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Desierto de Shurima

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Shurima fue alguna vez un poderoso imperio que abarcó hasta el sur del vasto continente. Tras una era de expansión y prosperidad, el último emperador fue traicionado por su amigo más cercano, y el imperio fue reducido a un montón de ruinas. Su resplandeciente capital fue destruida en el cataclismo; la gente se dispersó y las grandes ciudades fueron consumidas por la arena. Ahora Shurima no es más que un yermo desértico e inmisericorde en el que solo los más fuertes sobreviven, y su gente se mantiene cerca de los pocos oasis que aún existen y de las tierras fértiles alrededor de la costa.        

Historia

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Hace mil años, el glorioso imperio de Shurima resplandecía a lo largo del desierto como un segundo sol. Su emperador, Azir, era joven y ambicioso –y por lo tanto susceptible de ser manipulado. El mago de Azir, Xerath, envenenó los oídos de Azir diciéndole que el antiguo rito de la Ascensión podría otorgarle el poder que tanto ambicionaba. Sin embargo, Xerath se hizo con el poder de la Ascensión, destruyó a Azir y redujo a la nada a la resplandeciente ciudad capital en el proceso. Nasus y Renekton, los legendarios héroes ascendidos, lograron contener a Xerath, pero el costo fue muy alto: obedeciendo a Renekton, Nasus sepultó a su querido hermano junto al mago enloquecido, con lo que lograron mantener aprisionado a Xerath bajo las ruinas enterradas de Shurima para toda la eternidad… O eso fue lo que creían. Tiempo después, dos aventureras marchan en busca de la legendaria Tumba de los Emperadores…

Milenios después de la caída de Shurima, las historias sobre la gloriosa capital y su resplandeciente disco solar se convirtieron en poco más que mitos y religiones devaluadas de los escasos supervivientes del imperio. La mayoría de los habitantes de Shurima ahora residen en pequeños asentamientos tribales agrupados cerca del agua o construidos sobre los esqueletos de ciudades ancestrales para venerar glorias del pasado. Algunos van a la caza de riquezas enterradas del imperio caído o trabajan como mercenarios y se ganan la vida luchando para los ricos antes de volver a desaparecer en las arenas. Otros tratan de olvidar el pasado y se centran en el futuro buscando naciones del otro lado del océano con las cuales comerciar.

Pero los mitos ancestrales de Shurima han vuelto con fuerza y la gente está intranquila. Los vientos del corazón del desierto cuentan historias sobre poderosas ciudades que se alzan de la tierra y de un guerrero dorado que avanza a la cabeza de un ejército de arena. Los rumores hablan del renacimiento de héroes ancestrales y de una guerra entre dioses que hará temblar los cimientos del mundo.

La ciudad de Shurima emerge de nuevo, y nada volverá a ser igual.

Shurima ha resucitado, y el futuro de Runaterra jamás volverá a ser el mismo. Xerath y Renekton fueron liberados de la Tumba de los Emperadores. Nasus, sintiéndose culpable por el heroico sacrificio de su hermano, es acosado por el Carnicero de las Arenas y su insaciable sed de venganza. El poder y el resentimiento crecen en el alma vacía de Xerath, cuyo plan es forjar una nueva Valoran en las llamas de una revolución. La maldición de la serpiente es el terrible precio que Cassiopeia tuvo que pagar por su codicia, pero también le ha significado un poder más allá de su imaginación. Azir, el gobernante ascendido de una civilización perdida, sueña con un nuevo imperio shurimano; mientras que su descendiente, la mercenaria Sivir, busca aprovecharse de la situación. Shurima es una tierra llena de misterios… y algunos de ellos se rehúsan a permanecer sepultados.

AZIR

EL EMPERADOR DE LAS ARENAS

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Azir, emperador de Shurima en un pasado remoto, fue un hombre orgulloso que estuvo a punto de alcanzar la inmortalidad. Dominado por la arrogancia, fue traicionado y asesinado en la hora de su mayor triunfo, pero ahora, milenios después, ha renacido como un ser Ascendido de inmenso poder. Su enterrada ciudad ha resurgido en medio de las arenas y Azir está decidido a restaurar la antigua gloria de Shurima.

Hace miles de años, el imperio de Shurima era un enorme conglomerado de estados vasallos, conquistados por guerreros prácticamente invencibles conocidos como Ascendidos. Gobernada por un emperador ambicioso y sediento de poder, Shurima era el mayor reino de su tiempo, una tierra fértil y bendecida por el sol que brillaba desde un gran disco dorado que flotaba sobre el gran templo de su capital.

Azir, el hijo más joven y menos amado por el emperador, nunca estuvo destinado a la grandeza. Con tantos hermanos mayores, era imposible que ascendiese al trono. Lo más probable era que terminara ocupando un puesto de sacerdote o como gobernador de alguna provincia remota. Era un muchacho esbelto y estudioso que dedicaba más tiempo a examinar los volúmenes de la gran biblioteca de Nasus que a aprender a combatir bajo la tutela del héroe Ascendido, Renekton.

En medio de aquel laberinto de pergaminos, volúmenes y tablillas, Azir conoció a un joven esclavo que visitaba la biblioteca casi a diario en busca de libros para su amo y señor. En Shurima los esclavos no podían tener nombres, pero al entablar amistad con el muchacho, Azir decidió quebrantar esta ley y bautizarlo como Xerath, nombre que significa ''el que comparte''. Nombró a Xerath su esclavo personal —aunque sin ponerlo nunca en peligro usando su nombre en público— y, a partir de entonces, los dos muchachos, impulsados por un mismo amor a la historia, comenzaron a estudiar el pasado de Shurima y su largo linaje de héroes Ascendidos.

Durante uno de los viajes anuales por el imperio junto a su familia y a Renekton, la caravana real se detuvo en un conocido oasis para pernoctar. Azir y Xerath se escabulleron en mitad de la noche para ir a dibujar mapas del firmamento, como los que habían estudiado en la gran biblioteca. Mientras trazaban las constelaciones sobre el pergamino, la caravana fue atacada por un grupo de asesinos enviados por los enemigos del emperador. Uno de los asesinos encontró a los dos muchachos en el desierto y, cuando se disponía a rebanarle el cuello a Azir, Xerath intervino arrojándose sobre él. En la pelea que se produjo a continuación, Azir logró sacar su daga y clavársela a su enemigo en la garganta.

Azir le quitó la espada al muerto y corrió de vuelta al oasis, pero al llegar los asesinos ya habían sido derrotados. Renekton había protegido al emperador y acabado con sus atacantes, pero todos los hermanos de Azir estaban muertos. Azir le contó a su padre lo que había hecho Xerath y le pidió que recompensara al esclavo, pero sus palabras cayeron en saco roto. A los ojos del emperador, el chico era un esclavo indigno de su atención, pero Azir juró que, algún día, Xerath y él serían hermanos.

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El emperador regresó a la capital, acompañado por un Azir que, a sus quince años, se había convertido en el nuevo heredero al trono. Una vez allí, desató una implacable carnicería contra quienes creía que habían contratado a los asesinos. Shurima pasó años sumida en un torbellino de paranoia y sangre en el que cualquier sospechoso de traición era blanco de la ira del emperador. La vida de Azir pendía de un hilo, a pesar de que era el heredero al trono. Su padre lo detestaba (habría preferido mil veces que muriera él en lugar de sus hermanos), y la reina aún era lo bastante joven como para concebir.

Azir empezó a entrenarse en el arte de la lucha, puesto que el ataque del oasis había puesto de manifiesto lo indefenso que estaba. Renekton se encargó de la tarea de entrenar al joven príncipe y, bajo su tutela, Azir aprendió a portar el escudo y la lanza, a comandar guerreros y a interpretar el mudable curso de los acontecimientos en el campo de batalla. Pero además, el joven heredero encumbró a Xerath, su único confidente, y lo convirtió en su mano derecha. Para que pudiera servirlo mejor, le encargó que buscara el conocimiento allá donde pudiese encontrarlo.

Pasaron los años, pero la reina no logró llevar a buen puerto ninguno de sus alumbramientos. Todos los niños que concibió perecieron antes de nacer. Mientras la reina siguiera sin tener descendencia, Azir estaría relativamente a salvo. En la corte no faltaban quienes creían que se trataba de una maldición y algunos de ellos mencionaban entre murmullos el nombre del joven heredero como responsable. Pero Azir proclamaba su inocencia siempre que tenía ocasión e incluso llegó a ordenar la ejecución de algunos que se habían atrevido a lanzar estas acusaciones abiertamente.

Por fin, la reina dio a luz a un varón sano, pero la misma noche de su alumbramiento, una terrible tormenta se desató sobre Shurima. Los aposentos de la reina fueron azotados una vez tras otra por poderosos relámpagos, hasta que estalló un incendio que se cobró las vidas de la esposa del emperador y de su hijo recién nacido. Algunos decían que el emperador, al enterarse de la noticia, había enloquecido de pesar y se había quitado la vida, pero no tardó en propagarse el rumor de que lo habían encontrado en el suelo del palacio, junto a sus guardias, totalmente carbonizado.

Su muerte fue un golpe devastador para Azir, pero el imperio necesitaba un soberano, así que, con Xerath a su lado, tomó las riendas del reino de Shurima. A lo largo de la década siguiente amplió sus fronteras y gobernó con mano inflexible aunque justa. Instituyó una serie de reformas para mejorar las vidas de los esclavos y, en privado, trazó un plan para derribar varios milenios de tradición y liberarlos a todos. Lo mantuvo en secreto, sin revelarlo siquiera a Xerath, con quien la cuestión de la esclavitud se convertiría en la manzana de la discordia. El imperio se había levantado sobre las espaldas de la esclavitud y muchas de sus grandes familias dependían del trabajo de los esclavos para mantener su riqueza y su poder. Una institución tan monolítica no se podía derribar de la noche a la mañana y Azir sabía que sus planes estarían abocados al fracaso si se hacían públicos. A pesar de su deseo de adoptar a Xerath como hermano, no podía hacerlo hasta el día en que fueran libres todos los esclavos de Shurima.

Durante aquellos años, Xerath lo protegió de sus rivales políticos y dirigió la expansión del imperio. Azir se casó y tuvo numerosos hijos, algunos en el seno del matrimonio y otros fruto de encuentros fugaces con esclavas y muchachas del harén. Xerath alimentaba los sueños del emperador de crear el mayor imperio de la historia. Pero también convenció a su señor de que, para convertirse en el amo del mundo, debía ser prácticamente invencible, un dios entre los hombres... un ser Ascendido.

En la cúspide del poder del imperio, Azir anunció al mundo que se sometería al ritual de la Ascensión y que había llegado la hora de unirse a Nasus, Renekton y sus gloriosos antecesores. No fueron pocos los que cuestionaron esta decisión. La Ascensión era un ritual muy peligroso, que solo estaba al alcance de quienes habían consagrado su vida al servicio de Shurima, como recompensa por una vida de diligencia. Decidir quién debía ser bendecido con la Ascensión era prerrogativa de los Sacerdotes del Sol, y al otorgarse el honor a sí mismo, el emperador cometía un pecado de grave arrogancia. Pero Azir no se dejó disuadir, pues su orgullo había crecido en paralelo a su imperio, así que les ordenó que cumplieran sus órdenes so pena de muerte.

Finalmente, llegó el día del ritual, y Azir marchó hacia el Estrado de la Ascensión, flanqueado por miles de sus guerreros y decenas de miles de sus súbditos. Los hermanos Renekton y Nasus estaban ausentes, pues Xerath los había enviado a enfrentarse a una amenaza, pero ni esto convenció a Azir de desistir del que consideraba su gran destino. Ascendió hasta el gran disco dorado que coronaba el templo en pleno corazón de la ciudad y entonces, instantes antes de que los Sacerdotes del Sol iniciaran el ritual, se volvió hacia Xerath y le dio la libertad. Y no solo a él, sino a todos los esclavos…
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Xerath enmudeció de asombro, pero Azir no había terminado aún. Abrazó a Xerath y lo proclamó su hermano eterno, como había prometido muchos años antes. Mientras los Sacerdotes iniciaban el ritual para convocar el fabuloso poder del sol, Azir se dio la vuelta. Pero no era consciente de que, en su búsqueda de conocimiento, Xerath había estudiado algo más que filosofía e historia. También había aprendido las oscuras artes de la brujería, mientras en su interior anidaba un deseo de libertad que crecía como un tumor para convertirse en ardiente odio.

Al llegar el momento cumbre del ritual, el antiguo esclavo liberó su poder y Azir salió despedido del disco. Sin la protección de sus runas, el emperador se vio consumido por los rayos del sol, al mismo tiempo que Xerath ocupaba su lugar. La luz inundó al mago de poder y, mientras su cuerpo mortal comenzaba a transformarse, profirió un rugido de triunfo.

Pero la magia del ritual no estaba destinada a Xerath y no era posible desviar el asombroso poder de las energías celestiales sin desencadenar graves consecuencias. El poder del ritual de Ascensión, en una terrible explosión, devastó Shurima y dejó la ciudad en ruinas. Sus habitantes desaparecieron, transformados en cenizas, y sus altísimos palacios se desmoronaron mientras se alzaban las arenas del desierto para tragarse la ciudad. El Disco Solar se hundió y lo que había tardado siglos en levantarse se trasformó en ruinas en un solo instante, por culpa de la ambición desmedida de un hombre y el odio errado de otro. Lo único que quedó de la ciudad de Azir fueron ruinas sepultadas bajo la arena y los ecos de los gritos de sus habitantes en los vientos de la noche.

Azir no vio lo que sucedía. Para él solo existía la nada. Sus últimos recuerdos eran de fuego y dolor. No sabía nada de lo que le había ocurrido sobre el templo, ni lo que había sido de su imperio. Permaneció sumido en un olvido atemporal hasta que, milenios después de la ruina de Shurima, la sangre de su último descendiente, al derramarse sobre las ruinas del templo, lo resucitó. Renació, aunque incompleto; un cuerpo que era poco más que polvo animado y dotado de forma, cohesionado por los últimos vestigios de una voluntad indomable.

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Poco a poco fue recobrando la forma corpórea y, al vagar por las ruinas, se encontró con el cadáver de una mujer con una traicionera daga en la espalda. No la conocía, pero reconoció en sus facciones un eco distante de su linaje. Todo pensamiento sobre imperios y poder se borró de su mente al levantar el cuerpo de aquella hija de Shurima y llevarla a lo que antaño era el Oasis del Alba. El oasis estaba seco, pero al acercarse Azir, su lecho rocoso empezó a llenarse de agua cristalina. El emperador sumergió el cuerpo en las aguas restauradoras del oasis, que se llevaron la sangre sin dejar más que una cicatriz casi invisible allí donde la hoja se había hundido en la carne.

Y con este acto de generosidad, Azir se vio alzado por una columna de fuego mientras la magia de Shurima lo rehacía, transformándolo en la criatura Ascendida que estaba destinado a ser. Los inmortales rayos del sol lo envolvieron, revestido por una magnífica armadura con forma de halcón, y le otorgaron el poder de gobernar las mismísimas arenas. Alzó los brazos y la ciudad en ruinas se sacudió el polvo de los siglos que había pasado bajo el desierto para alzarse de nuevo. El disco solar se elevó en el cielo una vez más y las aguas curativas, siguiendo las órdenes del emperador, fluyeron entre los templos y volvieron a salir a la luz.

Azir subió los peldaños del renovado templo solar y convocó los vientos del desierto para que recrearan los últimos momentos de la ciudad. Unos fantasmas hechos de arena recrearon su destrucción, tal como había sucedido hacía una eternidad, y Azir, con horror, presenció la traición de Xerath. Sus ojos se llenaron de lágrimas al contemplar el asesinato de su familia, la caída de su imperio y el robo de su poder. Solo ahora, milenios más tarde, comprendía al fin la profundidad del odio que su antiguo amigo y aliado había albergado en su interior. Con el poder y la clarividencia de un ser Ascendido, pudo percibir la presencia de Xerath en otra parte del mundo y convocó un ejército de guerreros de arena, que marcharía al lado de su renacido emperador. Bajo el sol que brillaba desde el disco dorado, Azir lanzó un poderoso juramento:

¡Reclamaré mis tierras y recuperaré lo que era mío!

ALZADO

Azir caminaba sobre los dorados adoquines del Camino del Emperador. Las inmensas estatuas de los primeros señores de Shurima —sus antepasados— lo contemplaban.

La luz suave y umbría del primer amanecer envolvía la ciudad. Las estrellas más grandes seguían brillando en el cielo, aunque la salida del sol no tardaría en enmascarar su luz. El firmamento nocturno no era como Azir lo recordaba. Las estrellas y las constelaciones no estaban en su sitio. Habían pasado milenios.

A cada paso que daba, la gruesa vara imperial repicaba con una solitaria nota, cuyo eco resonaba entre las vacías calles de la capital.

La última vez que recorriese aquel camino, una guardia de honor de 10 000 guerreros de élite lo seguía y los gritos de aliento de la multitud habían sacudido la ciudad. Iba a ser su gran momento de gloria… y se lo habían arrebatado.

Ahora era solo una ciudad de fantasmas. ¿Qué había sido de su pueblo?

Con un gesto autoritario, ordenó a las arenas que había junto al camino que se alzaran y formaran estatuas vivientes. Era una visión del pasado, los ecos de Shurima dotados de forma.

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Las figuras de arena miraban hacia delante, hacia el inmenso disco solar que flotaba sobre el Estrado de la Ascensión, a media legua de distancia. Seguía allí, proclamando la gloria y el poder del imperio de Azir aunque no quedara nadie para verlo. La hija de Shurima que lo había despertado, última custodia de su linaje, había desaparecido. La sintió en el desierto. Estaban unidos por la sangre.

Mientras seguía avanzando por el Camino del Emperador, las réplicas de arena de sus súbditos señalaron el disco solar y sus expresiones de dicha se transformaron en muecas de terror. Sus bocas se abrieron en mudos gritos. Se volvieron y echaron a correr, atropellándose y tropezando unas con otras. Azir asistió a los últimos instantes de su pueblo sumido en un silencio desesperado.

Una oleada de energía invisible los aniquiló y los redujo a polvo, arrastrado por el viento. ¿Qué había salido mal en el ritual de Ascensión para que se desencadenase aquella catástrofe?

Azir afianzó su determinación. Su paso se tornó más decidido. Al llegar a la base de la Escalera de la Ascensión comenzó a subir los peldaños de cinco en cinco.

Solo sus soldados de más confianza, los sacerdotes y los miembros de la familia real podían poner el pie en la Escalera. El camino estaba jalonado por réplicas de arena de sus súbditos más fieles, cuyos rostros alzados, encogidos en una mueca, sollozaban en silencio antes de que también a ellos se los llevara el viento.

Azir echó a correr con inhumana celeridad mientras sus garras, hundidas en la piedra, dejaban surcos allí donde se posaban. A ambos lados se alzaban figuras de arena que se destruían a su paso.

Llegó a la cima. Allí estaba el último grupo de testigos: sus sirvientes personales, sus consejeros y los sumos sacerdotes. Su familia.

Azir cayó de rodillas. Su familia, recreada con perfecto y desgarrador detalle, se encontraba frente a él. Su esposa, encinta. Su tímida hija, cogida a la mano de su madre. Su espigado hijo, ya a las puertas de la edad adulta.

Horrorizado, Azir vio cómo cambiaban sus rostros. Aunque sabía lo que iba a suceder, no fue capaz de apartar la mirada. Su hija ocultó el rostro entre los pliegues del vestido de su esposa. Su hijo echó mano a la espada mientras profería un grito de desafío. Su esposa… abrió los ojos de par en par, llena de pesar y desesperación.

Una fuerza invisible los convirtió en polvo.

Era demasiado, pero ni una sola lágrima acudió a los ojos de Azir. Su forma Ascendida le había privado para siempre de esta sencilla demostración de pesar. Con el corazón apesadumbrado, se obligó a ponerse en pie. La pregunta seguía siendo cómo había logrado sobrevivir su linaje, pues sin duda así era.

El eco final aguardaba.

Avanzó hasta encontrarse a un paso del estrado y contempló la escena, recreada para él por las arenas.

Se vio a sí mismo en forma mortal, elevado en el aire bajo el disco solar, con los brazos abiertos de par en par y la espalda arqueada. Recordó aquel momento. El poder lo atravesó, imbuyó su ser y lo inundó de fuerza divina.

Una nueva figura se formó en la arena. Su consejero más próximo, su mago, Xerath.

Su amigo musitó una palabra. Azir se vio estallar en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal, y transformarse en infinitos granos de arena.

—Xerath —dijo con un hilo de voz.

La expresión del traidor era insondable, pero Azir no pudo ver otra cosa que la cara de un asesino.

¿De dónde procedía tanto odio? Azir nunca había reparado en su existencia.

La imagen de arena de Xerath se elevó en el aire mientras el disco solar canalizaba las energías hacia su ser. La guardia de élite del emperador se abalanzó sobre él, pero ya era demasiado tarde.

Un brutal estallido de poder disolvió el último instante de Shurima. Azir quedó solo entre los ecos agonizantes de su pasado.

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Eso era lo que había destruido a su pueblo.

Se volvió al mismo tiempo que, sobre él, los primeros rayos del nuevo día recaían sobre el disco solar. Había visto suficiente. La imagen de arena del transformado Xerath se desmoronó a su espalda.

Los rayos del sol se reflejaban sobre la inmaculada armadura dorada de Azir. En aquel instante, supo que el traidor aún vivía. Sintió la esencia del mago en el mismo aire que respiraba.

Levantó una mano y un ejército de guerreros de élite se alzó de las arenas, al pie de la Escalinata de la Ascensión.

—Xerath —dijo con voz teñida de rabia—. Tus crímenes no quedarán sin castigo.

''Shurima fue alguna vez la gloria de Runaterra. Conmigo volverá a serlo''.

XERATH

EL MAGO ASCENDENTE

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Xerath es un mago Ascendido de la vieja Shurima, un ser con energía arcana retorciéndose en los quebrados fragmentos de un sarcófago mágico. Durante milenios estuvo atrapado bajo las arenas del desierto, pero el ascenso de Shurima lo liberó de su prisión ancestral. Arrastrado a la locura por el poder, ahora busca recuperar lo que cree que le pertenece y reemplazar las civilizaciones soberbias del mundo con una diseñada a su imagen y semejanza.

El chico que acabaría llamándose Xerath nació como un esclavo sin nombre en Shurima hace miles de años. Era el hijo de unos eruditos capturados cuyo único futuro era la eterna esclavitud. Su madre le enseñó letras y números, mientras que su padre le contó cuentos de la historia con la esperanza de que esas habilidades le procurarían una vida mejor. El chico prometió que no acabaría encorvado y sometido como cualquier otro esclavo.

Cuando el padre del chico quedó tullido durante las excavaciones para la construcción de un monumento al caballo favorito del emperador, lo abandonaron a su suerte en el lugar del accidente. Temiendo que su hijo corriera un destino similar, la madre del chico le suplicó a un reconocido arquitecto de sepulturas que lo tomase como aprendiz. Aunque al principio se mostró reacio, el arquitecto quedó impresionado por su capacidad de observación y su comprensión innata de las matemáticas y la lengua, y lo aceptó. El chico no volvió a ver a su madre.

Al ser un alumno aventajado, su amo lo enviaba a hacer recados a la Gran Biblioteca de Nasus para que recuperase textos y planos específicos casi todos los días. En uno de sus viajes, el chico conoció a Azir, el hijo menos favorecido del emperador. Azir estaba intentando descifrar un pasaje complicado de un texto antiguo y, aunque el chico sabía que hablarle a la realeza era llamar a las puertas de la muerte, se paró a ayudar al joven príncipe con la compleja gramática. En ese momento, se forjó una cierta amistad entre ellos y, durante los meses siguientes, esa amistad no hizo otra cosa que fortalecerse.

Aunque estaba prohibido ponerles nombre a los esclavos, Azir le dio uno al chico. Lo llamó Xerath, que significa ''el que comparte'', aunque dicho nombre nunca se llegó a pronunciar más allá de su amistad. Azir se aseguró de que designaran a Xerath como esclavo en su hogar, y lo convirtió en su sirviente personal. Su pasión compartida por el conocimiento los condujo a devorar textos de la biblioteca y a entablar una relación fraternal. Xerath era el fiel compañero de Azir. Aprendía todo lo que podía gracias a la cultura, poder y conocimiento que ahora tenía al alcance, y hasta llegó a atreverse a soñar que Azir lo liberaría algún día.

