo una corriente de aliento cálido que transportaba su alma.

Una guadaña brillante flotaba sobre Lucian, una segadora de almas bañada en sangre. Su hoja tembló con anticipación.

Lucian...

Esa voz. Su voz.

Mi amor...

El filo asesino de la cuchilla de Thresh giró para buscar un ángulo que facilitara separar el alma del cuerpo.

Lucian contuvo la respiración al ver un rostro resuelto en el cristal de la linterna. Uno entre miles, pero uno que teníamás de una razón para abrirse paso hasta el frente.

Unos labios carnosos y ojos almendrados y anchos le imploraban que viviera.

—Senna... —suspiró Lucian.

Déjame ser tu escudo.

Supo de inmediato qué quiso decir con eso. El vínculo entre ambos era tan fuerte como en la época en que cazaban criaturas de las sombras juntos.

Con la última porción de fuerza que le quedaba, Lucian agarró y arrancó el relicario que colgaba de su cuello. La cadena reflejaba un brillo plateado a la luz de la luna.

El Carcelero Implacable vio que algo andaba mal y bufó enojado.

Lucian fue más rápido.

Tomó la cadena como si fuera una honda, pero en lugar de soltar una bala de plomo, la usó a modo de látigo para atrapar el brazo que sostenía la linterna. Antes de que Thresh pudiera deshacerse de ella, Lucian sacó el punzón plateado de la vaina que se encontraba dentro de su abrigo y lo hundió en la muñeca del espectro.

El Carcelero Implacable chilló del dolor, una sensación que probablemente no había experimentado en mil años. Soltó a Lucian y se revolcó en agonía. De pronto, las miles de almas que estaban atrapadas en su linterna encontraron la forma de atacar a su atormentador.

Lucian sintió cómo su alma retornaba a su cuerpo. Tomó grandes bocanadas de aire, como un hombre a punto de ahogarse que logró subir a la superficie.

De prisa, mi amor. Es demasiado fuerte...

Su vista retornó, mucho más clara que nunca. Lucian recogió sus pistolas del suelo. Alcanzó a ver el más breve destello del rostro de Senna en la linterna y lo grabó en su corazón.

Su rostro no volvería a desdibujarse de sus recuerdos nunca jamás.

—Thresh —dijo, mientras le apuntaba con ambas pistolas.

El Carcelero Implacable alzó la vista. El vacío de sus ojos ardía iracundo al ver cómo sus almas capturadas lo desafiaban. Miró a Lucian a los ojos y extendió su linterna, pero las almas rebeldes disiparon toda protección que en su momento habían ofrecido.

Lucian disparó una ráfaga abrasadora y perfecta.

Las balas atravesaron la túnica fantasmal del Carcelero Implacable y quemaron su forma espiritual, volviéndolo un infierno ardiente de luz. Lucian avanzó hacia Thresh; sus armas gemelas estaban en llamas.

El Carcelero Implacable, que aullaba agonizante, se alejaba de la despiadada cortina de fuego de Lucian, ahora que su forma espectral no tenía el poder de resistir el ataque de estas armas de poder ancestral.

—La muerte ha venido por ti —aseveró Lucian—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.

Thresh aulló por última vez antes de saltar del puente y caer a la ciudad como un cometa en llamas.

Lucian lo observó caer hasta que la Niebla Negra se lo tragó.

Se desplomó de rodillas.

—Gracias, mi amor —dijo Lucian—. Mi luz.

Extraños asociados

Las paredes del templo se sacudían por la violencia del ataque. La niebla negra supuraba entre las tablas desiguales y las rendijas del cristal descartado de las ventanas. La puerta se estremeció en su propio marco. Unas garras desesperadas rasgaban la madera. El eco de incontables gritos, como un vendaval de aullidos, golpeaba contra el techo de vigas disparejas.

—¡Allí! —gritó Miss Fortune al divisar a una infinidad de criaturas de neblina que observaban con ojos carmesí a través de la parte rota de la pared que alguna vez fue una serie de cajas para té de Jonia.

Se arrojó justo en medio de los espectros. Fue como saltar desnuda en medio de un hueco de hielo cavado en un glaciar. Hasta el más mínimo roce con los muertos absorbía calor y vida.

El pendiente de coral ardía y quemaba su piel.