Durante el recorrido anual por los terrenos del emperador, mientras pasaban la noche en un oasis conocido, unos asesinos atacaron la caravana real. Xerath salvó a Azir de la espada de un asesino. Sin embargo, sus otros hermanos no tuvieron la misma suerte, por lo que el joven príncipe se convirtió en el heredero al trono de Shurima. Como esclavo, Xerath no podía esperar ninguna recompensa por su hazaña, pero Azir le prometió que algún día serían como hermanos.

A raíz del intento de asesinato, Shurima padeció años de terror y pánico debido a las represalias del emperador. Xerath conocía lo suficiente de la historia y el funcionamiento de la corte de Shurima para comprender que la vida de Azir pendía de un hilo. Que fuera el heredero del trono no significaba nada, ya que el emperador odiaba a Azir por haber sobrevivido en lugar de sus hijos más queridos. Y para complicar más la situación, la mujer del emperador aún era lo bastante joven como para tener más hijos, y hasta ahora había tenido muchos hijos sanos. La probabilidad de que pudiera tener otro hijo varón que fuera el heredero de su marido era grande. Tan pronto como lo hiciera, la vida de Azir estaría condenada.

Aunque Azir era un erudito por naturaleza, Xerath lo convenció de que, para sobrevivir, tendría que aprender a luchar. Eso hizo Azir. A cambio, el joven heredero ascendió a Xerath e insistió en que continuase con su educación. Los dos jóvenes se superaron; Xerath demostró ser un alumno con un talento excepcional que se deleitaba con la búsqueda del conocimiento. Xerath se convirtió en el confidente y mano derecha de Azir, un puesto nunca visto para un simple esclavo. Esta posición le otorgó una enorme (e inapropiada, para algunos) influencia sobre el joven príncipe, que cada vez dependía más de la opinión de Xerath.

Xerath puso todo su esfuerzo en la búsqueda de conocimiento, sin importar dónde pudiese encontrarlo, su coste o su origen. Se adentró en bibliotecas que llevaban mucho tiempo cerradas, indagó en criptas olvidadas y consultó a místicos sepultados en lo más profundo de las arenas; todo para ampliar su conocimiento y su ambición, que crecían ambas de forma desenfrenada. Cuando los rumores que circulaban por la corte sobre sus andanzas en lugares despreciables cobraban demasiada fuerza para ignorarlos, encontraba formas astutas de silenciarlos. Para Xerath, el hecho de que Azir nunca mencionase esos rumores suponía una aprobación tácita de la forma en que mantenía a salvo a su emperador.

Pasaron los años y Xerath utilizó todas sus oscuras artimañas para que la esposa del emperador no pudiese dar a luz. Gracias a sus emergentes habilidades mágicas, todos los bebés fueron sucumbiendo a la corrupción incluso antes de nacer. Sin rivales para el trono, Azir estaría a salvo. Cuando empezaron a surgir los rumores de una maldición, Xerath se aseguró de silenciarlos para siempre. La mayoría de las veces, aquellos que habían despertado esas sospechas desaparecieron sin dejar rastro. A estas alturas, el deseo de Xerath de escapar de sus orígenes como esclavo se había transformado en una imperiosa ambición por alcanzar poder por cuenta propia. No obstante, justificaba cada asesinato diciéndose que lo hacía para mantener a su amigo con vida.

A pesar de todos los intentos de Xerath de obstaculizar a las comadronas de la reina, esta consiguió traer al mundo al nuevo príncipe de Shurima. Mas en la noche de su nacimiento, Xerath utilizó sus poderes mágicos, que cada vez eran más poderosos, para convocar a los espíritus elementales de las profundidades del desierto y desatar una terrible tormenta. Xerath invocó un rayo tras otro sobre los aposentos de la reina y los redujo a escombros en llamas, lo que se llevó la vida de la reina y de su hijo recién nacido. El emperador se precipitó hacia los aposentos, pero solo encontró a Xerath; sus manos refulgían con poder arcano. Los guardias del emperador le atacaron, pero Xerath los redujo a cenizas, y también al emperador. Xerath se aseguró de que culparan de estas muertes a los magos de un territorio conquistado. La primera medida de Azir al ocupar el trono fue emprender una campaña brutal de venganza contra estas personas.

Coronaron a Azir emperador de Shurima, con Xerath a su lado: el chico que otrora había sido un esclavo sin nombre. Xerath llevaba mucho tiempo soñando con este momento, y esperaba que Azir lo liberase de su esclavitud en Shurima antes de nombrarlo su hermano por fin. Azir no hizo ninguna de estas cosas. Continuó expandiendo las fronteras de su imperio y evitando las propuestas de Xerath con respecto al fin de la esclavitud. Esto era más que prueba suficiente para Xerath de la decadencia moral de Shurima, y su ira recayó en Azir por haber roto su promesa. En el rostro de Azir se vio reflejada la cólera cuando le recordó a Xerath que era un esclavo y que no podía olvidar su procedencia. La parte honrada de Xerath murió ese día, pero se sometió a su mandato y aceptó de forma aparente la decisión de Azir. Xerath permaneció al lado de Azir durante sus campañas de conquista, pero cada una de sus acciones estaba diseñada minuciosamente para aumentar su influencia sobre el reino del que ahora pensaba adueñarse. Arrebatar un imperio no es tarea sencilla, y Xerath sabía que necesitaba más poder.

La famosa leyenda de la Ascensión de Renekton demostraba que un mortal no tenía que ser elegido por los Sacerdotes del Sol, sino que cualquiera podía ascender. Así que Xerath conspiró para robar el poder de la Ascensión. Ningún esclavo podría jamás colocarse sobre el disco solar, así que Xerath alimentó la vanidad del emperador, infló su ego y llenó su cabeza con visiones imposibles de un imperio de envergadura ecuménica. Pero semejante sueño solo sería posible si Azir conseguía ascender, al igual que los grandes héroes de Shurima antes que él. A la larga, la perseverancia de Xerath dio sus frutos y Azir anunció que se sometería al ritual de Ascensión, que se había ganado el derecho de situarse junto a Nasus y Renekton como ser Ascendido. Los Sacerdotes del Sol pusieron reparos, pero tal era la arrogancia de Azir que ordenó que se les torturara hasta la muerte.

El Día de la Ascensión llegó y Azir marchó hacia el Estrado de la Ascensión con Xerath a su lado. Nasus y Renekton estaban ausentes, ya que Xerath había preparado una distracción para ellos: debilitó el sello de un sarcófago mágico que contenía una bestia de fuego ardiente. Cuando la criatura se liberó finalmente de sus ataduras, Renekton y Nasus acudieron, pues eran los únicos guerreros capaces de derrotarla. De este modo, Xerath había apartado a Azir de los dos únicos seres que podrían salvarlo de lo que le esperaba.

Azir se colocó detrás del disco solar y, justo antes de que los sacerdotes comenzaran el ritual, los acontecimientos dieron un giro que Xerath no había previsto. El emperador se giró hacia Xerath y le dijo que ahora era un hombre libre. Él y todos los esclavos de Shurima quedaban liberados de las cadenas de la servidumbre. Azir abrazó a Xerath antes de nombrarlo su hermano eterno. Xerath se quedó atónito. Le habían concedido todo lo que deseaba, pero el éxito de su plan dependía de la muerte de Azir y nada iba a disuadirlo de llevarlo a cabo. Había muchas piezas en juego y Xerath ya había sacrificado demasiado para dar marcha atrás, sin importar lo mucho que una parte de él deseara hacerlo. Las palabras del emperador atravesaron la coraza de rencor que envolvía el corazón de Xerath, pero llegaban demasiado tarde. Sin ser consciente del peligro que corría, Azir se dio la vuelta mientras los sacerdotes iniciaban el ritual para convocar el fabuloso poder del sol.

Con un rugido de ira y dolor, Xerath derribó a Azir de su lugar en el disco, y contempló a través de lágrimas cómo su antiguo amigo ardía hasta convertirse en ceniza. Xerath ocupó el lugar de Azir y la luz del sol lo bañó, transformando su carne en la de un ser Ascendido. Pero el poder del ritual no era para él, y las consecuencias de su traición a Azir fueron devastadoras. El poder desatado del sol destruyó Shurima por completo; derrumbó sus templos y trajo la perdición a la ciudad. El pueblo de Azir quedó consumido en un terrible incendio mientras el desierto se alzaba para reclamar la ciudad. El disco solar cayó y un imperio levantado por generaciones de emperadores desapareció en un solo día.

Incluso mientras la ciudad ardía, Xerath retuvo a los sacerdotes bajo el control de su magia para impedir que terminasen el ritual. Las energías que lo inundaban eran inmensas y, junto a su brujería oscura, crearon un ser con un poder asombroso. A medida que atraía incluso más poder del sol hacia su cuerpo, su carne mortal se consumió y se transformó en un rutilante vórtice de poder arcano.

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Cuando la traición de Xerath quedó revelada, Renekton y Nasus se precipitaron hacia el epicentro de la tormenta mágica que estaba destruyendo la ciudad. Trajeron consigo el sarcófago mágico que había mantenido aprisionado al espíritu de la llama eterna. Los hermanos Ascendidos se abrieron paso hacia el Estrado de la Ascensión justo en el momento en que Xerath caía del resplandor mortal que engullía la ciudad. Antes de que el mago recién Ascendido pudiese reaccionar, arrojaron su cuerpo llameante dentro del sarcófago y lo sellaron una vez más con cadenas benditas y poderosos sellos de atadura.

Pero no fue suficiente. El poder de Xerath ya había sido grandioso cuando era un mortal, y ese poder, combinado con el don de la Ascensión, lo volvió prácticamente invencible. Hizo añicos el sarcófago, aunque sus fragmentos y cadenas permanecieron unidos a él. Renekton y Nasus se lanzaron hacia Xerath, pero su fuerza recién adquirida era tan poderosa que su lucha quedó en punto muerto. La batalla se propagó a lo largo de la ciudad derruida, destrozando lo que aún no se había hundido bajo la arena. Los hermanos pudieron arrastrar a Xerath hacia la Tumba de los Emperadores, el mayor mausoleo de Shurima, una cripta cuyas cerraduras y salas eran imposibles de quebrantar y penetrar, pues solo respondían a la sangre de los emperadores. Renekton metió a Xerath dentro y llamó a Nasus para que sellara la cripta tras ellos. Nasus lo hizo, no sin gran pesar, pero sabía que era la única forma de evitar que Xerath escapara. Renekton y Xerath cayeron en una oscuridad eterna, y allí permanecieron, atrapados en una batalla interminable mientras la otrora grandiosa civilización de Shurima se desmoronaba.

Transcurrieron innumerables siglos y, con el tiempo, incluso la poderosa fuerza de Renekton decayó, lo que le dejó vulnerable a la influencia de Xerath. Con mentiras y engaños envenenados, Xerath retorció la mente de Renekton y la llenó de un rencor inmerecido hacia Nasus, el hermano infiel que, según la narrativa ficticia de Xerath, lo había abandonado hacía mucho tiempo.

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Cuando por fin Sivir y Cassiopeia hallaron bajo el desierto la Tumba de los Emperadores y la abrieron, tanto Xerath como Renekton quedaron liberados en una explosión de arena y escombros. Percibiendo que su hermano seguía con vida, Renekton embistió desde las ruinas, con una mente distorsionada lo había convertido en poco más que una bestia salvaje. Tras una época que quedó convertida en leyenda, Shurima renació y, mientras su majestuosidad resurgía del desierto, Xerath sintió que otra alma volvía a la vida bajo la arena, una que consideraba muerta hacía ya tiempo. Azir también volvió a resurgir como uno de los Ascendidos, y Xerath supo que ninguno de los dos podría vivir en paz mientras el otro siguiera vivo.

Xerath buscó el corazón del desierto para recobrar su fuerza y entender cómo había cambiado el mundo desde su encierro. El poder que había arrebatado crecía con cada instante que pasaba. Contempló un mundo listo para su conquista, un mundo repleto de mortales dispuestos a postrarse a los pies de un nuevo y terrible dios.

A pesar de todo su poder recién adquirido, a pesar de lo lejos que había llegado desde que era un niño esclavo sin nombre, una parte de Xerath sabía que aún seguía encadenado.

DESENCADENADO

Este era el momento.

Ese momento excepcional que le había costado tanto, que le había llevado una vida planear. Un imperio corrupto y su pomposo príncipe quedarían sepultados por el estúpido símbolo solar en el que tanto confiaban. La clave para la inmortalidad, protegida con recelo y ofrecida a unos pocos, sería solo para él. La robaría delante del mundo entero. Un momento único de venganza perfecta que por fin liberaría al esclavo llamado Xerath.

Aunque el yelmo de su maestro no revelaba expresión humana, y sabiendo que el metal tallado con cariño no podría responder del mismo modo, Xerath sonrió igual al rostro desalmado del halcón con auténtico deleite. Una vida de servidumbre, primero para un emperador desquiciado y ahora para uno vanidoso; manipulaciones interminables por y contra el trono; una misión casi funesta para conseguir un conocimiento que apenas recordaba y que casi lo había consumido; todo ello había conducido a esta farsa grotesca de la Ascensión.

Las mismísimas palabras eran una ofensa cuando se decían en voz alta: Nosotros ascenderemos y, en cambio, ustedes se quedarán encadenados a la piedra quebrada mientras las arenas del tiempo los engullen. No. Ya no, y nunca más. Los señores dorados elegidos no recibirán el abrazo del sol para convertirse en dioses. Será un esclavo quien lo haga. Un simple esclavo, un niño que tuvo la desgracia hace tiempo de salvar a un chico noble de las arenas.

Y debido a este pecado, Xerath fue castigado con una horrible y exasperante promesa: Libertad. Inalcanzable. Prohibida. Si tan solo el pensamiento cruzase por la mente de un esclavo, sería castigado con la muerte, ya que los Ascendidos podía mirar a través de la carne y los huesos, en lo más hondo del alma, para ver su tenue resplandor de traidor. Y aun así, allí estaban, salidas de la boca del joven príncipe que él había arrastrado del abrazo de la cambiante madre desierto. Azir, el Sol Dorado, prometió que liberaría a su salvador y nuevo amigo.

Una promesa no cumplida hasta este día. Las palabras de un niño agradecido, ajeno en su inocencia al impacto que tendrían. ¿Cómo podía Azir cambiar de repente un gobierno de miles de años? ¿Cómo podía luchar contra la tradición, su padre, su destino?

Al final, el joven emperador lo perdería todo por no hacer honor a su palabra.

Y así, Xerath progresó y se formó hasta convertirse en la mano derecha de Azir, pero nunca un hombre libre. La amarga promesa lo carcomió, lo que era y lo que podría haber sido. La negación de algo insignificante, el derecho a vivir su vida, llevó a Xerath a tomar la decisión de tomarlo todo, todas las cosas que les habían sido negadas, todas las cosas que merecía: el imperio, la Ascensión y la forma más pura posible de libertad.

Con cada paso que daba hacia el ofensivamente grandioso Estrado de la Ascensión, siempre situado con respeto detrás de su emperador y flanqueado por los centinelas ineptos que supuestamente protegían Shurima, Xerath sintió una desconocida ligereza que le dejó genuinamente sorprendido. ¿Era alegría? ¿La venganza conduce a la alegría? La repercusión fue casi física.

En ese mismo momento, la recargada armadura dorada, fuente de su tormento, se detuvo de golpe. Y se giró. Y caminó hacia Xerath.

¿Lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? ¿Este chico consentido y egocéntrico? ¿Este emperador de falsa benevolencia, cuyas manos estaban tan manchadas de sangre como las de Xerath? Incluso si lo supiera, no podría detener el golpe final que estaba ya en movimiento.

Xerath se había preparado para cualquier imprevisto. Había sobornado, matado, maniobrado más allá de sus posibilidades y conspirado durante décadas, incluso había engañado a los monstruosos hermanos, Nasus y Renekton, para que permanecieran lejos de este acontecimiento. Pero no estaba preparado para esto...

El Emperador de Shurima, el Sol Dorado, el Amado de la Madre Desierto, que pronto sería Ascendido, se quitó el yelmo, dejando al descubierto su frente orgullosa y sus ojos sonrientes, y se giró hacia su más leal y viejo amigo. Habló sobre el amor de hermanos, el amor de amigos, de las duras disputas, algunas ganadas y otras perdidas, de la familia, del futuro y, por fin... de la libertad.

Al pronunciar estas palabras, los guardias se acercaron a Xerath y lo flanquearon, desenvainando las armas.

Así que el príncipe lo sabía. ¿Se habían deshecho los planes de Xerath?

Pero los necios de las armaduras solo lo estaban saludando. No suponían ninguna amenaza, lo estaban honrando. Lo estaban felicitando.

Por su libertad.

Su odiado amo acababa de liberarlo; los había liberado a todos. Nadie volvería a llevar cadenas en Shurima. La última acción de Azir como humano fue romper las cadenas de su pueblo.

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El rugido de la gente congregada hizo temblar los cimientos y ahogó cualquier respuesta que Xerath pudiera ofrecer. Azir se colocó el yelmo y avanzó hacia el Estrado, mientras sus ayudantes lo preparaban para una divinidad que nunca llegaría.

Xerath se mantuvo en la sombra del monolítico disco solar, a sabiendas de que quedaban tan solo unos segundos para una fatalidad que destruiría el imperio.

Demasiado tarde, amigo. Demasiado tarde, hermano. Demasiado tarde para todos nosotros.

'Una vida como esclavo me ha preparado para una eternidad como amo''.

NASUS

EL CURADOR DE LAS ARENAS

Nasus es un imponente ser Ascendido con cabeza de chacal procedente de la antigua Shurima; una figura heroica a la que las gentes del desierto han encumbrado al nivel de semidiós. Poseedor de una increíble inteligencia, fue un guardián del saber y estratega sin igual cuya sabiduría guio durante siglos al antiguo imperio de Shurima hasta alcanzar la cumbre de su grandeza. Tras la caída del imperio, se sometió a un exilio autoimpuesto, lo que terminó por convertirlo en leyenda. Ahora que la antigua ciudad de Shurima ha resurgido de sus cenizas, su héroe ha regresado para asegurarse de que nunca vuelva a caer.

El talento de Nasus fue evidente desde su juventud, mucho antes de que fuera elegido para unirse a los Ascendidos. Fue un estudiante voraz, capaz de leer, memorizar y dar una opinión crítica de las mayores obras de Historia, Filosofía y Retórica de la Biblioteca del Sol, antes incluso de cumplir los diez veranos. Renekton, su hermano menor, no heredó esa pasión por la lectura y el pensamiento crítico. Dado a aburrirse con facilidad, pasaba las horas peleando con otros niños. Los dos estaban muy unidos. Nasus procuró proteger siempre a su hermano menor y asegurarse de que no se metiera en demasiados líos. No obstante, Nasus no tardó en ser admitido en el exclusivo Collegium del Sol, momento en el que abandonó su hogar para ingresar en la prestigiosa academia.

Gracias su dominio de la estrategia y la logística militares, Nasus se convirtió en el general más joven de la historia de Shurima, aunque la búsqueda de conocimiento siempre sería su gran pasión. Fue un soldado competente, pero su verdadero talento no residía en el combate sino en la planificación previa.

Su visión estratégica fue legendaria. En tiempos de guerra, iba siempre doce pasos por delante del enemigo; era capaz de predecir las maniobras y reacciones de su rival, además de identificar con precisión el mejor momento para lanzar un ataque o batirse en retirada. Fue un hombre de una profunda empatía y un hondo sentido del deber. Siempre veló por sus soldados, procurando que fueran bien pertrechados, remunerados a tiempo y tratados justamente. Cada baja le producía un inmenso dolor, y a menudo se negaba a descansar en pos de una planificación obsesiva y perfeccionista de los movimientos y formaciones que habrían de asumir sus tropas. Fue querido y respetado por todo aquel que sirvió en sus legiones, y lideró a los ejércitos de Shurima hasta innumerables victorias. En aquellas guerras, era habitual ver a su hermano Renekton en primera línea de batalla, y pronto se generó en torno a ellos un aura de invencibilidad.

A pesar de la fama adquirida, Nasus jamás disfrutó de la guerra. Aunque comprendía, de forma temporal, su importancia a la hora de garantizar el progreso sostenido del imperio, creía firmemente que su mayor contribución a Shurima residía en el saber acumulado para generaciones futuras.

Fue el propio Nasus quien ordenó que todos los libros, pergaminos, enseñanzas y archivos históricos de las culturas derrotadas por sus tropas fueran preservados en grandes bibliotecas y repositorios repartidos por el imperio, el mayor de los cuales llevaba su nombre. Su sed de conocimiento no respondía a motivos egoístas; buscaba difundir el saber a todo Shurima, reforzar la comprensión del mundo e ilustrar al imperio.

Tras décadas al servicio del imperio, Nasus cayó presa de una terrible enfermedad debilitante. Hay quien dice que se topó con Amumu, un niño monarca muerto tiempo atrás, supuesto portador de una terrible maldición; otros piensan que fue abatido por la magia negra del líder de un culto de Icathia. Fuera cual fuera la verdad, fue el galeno del mismísimo emperador el que declaró con gran pesar que la enfermedad de Nasus era incurable y que perecería en menos de una semana.

Las gentes de Shurima se vistieron de luto, pues Nasus era su estrella más fulgurante, amada por todos. El emperador en persona pidió un augurio a los sacerdotes. Tras pasar día y noche en comunión con lo divino, declararon que era la voluntad del dios Sol que Nasus fuese bendecido con el ritual de Ascensión.

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Renekton, convertido ya en gran líder militar, acudió raudo a la capital para estar junto a su hermano. La terrible enfermedad había progresado de manera devastadora, y Nasus era poco más que un esqueleto consumido con huesos frágiles como el cristal. Era tal su debilidad que, cuando la luz dorada del disco solar bañó el Estrado de la Ascensión, Nasus fue incapaz de subir los últimos peldaños y caminar hacia la luz.

El amor de Renekton por su hermano era más poderoso que su instinto de supervivencia, y portó en brazos a Nasus hasta el estrado. Ignorando las protestas de su hermano, aceptó su propia desaparición para salvar a Nasus. Sin embargo, Renekton no fue destruido, como cabía esperar. Cuando la luz se disipó, Shurima fue testigo de la aparición de dos seres Ascendidos. Ambos hermanos habían sido considerados dignos de aquella bendición, y el mismo emperador se arrodilló para dar gracias a los poderes divinos.

Nasus era ahora una imponente criatura de fuerza descomunal, con cabeza de chacal y un brillo de inteligencia en la mirada. Por su parte, Renekton se había convertido en una bestia colosal de extraordinaria musculatura con apariencia de cocodrilo. Ambos ocuparon su lugar junto a los excepcionales seres Ascendidos de Shurima, convirtiéndose así en sus guardianes.

Renekton siempre había sido un gran guerrero, pero ahora era prácticamente invencible. Nasus también había sido dotado de poderes que trascendían el entendimiento del común de los mortales. La mayor bendición de su Ascensión —una recién extendida longevidad que le permitiría emplear incontables vidas en el estudio y la contemplación— terminaría por convertirse en una maldición tras la caída de Shurima.

Uno de los efectos colaterales del ritual que más inquietaba a Nasus era la brutalidad exacerbada que veía en su hermano. Tras la culminación del asedio sobre Nashramae, que sometió a la antigua ciudad bajo el poder de Shurima, Nasus fue testigo de la extrema violencia de las victoriosas tropas shurimanas, que arrasaron con todo y prendieron fuego a la ciudad. Al frente de aquella masacre estaba Renekton, quien provocó el incendio de la gran biblioteca de Nashramae, lo que acabó con incontables volúmenes irremplazables antes de que Nasus sofocara las llamas. Aquel día los hermanos estuvieron más cerca que nunca de batirse en duelo, espadas en ristre en el centro de la ciudad. Ante la severa mirada de decepción de su hermano, la sed de sangre de Renekton se calmó. Finalmente, bajó el arma y se marchó, avergonzado.

Durante los siglos que siguieron a aquel episodio, Nasus centró toda su energía en aprender cuanto pudiera. Recorrió durante años cada rincón del desierto en busca de antiguos saberes y artefactos, lo que le llevaría a descubrir la legendaria Tumba de los Emperadores, oculta bajo la capital de Shurima.

Tanto Nasus como Renekton se hallaban lejos de la ciudad cuando se produjo el trágico ritual de Ascensión de Azir, el joven emperador traicionado por su consejero más cercano, el mago Xerath. Los hermanos habían caído en la trampa, y aunque regresaron a toda velocidad, llegaron demasiado tarde. Azir estaba muerto, igual que gran parte de los ciudadanos de la capital. Llenos de rabia y dolor, Nasus y Renekton lucharon contra el malévolo ser de pura energía en el que se había convertido Xerath.