Empuñó su espada robada y comenzó a atravesar a las criaturas con ella, y volvió a sentir el mismo ardor de la última vez. Sus balas no servían contra los muertos, pero la espada demaciana podía herirlos. Retrocedían; se alejaban de ella, chillando y bufando.

¿Será que los muertos conocen el miedo?

Parecía que sí, ya que huían despavoridos del filo brillante de la espada. Pero no permitiría que se escaparan: apuñaló y acuchilló a la niebla, sin importar dónde apareciera.

—¡Eso es! ¡Corre! —gritó.

Una niña gritó pidiendo auxilio, y Miss Fortune salió de inmediato a su rescate, antes de que la niebla pudiera alcanzarla. Se lanzó y la atrapó entre sus brazos rodando por el suelo para ponerla a salvo. Unas garras frías se clavaron en su espalda. Miss Fortune resolló mientras un frío asolador se abría paso a través de sus extremidades.

Lanzó una puñalada detrás de sí, y algo muerto chilló horriblemente.

Una mujer que se refugiaba detrás de un banco volcado se estiró para alcanzar a la niña. Miss Fortune la soltó para que corriera a su resguardo. Tuvo que esforzarse para ponerse de pie; la debilidad le recorría el cuerpo como una infección rabiosa.

Se escuchaban disparos y el choque del acero por doquier, acompañados de aullidos y gritos de terror.

—¡Sarah! —gritó Rafen.

Alzó la vista justo para ver cómo la barra de roble que aseguraba la puerta se resquebrajaba de palmo a palmo. Rafen y una docena de hombres apoyaban sus espaldas contra la puerta en un intento por contener el ataque, pero la puerta comenzaba a ceder, hundiéndose hacia adentro con cada golpe. Las rajaduras comenzaron a esparcirse, dejado entrar a las ansiosas manos de la niebla. Las falanges neblinosas arrebataron a un hombre cuyos gritos, que rogaban piedad, se cortaron de forma abrupta para desaparecer en la espesa negrura.

El brazo de otro hombre que se disponía a ayudarlo también desapareció en la niebla..

Rafen revoleaba y clavaba su daga a través del hueco.

Las garras arrancaron la inútil arma en su mano.

Un cuerpo aullante se abrió paso por la puerta derruida y hundió sus manos en el pecho de Rafen. El lugarteniente rugió de dolor; su rostro se volvió pálido.

Miss Fortune fue tambaleándose hacia él, ya casi sin fuerzas. Su espada rebanó los brazos espectrales y la criatura chilló mientras desaparecía. Rafen se derrumbó sobre ella, cayeron juntos y quedaron tendidos en la nave.

Rafen jadeaba intentando respirar; su semblante estaba tan débil como el de ella.

—¡No te me vayas a morir, Rafen! —resolló.

—Se necesita más que un muerto para matarme —gruñó—. El muy bastardo solo me sacó el aire.

Se rompió un cristal en algún lugar del techo. Sobre sus cabezas se fusionaban espirales de neblina oscura que formaban una masa sofocante de dientes, garras y ojos hambrientos.

Miss Fortune intentó ponerse de pie, pero no podía con sus fatigadas extremidades. Rechinaron sus dientes de impotencia. Apenas unos pocos integrantes de su compañía seguían en pie, y la gente que se refugiaba ahí dentro no sabía pelear.

Los muertos estaban entrando.

Miss Fortune se dio la vuelta y miró a Illaoi.

La sacerdotisa estaba rodeada por su gente, quienes continuaban circundando la estatua con su ritual de golpes de puños y palmas. No parecía que estuviera surtiendo efecto alguno. La extraña estatua seguía inmóvil e impotente.

¿Qué esperaba? ¿Que cobrara vida y expulsara a los muertos como si fuera un gólem de hierro de Piltóver?

—¡Lo que sea que estés haciendo, hazlo más rápido! —gritó Miss Fortune.

Una parte del techo se desprendió y voló hacia la tempestad que rodeaba al templo. Una columna arremolinada de espíritus penetró el lugar, aterrizando como si fuera un tornado. Espectros y otras cosas que desafiaban a la comprensión humana se desprendían del vórtice fantasmal para atacar a los vivos.

Finalmente, la puerta cedió y terminó por abrirse. Las maderas estaban secas y podridas debido al contacto de los muertos. El estridente sonido de un cuerno de cacería colmó el templo, y las manos de Miss Fortune se apresuraron a cubrir sus oídos para protegerse de los ecos ensordecedores.

Hecarim irrumpió en el templo, pisoteando a los hombres que apuntalaban la puerta con sus cuerpos. La guja en llamas de la Sombra de la Guerra los despojó de sus almas, y el fuego helado de su filo iluminó el templo con un resplandor nefasto. Sus caballeros de la muerte entraron cabalgando detrás de él, y los espíritus que ya estaban dentro del templo se retiraron en reconocimiento a la infame gloria de Hecarim.

—Dije claramente que los muertos no son bienvenidos aquí —bramó Illaoi.

Miss Fortune alzó la vista para ver a la sacerdotisa erguida a su lado, robusta y majestuosa. Una luz pálida se aferraba a sus extremidades y lanzaba chispas sobre el ídolo de piedra que sostenía con sus manos temblorosas. Las venas de su cuello sobresalían como si fueran calabrotes, su barbilla estaba tensa y el sudor le corría como un arroyo por el rostro.

Lo que sea que Illaoi estuviera haciendo, le demandaba mucho esfuerzo.

—Estas almas mortales son mías —proclamó Hecarim. Miss Fortune no pudo evitar retroceder ante las palabras de hierro que emitía su voz.

—No, no lo son —refutó Illaoi—. Esta es la casa de Nagakabouros, cuya postura es opuesta a la de los muertos.

—Los muertos tendrán lo que reclaman —afirmó Hecarim, mientras apuntaba su guja al corazón de Illaoi.

La sacerdotisa sacudió su cabeza.

—Pues no será hoy —respondió—. —No mientras pueda moverme.

—No puedes detenerme.

—Tan sordo como muerto —se burló Illaoi, y sonreía mientras un brillo prominente surgía detrás de ella—. No dije que yo iba a detenerte.

Miss Fortune se dio la media vuelta y vio que la estatua de espirales irradiaba un brillo deslumbrador. Una luz blanca emanaba de su superficie; las sombras huían de su alcance. Se cubría sus ojos a medida que el resplandor aumentaba, como tentáculos retorciéndose. La luz disipaba a la Niebla Negra por completo al tocarla, y dejaba a la vista a las almas retorcidas que se encontraban dentro de ella. La sinuosa luz expulsaba a los muertos; purgaba la magia maligna que les negaba su descanso eterno desde hace muchísimo tiempo.

Miss Fortune esperaba gritos, pero en lugar de eso los muertos lloraban de alegría mientras sus almas eran liberadas para continuar su camino. La luz se propagaba por las paredes agrietadas, y Miss Fortune gritó luego de que la tocara y retirara el entumecimiento mortal de su cuerpo con una ráfaga de calor y vida.

La luz de Nagakabouros cercó a Hecarim, y ella vio el miedo que le provocaba pensar en la transformación que esta le ocasionaría.

¿Qué podría ser tan espantoso como para elegir permanecer maldito?

—Puedes ser libre, Hecarim —dijo Illaoi. Su voz se notaba cansada, casi al límite de lo que podía soportar, debido a todos los que había liberado—. Puedes seguir adelante, vivir en la luz como el hombre que siempre soñaste ser antes de que su dolor e insensatez te doblegaran.

Hecarim rugió y esgrimió su guja hacia el cuello de Illaoi.

La espada de Miss Fortune la interceptó y el choque produjo un fulgor de chispas. Sacudió su cabeza.

—Vete de mi ciudad —exclamó.

Hecarim retrajo su guja para un segundo ataque, pero antes de que pudiera hacerlo, la luz lo alcanzó y perforó su velo de oscuridad. Bramó de dolor; su roce ardiente provocó que se desplomara. La silueta del jinete centelleó, como si fueran dos fotografías en un estuche agitándose con la luz de las velas sobre el mismo telón.

Miss Fortune alcanzó a ver un destello fugaz de un jinete alto, cubierto por una armadura de plata y oro. Un hombre joven, apuesto, imponente, de ojos oscuros y con un futuro glorioso por delante.

¿Qué le pasó?

Hecarim rugió y huyó del templo.

Sus caballeros de la muerte y la oscuridad se fueron con él; una hueste de espíritus chillones y andrajosos lo siguió.