Incapaces de acabar con él, intentaron contenerlo en un sarcófago mágico, pero ni siquiera eso bastó para neutralizarlo. Renekton, quizá en un intento de redimirse por lo acontecido en Nashramae años atrás, agarró a Xerath y lo arrastró al interior de la Tumba de los Emperadores; acto seguido, rogó a su hermano que sellara las puertas. Nasus se resistió, desesperado por encontrar una alternativa. Pero no había otra opción. Con hondo pesar, selló las puertas de aquel templo, condenando a Xerath y a su hermano a una eternidad entre tinieblas.

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El imperio shurimano se colapsó. De su gran capital quedaron solo las ruinas, y el sagrado disco solar cayó del cielo, vaciado de todo poder por la magia de Xerath. Sin él, las aguas divinas que manaban de la ciudad se secaron, lo que sumió a Shurima en un estado de muerte y hambruna.

Cargado con el remordimiento de haber condenado a su hermano a la oscuridad, Nasus se entregó al desierto, vagando por la arena sin más compañía que su dolor y los fantasmas del pasado. Melancólico, recorrió las ciudades muertas de Shurima, testigo del inexorable avance del desierto que devoraba una a una cada urbe, y lloró por la caída del imperio y la desaparición de su pueblo. Convertido en un nómada solitario y enjuto, aceptó su aislamiento. En ocasiones, algún viajero decía haberlo visto instantes antes de que desapareciera en una tormenta de arena o en la niebla de la mañana. Pocos creían estas historias, y Nasus se convirtió en una simple leyenda.

Pasados los siglos, Nasus apenas recordaba su vida anterior y su antiguo objetivo, hasta que un día redescubrieron la ya enterrada Tumba de los Emperadores y rompieron su sello. En ese preciso instante, supo que Xerath había sido liberado.

Un antiguo vigor sacudió su pecho y, mientras Shurima emergía de entre las arenas, Nasus atravesó el desierto rumbo a la ciudad renacida. Aunque sabía que habría de enfrentarse de nuevo a Xerath, la esperanza le invadía por primera vez en milenios. Además del posible auge de un nuevo imperio shurimano, albergaba la ilusión de un ansiado reencuentro con su amado hermano.

UROBOROS

Nasus caminaba de noche, reticente a mirar el sol de cara. El muchacho lo seguía de cerca.

¿Cuánto tiempo habrá estado ahí?

Todo mortal que alcanzaba a ver al monstruoso vagabundo huía, todos salvo el muchacho. Juntos, forjaron un sendero por las antiguas tierras de Shurima. El aislamiento autoimpuesto hacía mella en la conciencia de Nasus. Los vientos del desierto aullaban en torno a sus cuerpos malnutridos.

—Nasus, mira allá, sobre el mar de dunas —dijo el muchacho.

Las estrellas guiaron a los caminantes en su travesía por aquellos secos páramos. El viejo chacal ya no portaba la armadura de los Ascendidos. Los monumentos dorados yacían enterrados en el pasado. Ahora, como un ermitaño vestido con harapos, Nasus se rascaba el pelaje apelmazado antes de elevar lentamente su cabeza para observar el cielo nocturno.

—El Gaitero —dijo Nasus, con una voz baja y áspera—. Pronto cambiará la estación.

Nasus posó su mano sobre el pequeño hombro del muchacho y bajó la mirada para observar su rostro quemado por el sol. En él pudo ver las suaves líneas y curvas del linaje shurimano, curtido por los viajes incesantes.

¿Cuándo comenzaste a preocuparte? Pronto te encontraremos un hogar. Deambular entre las ruinas de un imperio caído no es vida para un niño.

Tal era la naturaleza del universo. Momentos breves desplegados en los eternos ciclos de la existencia. La embriagadora filosofía le afectaba, pero solo se trataba de otra piedra en su interminable camino de culpa autoimpuesta. Si le permitía seguir sus pasos, el niño inevitablemente cambiaría para siempre. La sombra del remordimiento pesaba sobre el ceño de Nasus como una tormenta. Su compañía saciaba algo arraigado en lo más profundo del héroe ancestral.

—Podemos llegar a la Torre del Astrólogo antes del amanecer. Pero tendremos que escalar— dijo el muchacho.

****

La torre estaba cerca. Nasus trepó por la pared del acantilado, mano sobre mano; era tal su dominio de aquella ascensión que se permitía escalar con gran imprudencia, tentando a la muerte. El niño trepaba a su lado, ágil en el uso de cada saliente y recoveco que ofrecía aquella pared de piedra gastada.

¿Qué le ocurriría a esta vida inocente si me rindo ante la muerte? La idea perturbó a Nasus.

Hilos de niebla surgían entre los riscos del acantilado, enhebrando las estrechas rocas como si fueran pequeños senderos en la montaña. El muchacho fue el primero en alcanzar la cima. Nasus lo seguía.

A lo lejos, a través de la bruma podía oírse al metal golpeando la piedra... y también voces hablando en un dialecto familiar. De repente, Nasus despertó de su trance.

El pozo situado en la Torre del Astrólogo solía atraer a los nómadas, pero nunca tan cerca del equinoccio como ahora. El muchacho se quedó quieto del temor que sentía.

—¿Dónde están las hogueras? —preguntó.

El relincho de un caballo perforó la noche.

—¿Quién anda ahí? — volvió a preguntar. Sus palabras recorrieron la oscuridad.

Un farol cobró vida e iluminó a un grupo de jinetes. Mercenarios. Saqueadores.

Los ojos del chacal se abrieron de par en par.

Vio que eran siete. Sus curvas espadas seguían enfundadas, pero sus ojos delataban astucia y entrenamiento marcial.

—¿Dónde está el guardia? —preguntó Nasus.

—Está durmiendo junto a su mujer. La noche fresca invitaba a retirarse temprano —replicó uno de los jinetes.

—Viejo chacal, mi nombre es Malouf —dijo otro—. Nos envía el emperador.

Nasus dio un paso al frente, desvelando fugazmente un atisbo de ira.

—¿Acaso busca reconocimiento? Entonces, se lo daré. En esta era impía no hay emperador —dijo Nasus.

El muchacho, desafiante, dio un paso al frente. Los oscuros mensajeros se alejaron del farol. Las largas sombras velaron sus posturas defensivas.

—Entreguen su mensaje y váyanse —dijo el niño.

Malouf desmontó y caminó hacia adelante. Introdujo una mano encallecida entre los pliegues de su ropa y extrajo un oscuro amuleto engarzado en una gruesa cadena negra. La geometría del metal destellaba recuerdos de magia y destrucción en la mente de Nasus.

—El emperador Xerath envía sus ofrendas. Nosotros seremos siervos para ustedes. Quiere darles la bienvenida a la nueva capital de Nerimazeth.

Las palabras del mercenario golpearon a Nasus como un martillo sobre una copa de vidrio.

Rápidamente, el niño se arrodilló para agarrar una piedra pesada.

—¡Muere! —exclamó.

—¡Sujétalo! —ordenó Malouf.

El chico tomó impulso y arrojó la piedra al aire, cuya perfecta parábola amenazaba con destrozar los huesos de un mercenario al impacto.

—¡Renekton, no! —rugió Nasus.

Los jinetes dejaron de fingir. Nasus sabía que el cuidador y su esposa estaban muertos. La bienvenida de Xerath llegaría en la forma del frío acero. La verdad comenzó a nublar la ilusión.

Nasus se estiró para alcanzar al muchacho. El niño se perdió en las sombras de un recuerdo, que acto seguido se disipó sobre aquel terreno iluminado por estrellas.

—Adiós, hermano —susurró Nasus.

Los emisarios de Xerath se dispersaron mientras sus caballos corcoveaban y bufaban. Flanquearon al ascendido por tres lados. Malouf no vaciló, desenfundó su espada y la hundió en el costado de Nasus. El dolor se extendió por el cuerpo del curador ancestral. El jinete intentó extraer su espada, pero esta no se movía. Una zarpa sostenía el sable, manteniéndolo agónicamente hundido en la carne del Ascendido.

—Debiste haberme dejado a solas con mis fantasmas —dijo Nasus.

Acto seguido, Nasus arrancó la espada de la mano de Malouf, destrozando dedos y desgarrando ligamentos.

El semidiós se abalanzó sobre su agresor. El cuerpo de Malouf cedió bajo el enorme peso del chacal.

Nasus saltó sobre el siguiente jinete, arrancándolo de su montura; bastaron dos golpes para perforar órganos y dejar sus pulmones sin aire. Su cuerpo desfigurado, una masa agónica, huyó hacia el desierto. Su caballo se encabritó y desapareció entre las dunas.

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—¡Está demente! —gritó uno de los jinetes.

—Ya no lo estoy —dijo Nasus, mientras se acercaba al líder de los mercenarios.

Una extraña fragancia inundó el aire. Flores de lavanda muertas colorearon el sendero por donde pasaba. Malouf se retorcía en el suelo con los dedos de la mano derecha rotos y debilitados, con la piel flácida como si fuera un pergamino humedecido. Su caja torácica se había hundido como la cáscara de una fruta podrida.

El terror se apoderó del resto de los mercenarios. Lucharon por mantener el control de sus monturas, aunque solo fuera para batirse en retirada. El cuerpo de Malouf yacía abandonado en la arena.

Nasus miró al este, hacia las ruinas de Nerimazeth.

—Díganle a su ''emperador'' que su ciclo está por terminar.

'Lo que se hundió será grande de nuevo'.

RENEKTON

EL CARNICERO DE LAS ARENAS

Renekton es una terrorífica criatura Ascendida movida por la ira y procedente de los desiertos abrasadores de Shurima. En su día fue el guerrero más admirado del imperio, un líder que condujo a los ejércitos shurimanos a incontables victorias. Sin embargo, tras la caída del imperio, Renekton quedó sepultado bajo las arenas, donde lentamente sucumbió a la locura mientras el mundo seguía girando y cambiando. Ahora, libre de nuevo, le carcome el ansia de hallar a su hermano Nasus y acabar con él, pues lo culpa en su locura de los siglos pasados entre las tinieblas.

Renekton nació para luchar. Ya desde joven se vio siempre envuelto en violentas peleas. No conocía el miedo, y era capaz de hacer frente a niños mucho mayores que él. A menudo era el orgullo lo que provocaba estos enfrentamientos, pues Renekton era incapaz de recular o pasar una ofensa por alto. Cada tarde volvía a casa con cortes y magulladuras, y aunque Nasus, su estudioso hermano mayor, no veía sus peleas callejeras con buenos ojos, Renekton las disfrutaba.

Tras su admisión en el exclusivo Collegium del Sol, Nasus se marchó de casa. En sus años de ausencia, las peleas de Renekton fueron volviéndose cada vez más serias. En uno de sus pocas visitas, Nasus quedó horrorizado ante la visión de su hermano ensangrentado tras otra de sus riñas callejeras. Temeroso de que el carácter agresivo de Renekton lo condenara a prisión o a una muerte prematura, Nasus ayudó a su hermano a alistarse en el ejército shurimano. Aunque Renekton era demasiado joven para incorporarse a filas, las influencias de su hermano mayor ayudaron a pasar este detalle por alto.

La férrea disciplina del ejército fue una bendición para Renekton. En pocos años ascendió hasta convertirse en uno de los líderes militares más capaces y temidos de Shurima, y ayudó a extender los dominios del imperio luchando en primera fila en numerosas guerras de conquista. Pronto se granjeó fama de duro y feroz, pero también de honrado y valiente. A su vez, Nasus se convirtió en un general condecorado, y juntos combatieron en numerosas campañas, siempre unidos a pesar de sus diferencias y de sus frecuentes desacuerdos. El talento de Nasus residía en su capacidad para la estrategia, la logística y la historia; el de Renekton, en el combate. Nasus planificaba las guerras y Renekton las ganaba.

Renekton alcanzó el título de Guardián de Shurima tras librar una cruenta batalla en uno de los acantilados fronterizos de la región. Una fuerza invasora había desembarcado en la costa sur para atacar la aislada ciudad de Zuretta. Si no lograban detener la invasión, la ciudad sería arrasada y su población, masacrada. Con una inferioridad de diez hombres contra uno, Renekton lideró un pequeño contingente para hacer frente a los invasores, dispuesto a retrasar el ataque para evacuar la ciudad. Nadie esperaba que Renekton saliera de aquella batalla con vida, y mucho menos con una victoria. Pero él se mantuvo firme en el desfiladero durante un día y una noche, tiempo suficiente para que llegaran las tropas de relevo lideradas por Nasus. Con apenas un puñado de guerreros supervivientes, todos ellos libres de heridas, Renekton fue aclamado como un héroe.

Renekton luchó en el frente durante décadas y jamás perdió una batalla. Su presencia inspiraba a aquellos que luchaban junto a él y aterrorizaba a sus enemigos. Se alzó con una victoria tras otra, y era tal su reputación que llegó a ganar batallas sin desenvainar la espada; naciones enemigas se rendían al saberse atacadas por un ejército liderado por Renekton.

Renekton, entrado en años, era ya un veterano canoso y curtido en mil batallas cuando le llegaron noticias de que su hermano estaba a punto de morir. Corrió de vuelta a la capital, donde descubrió a Nasus abatido por una cruel enfermedad debilitante, una sombra del imponente héroe que había sido. La enfermedad no tenía cura, y se asemejaba a una maldición degenerativa que, según decían, había acabado con todo un noble linaje en la antigüedad.

No obstante, todos reconocían la grandeza de Nasus. Además de ser un general altamente condecorado, había ejercido de curador de la gran biblioteca de Shurima, y escrito algunas de las mayores obras literarias del imperio. El sacerdocio declaró que era la voluntad del Sol que el héroe se sometiera al ritual de Ascensión.

La ciudad entera se reunió para ser testigo del sagrado ritual, pero la trágica enfermedad había causado ya sus terribles estragos y Nasus carecía de la fuerza suficiente para subir los escalones del Estrado de la Ascensión. En un acto de amor y sacrificio extremos, Renekton alzó a su hermano en brazos y subió los últimos peldaños, convencido de que aquel gesto lo conduciría a la muerte, debido a las energías sagradas del disco solar. Lo consideraba un sacrificio menor si con él garantizaba que la leyenda de su hermano perdurase. No en vano era solo un guerrero, si bien talentoso, mientras que su hermano era un erudito, pensador y general sin igual. Renekton sabía que Shurima necesitaría a Nasus en los años venideros.

Sin embargo, Renekton no fue destruido. Bajo el cegador resplandor del disco solar, ambos hermanos fueron elevados y transformados. Cuando la luz se desvaneció, dos poderosas criaturas Ascendidas se aparecieron ante los espectadores; Nasus en su esbelto cuerpo con cabeza de chacal, y Renekton con su imponente forma de cocodrilo. Sus cuerpos eran apropiados: el chacal a menudo se consideraba una de las bestias más inteligentes y astutas, mientras que la agresividad intrépida del cocodrilo le quedaba a Renekton como un guante. Shurima dio gracias a los poderes divinos por aquellos nuevos semidioses y guardianes del imperio.

Renekton había sido un portentoso héroe de guerra, pero ahora era un ser Ascendido dotado de un poder incomprensible para el común de los mortales. Poseía mayor fuerza y velocidad que cualquier humano y parecía prácticamente inmune al dolor. Aunque los seres Ascendidos no eran inmortales, su esperanza de vida era mucho mayor de lo normal, lo que les permitía servir al imperio durante cientos de años.

Con Renekton al frente de los ejércitos de Shurima, el poderío militar del imperio era imparable. Siempre había sido un guerrero feroz y un comandante despiadado, pero su nueva forma le otorgaba un poder inimaginable. Lideró a los soldados shurimanos en incontables victorias sangrientas, y jamás tuvo ni esperó clemencia. Su leyenda se extendió más allá de los confines del imperio, y fueron sus enemigos los que lo apodaron el Carnicero de las Arenas, sobrenombre que aceptó gustoso.

Había quien pensaba que una parte de la humanidad de Renekton se había perdido en su transformación, y Nasus compartía esta opinión. A medida que pasaban los años, parecía aumentar su crueldad; su sed de sangre alcanzaba cotas antinaturales, y se rumoreaba que cometía verdaderas atrocidades en nombre de la guerra. Aun así, era un fiero defensor de Shurima, y sirvió con extrema lealtad a una sucesión de emperadores, lo que permitió garantizar la seguridad y grandeza del imperio durante siglos.

Durante el reinado del emperador Azir, llegaron rumores de una mística criatura de fuego que había escapado del sarcófago mágico que la mantenía apresada en su mazmorra subterránea. Había arrasado una aldea shurimana antes de huir a través del desierto en dirección este. Renekton y su hermano Nasus emprendieron la búsqueda de este legendario oponente. En su ausencia, el joven emperador, instado y manipulado por su mago Xerath, intentó unirse a sus filas y convertirse en un Ascendido. Las consecuencias fueron catastróficas.

Renekton y Nasus se encontraban a una jornada de la capital, pero aun así llegaron a sentir la onda expansiva del trágico ritual de Ascensión. Sabedores de que algo terrible había ocurrido, regresaron a toda velocidad a una gloriosa ciudad en ruinas. Azir había sido destruido, junto a la mayoría de los habitantes de la urbe, y el gran disco solar, vaciado de toda energía, caía inexorablemente. En el epicentro de aquella catástrofe encontraron a Xerath convertido en un ser de pura energía malévola.

Los hermanos intentaron sellar a Xerath en el sarcófago mágico que había encerrado a la ancestral criatura de fuego. Lucharon durante un día y una noche, pero el mago era un rival poderoso, y no se dejaría encerrar. Logró destruir el sarcófago y asaltó a los hermanos con hechizos alimentados por el poder del disco solar, que chocó contra el suelo mientras luchaban.

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Consciente de que no podrían destruir a Xerath, Renekton logró empujarlo hasta las profundidades de la Tumba de los Emperadores. Una vez allí, rogó a su hermano que sellara por siempre aquel mausoleo con ellos dentro. Sabedor de que no habría otra forma de detener a Xerath, Nasus cumplió a regañadientes las órdenes de su hermano. Y así, mientras Renekton y Xerath sucumbían a la oscuridad, Nasus cerró la tumba para siempre.

Entre las tinieblas, Xerath y Renekton continuaron su batalla. Lucharon durante años interminables, mientras fuera la otrora gran civilización de Shurima se venía abajo. En pleno combate, Xerath envenenó con palabras los oídos de Renekton, y lentamente, a medida que avanzaban los siglos, aquel tóxico discurso y la omnipresente oscuridad hicieron mella en el héroe. El mago hizo creer a Renekton que Nasus lo había sepultado a propósito, celoso de su éxito e incapaz de compartir su Ascensión.

Poco a poco, la cordura de Renekton se resquebrajó por completo. Xerath no hizo más que ahondar aquellas grietas, corrompiendo su mente y tergiversando su visión de lo real y lo imaginario.

Miles de años después, el mercenario Sivir reabrió la Tumba de los Emperadores y liberó tanto a Renekton como a Xerath. Renekton rugió iracundo y se precipitó con estruendo hacia las arenas del desierto shurimano, olfateando el aire en busca de su hermano.

Ahora vaga por el desierto con un único objetivo: acabar con Nasus, el traidor que lo abandonó a una muerte segura. A pesar de su visión distorsionada de la realidad, en ocasiones recuerda al orgulloso y honorable héroe que fue. Sin embargo, la mayoría del tiempo no es más que una bestia enloquecida por el odio e impulsada por su sed de sangre y venganza.

RENACER EN LA OSCURIDAD

¿Soy un dios?

Ya no lo sabe. Tal vez lo fue, cuando el disco solar brillaba como el oro en lo alto del Palacio de los Diez Mil Pilares. Recuerda cómo llevó a un ser ancestral en brazos, y cómo ambos se elevaron hacia el cielo, transportados por los rayos del sol. Todo el dolor y el sufrimiento que albergaba fue limpiado por aquella luz que había de transformarlo. Si este recuerdo es suyo, ¿acaso ha sido mortal? Cree que sí, pero es incapaz de recordarlo. Sus pensamientos no son más que una nube de moscas del desierto, el zumbido irritante de recuerdos fragmentados que retumban en su alargado cráneo.

¿Qué es real? ¿Qué soy ahora?

Este lugar, esta caverna bajo la arena. ¿Es real? Eso cree, pero no está seguro de poder confiar en sus sentidos. Solo alcanza a recordar las tinieblas, una terrible e infinita oscuridad aferrada a él como una mortaja. Pero entonces la oscuridad se desvaneció, arrojándolo de vuelta a la luz. Recuerda haber trepado entre la arena mientras la tierra se desplomaba a su alrededor, y el rugir de la piedra viva mientras algo sepultado y olvidado largo tiempo emergía de nuevo hacia la superficie.

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Colosales estatuas de aspecto vasto y terrible brotaron de la arena. Sobre el héroe se cernían guerreros con armadura y cabeza diabólica, dioses ancestrales de una cultura extinta tiempo ha. Huyó de la ira de los espectros beligerantes que emergían de la arena, y logró escapar de aquella ciudad que ascendía entre llamas bajo la luna y las estrellas. Recuerda haber deambulado por el desierto, su mente encendida por visiones de sangre y traición, de palacios colosales y templos dorados derribados en un abrir y cerrar de ojos. Siglos de progreso desmantelados por el orgullo y la vanidad de un solo hombre. ¿Acaso fue suyo el orgullo? No lo sabe, pero teme que así fuera.

Aquella luz que lo había transformado ahora le provocaba un gran dolor. Quemaba su alma hasta la médula mientras vagaba por el desierto, solo y perdido, atormentado por un odio que no alcanzaba a entender. Buscando refugio de su despiadada luz, halló cobijo en una húmeda caverna; y así, encogido y entre lágrimas, el Susurrante lo encontró. Aquella sombra se deslizaba por las paredes que lo rodeaban, balbuceando y conspirando incesantemente para alimentar su amargura. Apretaba sus retorcidas manos, coronadas por negras zarpas, contra las sienes, pero era incapaz de silenciar a su eterno acompañante en aquella oscuridad. Nunca lo consiguió.

El Susurrante le contó historias de vergüenza y culpa. Habló de los miles de inocentes que murieron por su culpa, que jamás tuvieron ocasión de vivir gracias a su fracaso. Una parte de él cree que no son más que falacias edulcoradas, historias tergiversadas y repetidas tantas veces que se hace imposible distinguir verdad y mentira. El Susurrante le recuerda la luz extinguida en su encierro, le muestra el rostro de chacal de su traidor, que contempla la escena mientras lo condena a la oscuridad eterna del abismo. Las lágrimas brotan de sus ojos ajados y él las enjuga con ira. El Susurrante conoce cada senda, cada camino oculto hacia su mente, y distorsiona todas las certezas a las que alguna vez se aferró, todas las virtudes que lo convirtieron en un héroe endiosado y reverenciado por toda... ¡Shurima!

Ese nombre significa algo para él, pero se desvanece como un brillante espejismo, anclado a la prisión de su mente con las cadenas de la locura. Sus ojos, antaño astutos y penetrantes, están velados por los siglos de absoluta e insondable oscuridad. Su piel, que una vez fue fuerte como una armadura de bronce, ahora está opaca y resquebrajada; de su infinidad de heridas brota el polvo, como arena que cae en el reloj de un verdugo. Tal vez se esté muriendo. Cree que es posible, pero el pensamiento no le inquieta en demasía. Ha vivido y sufrido lo suficiente para no temer su propia desaparición.

Peor aún, no está seguro de poder morir. Contempla el arma ante él, un hacha con sable de medialuna sin mango. Perteneció a un rey guerrero de Icathia, y un fugaz recuerdo le ilumina, le muestra cómo rompió aquella empuñadura tras acabar con el ejército de su portador. Recuerda haberla vuelto a crear, pero no sabe por qué. Tal vez la utilice para rebanar su propio cuello y ver qué ocurre. ¿Brotará sangre o polvo? No, no piensa morir ahí. Todavía no. El Susurrante le informa de que es otro el destino que lo aguarda. Todavía queda sangre por derramar y una sed de venganza que saciar. El rostro de chacal de aquel que lo condenó a la oscuridad flota en su memoria y, cada vez que lo ve, hierve hasta la superficie el odio grabado a fuego en su corazón.