La luz de Nagakabouros se propagó por toda Aguasturbias como el amanecer inminente. Nadie que la haya visto podría recordar una vista tan placentera. Era como los primeros rayos de sol luego de la tormenta, como el primer atisbo de calor luego de un invierno amargo.

La Niebla Negra cedió ante ella; se enturbiaba en un torbellino agitado de espíritus estremecidos por el miedo. Algunos muertos se enfrentaban entre sí en una especie de lucha frenética para volver de donde habían venido mientras que otros buscaban entusiastas el abrazo liberador de la luz.

El silencio reinó una vez que la Niebla Negra se retiró hacia el océano, en dirección a la isla maldita donde demandaba autoridad.

Finalmente, rompió el alba en el horizonte, al tiempo que soplaba un viento purificador en la ciudad y la gente de Aguasturbias soltaba un respiro colectivo.

El Harrowing había terminado.

En movimiento de nuevo

El silencio se adueñó del templo. La falta absoluta de sonido era un contraste severo con el caos de hacía unos momentos.

—Ya terminó —dijo una aliviada Miss Fortune.

—Hasta la próxima vez —contestó Illaoi, agotada—. El hambre de la Niebla Negra arde como una enfermedad.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—Lo que tenía que hacer.

—Sea lo que sea, te lo agradezco.

Illaoi sacudió la cabeza y posó su poderoso brazo sobre el hombro de Miss Fortune.

—Agradécele a la diosa —dijo Illaoi—. Hazle una ofrenda. Algo grande.

—Lo haré —contestó Miss Fortune.

—Más te vale. A mi dios no le agradan las promesas vacías.

La amenaza solapada la exasperó, y por un momento pensó en atravesarle el cráneo con una bala; pero antes de que pudiera sentir siguiera el cosquilleo de sus pistolas, Illaoi se desplomó como una gavia rota. Miss Fortune trató de sujetarla, pero la sacerdotisa era demasiado corpulenta como para sostenerla ella sola.

Se fueron de bruces juntas contra el piso.

—Rafen, ayúdame a quitármela de encima —suplicó.

Juntos apoyaron a Illaoi contra un banco roto. Rezongaron debido al esfuerzo de tener que levantar su peso colosal.

—La Gran Barbuda surgió de entre los mares... —dijo Rafen.

—No digas estupideces, anciano —reprochó Illaoi—. Ya te dije que Nagakabouros no vive bajo el mar.

—Entonces, ¿dónde vive? —preguntó Rafen—. ¿En el cielo?

Illaoi sacudió su cabeza y le pegó un puñetazo en el corazón. Rafen refunfuñó y se dobló del dolor.

—Ahí es donde la encontrarás.

Illaoi sonrió ante lo tangencial de su respuesta. Entonces, sus ojos se cerraron.

—¿Está muerta? —preguntó Rafen, mientras se frotaba el pecho adolorido.

Illaoi levantó su brazo y lo abofeteó.

Luego, comenzó a roncar como un estibador enfermo de los pulmones.

Lucian estaba sentado al borde del puente y observaba a la ciudad emerger luego de disiparse la Niebla Negra. Había odiado a Aguasturbias a primera vista, pero dejaba entrever una belleza oculta a medida que la luz del alba bañaba sus techos de cerámica con un resplandor tibio de color ámbar.

Una ciudad renacida, como cada vez que se desvanecía el Harrowing.

Un nombre apropiado para un momento tan tétrico: el Horror, el Harrowing; pero uno que cargaba con apenas una fracción de la tristeza de sus orígenes. ¿Entendería alguien realmente la verdadera tragedia de las Islas de la Sombra?

Y si así fuera, ¿les importaría?

Se dio la vuelta al escuchar pisadas a sus espaldas.

—Es una vista algo bonita desde aquí arriba —dijo Miss Fortune.

—Pero solo desde aquí arriba.

—Sí, este es un nido de sabandijas —reconoció Miss Fortune—. Te encuentras a gente buena y a gente mala, pero he estado tratando de deshacerme de los peores.

—Según me cuentan, comenzaste una guerra —dijo Lucian—. Hay quienes dicen que quemaste la casa entera para matar una sola rata.

Vio un rastro de coraje aparecer en su rostro, que pronto desapareció.

—Creí que estaba mejorando la situación de todos —dijo la capitán mientras se sentaba a horcajadas sobre el parapeto —. Pero las cosas no hacen más que empeorar y tengo que hacer algo al respecto, desde ya.

—¿Es por eso que te aventuraste en la Niebla Negra?

La mujer lo pensó por un momento.

—Al principio tal vez no —respondió—. Dejé escapar una anguila de su anzuelo cuando maté a Gangplank, y si no la atrapo y vuelvo a engancharla, va a morder a mucha gente.

—¿Una anguila?

—Lo que quiero decir es que cuando derroqué a al Rey de los Piratas, no sabía bien qué pasaría cuando él no estuviera. Tampoco me importaba mucho —reconoció—. Pero ya vi lo que sucede ahí abajo, cuando no hay alguien que tome el control. Aguasturbias necesita a alguien fuerte en la cima, y no hay razón para que ese alguien no sea yo. La guerra apenas ha comenzado, y la única manera de que termine rápido es que yo la gane.

El silencio entre ellos se estiró.

—Mi respuesta es no.

—No pregunté nada.

—Ibas a hacerlo —replicó Lucian—. Quieres que me quede y te ayude a ganar esta guerra, pero no puedo. Tu lucha no es mi lucha.

—Podría serla —argumentó Miss Fortune—. La paga es buena y estarías matando a muchos malvados, y salvando un montón de almas inocentes.

—Solo hay un alma a la que me interesa salvar —respondió Lucian—. Y no la salvaré en Aguasturbias.

Miss Fortune asintió y le ofreció su mano.

—Entonces me despido y te deseo una buena cacería —dijo, ya de pie y sacudiendo el polvo de sus pantalones—. Espero que encuentres lo que estás buscando. Solo ten en cuenta que puedes perderte en la venganza.

Lucian la observó volver rengueando hacia el templo en ruinas, al tiempo que los supervivientes salían, intermitentes, a la luz del día. Pensó que entendía lo que lo motivaba, pero no tenía la más pálida idea de lo que sentía.

¿Venganza? Su misión iba más allá de la venganza.

Su amada estaba bajo el tormento de un espectro imperecedero, una criatura de tiempos ancestrales que entendía el sufrimiento más que nadie.

Miss Fortune no comprendía ni una fracción de su dolor.

Lucian se incorporó y alzó su vista hacia el mar.

El océano se había calmado. Era una vasta extensión de color verde esmeralda.

Ya había movimiento de gente en los muelles; gente reparando barcos y reconstruyendo sus hogares. Aguasturbias nunca se detuvo, ni siquiera después de las secuelas que dejó el Harrowing. Le echó un vistazo al bosque de mástiles que se mecían; buscaba un barco que no estuviera muy dañado. Quizás podría convencer a un capitán desesperado de que lo llevara a su destino.

—Voy por ti, mi luz —dijo—. Y te liberaré.

El pescador refunfuñaba mientras renegaba con el cabrestante de la popa para tirar del grandulón y sacarlo del agua. La soga estaba desgastada, y él sudaba en el aire helado mientras jalaba de la manija.

—Por los pelos de su mentón barbudo, sí que eres un bastardo enorme, seguro que sí —se quejaba, mientras lo enganchaba de la armadura con un arpón y lo colocaba en la cubierta ondulante. Estaba atento por si aparecía algún depredador, de la superficie o de las profundidades.

No pasó mucho tiempo luego de que la Niebla Negra se retirara para que muchos barcos se lanzaran al mar. Las aguas estaban atiborradas de saqueadores, y si no eras rápido, te quedabas sin nada.

Fue el primero en divisar al hombre a la deriva, y tuvo que luchar contra seis rufianes de alcantarilla antes de poder llegar hasta él. Que lo partiera un rayo si unas escorias del muelle lograban robarle este botín.

El hombre grande había estado flotando en una cama de lo que parecían los restos de un krakensierpe gigante. Sus tentáculos estaban maltrechos e hinchados con gases nocivos, los cuales fueron los que mantuvieron a flote la figura del grandulón y su armadura.

Soltó al hombre aquel en la cubierta y lo recostó junto a la borda antes de echarle una mirada de diagnóstico a su cuerpo.