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Contempla las paredes de la cueva mientras las sombras se disipan, revelando las rudas pinturas rupestres de los mortales. Imágenes atávicas y descascarilladas, tan desdibujadas que son casi invisibles, muestran la ciudad del desierto en todo su esplendor. Ríos de agua fresca y cristalina discurren entre las columnas de sus calles y los rayos revitalizantes del Sol alumbran la exuberante vegetación de un paisaje que ahora es fértil. Ve a un rey con yelmo de cabeza de halcón junto a una figura con vestiduras oscuras, ambos en lo alto de un palacio elevado. A sus pies, dos gigantes ataviados con armadura militar: uno es una bestia colosal con forma de cocodrilo y un hacha con hoja de medialuna; el otro es un guerrero erudito con cabeza de chacal. Reconoce en la criatura reptiliana la representación, exaltada por los mortales, de su encarnación ascendida. Entonces posa su mirada sobre el otro guerrero. El tiempo ya casi ha borrado la escritura angular bajo la imagen descolorida, pero sigue siendo lo suficientemente legible para que se adivine el nombre de su traidor.

—Nasus —pronuncia—. Hermano...

Y nombrada la fuente de su tormento, su propia identidad es revelada, como el sol que emerge tras una nube de tormenta.

—Soy Renekton —sisea entre dientes curvos—. El Carnicero de las Arenas.

Alza su filo de medialuna y se pone en pie, sacudiendo el polvo de los siglos de su cuerpo acorazado. Viejas heridas sanan, la piel agrietada recupera su tersura y el color vuelve a su verde y elástica forma reptiliana a medida que se imbuye de determinación. Hubo un día en el que el sol lo transformó, pero ahora la oscuridad es su aliada. La fuerza invade su monstruoso y poderoso cuerpo, los músculos se hinchan, y sus ojos arden de odio hacia Nasus. Oye cómo el Susurrante vuelve a hablar, pero ya no le presta atención. Empuña el hacha con sus poderosas garras y posa la punta del filo sobre la imagen de guerrero con cabeza de chacal.

—Me dejaste solo entre las tinieblas, hermano —dice—. Y ahora morirás por aquella traición.

'Sangre y venganza'.

SIVIR

LA SEÑORA DE LA BATALLA

Sivir es una afamada buscadora de tesoros y capitana mercenaria que se gana la vida en el desierto de Shurima. Provista de un arma legendaria en forma de cruz engastada con gemas, ha luchado y ganado innumerables batallas para aquellos que pueden permitirse su exorbitante precio. Conocida por su determinación temeraria y por una ambición sin fin, se jacta de poder recuperar los tesoros enterrados de las peligrosas tumbas de Shurima... a cambio de una generosa recompensa. Ahora que unas fuerzas ancestrales agitan los mismísimos huesos del lugar, Sivir se encuentra dividida entre destinos opuestos.

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Sivir aprendió de primera mano las duras lecciones de la vida en el desierto cuando su familia entera cayó a manos de los kthaons, una de las tribus de saqueadores más temidas de Shurima. En las semanas y meses posteriores a la matanza, sobrevivió robando comida de los puestos de los mercaderes y explorando ruinas del desierto en busca de baratijas, para luego venderlas.

La mayoría de ellas habían sido saqueadas hacía tiempo, pero Sivir poseía un talento innato para encontrar cosas que los demás habían pasado por alto. Dotada de una vista de águila y una determinación a toda prueba, localizaba pasadizos secretos, resolvía rompecabezas ancestrales para desvelar la ubicación de catacumbas perdidas y esquivaba trampas mortíferas.

En ocasiones lograba convencer a otros niños de que la ayudaran a saquear una tumba que, sin ellos, no habría estado a su alcance. Armados solo con cuerdas y velas, estos waifs malnutridos descendían por los sinuosos túneles que se extendían bajo las ruinas en busca de objetos de valor.

Un día, Sivir y sus compañeros de correrías se adentraron en una tumba secreta que, según juraba ella, estaba repleta de tesoros de incalculable valor. Finalmente, tras muchas horas de exploración, encontraron una puerta secreta, pero, para su sorpresa, descubrieron que al otro lado solo había una cámara vacía. Enfurecida por aquella pérdida de tiempo, Mhyra, la mayor de sus camaradas, le exigió que cediese su puesto de jefa. Sivir se negó y las dos muchachas se enzarzaron en una batalla encarnizada. Mhyra era más grande y más fuerte y, sin demasiadas dificultades, inmovilizó a Sivir y la arrojó desde lo alto de un saliente. Horas más tarde, despertó en la oscuridad, sola. Abrumada por el pánico, deshizo su camino a ciegas, tanteando las paredes, hasta regresar a la luz del día. Al volver a su guarida, se encontró con que su traicionera amiga se había marchado con todas sus posesiones.

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Sivir prometió que no volvería a permitir que la traicionaran. Decidida a aprender a defenderse, se unió a una banda de mercenarios dirigida por la legendaria Iha Ziharo, donde sirvió como mula de carga, exploradora y chica de los recados.

Durante años, durmió con una daga guardada bajo la manta. No confiaba en los guerreros de Ziharo, consciente de que solo eran leales al dinero, pero aun así se esforzó por aprender de ellos todo lo posible. Se entrenaba con tenaz determinación y todos los días practicaba con los más bisoños.

Su inagotable dedicación y su cada día mayor destreza con las armas atrajo la atención de la propia Iha Ziharo, quien decidió tomarla bajo su protección... un honor reservado a unos pocos. Con el paso de los años se convirtió en una formidable guerrera y, como lugarteniente de Iha, luchó contra ejércitos, bandidos y tribus belicosas. Cuando, al terminar las guerras, la banda de mercenarios tuvo dificultades para encontrar trabajo, Sivir condujo varias expediciones a las ruinas, en busca de los tesoros perdidos de Shurima.

Finalmente, se cansó de vivir a la sombra de Ziharo. Su autoritaria líder se quedaba siempre con la mayor parte del tesoro y con toda la gloria, a pesar de que si conseguían aquellas riquezas era sobre todo gracias a la información de Sivir sobre las tumbas. Y, por si no fuera bastante, se negaba a luchar por algunos caudillos cuya crueldad no tenía cabida dentro de su código de honor. Para Sivir, el oro no era más que oro, por muy ensangrentadas que estuvieran las manos que lo pagaban, y la moralidad no desempeñaba papel alguno en las transacciones.

Muchos de los mercenarios estaban de acuerdo con ella y empezaron a conspirar para que reemplazase a Ziharo. La noche antes del golpe, la jefa de la banda se enteró. Enfurecida, decidió adelantarse y acabar con su antigua pupila mientras dormía. Pero Sivir esperaba el ataque y logró derrotarla en un encarnizado duelo a cuchillo. Con todo, en el momento de acabar con su rival, descubrió con sorpresa que era incapaz, pues aún recordaba que la había acogido cuando no era más que una niña triste sin un mendrugo que llevarse a la boca. Por ello, en lugar de matarla, decidió abandonarla en el desierto con medio pellejo de agua, una solitaria moneda y sus mejores deseos.

Bajo la dirección de Sivir, los mercenarios no tardaron en granjearse una reputación de temibles guerreros y exploradores, capaces de encontrar reliquias legendarias. Nobles del desierto, mercaderes adinerados y coleccionistas de objetos arcanos alquilaban los servicios de Sivir para que librase sus guerras o recuperase tesoros ocultos. Los exploradores le pagaban grandes sumas para que los ayudara a atravesar territorios peligrosos o a moverse por las vetustas ruinas de Shurima. Algunos caudillos contrataron a su compañía para que los defendiese frente a las incursiones de los noxianos, mientras otros se procuraban sus servicios al comienzo de sus campañas para asegurarse una victoria rápida.

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En el Año de las Mil Tormentas, el señor de una antiquísima ciudad de Shurima llamada Nashramae contrató a Sivir para que buscase una antigua hoja en forma de cruz que, según decía, había pertenecido siempre a su familia. Envió a su guardia personal con ella para garantizar que cumplía su parte del trato y así, al cabo de una búsqueda que se prolongó durante varios meses, Sivir encontró el arma. Mientras la sacaba del sarcófago de un héroe olvidado de antaño, enterrado bajo toneladas de escombros, la asaltó la extraña sensación de que toda su vida la había conducido hasta aquel instante. El arma estaba tachonada de oro y piedras preciosas y a pesar de su antigüedad, seguía tan afilada como si acabaran de forjarla.

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Sivir la contempló como hipnotizada, embargada por la sensación de que había estado esperándola. Al oír que el capitán de la guardia exigía que volviesen junto a su señor para entregársela, se dio cuenta de que no podría hacerlo. Arrojó la extraña arma en una trayectoria curva y contempló maravillada cómo decapitaba, no solo al capitán, sino también a los tres hombres que había tras él, antes de volver a su mano. Nunca se había sentido tan cómoda con un arma, ni tampoco tan poderosa. Se abrió paso luchando hasta que, finalmente, logró salir triunfante de la tumba, dejando tras de sí los cadáveres de los soldados de Nashramae.

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Sivir ya era muy famosa en Shurima por sus hazañas y su ferocidad en el campo de batalla, pero a medida que crecía su leyenda, su reputación empezó a propagarse más allá del desierto. En Noxus, estas historias llegaron a oídos de Cassiopeia, una ambiciosa aristócrata que codiciaba una reliquia que creía perdida en las arenas. Cassiopeia no carecía de oro, así que contrató a Sivir como guía para saquear las entrañas de la antigua y perdida capital de Shurima.

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Aunque el instinto le decía que desconfiara de Cassiopeia, Sivir no estaba dispuesta a renunciar a una expedición tan lucrativa. Al adentrarse en las laberínticas catacumbas de la ciudad enterrada, muchos de sus mercenarios perdieron la vida en las letales trampas que contenían, pero Cassiopeia se negó a dar marcha atrás. Tras días de incesante descenso en la oscuridad, Sivir y Cassiopeia llegaron a un gran bajorrelieve donde estaban retratados los emperadores de antaño y sus guerreros Ascendidos, con cabezas de animales. La mayoría de las estructuras enterradas que habían visto hasta entonces estaban en ruinas por los milenios que habían pasado bajo las arenas, pero, por alguna extraña razón, aquel muro seguía intacto. Sivir sintió que algo se removía en su sangre al contemplar los grabados, hipnotizada por una sensación creciente de reconocimiento. En aquel momento de distracción, su destino quedó sellado.

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Aprovechándose de su descuido, Cassiopeia se le acercó por detrás y le clavó una daga en la espalda. Sivir se desplomó agonizante sobre las arenas, manchadas con su propia sangre. Cassiopeia le arrebató el arma de las manos mientras la mercenaria sentía que sus sentidos se apagaban como una vela parpadeante. A medida que el calor abandonaba su cuerpo, la muerte fue aproximándose.

Pero el destino no había terminado con ella. Al abandonar la sangre su cuerpo, los vestigios de realeza que contenía devolvieron la vida a su antepasado, el emperador Azir. Llevó su cuerpo hasta el Oasis del Alba, un sagrado estanque que en su día había contenido aguas curativas. En aquel momento, tras milenios de sequía, volvió a llenarse de agua cristalina en presencia de Azir. El líquido curativo envolvió el cuerpo de Sivir y, de manera milagrosa, restañó la fatal puñalada asestada por Cassiopeia.

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Con un jadeo trabajoso, Sivir abrió los ojos. Se sentía aturdida y sorprendida, como si acabara de salir de un sueño. Un rostro vagamente familiar la miraba con amabilidad desde arriba y Sivir parpadeó, sin saber si estaba viva o muerta. A su alrededor, por todos lados, se levantaron unos remolinos de polvo y empezaron a formar gigantescos palacios, suntuosos templos y extensas plazas. La antigua ciudad de Shurima se alzó de su arenosa tumba en todo su esplendor y toda su gloria, coronada por un enorme disco dorado que brillaba con más fuerza que el sol del mediodía. Con el retorno de Azir, la ciudad quedó restaurada en toda su antigua majestad.

Sivir se había criado escuchando los relatos sobre los legendarios Ascendidos, pero siempre había pensado que solo los niños y los necios daban crédito a tales fantasías. Rodeada por una ciudad que, piedra a piedra, se había levantado de la nada, y frente a un emperador muerto hacía siglos, que le hablaba de su ancestral linaje y de su visión para un reino renacido, Sivir sintió que se estremecía hasta el tuétano. Todo cuanto había creído siempre estaba de pronto teñido de duda.

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Con el eco de las palabras de Azir aún en los oídos, regresó a su vida como mercenaria y buscó consuelo en las realidades cotidianas de su profesión. Le costaba aceptar que tal vez fuese la heredera de un imperio olvidado y trató de expulsar tales pensamientos de su cabeza. Aunque todo lo que le había dicho Azir fuera verdad, estaba segura de que nadie podía unir las dispersas tribus de Shurima. Los caudillos más poderosos, cuando tenían oro y soldados en cantidad suficiente, podían gobernar pequeños territorios durante un tiempo, pero el reino entero nunca se uniría bajo una sola bandera, ni se postraría ante un solo hombre... por muy emperador que fuera.

Mientras Azir lucha por restablecer toda la fuerza de su antiguo imperio, a Sivir le carcome la duda de saber si podrá volver a su antigua vida. Unas fuerzas poderosas se ciernen sobre su mundo y, para bien o para mal, el destino le ha concedido una segunda oportunidad.

Ahora deberá escoger su camino y forjarse un nuevo legado.

AGUA

Sivir sintió como si su garganta estuviera cubierta por una capa de vidrios rotos. Le ardía la piel agrietada de sus labios. No podía enfocar la vista. ''Les di más tiempo del suficiente para avanzar''.

Se inclinó para ver por el borde de la roca. La caravana aún estaba en el manantial y no mostraba señales de moverse.

''¿Por qué tenían que ser kthaons?''. De las numerosas tribus que la querían muerta, los kthaons eran famosos por su persistencia.

Volvió a recorrer la caravana con la mirada, en busca de cualquier indicio de que se dispusieran a salir del antiguo cauce para seguir su viaje. Sacudió los hombros, tratando de decidir si sus músculos estaban listos para hacer frente a media docena de hombres. Si quería tener alguna posibilidad, tendría que tomarlos por sorpresa.

''Esa noxiana melindrosa logró derribarme...''.

Sacudió la cabeza para despejar su mente. No era momento de pensar en tales cosas. ''Ya comienzo a divagar por la falta de agua. ¿Por qué no traje más agua?''.

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En la ciudad no escaseaba. Por orden de una criatura ancestral, habían brotado enormes torrentes de sus estatuas. ''Me curó las heridas y me salvó la vida''. Luego regresó para reconstruir los templos a su alrededor, mientras profería palabras extrañas en un antiguo dialecto al que ella apenas encontraba sentido. ''Hablaba solo en una ciudad muerta, poblada únicamente por las arenas. Tenía que salir de allí antes de que el hechicero volviera a sepultarlo todo bajo el polvo... o decidiera que estaba en deuda con él''.

Al tragar saliva sintió una renovada agonía en la garganta. Volvió a mirar el manantial, un simple charco de agua marrón rodeado por la caravana.

''Les di un día'', reflexionó. ''O muero yo o mueren ellos. Por unas gotas de agua o unas monedas de oro. Así son las cosas en el desierto''.

Aprestó el arma mientras echaba a correr hacia el primer guardia. ¿Tendría tiempo de alcanzarlo antes de que se diera vuelta? Calculó la distancia. ''Catorce zancadas. Doce. Diez. No debe hacer el menor ruido. Dos zancadas''. Sivir saltó. La hoja atravesó limpiamente el cuello del hombre y se hundió en su hombro.

La sangre empezó a manar mientras Sivir caía sobre él. La inercia la llevó más allá de la hilera de rocas a la que el hombre estaba parado. Sivir lo agarró de los brazos. El guardia peleó por zafarse, como si se negara a aceptar que ya estaba muerto. La sangre de su último y agónico aliento roció a la joven. ''Este hombre no tenía por qué morir''.

Volvió a acordarse de la hoja de Cassiopeia. ''Esa zorra noxiana me clavó una daga en la espalda. Morí. Eso tendría que significar algo''.

A lo lejos se escuchó un estruendo. ¿Caballos? ¿Un alud de arena? No era momento de preguntarse qué era aquello. Se arrastró sobre las duras piedras. ''El resto de la caravana no tardará mucho tiempo en notar la ausencia del guardia''. Su siguiente objetivo avanzaba ya por la línea del cerro. Debía atacarlo antes de que se alejara de la saliente. ''No puedo fallar''. Lanzó su arma.

La cuchilla alcanzó al segundo soldado y lo partió por la mitad. Se desvió hacia arriba y luego, al acercarse al cenit de su trayectoria, se ralentizó antes de cambiar de sentido. En el camino de regreso, le rebanó el cuello a un tercero. No habría tiempo para otro lanzamiento. La cuchilla completó su arco y descendió volando hacia el agua. Solo tenía que alcanzarla a tiempo. Había ejecutado la misma maniobra muchas otras veces. Tomaría el arma y mataría a los tres supervivientes de un solo movimiento.

Pero al correr se dio cuenta de que le pesaban los pies y sus doloridos pulmones parecían incapaces de absorber el aire que necesitaban. ''Treinta zancadas''. Tenía que cubrir esta distancia antes de que el cadáver del segundo muerto tocara el suelo. ''Veinte''. Los músculos de sus piernas tenían calambres y se negaban a obedecer sus órdenes. ''Quince''. Se dio cuenta de que se desviaba y trastabillaba. ''No. Aún no''.

Entonces, antes de lo que había estimado, el cuerpo del segundo hombre completó su caída e impactó las rocas. Era imposible no escuchar el estruendo.

Un error era suficiente. Los kthaons eran gente del desierto. Los guardias restantes desenfundaron sus armas antes de que Sivir pudiera dar otro paso.

La cruz cayó al agua, entre los hombres y ella. A cinco zancadas de ellos. A diez de ella.

''Puedo hacerlo''. Todos los reflejos de su cuerpo la instaban a seguir adelante. Pero lo que hizo fue resbalar hasta detenerse bruscamente.

''No traje agua suficiente. Esperé mucho tiempo para atacar. Calculé mal las distancias. Yo no cometo este tipo de errores. ¿Por qué?''. Otra parte de su mente respondió. Recordó el instante después de que la daga de Cassiopeia perforó su espalda. No la sentía. Lo que sintió fue un peso repentino e inesperado, que le arrebató el aliento y pareció comprimirle los pulmones.

—Maté a tres de ustedes antes de que me escucharan —tosió Sivir.

—No tienes tu arma —respondió el más grande de los kthaons.

—No quería que su sangre salpicara el agua —mintió ella.

Los tres hombres intercambiaron miradas. ''Me reconocieron''.

—Hace un año, maté a su jefe y a dos docenas de sus mejores hombres, a cambio de un pequeño saco de oro. Fue un precio muy bajo por sus vidas. —Miró a los tres hombres a los ojos. Estaban alejándose del agua, en un intento de rodearla.

—Todo el oro que gané por matar a su jefe y a sus hermanos —continuó— lo perdí en las mesas de juego en una sola noche.

—Vengaremos sus muertes y tu ofensa —respondió el más grande.

—No debí matarlos —repuso Sivir—. No por esa cantidad. No me hagan matarlos por unos cuantos sorbos de agua.

El líder de los kthaons, nervioso, agarró el arma con más fuerza.

—Puedo llegar a mi arma antes de que tengan tiempo de actuar —añadió Sivir—. Y si tengo que correr a por ella, ustedes morirán. —Señaló el charco de agua turbia—. Sus vidas valen más que eso.

—Entonces, moriremos con honor —afirmó el más grande de los tres, aunque sus camaradas no parecían tan seguros.

—¿Me hizo falta el arma para matar a los veinte hombres a los que quieren vengar? —les advirtió Sivir—. Ustedes son muy pocos.

Los tres hombres titubearon. Conocían la reputación de Sivir. Los otros dos se llevaron al más grande a rastras hasta sus cabalgaduras y luego montaron.

Sivir se aproximó al agua.

—Volveremos con nuestros hermanos para vengarnos.

—Muchos lo han intentado —dijo ella—. Ninguno lo ha conseguido.

Sivir empujó su lengua adolorida hacia la parte posterior de la boca, desesperada por encontrar alivio. Hasta la última gota de su ser deseaba arrodillarse frente al agua y beber. ''Debo esperar a que atraviesen esa duna que se ve a la distancia''.

Mientras los hombres se alejaban a galope, el extraño trueno volvió a sonar. Era estruendoso y se hacía más fuerte por momentos. ''Eso no son caballos ni arenas movedizas''. Sivir se volvió hacia su origen y vio que un muro de aguas azuladas de casi un metro de altura avanzaba por el antiguo lecho del río. ''El agua de la ciudad''.

En el instante antes de que la embistiera el torrente, sintió la masa de aire fresco y húmedo que la precedía. Su presencia la sorprendió tanto como un beso inesperado.

La primera ola casi la dejó de rodillas. El impacto se sintió muy frío, pero a medida que envolvía su cintura y sus piernas, se tornó agradablemente refrescante. Sivir se quedó allí, en el agua, dejando que esta la abrazara. Pudo sentir cómo las dolorosas arenas del desierto se alejaban mientras su cabello flotaba en el agua, liviano y libre.

''Estuve muerta. Debo hacer que eso signifique algo''.

''Me da igual qué cara haya en la moneda, mientras pueda pagar con ella''.

SKARNER

LA VANGUARDIA DE CRISTAL

Skarner es un gigantesco escorpión cristalino, procedente de un oculto valle de Shurima. La antigua raza a la que pertenece, los brackern, es famosa por su sabiduría y su profunda conexión con la tierra, pues sus almas están fundidas con poderosos cristales vitales que albergan los pensamientos y recuerdos de sus antepasados. En una época ya ancestral, los brackern entraron en estado de hibernación para evitar un terrible desastre de naturaleza mágica; pero, recientemente, unos sucesos amenazantes han hecho despertar a Skarner. Ahora, el único de los brackern que no sigue dormido lucha por proteger a sus hermanos de quienes quieren hacerles daño.

Mucho antes de que los hombres cruzaran los abrasadores desiertos de Shurima, las arenas albergaban una magia desatada y primordial. En un valle remoto, rodeado de escarpados acantilados y afiladas formaciones rocosas, la ancestral raza de los brackern excavaba las arenas para extraer cristales sin tallar. Cada una de estas nobles criaturas se fundía con una piedra, que albergaba su consciencia hasta mucho tiempo después de su muerte.

La desaparición de un brackern era una circunstancia poco frecuente, puesto que sus vidas terrenas se prolongaban milenios, pero ni siquiera la muerte significaba su final. Cuando perecía la forma mortal de una de ellas, su piedra vital era enterrada en el valle para que no corriese peligro hasta que pudiera desenterrarla un nuevo brackern. Con esta práctica protegían los vulnerables cristales, además de preservar la sabiduría de sus antepasados.

Como el número de piedras era finito, los brackern jóvenes buscaban los cristales destinados a ellos, mientras que la consciencia del interior de la piedra llamaba al brackern que había escogido para que heredara su magia y sus recuerdos. En un ritual sagrado, la roca se fundía con la carne cristalina e imbuía la mente de la criatura de recuerdos y conocimientos, además de infundirle una magia primordial. Un brackern sin cristal no sobreviviría mucho tiempo, pues carecía de la fuerza, la longevidad y el poder que otorgaban aquellas.

La joven criatura llamada Skarner pasó muchos años buscando el cristal que le estaba destinado. Azuzado por el miedo a morir antes de encontrarla, su deseo iba en aumento a cada luna que pasaba. Día y noche excavaba en la tierra, siguiendo un patrón metódico que dejó el valle y las colinas circundantes sembrados de intrincadas espirales.

Estaba a punto de rendirse cuando finalmente sintió que una consciencia ancestral llamaba a su mente. Se hundió en la tierra y se fue adentrando en ella más y más hasta sentir el calor del corazón del mundo sobre el caparazón. Pasaron los días, pero la consciencia fue haciéndose más insistente en su llamada. Finalmente, las pinzas de Skarner se cerraron sobre una piedra muy antigua y oyó un susurro ronco en el fondo de su mente. Aunque la voz era tenue, parecía conectada de una manera íntima a su consciencia. Skarner comprendió que había encontrado su piedra.

El cristal era más grande que ningún otro que hubiera visto y era tan antiguo que su luz se había atenuado hasta convertirse en un tenue fulgor. Su superficie estaba agrietada en varios puntos y había pasado tantos eones bajo tierra que se había opacado. Skarner la examinó con la máxima delicadeza, temiendo hacer más daño a un objeto tan antiguo. La luz apagada de su interior palpitaba como si respirase en respuesta a su presencia.