Una pesada cota de malla de hierro compuesta de anillos y escamas, botas resistentes y forradas en piel, y una magnífica hacha colgaba del cinturón de su armadura.

—Oh, sí. Voy a ganar algunos krakens contigo, preciosidad —dijo, mientras bailaba una giga alegre en su barco—. ¡Algunos krakens, claro que sí!

El grandulón tosió y escupió agua salobre.

—¿Todavía sigo con vida? —preguntó.

El pescador detuvo su alegre giga y deslizó una de sus manos en busca del cuchillo largo de su cinturón. Lo usaba para destripar pescados. No veía por qué no podía usarlo para degollar a una persona. No sería la primera vez que un rescatista ayudaba a alguien a encontrar a la Gran Barbuda para reclamar su botín.

El grandulón abrió los ojos.

—Vuelve a tocar ese cuchillo y te cortaré en más pedazos que a ese maldito krakensierpe.

Referencias

http://lan.leagueoflegends.com/es/site/bilgewater/#

http://lan.leagueoflegends.com/es/site/shadow-and-fortune/index.html

Wildlife

The Land and coastal areas house an large assortment of astounding creatures, such as: Wharf Rats and Rift Scuttler Scuttler Crabs.
There are also more mundane creatures inhabiting the coastlines and docks such as seagulls.
Various monsters from across Runeterra are shipped through the black market, trained extensively and sold as living commodities for entertainment, industrial use or simply as loyal underlings. The illegal trade is especially prevalent in a pirate haven such as Bilgewater. As is the principle in the black market trade, those who pay more Krakens undoubtedly get better monsters than those who pay less. Examples of these mercenary beasts are: Ironback Ironbacks, Ocklepod Ocklepods, Plundercrab Plundercrabs, and Razorfin Razorfins.

Wharf Rat

Wharf Rat.jpg

A Warf Rat and her young.

Wharf Rats a terrifying blend of shark and rat commonly found on the docks of Bilgewater. These creatures are larger than dogs and are known to prey upon drunks and lone fishermen on moonless nights. They often travel in packs, and are easily capable of biting a man's leg off.

Scuttler Crab

Rift Scuttler Scuttler Crab or Rift Scuttler lives in the fresh waters of Valoran and can be found near the docks of Bilgewater and in Summoner's Rift. They are small green-shelled crustaceans with 3 pairs of legs and one pair of front claws. They sometimes bury themselves into the muck of the river to avoid predators and are known to either avoid or flee from dangers. To confer peaceful resolution (Hence the elusive pacifist nickname) to the force that subdues it, it will grant them them a boon: a persistent field around it that grants vision and magical speed to the aggressor and its allies.

In Bilgewater one can come across many astounding creatures brought from the dark and mysterious Guardian's Sea, such as: Dragon-Sharks, Sea Serpents, Giant Squid, Four-eyed Shark Creature and Kraken.
There are also more mundane creatures inhabiting the sea, coastlines and docks such as: octopi, hammerhead sharks, devilfish, clams and fish.

Hammerhead Sharks

They are a ocean dwelling species of sharks native to the Guardian's Sea and Bilgewater. Their brown hide is rough, almost scale like. They head is in the shape of a hammer with two pairs of eyes and also have five fins for movement.

Giant Squid

Giant Squids are a deep-ocean dwelling species of squid native to the Guardian's Sea. They tend to be the size of a house, although some are said to grow even bigger, and can sometimes attack smaller ships. They are also usually hunted for either food or sport, the latter of which is just as dangerous as the former.

Krakens

Krakens are large serpent/octopi-like species that have been sighted in the Guardian's Sea. They possess a set of tentacles and five eyes, two pairs and one large one at the center of the forehead. The mythos behind this species is so well known on the Blue Flame Islands and that many structures in honor of this species were constructed by the original denizens of Bilgewater. Their image has been used for the currency of Bilgewater, know as Krakens Golden Krakens.

Sea Serpent

Sea Serpents are a large species of ocean dwelling serpents native to the Guardian's Sea. They presents on the sea is so well known be the denizens of Bilgewater that their nations crest and Silver Serpents currency is a Sea Serpent. They can also be summoned by serpent callers. One account from the Harrowing records the might of these creatures, having halted the progress of the Black Mist before it reached Bilgewater, though the beast was slain in the process.

Spotlights de otros wikis

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