Inició el ritual de unión y se enterró profundamente con el cristal para pasar varias semanas sin sustento alguno. Aunque preso de una fatiga dolorosa y con los miembros atrofiados por las privaciones, no tenía miedo, pues la voz de la piedra lo reconfortaba. Finalmente, cuando el cristal se fundió con su cuerpo, unos recuerdos y una sabiduría ancestrales impregnaron todos sus pensamientos y sintió que lo embargaba una emoción estremecedora. Presenció momentos de increíble dicha y aplastante tristeza, sucedidos generaciones atrás. Sentía la magia a su alrededor, una magia que le infundía una profunda conexión con el mundo a través de un zumbido sordo y constante. Al mismo tiempo, percibía a sus hermanos, comunicándose en un diálogo de mentes desprovisto de palabras.

Cuando las fuerzas cataclísmicas de las Guerras Rúnicas comenzaron a devastar el mundo, los brackern temieron que pudieran provocar el fin de la especie. Por tanto, tomaron la decisión de hibernar para ocultarse hasta que los humanos se destruyeran mutuamente, como parecía destinado a suceder. Solo entonces volverían a salir de las arenas.

Los escorpiones cristalinos se enterraron así en lo más profundo del desierto de Shurima. Los más jóvenes y feroces se situaron cerca de la superficie, listos para despertar y defender a los demás en caso de peligro. La fuerza que había otorgado a Skarner su antiquísima piedra vital lo había hecho más poderoso que casi todos sus hermanos, así que fue uno de los últimos en sumirse en el largo sueño.

Durmieron durante siglos en pacífico aislamiento hasta que Skarner despertó, presa del pánico. Unas explosiones atronadoras sacudían el suelo en el lugar de reposo de los brackern. Los más cercanos a la superficie estaban aturdidos. Una banda de ladrones había descubierto a las dormidas criaturas y estaba arrancándoles los cristales de la carne. Skarner, protegido por el cristal de su ataque, surgió de la arena en un terrible frenesí de pinzas puntiagudas y venenosos aguijonazos. Aunque los ladrones eran muy numerosos, mató a muchos de ellos y el resto se dio a la fuga. Entonces quedó horrorizado al ver que era el único que estaba despierto y que muchos de los cristales de sus hermanos habían sido robados.

Trató de revivirlos, pero los hombres, en su precipitada e irracional codicia, habían destruido tantas piedras vitales que varios brackern murieron momentos después de que los despertara, mientras que otros no recuperaron la consciencia en absoluto. Durante semanas, caminó por la arena sobre sus dormidos hermanos, sumido en un luto apesadumbrado. Estaba seguro de que los cristales, en las manos de los hombres, no tardarían en ser destruidos y lamentaba también esa pérdida.

Sin embargo, muchas semanas después, al despuntar el alba, oyó unos ecos lejanos que lo llamaban en sus pensamientos. Eran gritos tenues, pero repicaban con nitidez sobre la tierra. Las voces de las piedras perdidas, aterrorizadas, acudían a él para implorarle que volviera a reunirlas con sus hermanos. Skarner titubeó, sin saber si debía ir en pos de los cristales perdidos, o continuar protegiendo a los supervivientes. Después de semanas borrando todo rastro de la excavación, incapaz de seguir soportando cómo sufrían sus hermanos a manos de los violentos humanos, decidió partir en su busca.

Comenzó así la ardua tarea de seguir el rastro a las piedras, con la esperanza de que nadie más descubriera al resto de su pueblo bajo la arena. Aunque es una búsqueda solitaria, en ocasiones oye la llamada de un cristal perdido y entonces lo embarga una sensación hecha de dicha y angustia a partes iguales. En tales ocasiones, Skarner convierte su tristeza en determinación inquebrantable y jura no descansar hasta haber recuperado la última de las piedras vitales.

EL CANTO DEL SUEÑO

Los pieles suaves interrumpieron nuestro sueño de mil ciclos.

Por muchos siglos, sentí el vertiginoso movimiento de la tierra. Las estrellas explotaban y morían sobre mí, pero no las veía. Sentí el calor del sol llenar de vida la arena.

Cuando el ritmo de mi corazón disminuyó y me metí en la arena para calentar mi cuerpo y prepararme para un largo sueño, pensé que mi periodo bajo tierra sería solitario, que la tierra no respondería a mi tacto. Pero mi gente estaba a mi alrededor. Los sentí crujir en su sueño. Oí sus silenciosos murmullos llamando a mi mente. Oí sus cantos de sueño de mundos sobre mundos. Un lugar sin pieles suaves, sin miedo, dolor, ni duda. Un lugar de mucha paz.

Todos estábamos conectados por la arena; soñábamos como uno solo. No solo los cantantes, sino todos los seres vivos; los gusanos arrastrándose por los mansos granos de arena, los topos cavando túneles para cobijar a sus crías, incluso una familia de arañas cubiertas de pelusa que descansaban en la densa oscuridad.

Creí que las rocas no se moverían, que serían frías e indiferentes. Pero ellas también eran parte de nosotros. Las piedras estaban tibias, y entre más nos enterrábamos, más cerca estábamos del vientre ígneo de la tierra. Cada vez que los subterráneos ardían de rabia, yo estaba ahí; sus temblores movían la arena hasta que me ponía a cantar de ira. Somos uno, somos todo. Tu ira es mi ira. Oí que cuando la lluvia moja la arena y alimenta a la tierra, es una muestra de agradecimiento.

Cuando los pieles suaves llegaron, la tierra no sintió más que dolor. Nuestro canto se convirtió en llanto a medida que nos hacían pedazos. Oí la canción de la tristeza cuando los pieles suaves desenterraban a mi gente. Nos arrancaban del cuerpo las piedras linaje de cristal mientras gritábamos tan fuerte como un terremoto para luego robárselos. Canté por muchas noches, canté hasta vaciar y enfriar mi corazón, pero no regresaron.

Hoy, me encuentro solo en el lugar arriba. Hoy, el viento seco quema mi piel. Con cada paso, la arena intentaba detenerme a modo de protesta. Luché contra mis ganas de volver a enterrarme, hasta lo más hondo de la densa oscuridad. No estoy solo. Formo parte del uno, no estoy más allá.

Desde lejos, una canción de miedo y dolor se deja escuchar. El tono es débil, pero reconozco la melodía, y respondo con un canto de mi propio pesar. Una nota de esperanza, nítida y pura, resuena en el fondo de mi mente. Casi, casi.

Otro grupo de estrellas da vueltas en el cielo, y otra vez. El universo, con su eterno parpadeo, me contempla desde lo alto. Me siento abrumado con el peso del firmamento. Debería estar abajo, pero estoy aquí, solo en el aire frío.

Llevo tres lunas en la superficie. Un abrir y cerrar de ojos, un rayo de existencia. Un murmullo reconfortante suena desde las profundidades, pero en el lugar arriba, siento la eternidad de estar solo.

Adelante, oigo a los pieles suaves. No cantan, gritan. Sus tonos arañan y percuten, sin melodía ni cohesión. Asan carne alimento sobre una fogata falsa. La grasa se esparce en el humo y me ahoga con el hedor. ¿Por qué harían tal cosa? La tierra rebosa dones suficientes para todos.

La melodía me llama con debilidad. Casi. La piedra linaje está cerca.

Debo explicarlo; los pieles suaves no entienden. Su raza es tres turnos más joven; apenas comenzaron a cavar; apenas están descubriendo los inicios de los subterráneos. Hablan, pero aún no los escucho cantar. Aprenderán.

En sus mentes canto una canción de calma para que escuchen la enorme belleza que nos espera al despertar. Canto por mi gente caída, para que sepan lo que se robaron.

Los pieles suaves no responden a los cantos. Parece que no me escuchan, así que les canto más fuerte. Canto por nuestras piedras linaje, robadas injustamente. Regrésenlos, son nuestros. Ya asesinaron a muchos. No nos nieguen nuestro futuro, tampoco. Canto una súplica. Déjenme llevar los cristales a la densa oscuridad, para que puedan unirse a nosotros otra vez. Canto para sanar esta herida abierta.

Los pieles suaves siguen gritándose entre ellos. Uno de ellos deja escapar un sonido rítmico... ¿Una risa? Siento como si mi cuerpo fuera destruido por el aire, así que me entierro. El peso que me rodea me reconforta.

¿Cómo es posible que no vean la ruina que han provocado? Son crueles y despiadados. ¿Cómo pudieron hacernos tanto daño?

Mi caparazón se torna blanco cielo de rabia. No permitiré que los pieles suaves nos destruyan.

Los escucho gritar a medida que salgo de la arena. Invoco energía del suelo y acumulo el poder en mi piedra linaje. Un piel suave lanza su arma y golpea mi pierna, pero se destruye contra mi luminosa coraza. Solo cantan canciones de muerte. Yo también me sé esa canción. Libero una potente energía y uno cristales afilados salen disparados desde el suelo, atravesando la carne y destrozando huesos.

El fuego falso se esparce en medio de su pánico. Sus débiles estructuras de ramas y pieles arden en la oscuridad, arrastrando a los pieles suaves hacia las llamas. El humo aumenta como una ofrenda para las estrellas resplandecientes. Los pieles suaves se alejan corriendo del caos, pero soy más rápido. Los rodeo y azoto a un rezagado, partiéndolo a la mitad con mi garra. A otro, lo aplasto con mi pie. Su sangre vital cubre la arena. Rujo de impotencia; no canto, lloro. Su sangre no es digna de tocar al uno que es todos.

Azoto mi cola lado a lado y derribo a los pieles suaves. Vuelvo a invocar al brillo solar, y más cristales salen del suelo para atravesar su carne. Después de todo, sí podían escuchar mi voz...

Soy tan cruel como ellos. Soy violencia. Soy muerte.

En mis sueños, solo veo ira. Ya no soy digno de la densa oscuridad. Pero no puedo parar.

Solo queda uno. La piel suave se abalanza con un objeto brillante de madera y metal. Ella pretende matarme. Un sol falso proviene de su arma y atraviesa mi coraza, y me quema por dentro. La luz se refleja dentro de mi cristal y me paraliza. Me tambaleo con un insoportable dolor. No puedo moverme. Estoy roto. Estoy acabado.

Una suave canción suena en mi mente. Casi, casi. Somos uno.

Vuelve a apuntarme con su arma y me estremezco de horror al ver la luz agónica de la piedra linaje que lleva atada a ella. Su arma absorbe nuestra energía vital. Están desperdiciando nuestros cristales para potenciar su canción terrible. Siento que despertaré en un estallido de furia y dolor, pero no, decido sacar fuerza de la tierra. Doy un grito, agito mi aguijón y atravieso a la piel suave mientras se retuerce como un gusano. Tomo su arma y la destrozo con mi garra. Cae al suelo convertida en polvo, sin dejar otra cosa que la piedra linaje de color blanco cielo.

Pongo el cristal en mi boca, donde estará a salvo. Estoy aquí, somos uno.

Guardo mi aguijón mientras ella cae. No regresen. No roben nuestras piedras linaje. No somos de ustedes. Somos todo. Solo le pertenecemos a la densa oscuridad.

La dejo con vida y huye. No vive por mi misericordia, sino porque sé que escuchó mi canción de sueño, y no le queda más alternativa que cantarla.

''Somos uno. Nada puede fragmentarnos''.

AMUMU

LA MOMIA TRISTE

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Amumu es un alma melancólica y solitaria de la antigua Shurima que vaga por el mundo en busca de un amigo. Maldecido por un antiguo hechizo, está condenado a permanecer solo para siempre, pues su tacto es la muerte y su cariño, la perdición. Quienes afirman haberlo visto, lo describen como un cadáver viviente, bajo de estatura y cubierto de mortajas color liquen. Amumu ha inspirado mitos, folclore y leyendas que se han contado una y otra vez durante generaciones, tanto así que ya es imposible separar la realidad de la ficción.

El sufrido pueblo de Shurima coincide en algunas cosas: la brisa sopla siempre desde el oeste por la mañana; tener la tripa llena en luna nueva es mal augurio; los tesoros enterrados se encuentran siempre bajo las rocas más pesadas. En lo que no se ponen de acuerdo, en cambio, es en la historia de Amumu.

Una de las versiones más frecuentes lo liga a la primera gran familia de gobernantes de Shurima, que sucumbió a una enfermedad que corrompía la carne con espantosa rapidez. El más joven de sus hijos, Amumu, fue encerrado en sus aposentos para pasar la cuarentena, y allí entabló amistad con una joven criada que oía su llanto desde el otro lado de las paredes. La muchacha le llevaba noticias sobre la corte y le contaba historias sobre los poderes mágicos de su abuela.

Una mañana le contó que había fallecido el último hermano vivo que aún conservaba, así que se había convertido en el nuevo emperador de Shurima. Apenada por la soledad del niño en aquellas circunstancias, la muchacha abrió la puerta y entró corriendo para reconfortarlo cara a cara. Amumu la rodeó con los brazos, pero en el mismo instante en que se tocaban, se dio cuenta de que la había condenado al mismo destino atroz que padecía su familia.

Tras la muerte de la muchacha, su abuela lanzó una terrible maldición al joven emperador. Para ella, era igual que si Amumu hubiera asesinado a su pariente con sus propias manos. Una vez que la maldición hizo efecto, Amumu quedó atrapado en aquel momento de sufrimiento, como una langosta en meloso ámbar.

Hay otra versión que habla sobre un príncipe heredero distinto, propenso a ataques de petulancia, crueldad y vanidad homicida. En esta versión, Amumu es coronado emperador de Shurima a una edad muy temprana y, convencido de estar bendecido por el sol, obliga a sus súbditos a venerarlo como a un dios.

El joven emperador codiciaba el fabuloso Ojo de Angor, una reliquia ancestral sepultada en una cripta dorada que, según se decía, otorgaba vida eterna a quienquiera que pudiera contemplarla sin que se le encogiera el corazón. La buscó durante años con una hueste de esclavos, que lo transportaron por laberínticas catacumbas y se dejaron matar en sus trampas para que el emperador pudiera continuar con su búsqueda. Finalmente, Amumu llegó hasta un ciclópeo arco dorado, en cuya puerta sellada puso a trabajar a docenas de albañiles.

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Al ver que el joven emperador entraba corriendo en la tumba, decidido a encontrar el Ojo de Angor, sus esclavos aprovecharon para sellar la puerta de piedra tras él. Algunos dicen que el niño pasó años en la oscuridad y que, empujado a la locura por la soledad, tuvo que cubrirse de la cabeza a los pies con vendas para protegerse la piel de sus propios arañazos. El poder del Ojo prolongó su vida, y pudo dedicarse a reflexionar sobre sus pasadas transgresiones, pero este don era una espada de doble filo, puesto que Amumu estaba condenado a seguir siempre solo.

Después de que una serie de devastadores terremotos destruyese los cimientos de su tumba, el emperador escapó, sin saber cuánto tiempo había pasado, pero decidido a enmendar el mal que había hecho en vida.

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Otra versión lo retrata como el primer y único gobernante yordle de Shurima, quien estaba convencido de la bondad innata del corazón humano. Para demostrar a sus detractores que se equivocaban, hizo voto de pobreza hasta encontrar un amigo de verdad, seguro de que su pueblo acudiría presto a ayudar a un compatriota.

Sin embargo, a pesar de que miles de shurimanos pasaron junto al andrajoso yordle, ni uno solo se paró para ofrecerle su ayuda. La tristeza de Amumu fue en aumento hasta que, un día, murió con el corazón roto. Pero su muerte no fue el final, pues algunos aseguran que el yordle aún vaga por el desierto, en su eterna búsqueda de alguien que pueda devolverle la fe en la humanidad.

A pesar de todas sus diferencias, estas historias tienen una serie de paralelismos. Al margen de las circunstancias, Amumu siempre está condenado a existir en un estado de vacuidad, eternamente solo y sin amigos. Condenado a buscar un compañero durante toda la eternidad, su presencia está maldita y su contacto provoca la muerte. En las largas noches de invierno, cuando no se deja que se apaguen las hogueras, a veces es posible oír el llanto de la Momia Triste en el desierto, desesperada por la falta del solaz de la amistad.

Sea lo que sea lo que necesita Amumu —expiación, amistad o un sencillo acto de bondad—, hay una cosa tan segura como el viento que sopla hacia el oeste al llegar el alba: aún no lo ha encontrado.

CODICIA Y LÁGRIMAS

—Los dioses estaban furiosos e hicieron estremecer a la tierra. Con grietas, la desgarraron —dijo el viejo Khaldun, con el rostro curtido iluminado por la luz de la fogata—. Fue a una de esas fisuras en la que un joven se aventuró. Encontró una apertura, la entrada a una tumba, oculta por el Chacal quién sabe desde hace cuánto tiempo. El hombre tenía hijos qué alimentar y una esposa a la cual satisfacer, y, por ello, se emprendió atraído por la oportunidad.

Adultos y niños por igual se acercaron para oír las palabras del anciano cuentacuentos. Todos estaban cansados... habían viajado todo el día, y el sol de Shurima había sido implacable... pero los cuentos de Khaldun eran un raro lujo. Apretaron sus capas alrededor de sus hombros para resguardarse del frío nocturno y se inclinaron para escuchar:

''El aire al interior de la tumba era frío, un verdadero alivio para el calor abrasador del exterior. El joven encendió una antorcha. Su luz hizo bailar a las sombras frente a él. Avanzó con cuidado, atento a cualquier trampa. Era pobre, pero no tonto.

''Los muros del interior eran de suave obsidiana y estaban tallados con escrituras e imágenes ancestrales. No podía leerlas, porque era un hombre simple, pero había estudiado las imágenes.

'Pudo ver a un niño príncipe, sentado de piernas cruzadas sobre un disco solar y con una sonrisa en el rostro, que era transportado por un equipo de siervos. Cientos de riquezas y cofres estaban apilados frente a él. Eran las ofrendas de sometidos emisarios con raras vestimentas.

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''Luego vio otros tallados, también del príncipe sonriente, pero esta vez caminando entre su pueblo. Tenían las cabezas inclinadas contra el suelo. Unos elegantes rayos de luz surgían de la corona del muchacho.

''Ante una de estas imágenes, había una pequeña estatua dorada. Sola valía más de lo que el joven pudiera imaginar ganar en diez vidas. El hombre la tomó y la metió en su morral.

''No tenía intención de quedarse por mucho tiempo. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que otros llegaran a husmear el lugar. Y no quería estar allí cuando llegasen. La codicia convierte en tonto hasta al mejor de los hombres, y él sabía que los otros serían capaces de derramar su sangre por esa estatua de oro... y por las otras riquezas que de seguro había más adelante. Sin embargo, la avaricia no era uno de los defectos del joven. No veía la necesidad de seguir adentrándose. Que otros reclamaran el resto de los tesoros escondidos allí.

''El joven observó una última imagen antes de salir de la tumba. Representaba al pequeño príncipe muerto, recostado en un féretro. Los más cercanos lloraban... Pero, detrás de ellos, las personas celebraban. ¿Habían amado a su príncipe, o este habría sido un tirano? No había forma de saberlo.

''Y, de repente, lo escuchó: un sonido en medio de las sombras que le puso la piel de gallina.

''Miró a su alrededor, con los ojos bien abiertos y la antorcha enfrente. Nada.

''¿Quién anda ahí?'', preguntó. Solo respondió el silencio.

''El joven sacudió su cabeza. —Fue solo el viento, tonto —pensó—. Nada más que el viento.

''Pero volvió a escucharlo, con más claridad esta vez. Un niño lloraba en la oscuridad, en lo profundo de la tumba.

''Si lo hubiese escuchado en otra parte, su instinto paternal lo habría impulsado a seguir el sonido. ¿Pero aquí, en la oscuridad de una tumba funeraria?

''Quería escapar... pero no lo hizo. El llanto conmovió su corazón. Estaba colmado de miseria y dolor.

''¿Era posible que existiese otra entrada a la tumba? ¿Habría bajado este niño y se habría perdido?

''Con la antorcha en alto, el joven avanzó. El llanto continuaba, que hacía eco en la penumbra.

''Una cámara más amplia apareció ante él, con un suelo negro y muy reflejante. En su interior, destellaban artefactos dorados y muros ataviados de joyas. Con cuidado, entró a la habitación.

''Retrocedió rápidamente cuando su talón sintió unas ondas que se extendían por el suelo. Agua. El suelo no era de obsidiana reflejante... estaba cubierto de agua.

''Se arrodilló y tomó un sorbo para refrescarse. Lo escupió de inmediato. ¡Era agua salada! ¡Allí, en medio de Shurima, a miles de leguas del océano más cercano!

''El joven volvió a escuchar al niño llorando, ahora más cerca.

''Sostuvo la antorcha y el joven observó una silueta al filo de la luz. Parecía ser el niño, sentado de espaldas al joven.

''Con cuidado, entró a la sala. El agua del suelo no era profunda. Los cabellos de su nuca se le pusieron de punta, y el terror le invadió el pecho, pero, aun así, siguió avanzando.

''¿Estás perdido?'', preguntó, mientras daba un paso más. ''¿Cómo llegaste aquí?''

''La figura ensombrecida no se movió... pero sí habló.

''Yo... No lo recuerdo'', dijo. El sonido nadó alrededor del joven mientras hacía eco en las paredes. El niño habló en un dialecto antiguo. Sus palabras eran extrañas... pero comprensibles. ''No recuerdo quién soy.''

''Calma, niño'', dijo el hombre. Todo estará bien.

''Dio otro paso hacia adelante, y la figura ya se veía claramente frente a él. Abrió grandes los ojos.

''Lo que había ante él era una estatua de oro tallada en ónix, y nada más que eso. No era la fuente del llanto, ni de la voz del niño.

''Fue entonces, cuando una pequeña mano seca lo agarró.

El más pequeño de la audiencia soltó un grito ahogado con los ojos muy abiertos. Los otros niños rieron con una falsa carcajada. El viejo Khaldun sonrió y un diente de oro destellaba a la luz de la fogata. Luego, prosiguió.

''El joven miró hacia abajo. El cadáver envuelto en lino del pequeño príncipe estaba de pie frente al hombre. Una luz tenue y fantasmal emanaba de las cavidades oculares del niño, aunque todo su rostro estaba cubierto con vendas funerarias. El niño cadáver tomó la mano del joven.

''¿Serás mi amigo?'', preguntó el niño con la voz tapada por las vendas.

''El joven se dio un paso atrás y se liberó de la mano del niño. El joven miró su mano aterrorizado. Su mano se estaba secando; se volvía negra y marchita. El toque necrótico comenzó a avanzar por su brazo.

''Dio media vuelta y huyó. Con la prisa y el terror, tiró su antorcha al suelo. Siseó mientras caía en el lago de lágrimas y la oscuridad se extendía. Aun así, lograba ver la luz del día adelante. Corrió hacia ella, se abalanzó desesperado, aunque la muerte seguía avanzando por su brazo en dirección a su corazón.

''En cualquier momento, esperaba sentir la mano del niño fantasma detrás de él... pero eso no ocurrió. Después unos instantes que le parecieron una eternidad, salió abruptamente de la oscuridad hacia el calor del desierto una vez más.

''Lo siento'', resonó una lúgubre voz desde la penumbra a sus espaldas. “No fue mi intención.”

—Y así fue como se descubrió la tumba de Amumu —dijo el viejo Khaldun—. Y el niño fantasmal salió al mundo.

—¡Pero todos saben que no es real! —gritó uno de los niños, el más grande, luego de un momento de silencio.

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—¡Amumu es real! —dijo el más pequeño. —¡Deambula por la tierra buscando a un amigo!

—Es real, pero no es un niño —dijo otro. —¡Es un yordle!

Khaldun rio, y se puso de pie con la ayuda de su nudoso bastón.

—Soy viejo, y debemos hacer un largo viaje por la mañana —dijo—. Ya es tarde y debemos dormir.

Su audiencia comenzó a dispersarse mientras sonreían y hablaban entre ellos con voces familiares... pero una niña no se movió. Miraba a Khaldun sin pestañear.

—Abuelo —dijo—. ¿Cómo perdiste tu brazo?

El viejo Khaldun miró la manga vacía amarrada a la altura de su hombro y sonrió a la niña.

—Buenas noches, pequeña —dijo mientras le guiñaba un ojo.

''La soledad puede ser más solitaria que la muerte''.

RAMMUS

EL ARMADURILLO

Idealizado por muchos, ignorado por otros, indescifrable para todos, Rammus, el extraño ser, es todo un enigma. Rammus, protegido por un armazón de picos, inspira teorías cada vez más absurdas sobre sus orígenes donde sea que vaya. Estas pasan por considerarlo un semidiós, un oráculo sagrado y hasta una simple bestia producto de la magia. Sea cual sea la verdad, Rammus se guarda su opinión y no se detiene ante nadie en sus viajes por el desierto.

Hay quienes creen que Rammus es un ser Ascendido, un dios ancestral entre los hombres que acude rodando en ayuda de Shurima cuando esta necesita al guardián blindado. Los más supersticiosos aseguran que es un heraldo del cambio y que aparece cuando la tierra está al borde de una gran permutación de poderes. Otros especulan que es el último miembro de su especie en extinción, que habitaba estas tierras antes de que las Guerras Rúnicas desgarraran el desierto con su magia descontrolada.

Debido a tantos rumores de magia, poder y misterio a su alrededor, muchos habitantes de Shurima acuden a él en busca de sabiduría. Sacerdotes, adivinos y lunáticos aseguran por igual ser conocedores de la morada de Rammus, pero el Armadurillo ha demostrado ser elusivo. A pesar de eso, las pruebas de su existencia se remontan a los tiempos de los mosaicos con su imagen, decadentes ya por el paso de tiempo, en las paredes más ancestrales de las ruinas de Shurima. Los monumentos de piedra con su forma, creados durante el principio de la era de la Ascensión, hacen que muchos lo consideren un semidiós inmortal. Los escépticos aseguran que la explicación es más simple, y que Rammus solo es una de las criaturas de esa especie.

Se dice que solo aparece ante los peregrinos merecedores y necesitados de su ayuda, y que quienes son bendecidos con su presencia experimentan un punto de inflexión en sus vidas. Cuando el Armadurillo rescató al heredero de un enorme reino de morir en un terrible incendio, el hombre renunció a todo y se convirtió en un criador de cabras. Un albañil anciano mantuvo una breve pero profunda conversación con Rammus, y eso lo inspiró para construir un enorme mercado que se convirtió en el animado corazón de Nashramae.

A sabiendas de que la sabiduría de Rammus podía pavimentar el camino correcto, los creyentes devotos efectuaban elaborados rituales para atraer el favor de su deidad. Los discípulos de los cultos devotos a Rammus demostraban su fe inquebrantable mediante una ceremonia anual en la que imitaban su famoso modo de rodar y saltar por la ciudad. Cada año, miles de habitantes de Shurima barren cada remoto rincón del desierto en busca de Rammus, pues muchas de las doctrinas aseguran que el Armadurillo les responderá una sola pregunta si son dignos y capaces de encontrarlo. Dado que su entusiasmo por las delicias del desierto es bien sabido, los peregrinos se arman con mulas cargadas hasta arriba de leche de queso de cabra, cofres llenos de colonias de hormigas sellados con cera y jarras llenas de panales, siempre con la esperanza de atraer la bendición del Armadurillo. Muchos nunca regresan de su viaje al desierto profundo, y menos aún vuelven con historias del semidiós, aunque los viajeros describen que, al despertar, todas esas provisiones han desaparecido misteriosamente.

Tanto si en verdad se trata de un oráculo sabio como de una deidad ascendida o una gran bestia, Rammus es conocido por sus milagrosas hazañas de resistencia. Una vez se adentró en la impenetrable fortaleza de Siram, un imponente bastión diseñado por un hechicero loco. Se suponía que su interior albergaba horrores mágicos inconmensurables, bestias terribles mutadas más allá de lo imaginable, pasillos en llamas y túneles impenetrables protegidos por demonios de las sombras. En menos de una hora, la gran fortaleza se derrumbó formando una columna de polvo, y se vio a Rammus salir de allí rodando. Nadie sabe por qué cruzó Rammus su oscuro portal ni qué secretos desentrañó en el interior de las paredes de basalto de aquella fortaleza. Cuando se produjo la gran inundación, cruzó el gran lago de Imalli en apenas dos días, y excavó varias millas hacia el interior de la tierra hasta alcanzar y destruir un hormiguero de hormigas gigantes y a su reina, pues sus vasallos habían devastado una granja cercana.

A veces, aparece como un héroe benevolente. Cuando algunos establecimientos del norte de Shurima sufrieron el ataque de las tropas invasoras noxianas, las dispares tribus se unieron bajo el Templo de los Ascendidos para defender su territorio. Sus rivales los superaban en número y en entrenamiento militar, y la batalla habría sido una derrota aplastante si Rammus no hubiera hecho acto de presencia. Ambos lados quedaron tan sorprendidos al ver a la elusiva criatura que el combate se detuvo por completo mientras él rodaba entre ellos. Cuando Rammus pasó por el templo, este se desplomó y grandes bloques de roca se vinieron abajo sobre el ejército invasor, aplastando a muchos de sus guerreros. Los soldados restantes, en inferioridad numérica, se retiraron al son de los vítores entusiastas de los habitantes de Shurima. Muchos aseguran que Rammus salvó la ciudad por amor a Shurima, pero hay quien opina que simplemente defendió el territorio en el que crecen sus flores de cactus favoritas. Incluso había un hombre convencido de que el Armadurillo estaba dormido y que no tenía intención de derribar ningún templo.

Sea cual fuere la verdad, las gentes de Shurima atesoran las historias de Rammus. Cualquier niño shurimano podría contar doce teorías sobre el origen de este ser, y la mitad de ellas posiblemente sean inventadas en ese mismo momento. Ahora que la Shurima ancestral se ha alzado de nuevo, las historias sobre el Armadurillo también se han incrementado, y se teme que su presencia sea un augurio de los malos tiempos que se avecinan.

¿Pero cómo podría un alma tan benevolente y epicúrea ser heraldo de una era de destrucción?

CARAVANA NORTE

Con un movimiento de navaja, Ojan esculpió una curva en el palo fierro. Con solo ocho años de edad, aún tenía que practicar mucho como artesano; aquel bloque de madera apenas comenzaba a parecerse a algo redondo y con picos.

Su hermana, Zyama, se inclinó desde su litera e hizo una mueca.

—¿Qué es eso? ¿Caca de rhoksha? —preguntó—. Nadie va a querer comprarlo.

—¡No es caca, es un dios grande y temible, con su armadura y todo! Y no es para vender. Nos traerá suerte.

—Somos comerciantes, hermanito —respondió ella—. Aquí se vende todo.

La caravana traqueteaba al avanzar por las dunas. Iba cargada hasta arriba con jarras de especias, dejando justo el espacio suficiente para las estrechas literas de la familia.

—¡Algo nos persigue desde el sur! —gritó la madre de Ojan desde fuera. Ojan la oyó apresurar a los camellos con el látigo.

Zyama se asomó por la ventana y miró a través de su posesión más preciada, un catalejo ornamentado.

—¡Son kmiros! Voy a preparar las flechas —dijo—. Seguramente vienen por tu caca de rhoksha.

Ojan ocupó su lugar en la ventana. Vio cómo cientos de escarabajos grandes como perros los perseguían en tropel por las dunas.

Zyama volvió con un arco y un carcaj repleto de coloridas flechas. Abatió a uno de los escarabajos de un flechazo, pero eso no ralentizó al enjambre persecutor.

—¿Cuántas flechas tenemos? —preguntó Ojan.

—Unas cuarenta—, respondió Zyama tras echar un vistazo al interior del carcaj. Frunció el ceño.

La voz de su madre les llegó desde la parte delantera: —Tendremos que dejarlos atrás. ¡Agárrense fuerte!

Con un par de latigazos más, la caravana aceleró el paso, y Ojan cayó al suelo.

Zyama disparó otra flecha hacia el enjambre, y esta vez perforó a dos. Las criaturas cayeron, pero otras ocuparon su lugar.

—¡Aceite! ¡En el armario de la izquierda! —gritó su madre.

Ojan se alejó un momento y volvió con un frasco lleno de aceite para lámparas y un montón de trapos. Empapó uno de los trapos con el aceite, y después lo envolvió en la punta de una flecha. Luego la prendió y se la pasó con cuidado a Zyama, y esta la disparó contra un grupo de escarabajos. Al ser alcanzados, gritaron mientras las llamas los consumían. Ojan sonrió.

El dúo siguió bombardeando a la horda con flechas ardientes tan rápido como Ojan podía envolver las flechas. El aire olía a quitina quemada. La caravana siguió acelerando, y comenzaron a dejarlos atrás. Casi estaban a salvo.

A Ojan se le encogió el estómago. Los kmiros extendieron sus brillantes alas y alzaron el vuelo como una gran nube negra.

Ojan se agachó instintivamente al oír el ruido repentino en el techo. Se repitió más veces, y las placas de madera crujieron por el peso de aquellos grandes insectos.

—¡Agárrense! —dijo su madre, y giró bruscamente hacia la izquierda. Los escarabajos cayeron del techo, pero el ruido discordante proveniente del techo indicó a Ojan que otros insectos se habían instalado ahí.

Unas tenazas se abrieron paso por el techo, y un escarabajo enorme cayó al interior de la caravana. Zyama sacó una daga y se la clavó, pero la hoja no pudo perforar el duro caparazón. Entonces apartó a Ojan y enarboló la hoja entre ellos en un intento desesperado de mantener el bicho a raya.

Más kmiros cayeron del malogrado techo con las pinzas y las mandíbulas listas para trocear. Ojan se ocultó bajo la litera y golpeó desesperadamente a los insectos que lo arañaban. Se sacó del bolsillo la figura redonda de madera.

—Por favor, Rammus —susurró—. ¡Ayúdanos!

Con la llegada de aún más escarabajos, la caravana dio una sacudida. Se tambaleaba de un lado a otro como un navío en mala mar. Entonces el mundo dio la vuelta; la caravana volcó por completo y patinó por la arena.

El polvo le nubló la vista a Ojan y se protegió de los objetos que caían. Al golpearse contra la pared, las orejas le pitaron y un zumbido invadió su cabeza. Pasado un momento, una mano lo agarró por el brazo. Era su madre, que lo sacaba de los escombros. Le costó mantener los ojos abiertos ante la intensa luz del sol.

La familia se apiñó cerca de los restos de la caravana, tosiendo por culpa del polvo, y los kmiros se fueron acercando. Un escarabajo cargó hacia ellos, y la madre de Ojan le clavó un cuchillo en la mandíbula. Después ensartó a otro que intentaba morder a su hija e hizo que vertiera sus entrañas amarillentas en la arena. Otro escarabajo saltó de la caravana y cayó detrás de ellos. Cuando agarró uno de los pies de Zyama con sus garras, esta gritó.

Los escarabajos se detuvieron de golpe. Se agazaparon contra el suelo y movieron las antenas. Ojan oyó un zumbido distante. Dirigió la vista al horizonte, y vio que una nube de arena se acercaba a ellos. La familia alzó las armas, lista para afrontar la nueva amenaza.

Del torbellino de polvo y arena apareció una figura de caparazón redondo que aplastó al escarabajo más cercano con una fuerza terrible y lo convirtió en pulpa.

Después salió disparado y comenzó a aplastar bestias a diestra y siniestra. Por mucho que los escarabajos trataran de alcanzarla con sus pinzas afiladas, aquella cosa era imparable. No tardó en eliminar al último de los kmiros.

Cuando el polvo se comenzó a asentar, Ojan vio la armadura con picos y la figura redonda.

—¿Acaso es...? —preguntó Zyama.

—¡Rammus! —gritó Ojan. Bajó la colina corriendo para conocer a su héroe.

El caparazón de la criatura tenía un diseño intricado de escamas en espiral, y sus garras eran afiladas como cuchillos. Masticó con calma una de las patas peludas de un escarabajo, y un líquido goteó de su boca.

Ojan y Zyama lo contemplaron boquiabiertos.

Su madre se acercó al Armadurillo y le dedicó una sentida reverencia.

—Nos has salvado —dijo—. Te damos las gracias.

Rammus siguió mascando la pata de kmiro. Pasaron varios minutos.

Rodó hacia el interior de la caravana en ruinas y salió de entre los restos con el ídolo de madera del Armadurillo. La similitud no era perfecta, pero sí discernible.

—Eres tú —dijo Ojan—. Puedes quedártelo.

Rammus se puso la figura en la boca y, de un bocado, la partió en dos. Tras dar un par de pasos, escupió las piezas en la arena. Zyama reprimió la risa.

—Hmm —dijo Rammus.

Arrancó otra pata a un escarabajo muerto y se alejó con ella.

La familia contempló cómo se alejaba hacia el horizonte.

Ojan se apresuró en recuperar las piezas rotas de la estatua. Las guardó en su bolsillo e hizo una reverencia.

—Nos traerá suerte —dijo.

'OK.'

TALIYAH

LA TEJEDORA DE PIEDRA

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Taliyah es una maga nómada de Shurima que teje piedras con energético entusiasmo y gran determinación. En la disyuntiva entre la curiosidad adolescente y la responsabilidad adulta, ya visitó casi todo Valoran en un viaje para aprender sobre la verdadera naturaleza de sus crecientes poderes. Obligada por los rumores del surgimiento de un emperador muerto desde hace mucho tiempo, regresa para proteger a su tribu de los peligros expuestos por las arenas movedizas de Shurima. Hay quienes confundieron su corazón noble con debilidad, y pagaron el precio de su error, ya que debajo del porte joven de Taliyah, hay una fuerte determinación que puede mover montañas, y un espíritu lo suficientemente feroz como para hacer temblar la tierra.

Taliyah, nacida en las colinas pedregosas que jalonan la corrompida sombra de Icathia, pasó su infancia cuidando de las cabras de su tribu de tejedores nómadas. Aunque la mayoría de los extranjeros imagina Shurima como un yermo ocre y desolado, su familia la crio como una auténtica hija del desierto, capaz de ver la belleza en las ricas tonalidades de la tierra. A Taliyah siempre le fascinó la piedra que había bajo las dunas. Cuando aún era un bebé, coleccionaba las piedras de colores que encontraba en los desplazamientos de su pueblo en pos de las aguas estacionales. Y, a medida que se hacía mayor, empezó a notar que la propia tierra reaccionaba como si se sintiera atraída hacia ella: se arqueaba y retorcía para seguir sus pisadas por la arena.

Al cabo de su sexto verano largo, una noche, se alejó de la caravana para buscar a una pequeña cabra que habían dejado a su cuidado y se había perdido. Decidida a no decepcionar a su padre —jefe de los pastores y de la tribu—, salió en mitad de la noche para seguir las huellas del animal. El rastro atravesaba un cauce reseco hasta llegar a un cañón. La criaturilla había logrado encaramarse a lo alto del muro de roca y ahora no podía bajar.

Taliyah sintió que la arenisca la llamaba instándola a sacar unos asideros de la pared desnuda. Decidida a rescatar al asustado animal, posó una mano sobre la roca. El poder elemental que sentía era tan abrumador e intenso como una tormenta del monzón. En cuanto se abrió a la magia, esta se derramó sobre ella y la piedra saltó hacia las yemas de sus dedos, arrastrando consigo tanto la pared del cañón como el animal.

A la mañana siguiente, el aterrado padre de Taliyah siguió los balidos de la pequeña cabra hasta ellas. Al encontrar a su hija, inconsciente y cubierta apenas por una manta de piedra tejida, cayó de rodillas. Abrumado de pesar, regresó a la tribu con Taliyah.

Dos días más tarde, la muchacha despertó de sus sueños febriles en la tienda de Babajan, la abuela de la tribu. Comenzó a contarles a la anciana y a sus atribulados padres sobre la noche que había pasado en el cañón y el llamado que sintió de la roca. Babajan consoló a la familia y les dijo que los patrones de roca eran la prueba de que la Gran Tejedora, protectora mítica de la tribu en los desiertos, velaba por la niña. En aquel momento, al ver la consternación de sus padres, Taliyah decidió ocultar lo que había ocurrido realmente durante la noche: que era ella —y no la Gran Tejedora— quien había moldeado la piedra.

En la tribu de Taliyah, cuando los niños eran lo bastante mayores, realizaban un baile bajo la luz de la luna llena, manifestación de la propia Gran Tejedora. El baile era una oda al talento innato de los niños, así como una demostración de los dones que brindarían a la tribu como adultos. Era el comienzo del camino del verdadero aprendizaje, puesto que en aquella misma ceremonia pasaban a convertirse en aprendices de sus maestros.

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Taliyah siguió ocultando su creciente poder, convencida de que lo que llevaba dentro era una amenaza y no una bendición. Miraba a sus compañeros de juego cuando tejían la lana con la que la tribu se mantendría caliente en las frías noches de invierno, cuando demostraban su destreza con las tijeras y el tinte o cuando trazaban los patrones con los que su pueblo relataba sus historias. En aquellas noches se quedaba despierta mucho después de que los rescoldos se hubieran transformado en cenizas, atormentada por el poder que sentía desperezarse en su interior.

Finalmente llegó el día del baile de Taliyah bajo la luna llena. Aunque poseía talento suficiente para ser una buena pastora, como su padre, o una dama de los patrones, como su madre, temía lo que pudiera revelar su danza. Cuando ocupó su lugar sobre la arena, las herramientas de su pueblo rodeaban a Thaliya: el cayado del pastor, el husillo y la rueca. Trató de concentrarse en la tarea que debía llevar a cabo, pero lo único que sentía eran las rocas lejanas, las distintas capas de color de la tierra. Cerró los ojos e inició su baile. Abrumada por el poder que fluía a través de ella, comenzó a hilvanar no la lana, sino la misma tierra que tenía bajo los pies.

Los gritos de asombro de su tribu la sacaron del trance. Una imponente trenza de roca afilada había salido del suelo bajo la luz de la luna. Taliyah miró los rostros sorprendidos de la gente que la rodeaba. Roto su influjo sobre la roca, la urdimbre creada por esta se desmoronó. La madre de Taliyah corrió hacia su única hija para protegerla de la roca que caía. Al posarse por fin el polvo, Taliyah vio la destrucción que había sembrado y la alarma en los rostros de su tribu. Pero fue el pequeño corte en el rostro de su madre lo que justificó su temor. Aunque era una herida insignificante, nada más verla se dio cuenta de que era una amenaza para la gente que más quería en el mundo. Echó a correr en la oscuridad, tan llena de desesperación que hacía temblar la tierra bajo sus pies.

Fue su padre el que volvió a encontrarla en el desierto. Sentados allí, bajo la luz del sol naciente, Taliyah le confesó su secreto entre ahogados sollozos. Él hizo lo único que podía hacer un padre en una situación así: abrazar a su hija con todas sus fuerzas. Le dijo que no podía huir de su poder, que debía completar la danza y ver adónde la llevaba ese camino. Lo único que podía partirles el corazón a su madre y a él sería que diera la espalda a los dones de la Gran Tejedora.

Taliyah volvió a su tribu en compañía de su padre. Entró en el círculo de los bailarines con los ojos abiertos. Esta vez tejió una nueva serpentina de piedra, cuyos colores y texturas eran un recuerdo de las personas que la rodeaban.

Al terminar, la tribu la observaba en silencio y con asombro. Taliyah aguardó, nerviosa. Uno de ellos debía levantarse para ofrecerse como maestro y reclamarla como alumna. Pasaron lo que se le antojaron eones entre los atronadores martillazos de sus latidos. Oyó el ruido de la gravilla al levantarse su padre. Junto a él, también lo hizo su madre. Babajan, la dama de los tintes y la jefa de las hilanderas se levantaron. Pasado un momento, la tribu entera estaba en pie. Todos ellos se habían alzado para la chica capaz de tejer la piedra.

Taliyah los miró a todos, uno a uno. Hacía generaciones, o tal vez más, que no se veía un poder como el suyo y ella lo sabía. Se habían puesto en pie para ella y su amor y confianza la rodeaban, pero su preocupación también era palpable. Ninguno oía la llamada de la tierra como ella. Por mucho que los amara, no sabía cómo podían enseñarle a controlar la magia elemental que corría por sus venas. Sabía que si se quedaba con ellos pondría sus vidas en peligro. Para consternación de todos, Taliyah se despidió de sus padres y de su pueblo para partir al mundo, sola.

Viajó en dirección a poniente, hacia el lejano pico de Targón, atraída hacia la montaña que rozaba las estrellas por su innata conexión con la roca. Sin embargo, en el extremo septentrional de Shurima, fueron aquellos que marchaban bajo el estandarte de Noxus quienes descubrieron su poder. En Noxus, le dijeron, una magia como la suya sería objeto de alabanza. De reverencia, incluso. Le prometieron un maestro.

Taliyah había crecido fiándose de su gente, así que no estaba preparada para las melosas promesas y las sibilinas sonrisas de los dignatarios noxianos. Al poco tiempo, la chica del desierto se encontró en un camino sin desvíos, que pasaba a través de las numerosas Noxtoraa, las grandes puertas de hierro que proclamaban la autoridad del imperio sobre las tierras que conquistaba.

La presión del gentío y el politiqueo de la capital era claustrofóbica para una chica del desierto. La llevaron como en procesión a través de las diferentes capas de la sociedad mágica de Noxus. Muchos se interesaron por su poder y su potencial, pero el más convincente de todos fue un capitán caído en desgracia que prometió llevársela a una tierra salvaje al otro lado del mar, un lugar donde podría perfeccionar sus habilidades sin miedo. Taliyah aceptó la oferta del joven oficial y cruzó el mar hasta Jonia. Sin embargo, en cuanto la nave echó el ancla, se dio cuenta de que no era más que una herramienta en manos de un hombre desesperado por recuperar su posición en los estratos más elevados de la marina noxiana. Al amanecer, el capitán le dio dos opciones: sepultar una aldea entera bajo la roca mientras sus habitantes dormían o ser arrojada al mar.

Taliyah dirigió la mirada hacia la bahía. El humo de las cocinas aún no se levantaba en los hogares de la aldea. No había viajado hasta tan lejos para aprender aquella lección. Así que se negó a hacerlo y el capitán ordenó que la arrojaran por la borda.

Tras escapar de la marea y de la batalla que estaba librándose en la playa, se encontró vagando, perdida y sola, por las glaciales montañas de Jonia. Fue allí donde finalmente encontró a su maestro, un hombre cuya espada era capaz de canalizar el mismo viento, alguien que entendía los elementos y la necesidad de que existiese un equilibrio. Tras entrenar con él un tiempo, comenzó a obtener el control que tanto tiempo llevaba buscando.

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Mientras descansaban en una remota posada, Taliyah se enteró de que el emperador Ascendido de Shurima había regresado al reino del desierto. Se rumoreaba que el emperador convertido en dios pretendía reunir de nuevo a su pueblo, a todas las tribus dispersas, para esclavizarlo. A pesar de que su entrenamiento no había terminado aún, no tenía alternativa. Sabía que debía volver con su familia para protegerla. Por desgracia, eso quería decir que tendría que separarse de su mentor.

Taliyah regresó a su hogar en las dunas arenosas de Shurima. Se adentró en las arenas bajo los rayos implacables del sol del desierto, decidida a encontrar a los suyos. Impulsada por una voluntad pétrea, haría lo que fuese necesario para proteger a su familia y su tribu del peligro que acechaba al otro lado del horizonte.

EL AVE Y LA RAMA

—Ese poder que tienes está hecho para destruir. ¿No quieres usarlo? Muy bien. Pues que te hunda como a una piedra.

Estas palabras del capitán noxiano fueron las últimas que oyó Taliyah antes de hundirse bajo las aguas saladas; palabras que aún la atormentaban. Cuatro días habían pasado desde su llegada a la playa adonde había escapado. Al principio corrió, y luego, cuando dejó de oír cómo se rompían los huesos de los granjeros jonios y los soldados noxianos, siguió caminando. Marchó por las faldas de las montañas, sin atreverse a volver la mirada hacia la carnicería que había dejado atrás. La nevada había empezado dos días antes. O puede que tres; ya no se acordaba. Aquella mañana, al pasar frente a una capilla vacía, se había levantado una brisa desoladora sobre el valle. En aquel momento, el viento cobró nuevas fuerzas y las nubes, al separarse, le mostraron un cielo tan transparente y azul que por un instante creyó estar ahogándose de nuevo. Conocía aquel cielo. De niña lo había contemplado sobre las arenas. Pero no estaba en Shurima. Aquí, el viento era su enemigo.

Taliyah se envolvió el cuerpo con los brazos, tratando de recordar el calor del hogar. El abrigo mantenía la nieve a raya, pero el aire helado se colaba de todos modos. La soledad invisible serpenteaba a su alrededor y se le metía hasta el tuétano de los huesos. Al acordarse de lo lejos que estaba de sus seres queridos cayó de rodillas.

Enterró las manos en los bolsillos y sus yemas temblorosas juguetearon con las piedras viejas y desgastadas que guardaba allí, en busca de calor.

—Tengo hambre. Eso es todo —dijo, a nadie y a todos a la vez—. Una liebre. Algún pajarito. Por la Gran Tejedora, hasta me comería un ratón si apareciese.

Y como en respuesta a sus palabras, a varios pasos de allí, sonó un pequeño crujido sobre la nieve. El responsable, una bolita de pelo no mayor que sus dos puños, asomó la cabeza por la entrada de su madriguera.

—Gracias —susurró Taliyah con un castañeteo de los dientes—. Gracias. Gracias.

El animal le lanzó una mirada inquisitiva mientras ella sacaba una de las suaves piedras del bolsillo y la introducía en la bolsa de cuero de su honda. No estaba acostumbrada a disparar de rodillas, pero si la Gran Tejedora le hacía aquella ofrenda, no pensaba desaprovecharla.

Mientras el animalito seguía mirándola, aprestó la honda, ya con la pequeña piedra dentro. El frío la había hecho presa de su cuerpo entero y así no era fácil mover el brazo. Cuando alcanzó velocidad suficiente, dejó volar la piedra... y, con ella, un fuerte estornudo.

La piedra voló sobre la nieve y pasó rozando lo que hubiera sido su cena. Taliyah se echó hacia atrás, mientras el peso entero de su frustración se le escapaba formando un gruñido gutural cuyo eco resonó en el silencio. Aspiró hondo varias veces dejando que el frío le quemara la garganta.

—Si te pareces en algo a los conejos de la arena, donde hay uno de ustedes debe de haber una docena más —le dijo al vacío dejado por el animal, embargada de nuevo por un optimismo desafiante.

Apartó la mirada de la madriguera para dirigirla hacia el valle, donde se movía algo. Siguió su propio rastro sinuoso a través de la nieve. Más allá, detrás de unos pinos dispersos, había un hombre en la capilla. Al verlo, sintió que se quedaba sin aliento. Estaba allí sentado, con la melena oscura y enmarañada ondeando al viento y la cabeza pegada al pecho. Estaba dormido o meditando. Taliyah exhaló un suspiro de alivio. Ningún noxiano que conociera se dejaría sorprender haciendo aquello. Recordó la cruda textura de la capilla que había sentido antes al pasar las manos por sus contornos curvos.

Un crujido súbito la sacó bruscamente de estos pensamientos. Luego, un estruendo, que se hacía más fuerte a cada segundo. Taliyah se preparó para la llegada de un terremoto que no se produjo. El estruendo se transformó en un crujido sostenido y aterrador, un estrépito de nieve compactada y piedra. Se volvió hacia la montaña y vio que una muralla de color blanco se precipitaba hacia ella.

Intentó ponerse en pie, pero no tenía sitio donde esconderse. Se volvió hacia la roca que asomaba bajo la nieve sucia y pensó en el animalito, a salvo en su madriguera. Desesperada, se concentró en la rugosa superficie de la roca visible. Una hilera de columnas gruesas brotó del suelo. El parapeto de roca se elevó muy por encima de su cabeza, un instante antes de que la imparable avalancha blanca lo embistiera con un bum.

La nieve se abrió paso por la ladera que recién había aparecido y se derramó como una reluciente ola sobre el valle. Bajo la atenta mirada de Taliyah, la mortífera avalancha cayó sobre la pequeña cañada y engulló el templo.

Tan rápido como había empezado, la avalancha concluyó. Hasta el solitario viento enmudeció. Un silencio nuevo y amortiguado se posó pesado sobre ella. El hombre de la melena oscura había desaparecido bajo aquella avalancha de hielo y roca. Taliyah se dio cuenta de que se había salvado del alud, pero al comprender que no solo había condenado a un inocente desprevenido, sino que lo había enterrado vivo, sintió que se le encogían las entrañas.

—Por la Gran Tejedora —dijo, a nadie y a todos a la vez—. ¿Qué he hecho?

Taliyah avanzó rápido por la ladera cubierta de nieve; se deslizaba en algunos lugares y se hundía hasta las rodillas en otros. No había escapado de una flota de invasión noxiana para matar por accidente al primer jonio que veía.

—Y con mi suerte, de seguro que era un hombre santo —dijo.

Los pinos del valle habían quedado reducidos a unos matorrales achaparrados. Solo la parte superior de la capilla sobresalía de la nieve. Los restos de una serie de banderas de plegaria, enredadas como nudos, marcaban el extremo de la cañada enterrada. Taliyah escrutó la zona en busca de rastros del hombre que había dejado en el hielo. La última vez que lo había visto se encontraba bajo el alero del templo. Tal vez lo hubiera protegido.

Al acercarse al templo, más cerca de los árboles y lejos del grueso de la avalancha, vio que dos dedos pálidos habían logrado salir a la superficie.

A medias arrastrándose y a medias corriendo, llegó hasta ellos. —Que no estés muerto. Por favor, que no estés muerto. Por favor...

Se puso de rodillas con delicadeza y empezó a retirar el polvo helado. Desenterró unos dedos tan duros como el acero. Agarró al hombre por la muñeca, a pesar de que sus propias manos agarrotadas apenas obedecían sus órdenes. Entre el castañeteo de sus dientes y los temblores de su cuerpo, le era imposible saber si aún tenía pulso.

—Si aún no moriste —dijo al hombre que había bajo la nieve—, tienes que ayudarme.

Miró a su alrededor. No había nadie. Ella era la única que podía ayudarlo.

Le soltó los dedos y retrocedió unos pasos. Colocó las palmas entumecidas sobre la superficie de la nieve y trató de recordar qué aspecto tenía la base del pequeño valle antes de la avalancha. Piedras sueltas, gravilla... Los recuerdos daban vueltas en su cabeza, pero al cabo de un instante cobraron forma. Era oscuro, un carbón basto y grisáceo moteado de blanco, como la barba del tío Adnan.

Se aferró a esta imagen y tiró de debajo de la capa de nieve. La costra de hielo reventó delante de ella, seguida al momento por una colosal serpentina de granito con una solitaria figura encima. La roca, dúctil de pronto, titubeó al llegar a la cúspide, como si pidiera instrucciones. Taliyah, sin saber qué peligros podía ocultar el suelo, los envió hacia los pinos, con la esperanza de que su ramaje amortiguara su caída.

La columna de granito cedió antes y se desplomó sobre la nieve, levantando una nube de polvo blanco, pero los brazos perennes de los árboles atraparon al hombre antes de dejarlo caer con suavidad sobre la nieve.

—Si estabas vivo, no vayas a morirte ahora —dijo Taliyah mientras corría hacia él. La luz del sol empezaba a apagarse en el cielo. Unas nubes negras estaban entrando en el valle. No tardaría en caer más nieve sobre ellos. Detrás de los árboles, vio la entrada de una pequeña caverna.

Taliyah sopló sus manos cerradas tratando de conseguir que dejaran de temblar. Se agachó sobre el hombre y estiró el brazo para tocarle el hombro. El desconocido dejó escapar un gruñido de dolor. Antes de que Taliyah pudiera apartarse, hubo una brisa fugaz y un destello metálico. El filo frío y letal de la espada del hombre se apoyó en su garganta.

—Aún no me llegó la hora —dijo con un susurro roto. Tosió y se le pusieron los ojos en blanco. La espada se hundió en la nieve, pero el hombre no la soltó.

El primer copo pasó flotando frente a la cara agrietada de Taliyah. —No pareces alguien fácil de matar —dijo—. Pero si nos sorprende esta tormenta, quizá pongamos a prueba hasta qué punto.

El hombre respiraba con dificultad, pero al menos seguía vivo. Taliyah se introdujo bajo su brazo y comenzó a arrastrarlo hacia la boca de la pequeña cueva.

El viento solitario había retornado.

Taliyah se inclinó para recoger una piedra redonda del tamaño y color de una bola de lana pura. Con un escalofrío, volvió la mirada hacia la cueva. El andrajoso desconocido seguía apoyado contra la pared, con los ojos cerrados. Se metió en la boca el trozo de carne seca que había encontrado en su mochila. Confiaba en que, si sobrevivía, no tuviera inconveniente en compartirla.

Regresó a la calidez de la cueva. Las piedras que había amontonado despedían aún un calor que hacía tremolar el aire. Se arrodilló. Hasta entonces no sabía si el truco de calentar las piedras en el bolsillo funcionaría con algo más grande. La joven shurimana cerró los ojos y se concentró en ellas. Recordó el asfixiante sol de las arenas. Su calor, prendido de la tierra, hasta pasado el anochecer. Se relajó y abrió el abrigo al sentir el primer roce de calor y entonces empezó a trabajar con la piedra que tenía entre las manos. Le dio la vuelta, la moldeó y la empujó con los pensamientos hasta darle la forma de un cuenco. Satisfecha, regresó a la boca de la cueva con su nuevo recipiente.

—Como un gorrión recogiendo miguitas —dijo una voz de hombre tras ella.

—También a los gorriones les entra sed —respondió ella al tiempo que recogía nieve pura con el cuenco. El viento frío susurraba a su alrededor. Taliyah colocó la piedra redonda sobre el montón de rocas candentes que tenía delante.

—¿Agarras las piedras con las manos? Parece tedioso para alguien capaz de tejer la roca.

En las mejillas de Taliyah afloró un calor que no tenía nada que ver con su pequeña fogata.

—No estás enojado, ¿verdad? Por lo de la nieve y...

El hombre se echó a reír, pero enseguida, con un gemido, se llevó las manos al costado. —Tus actos revelan todo lo que necesito saber. —Sus dientes apretados albergaban un atisbo de sonrisa—. Pudiste dejarme morir.

—Fue culpa mía lo que te sucedió. No podía dejarte enterrado en la nieve.

—Te lo agradezco. Aunque no me hubiera importado ahorrarme el vuelo entre los árboles.

Taliyah hizo una mueca y luego abrió la boca. El hombre alargó una mano para detenerla. —No te disculpes.

Con un esfuerzo, se puso derecho y miró mejor a Taliyah y el ornamento que llevaba en el pelo.

—Un gorrión de Shurima. —Cerró los ojos y se relajó al calor de la fogata—. Estás muy lejos de tu hogar, pajarito. ¿Qué te trae a una remota caverna de Jonia?

—Noxus.

El hombre levantó una de sus oscuras cejas, pero mantuvo los ojos cerrados.

—Dijeron que uniría a la gente en Noxus. Que mi poder afianzaría sus murallas. Pero solo querían que sembrara la destrucción. —Su voz estaba preñada de aversión—. Me dijeron que me enseñarían...

—Lo hicieron, pero solo la mitad de la lección —dijo él sin entonación.

—Querían que enterrara un pueblo entero. Que asesinara a la gente en sus casas. —Dejó escapar un resoplido de impaciencia—. Y cuando al fin decido escapar, voy y te arrojo una montaña encima...

El hombre levantó la espada y recorrió el filo entero con los ojos. Una pequeña brisa le sacó el polvo. —Destrucción. Creación. No son ni buenas ni malas. No se puede tener una sin la otra. Lo que cuenta es la intención, el porqué del camino que tomas. Esa es la única opción real que tenemos.

Taliyah se levantó, irritada por el discurso. —Mi camino discurre lejos de aquí. Lejos de todo el mundo, hasta que consiga controlar lo que llevo dentro. Tengo miedo de hacerles daño a los demás.

—La confianza de un ave no yace en la rama en que se posa.

Pero Taliyah ya no escuchaba. Estaba en la entrada de la cueva, embozándose con el abrigo. El viento silbaba en sus oídos.

—Voy a buscar algo para comer. Con un poco de suerte, no derrumbaré el resto de la montaña sobre ti.

El hombre se apoyó contra la piedra templada que tenía detrás y susurró, para nadie y para todos: —¿Estás segura de que es la montaña lo que quieres conquistar, pequeño gorrión?

Un ave picoteaba un delgado pino cercano. Taliyah pateó la nieve y, al hacerlo, se le metió un poco de nieve por dentro de la bota. Se agachó para calzárselas mejor, exasperada por las palabras del hombre y el frío del hielo que estaba fundiéndose alrededor de sus tobillos.

—¿El porqué del camino que tomo? Dejé a mi pueblo y a mi familia para protegerlos de mí.

Se detuvo. Reinaba un silencio inusitado. Un pequeño gamo que estaba cerca de allí había desaparecido hacía rato, espantado por el ruido de sus pisadas. Al sentir que la muchacha no representaba ningún peligro, el ave de la rama cercana había decidido quedarse y ahora respondía a sus diatribas con trinos. Pero en aquel momento, hasta su canto se apagó.

Taliyah se incorporó con cautela. En su enojo, se había alejado más de lo que pretendía de la cueva. Era más sensible a la piedra que a la madera y, casi sin darse cuenta, había seguido una cresta que afloraba bajo la nieve hasta el extremo de un acantilado rocoso. No esperaba que el hombre la siguiese, pero sus sentidos le decían que alguien la vigilaba.

—¿Más discursos? —preguntó con indignación.

Como respuesta, hubo una exhalación que sintió hasta la médula de los huesos.

Se metió una mano en el abrigo y con la otra buscó la honda. Llevaba tres piedras en el bolsillo. Agarró una de ellas al mismo tiempo que la gravilla del suelo delataba a su perseguidor, tras ella.

Se volvió. Allí, caminando con cuidado entre los afilados peñascos, había un enorme león de las nieves joniano.

A pesar de apoyarse sobre las cuatro patas, era mucho más alto que ella. De hecho, de haber podido erguirse la habría superado más de dos veces en estatura, y tenía el grueso cuello cubierto por una melena corta de un blanco trigueño. La bestia la miró. Soltó las dos liebres muertas que traía entre las fauces y lamió un reguero rojizo que goteaba desde un colmillo más grueso que el antebrazo de Taliyah.

Un momento antes, la vista desde lo alto del acantilado le había quitado el aliento. Ahora la había dejado sin escape. Si echaba a correr, la alcanzaría al instante. Taliyah tragó saliva y trató de sofocar el pánico que le subía por la garganta. Puso una piedra en la honda y empezó a darle vueltas.

—Márchate de aquí —dijo. Sus palabras brotaron sin el menor atisbo del terror que sentía por dentro.

El león dio un paso hacia ella. La muchacha disparó la piedra. Alcanzó a la gran bestia cerca de la melena, pero el pelaje absorbió la mayor parte del impacto. El animal lanzó un gruñido de enojo, que Taliyah fue incapaz de diferenciar de los martillazos de su corazón en el interior de su pecho.

Puso otra piedra en la honda.

—¡Vamos! —gritó con fingido coraje—. ¡Dije que te marcharas!

Volvió a disparar.

El gruñido hambriento del depredador se hizo más fuerte. El ave del pino, al comprender que no podía salir nada bueno de todo aquello, saltó de la rama y aprovechó una corriente de aire para remontar vuelo.

Taliyah metió la mano en el bolsillo en busca de su última piedra. Sus manos tiritaban por culpa del frío y del miedo. El proyectil se le resbaló de entre los dedos, cayó al suelo y se alejó rodando. Levantó los ojos. El león dio un paso hacia ella meneando la cabeza sobre los potentes cuartos delanteros. La piedra se detuvo fuera de su alcance.

¿Agarras las piedras con las manos? Las palabras del hombre resonaron en su cabeza. Tal vez había otro modo. Intentó alcanzar la roca con su voluntad. La piedra se estremeció, pero también lo hizo el suelo bajo los pies de Taliyah.

La rama en la que el ave recién había alzado el vuelo aún temblaba. La confianza de un ave no yace en la rama en que se posa. La opción estaba clara: podía quedarse allí, petrificada por la duda, y dejar que la bestia se le echara encima, o podía recurrir a su poder y dar el salto.

Taliyah, una muchacha nacida en un desierto situado muy lejos de las costas de la nevada Jonia, se aferró a la imagen del ave y la rama vacía. En ese momento olvidó la muerte inminente que se cernía sobre ella. La soledad que la atormentaba desapareció, reemplazada por su última danza sobre las arenas. Sintió la presencia de su madre, su padre, Babajan... la tribu entera a su alrededor. Entre susurros, les prometió volver a su lado cuando por fin lograse dominar sus dones.

Miró a la bestia a los ojos. —Sacrifiqué muchas cosas como para dejar que me detengas.

La piedra comenzó a deformarse debajo de ella en un elegante crescendo. Se dejó envolver por la calidez de ese último abrazo y saltó.

Un estruendo, más fuerte que el gruñido de la bestia, empezó a alzarse bajo sus pies. El león trató de retroceder, pero ya era demasiado tarde. El suelo se abrió bajo sus zarpas y dio paso a un torrente de gravilla deshecha, y el peso de la criatura la arrastró hacia el fondo del acantilado.

Taliyah permaneció flotando un instante sobre el aluvión de tierra deshecha. La roca que tenía debajo, disgregada en mil fragmentos diminutos, perdió la cohesión necesaria para controlarla. Sabía que no podría aferrarse para siempre a la destrucción. Comenzó a caer. Pero antes de que pudiera despedirse del mundo inhóspito que se fracturaba a su alrededor, un viento fuerte la levantó en el aire. Unos dedos de acero la agarraron por el cuello del abrigo.

—No pensé que dijeras en serio lo de derrumbar la montaña, pequeño gorrión. —Con un gruñido, el hombre la levantó hasta un saliente que se acababa de formar—. Ahora comprendo por qué es tan plano el desierto.

Una carcajada se formó en el interior de Taliyah. Lo cierto es que se alegraba de oír su voz condescendiente. Asomó la cabeza sobre el abismo y se irguió. Se sacudió el polvo, recogió las liebres que había soltado el león y echó a andar hacia la cueva con un nuevo brío en el paso.

Taliyah se mordió el labio inferior. Paseó la mirada por la posada mientras se agitaba en su asiento, inquieta. Ya era tarde y había pocos clientes en las mesas. Llevaba mucho tiempo sin estar en compañía de otras personas. Miró a su sombrío compañero, quien había insistido en que les diesen la poco iluminada mesa de la esquina. El hombre que ahora hacía las veces de maestro suyo no contaba. El gesto ceñudo que exhibía su rostro desde que accediese a entrar en la apartada posada a comer no ofrecía camaradería alguna.

Pero al darse cuenta de que todos los demás eran allí tan forasteros como él, se relajó un poco en su rincón sombrío, con la espalda pegada a la pared y la bebida en la mano. Ahora que ya no estaba distraído, su concentración y su mirada vigilante volvieron a recaer sobre ella.

—Debes centrarte —dijo—. No puedes vacilar.

Taliyah estudió las hojas que daban vueltas en el fondo de su taza. Aquel día, la lección no había sido nada fácil. Y no había ido bien. Ambos habían terminado cubiertos de polvo y roca pulverizada.

—Cuando te dispersas es peligroso —dijo él.

—Podría haberle hecho daño a alguien —respondió ella mirando el desgarrón del manto que llevaba su compañero al cuello. Y su propia ropa tampoco había salido indemne. Miró su abrigo y su falda nuevos. La esposa del posadero se había apiadado de ella y le había regalado lo que tenía a mano, cosas abandonadas por alguna clienta anterior. Tardaría en acostumbrarse a las mangas largas de la ropa jonia, pero lo cierto es que la tela era de buena calidad y parecía bien cosida. Había conservado su camisa modesta, descolorida de tanto desgaste, porque no quería desprenderse del último vestigio de su hogar.

—No se rompió nada que no pueda arreglarse. El control solo se obtiene con la práctica. Eres capaz de hacer mucho más. No olvides que mejoraste mucho.

—Pero... ¿y si fracaso? —preguntó ella.

La mirada del hombre se desvió hasta la puerta del otro lado de la sala, que recién se había abierto. Un par de mercaderes entraron y se sacudieron el polvo del camino. El posadero les indicó con un gesto las mesas vacías que había cerca de Taliyah y su acompañante. El primero fue hacia allí mientras el segundo esperaba a que le sirvieran los tragos.

—Todo el mundo fracasa —dijo el compañero de Taliyah. Por un instante, un destello de frustración deshizo la contención habitual de su rostro—. El fracaso es solo un momento en el tiempo. Si sigues avanzando, quedará atrás.

Uno de los mercaderes tomó asiento en una mesa cercana y dirigió la mirada hacia Taliyah. Sus ojos pasaron de la túnica de color lavanda pálido a los destellos de oro y piedra de su cabello.

—¿Eres de Shurima, muchacha?

Taliyah se esforzó por ignorarlo. El mercader captó la mirada protectora de su acompañante y se echó a reír.

—Hasta hace poco, habría sido algo insólito —dijo.

La muchacha se miró las manos.

—Pero es un poco más frecuente desde que se alzó la ciudad perdida de tu pueblo.

Taliyah levantó los ojos. —¿Qué?

—Y se dice también que el curso de los ríos cambió de sentido. —Hizo un ademán en el aire, como para mofarse de los misterios de un pueblo lejano e ingenuo—. Y todo porque su dios pájaro regresó de la tumba.

—Sea cual sea la razón, poco importa. Es una amenaza para el comercio. —El segundo mercader se sentó junto al primero—. Dicen que quiere reunir a los suyos. Recuperar a sus esclavos y todo eso.

—Menos mal que estás aquí y no allí, muchacha —añadió el primero.

El otro mercader apartó los ojos de la cerveza y reparó de repente en la presencia del compañero de Taliyah. —Me resultas familiar —dijo—. No es la primera vez que veo esa cara.

La puerta volvió a abrirse. Unos guardias entraron y examinaron la sala con atención. El del medio, una especie de capitán, se fijó en la muchacha y su acompañante. Taliyah pudo sentir cómo se propagaba un pánico silencioso por toda la sala, mientras los escasos clientes se levantaban y desfilaban con rapidez hacia las salidas. Hasta los mercaderes lo hicieron.

El capitán se acercó a ellos sorteando los bancos Se detuvo a corta distancia de su mesa.

—Se te busca por asesinato —dijo.

—Conque aquí es donde te escondías —dijo el capitán—. Disfruta del trago. Será el último.

Taliyah oyó al susurro del acero desenvainado a su lado al mismo tiempo que se ponía en pie. Volvió los ojos hacia su maestro y vio que miraba fijamente a los guardias.

—Este hombre, Yasuo —dijo el capitán con tono de desprecio—, es culpable de haber asesinado al anciano de una aldea. La pena por su delito es la muerte. Y tenemos órdenes de ejecutarlo.

Uno de sus hombres levantó una ballesta cargada. Otro colocó una flecha en un arco largo casi tan alto como Taliyah.

—¿Ejecutarme? —dijo Yasuo—. Pueden intentarlo.

—¡Esperen! —gritó Taliyah. Pero antes de que la palabra abandonara sus labios, oyó el chasquido de la ballesta y el reverberante zumbido de la cuerda del arco largo. En los segundos siguientes, un torbellino recorrió la posada. Brotó en espiral del compañero de Taliyah y levantó por los aires los vasos y las escudillas de madera abandonadas sobre las mesas. Alcanzó las flechas y las partió en pleno vuelo. Los fragmentos cayeron al piso con un traqueteo sordo.

Acudieron más guardias; sus espadas en mano. Taliyah hizo brotar del piso un campo de piedras afiladas y las lanzó en todas direcciones con una fuerza explosiva para mantener a los hombres a raya.

Yasuo se deslizó entre los soldados atrapados en la sala. Levantaron las armas en un absurdo intento de detener la espada que se movía a su alrededor con la violencia de la tormenta, lanzando estocadas como relámpagos. Era demasiado tarde. La hoja de Yasuo volaba entre ellos, dibujando un remolino letal de serpentinas rojas detrás de sí. Cuando cayeron todos los hombres que habían venido por él, Yasuo se detuvo, con la respiración agitada y feroz. Cruzó la mirada con la de la muchacha y se preparó para hablar.

Taliyah extendió una mano a modo de advertencia. El capitán estaba tras él, con ojos de loco y una sonrisa rota. Esgrimía la espada con ambas manos, para que no se le resbalase la empuñadura empapada de sangre.

—¡Aléjate de él! —Taliyah tiró del piso empedrado de la posada y las piedras lisas estallaron en una erupción que levantó al capitán por los aires.

Mientras su cuerpo ascendía, Yasuo salió a su encuentro y le cercenó el pecho con tres rápidos golpes de la hoja fría. El cadáver cayó al piso y quedó inmóvil.

Desde el exterior llegaban más gritos. —Tenemos que marcharnos. Ya —dijo Yasuo. Miró a la muchacha—. Puedes hacerlo. No dudes.

Taliyah asintió. El piso comenzó a temblar, y el temblor se comunicó a las paredes y luego al techo de paja. La muchacha trató de contener el poder que sentía brotar debajo de la posada. Una visión recorrió su mente: su madre, cosiendo el dobladillo de una tela mientras cantaba en voz baja, con movimientos tan veloces que sus manos eran casi invisibles.

La roca que había bajo la posada estalló formando arcos grandes. Las columnas de roca se entrelazaron sobre el piso, entrando y saliendo de él como un oleaje. Taliyah sintió que la tierra se levantaba y se la llevaba a la noche oscura, seguida de cerca por el viento salvaje que era Yasuo.

Yasuo volvió la mirada hacia la posada lejana. Las serpentinas de piedra habían bloqueado el camino e impedían cualquier intento de acceso. Les había proporcionado tiempo, pero el alba no tardaría en llegar. Y con ella, más hombres decididos a cazarlos. A cazarlo a él.

—Te conocían —dijo; su voz sonaba apacible—. Yasuo. —Se aferró a esta última palabra.

—Tenemos que irnos.

—Querían matarte.

Yasuo dejó escapar una exhalación. —Mucha gente quiere matarme —dijo—. Y algunos querrán matarte también a ti a partir de hoy. Por si sirve de algo, me culpan de un crimen que no cometí.

—Lo sé.

Yasuo no era el nombre que le había dicho durante el viaje, pero tampoco importaba. En el tiempo que habían viajado juntos no le había preguntado por su pasado. A decir verdad, no le había preguntado nada. Solo le había pedido que la enseñara. Pero en aquel momento observó a su mentor y le pareció que la confianza que había depositado en él le resultaba casi dolorida. Puede que más que si lo hubiera creído culpable. Yasuo dio media vuelta y comenzó a alejarse.

—¿Adónde vas? Shurima está al oeste —dijo Taliyah con tono de confusión.

Yasuo no se volvió. —Mi sitio no está en Shurima. Ni el tuyo. No aún. —Sus palabras eran frías y medidas, como si estuviera preparándose para hacer frente a una tormenta.

—Ya oíste a los mercaderes. La ciudad perdida se alzó.

—Cuentos para asustar a otros mercaderes y que suba el precio del lino de Shurima —respondió él.

—¿Y si un dios viviente caminara por las arenas? Tú no entiendes lo que significa eso. Reclamará lo que perdió. La gente que alguna vez le sirvió, las tribus... —La tensión de las emociones de la noche hizo mella en la voz y fue como si las palabras brotaran atropelladamente. Había viajado al otro lado del mundo para protegerlos... y ahora, cuando la necesitaban, estaba a un mundo de distancia. Alargó la mano hasta casi tocarle el brazo. Estaba dispuesta a todo para obligarlo a escucharla, para hacerle entender.

—Esclavizará a mi familia. —El eco de sus palabras resonó en la roca que los rodeaba—. Debo protegerlos. ¿No lo entiendes?

Se levantó un viento que removió los guijarros del suelo y azotó la cabellera negra de Yasuo alrededor de su cara.

—Protegerlos —dijo este, apenas con un susurro—. ¿Es que la Gran Tejedora no cuida de ellos? —Las palabras brotaron a través de sus dientes apretados. El hombre, su maestro, se volvió hacia su única estudiante, con un destello de furia en los ojos negros y atormentados, una emoción desatada que la sobresaltó—. Tu entrenamiento aún no termina. Arriesgas la vida al volver con ellos.

Ella se mantuvo firme, sin apartar la mirada.

—La daría gustosa por ellos.

El viento se arremolinaba a su alrededor, pero la muchacha era inamovible. Yasuo lanzó un largo suspiro y volvió la mirada hacia el este. La primera luz comenzaba a despuntar en medio de la noche azulada. La turbulencia del viento terminó de calmarse.

—Podrías venir conmigo —le ofreció ella.

Las duras líneas de la mandíbula del hombre se relajaron. —Dicen que la hidromiel del desierto es bastante buena —respondió. Una suave brisa jugueteaba con el cabello de la muchacha. Pero entonces pasó el momento, y un recuerdo de dolor lo reemplazó—. Por desgracia, mi trabajo en Jonia aún no ha terminado.

Taliyah lo estudió con detenimiento y luego introdujo la mano en su propia túnica, de la cual arrancó un hilo largo y suelto. Se lo ofreció a Yasuo, quien lo miró con suspicacia.

—En mi pueblo, esta es la manera tradicional de expresar gratitud —le explicó Taliyah—. Regalar una parte de ti para que te recuerden.

El hombre aceptó el hilo con reverencia y lo utilizó para anudarse el cabello suelto. Sopesó con cuidado sus siguientes palabras:

—Ve por ahí hasta el próximo valle y luego sigue el río hasta el mar —dijo mientras indicaba con un ademán una senda abierta por el paso de los animales—. Encontrarás allí a una pescadora solitaria. Dile que quieres ver el Fréljord. Dale esto.

Sacó una semilla de arce seca de una bolsa de cuero que llevaba al cinto y se la puso en la mano.

—En el Norte Congelado vive un pueblo que lucha contra la tiranía noxiana. Puede que entre ellos encuentres el modo de volver a las arenas.

—¿Qué hay en ese... Fréljord? —preguntó ella, saboreando la palabra en los labios.

—Hielo —dijo él—. Y piedra —añadió guiñándole el ojo.

Esta vez fue ella quien sonrió.

—Te moverás veloz con las montañas debajo de ti. Usa tu poder. Creación. Destrucción. Abrázalas. Ambas. Tus alas te llevaron muy lejos —dijo—. Tal vez te lleven incluso a casa.

Taliyah echó a andar hacia la senda que conducía al valle. Esperaba que su tribu siguiera a salvo. Puede que el peligro fuera fruto de su imaginación. Si la vieran aparecer, ¿qué pensarían? ¿La reconocerían? Babajan siempre decía que el hilo que se mete en el huso, por grueso o fino que sea, tenga el color que tenga, conserva algo de la lana que era al principio. El recuerdo de sus palabras la reconfortó.

—Confío en que sepas tejer el equilibrio. Buen viaje, pequeño gorrión.

Taliyah se volvió hacia su compañero, pero ya había desaparecido, sin dejar otro rastro de su presencio que unas briznas de hierba que se mecían en el aire fresco de la mañana.

—Estoy segura de que la Gran Tejedora también tiene planes para ti —dijo.

Se guardó la semilla de arce en el abrigo con todo cuidado y partió hacia el valle, precedida por la piedra que se alzaba para dar la bienvenida a sus pisadas.

ECOS EN LA PIEDRA

La primera vez que Taliyah percibió el agua, se desplazaba a gran velocidad para que la tormenta de arena no la alcanzara. Al principio fue muy tenue, una humedad fría que sintió al levantar las rocas que yacían bajo la arena. A medida que se acercaba a la antigua Shurima, las rocas fueron desprendiendo cada vez más gotas, como si estuvieran llorando. Mientras se apresuraba a cruzar el desierto, Taliyah sabía que aquellas rocas le contarían historias, pero no tenía tiempo de oírlas ahora; no podría saber si aquellas lágrimas eran de felicidad o de tristeza.

Cuando estuvo tan cerca del gran Disco Solar que su sombra la cubría, el agua de los acuíferos subterráneos comenzó a brotar de la roca sobre la que iba montada como en pequeños ríos. Y cuando llegó a las puertas, Taliyah oyó el ruido ensordecedor del torrente de agua bajo los cimientos. El Oasis del Amanecer, la Madre de la Vida, rugió bajo las arenas.

La gente de su tribu había seguido aquellas aguas durante cientos de años. Su mejor oportunidad de encontrar a su familia pasaba por seguir las corrientes, y para la consternación de Taliyah, el agua de Shurima ahora fluía de un solo lugar, como había sido en eras anteriores. Siempre habían evitado los trágicos restos de la ciudad, igual que el peligro de los Sai y todas las criaturas mortíferas que habitaban ahí. Incluso los ladrones mantenían las distancias con la ciudad. Hasta ahora.

Taliyah detuvo la roca sobre la que iba montada, y casi cae al suelo al hundirla de golpe y enviarla de nuevo a las profundidades. Miró en derredor. La mujer de Vekaura tenía razón. Aquel lugar ya no se correspondía con las ruinas olvidadas, pobladas solamente por fantasmas y arena; el campamento que se extendía más allá de las pareces estaba repleto de vida, como un hormiguero antes de la inundación. Al no saber quiénes eran esas personas, decidió que sería mejor no revelar más información de la necesaria.

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Parecía haber gente de todas las tribus que recordaba, pero ninguna de las caras resultó familiar a Taliyah. Una discusión los dividía. Hablaban sobre si quedarse en los campamentos temporales o buscar refugio en la cuidad. Les preocupaba que la ciudad pudiera caer de nuevo con la misma facilidad con la que se había alzado, atraparlos y sepultarlos para siempre. Otros habían visto la antinatural tormenta, y creían que sería mejor protegerse en el interior de unas paredes que la arena había ocultado durante generaciones. Lo que todos tenían en común era el ritmo acelerado; lo empacaban todo y alzaban la vista al cielo, preocupados. Taliyah había conseguido separarse de la tempestad, pero sabía que no tardaría en alcanzar aquellas puertas.

—Ha llegado el momento de decidir —la llamó una mujer, cuya voz casi se pierde en el sonido de las aguas del oasis y la tormenta cercana—. ¿Vienes o te quedas, chica?

Taliyah se giró y miró a la mujer. Podía ver que era shurimana, pero nada más.

—Estoy buscando a mi familia —señaló su túnica—. Son tejedores.

—El Padre Halcón ha prometido protección a todos en el interior de las paredes —dijo la mujer.

—¿El Padre Halcón?

La mujer contempló la expresión consternada de Taliyah y sonrió a la vez que tomaba su mano. —Azir ha vuelto a nosotros Ascendido. El Oasis del Amanecer fluye de nuevo. Es una nueva era para Shurima.

Taliyah miró alrededor. Era cierto. Dudaban entre avanzar al interior de la masiva capital o no hacerlo, pero sentían un mayor miedo por la gran tormenta que por la ciudad o el regreso de su emperador.

—Esta mañana había tejedores aquí. Decidieron protegerse de la tormenta en el interior —continuó la mujer. Señaló al grupo de gente que se adentraba en el corazón de Shurima. —Tenemos que apresurarnos. Van a cerrar las puertas.

La mujer instó a Taliyah a cruzar las grandes puertas, y la multitud que decidió a última hora protegerse de la tormenta en el interior las empujó adentro. Otros grupos se amontonaban fuera y se dispusieron a sobrevivir a la tormenta como las caravanas de Shurima llevaban haciendo generaciones. A lo lejos, el torbellino desprendía unos extraños y amenazantes relámpagos. Era posible que las antiguas tradiciones de Shurima no sobrevivieran a aquella tormenta.

La muchedumbre empujó a Taliyah y a la otra mujer hacia delante, y cruzaron el umbral que separaba Shurima del desierto. Detrás de ellas, las puertas se cerraron con un golpe seco. Y ante ellas, la inmensidad de la gloria ancestral de Shurima. La gente se mantuvo cerca de las gruesas paredes, pues no sabían adónde ir. Tenían la sensación de que las calles vacías pertenecían a otros.

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—Seguro que los tuyos están en el interior de la ciudad. Muchos se han quedado cerca de las puertas. Pocos tienen el valor de avanzar más. Espero que encuentres lo que buscas—. La mujer soltó la mano de Taliyah y sonrió. —Que el agua y la sombra sean contigo, hermana.

—Que el agua y la sombra sean contigo. —La mujer desapareció entre la muchedumbre.

La ciudad abandonada durante milenios de repente estaba rebosante de vida. Unos guardianes ataviados con yelmos y capas rojas y doradas vigilaban a los nuevos moradores de Shurima en silencio. Aunque nadie estaba dando problemas, Taliyah seguía teniendo la sensación de que algo de aquel lugar no estaba bien.

Taliyah se apoyó en la gruesa pared para recomponerse. Comenzó a respirar con dificultad. Podía sentir en su palma el latido de la roca. Dolor. Un dolor terrible la cegó. Aquellas rocas contenían miles de voces. En su cabeza retumbaron el miedo y tormento de sus últimos instantes, cuando sus vidas les fueron segadas y sus sombras fueron sepultadas en la arena. Taliyah separó la mano bruscamente de la pared de piedra y tropezó. No era la primera vez que sentía aquellas vibraciones en la piedra, como reverberaciones de memorias del pasado, pero nunca con aquella intensidad. Ahora sabía lo que había pasado ahí. Se puso en pie y contempló la ciudad de nuevo. La invadió una oleada de repugnancia. Aquello no era el renacimiento de una ciudad. Era una tumba vacía que había sido desenterrada. La ultima vez, las promesas de Azir habían costado la vida a la gente de Shurima.

—Debo encontrar a mi familia —susurró.

''Este mundo es un tapiz que nosotros mismos elaboramos''.

LINAJE

Taliyah casi había olvidado cuanto extrañaba el sofocante calor de Shurima. El sudor y la fuerza de cientos de personas empujando, maldiciendo, regateando y hablando con tanta pasión y rapidez que los forasteros solían pensar que estaban peleando.

En todos sus viajes, nunca encontró un lugar con el alboroto y la energía de su país natal. Jonia era un lugar maravilloso, y los paisajes congelados del Fréljord eran impresionantes, a su modo, pero el sol abrasador de Shurima derritió cualquier recuerdo de aquellos lugares mientras caminaba sobre el muelle de piedra de Bel'zhun.

Sintió cómo su conexión con los cimientos de esta tierra inundaban su espíritu, como si bebiera uno de los tés con especias de Babajan. Sonreía de oreja a oreja mientras subía los peldaños desde el puerto, y ni siquiera pasar bajo la piedra negra de un Noxtoraa pudo disminuir su entusiasmo.

Taliyah no pasó mucho tiempo en Bel'zhun. Los barcos de guerra noxianos anclados en el muelle la ponían demasiado nerviosa, y le traían malos recuerdos. Se quedó suficiente tiempo para comprar suministros y escuchar los últimos rumores del mercado, traídos desde las profundidades del desierto por las caravanas de comerciantes. La mayoría de ellos eran contradictorios y fantásticos; visiones de guerreros de arena, tormentas de truenos bajo cielos despejados y ríos que fluían en lugares por los que no había corrido agua desde tiempos inmemoriales.

Para acompañarse de rostros amigables, abandonó Bel'zhun junto con una caravana de mercaderes de seda Nerimazeth altamente armados que se dirigía hacia el sur, a Kenethet. Soportó el movimiento de la caravana lo suficiente para llegar a los zocos de huesos de la famosa ciudad de la frontera norte de Sai, donde se fue por su cuenta. La maestra de la caravana, una mujer llamada Shamara, delgada como un látigo y con ojos del color del azabache pulido, le aconsejó no viajar más al sur, pero Taliyah le dijo que su familia la necesitaba, y no hubo más advertencias.

Desde Kenethet, siguió avanzando hacia el sur, siguiendo el retorcido camino del gran río que la gente había vuelto a llamar la Madre de la Vida, cuyo origen, según los rumores, estaba en la capital del antiguo imperio shurimano. Al viajar sola podía moverse mucho más rápido, usando la piedra como transporte, montando su cresta, dándole la forma de olas que la llevaban al sur hacia Vekaura, una ciudad que supuestamente estaba a medio enterrar en la arena que sale de Sai.

Shamara le dijo que no era nada importante, poco más que un campamento tribal construido en las ruinas de una ciudad abandonada, un lugar de encuentro para viajeros cansados y nómadas vagabundos. Pero incluso a una legua de distancia, Taliyah pudo ver que le habían mentido; Vekaura había renacido.

Si tan solo no hubiera encontrado a aquella mujer moribunda...

El zoco de la ciudad estaba lleno de color y ruido. Un aire penetrante atravesaba las calles, sus arcos y toldos en una oleada, acarreando el sonido de regateos furiosos y el aroma de especies picantes y carne asada. Taliyah atravesó la multitud, ignorando a los mercaderes, sus extravagantes promesas y sus peticiones por sus hijos hambrientos. Una mano agarró sus ropas, tratando de llevarla a un puesto cubierto de repisas llenas de animales del desierto asados, pero logró escapar.

Cientos de personas repletaban la amplia calle que llevaba hacia los muros rotos de la ciudad. Un humo aromático flotaba como niebla desde las pipas burbujeantes de ancianos sentados en sus puertas, como sabios arrugados. Vio las marcas tribales de Barbae, Zagayah y Yesheje, aunque había muchas más que no conocía. Vio a gente de tribus que eran enemigos jurados cuando se fue de Shurima, pero que ahora caminaban juntos como hermanos de armas.

'Muchas cosas han cambiado desde que me fui', se dijo a sí misma.

Tenía lo que había venido a buscar, y debía volver al edificio en ruinas que había elegido en el borde este de la ciudad. No quería quedarse más tiempo del necesario, pero había prometido mantener a salvo a la mujer herida, y su madre le había enseñado a nunca romper una promesa. La Gran Tejedora tenía poco cariño por la gente que lo hacía.

La tosca bolsa sobre sus hombros estaba llena de comida. Carnes curadas, avena, pan y queso, junto con dos cantimploras llenas de agua. Más de lo que necesitaba, pero no era todo para ella. El oro que había zurcido dentro de los bordes de su ropa ya casi se le había acabado, pero sabía que no estaba lejos de su objetivo. No tenía forma de saber con certeza, pero se sentía segura de que cada paso la llevaba más cerca del cálido abrazo de su madre y su padre. Después de eso, ya no necesitaría oro; con ellos, tendría todo lo necesario en su tienda.

Taliyah estaba tan perdida en ese agradable futuro, que no notó al enorme hombre hasta que chocó con él. Rebotó en su cuerpo inmóvil y cayó sentada.

Fue como golpear un acantilado; no retrocedió ni un centímetro. La gente del zoco no cometía el mismo error. Fluían alrededor del hombre como agua alrededor de una roca en un río. Estaba vestido de pies a cabeza en ropas rasgadas que no escondían muy bien su enorme volumen y altura. Sostenía con fuerza un bastón largo y cubierto de tela, con su ancha cabeza envuelta en harapos. Al ver que sus piernas tenían un ángulo extraño, pensó que quizás lo necesitaba.

—Lo siento —dijo mirando hacia arriba—. No lo vi.

La miró hacia abajo con su rostro oculto en las sombras de una capucha alongada, pero no respondió. Extendió su mano, con sus dedos cubiertos de vendajes, como una víctima de la plaga. Taliyah dudó solo por un momento antes de tomar su mano.

La levantó prácticamente sin esfuerzo, y ella vio el brillo del oro bajo la polvorosa tela de sus ropas antes de que volviera a ocultar sus manos en sus mangas.

—Gracias —dijo Taliyah.

—Debes fijarte por donde caminas, pequeña —dijo él—. Su voz tenía un fuerte acento y resonaba de forma extraña, como si saliera de un pozo infinito de tristeza en su interior. —Estos días, Shurima es un lugar peligroso.

El hombre miró a la joven niña correr por el zoco y se volvió hacia los muros trizados de Vekaura. Los bloques gigantes solo llegaban a la altura de su cabeza y los niveles más altos estaban compuestos de ladrillos cocidos por el sol, pintados del color de los bloques. La gente de Vekaura quizás los consideraba impresionantes, pero en su opinión, eran una mala copia de los auténticos.

Caminó a través del portal, observando las piedras encajadas toscamente sobre su cabeza. Un vendedor de agua, de pie al medio de un aparato de ruedas giratorias de bronce y que dispensaba agua turbia en botellas de vidrio verde, lo miró mientras pasaba.

—¿Agua? Fresca de la Madre de... —dijo, pero las palabras murieron en su garganta al ver la enorme figura que se alzaba frente a él.

Sabía que debía seguir moviéndose. Las palabras escritas en sangre sobre los muros de la Torre de los Astrólogos lo guiaron hasta aquí, y sin duda el mago también se sentiría atraído por este lugar. Sentía la presencia de un miembro del Linaje Ascendido en Vekaura, de uno que podía rastrear su estirpe hasta los días de gloria del pasado, antes de que un imperio que una vez se extendía de océano a océano cayera en la ruina. Era de vital importancia encontrar a esa persona antes de que lo hiciera su enemigo, ya que la sangre de la Shurima Ancestral era tan rara como potente. Había traído a Azir de vuelta del olvido, y en las manos equivocadas, podía traer la perdición a la Shurima renacida.

Sí, debía seguir moviéndose, pero no lo hizo.

—Comercias entre los fantasmas del pasado —dijo.

—¿Fantasmas? —dijo el vendedor, con su voz flaqueando de miedo.

—Este arco —señaló el hombre, levantando su bastón hacia el cielo del arco. Caía polvo a través de las grietas de las murallas sobre las cuales caminaban personas más arriba. —Los artesanos exiliados de la ciudad perdida de Icathia lo construyeron. Cada piedra fue cortada y encajada con tal precisión que no hizo falta una gota de cemento para fijarlas en su lugar.

—No... no sabía eso.

—Ustedes, los mortales, olvidan el pasado y atribuyen a las leyendas lo que deberían recordar —dijo, con la amargura de siglos perdidos en las profundidades del desierto amenazando convertirse en una ira violenta—. ¿Acaso no construí la Gran Biblioteca para evitar que conservaran tales lagunas en sus recuerdos?

—Por favor, gran señor —dijo el vendedor de agua, presionando su espalda contra el muro del portal—. Habla de mitos de los tiempos ancestrales.

—Para ti, pero la primera vez que vine aquí, los muros acababan de ser levantados. Doscientos pies de mármol pulido, cada piedra prístina y con venas de oro. Mi hermano y yo entramos en la ciudad triunfantemente, a la cabeza de diez mil soldados con armaduras de oro y lanzas bruñidas. Marchamos a través de este arco entre los vítores de los ciudadanos.

Suspiró estruendosamente antes de continuar. —Un año después, ya no quedaba nada. Era el fin de todo. O quizás el comienzo. Me he ocultado del mundo por tanto tiempo que ya no sé la diferencia.

El vendedor de agua palideció y entrecerró los ojos para intentar penetrar la oscuridad bajo su capucha. El hombre abrió los ojos.

—¡Eres el Hijo Perdido del Desierto! —exclamó el vendedor—. Eres… Nasus..

—Lo soy —dijo, mientras se volteaba y entraba en la ciudad—. Pero hay alguien mucho más perdido que yo.

Nasus siguió a las multitudes que se movían a través de la ciudad hacia el templo en su centro, tratando de no notar sus miradas. Su tamaño por sí solo atraería la atención, pero a estas alturas, el vendedor de agua ya debía haber divulgado su identidad a los cuatro vientos. Shurima siempre fue un lugar de secretos. Secretos que nunca parecían querer permanecer ocultos por mucho tiempo. Estaría sorprendido si, para cuando llegara al centro de la ciudad, todos sus habitantes no conocieran ya su nombre. Sí, detenerse había sido un error, pero la falta de respeto del vendedor hacia la historia ofendió al erudito en Nasus.

Como el muro y el portal, el interior de Vekaura era solo una sombra de su antigua gloria. La madre de Azir había nacido ahí, y el joven emperador era generoso al dar regalos a su gente. Sus estructuras estaban adornadas con jardines escalonados y flores de colores vívidos y aromas maravillosos, traídas desde cada rincón del imperio. Sus torres refulgían de plata y jade, y agua fresca fluía desde el gran templo, transportada por grandes acueductos, creyendo ingenuamente que su abundancia nunca acabaría.

Los milenios pasaron y desgastaron la ciudad hasta que sus huesos de piedra quedaron expuestos, y estructuras que solían ser magníficas se convirtieron en ruinas. En los últimos siglos, quienes seguían aferrándose a las viejas costumbres construyeron sobre las ruinas, creyendo que su futuro podía ser salvado por el pasado. A medida que Nasus seguía a las multitudes cada vez mayores, solo veía toscas imitaciones de un recuerdo prácticamente olvidado.

Los edificios, planificados por maestros artesanos, ahora no eran más que parodias torcidas de su antigua gloria. En lugar de sus muros hechos de granito cortado, ahora se alzaban estructuras de madera y toscos bloques. La silueta original de la ciudad seguía ahí, pero Nasus sentía que caminaba a través de una pesadilla en la que entornos conocidos aparecían distorsionados en nuevas y extrañas formas, y en la que todo se retorcía de modos diseñados para desconcertar.

Escuchó voces murmullando a su alrededor, que pronunciaban su nombre en susurros silenciosos, pero las ignoró. Dio la vuelta en una esquina y entró en la plaza abierta en el corazón de la ciudad. Sus manos con garras se convirtieron en puños al ver lo que los ciudadanos de Vekaura habían erigido en el corazón de su ciudad reconstruida.

Un templo del sol creado a partir de piedra arenisca tallada y rocas desnudas. Levantada por manos humanas a una escala humana, era la imitación creada por un niño de la estructura que descansaba en el corazón del imperio shurimano. El Gran Templo era la envidia de Valoran, y los arquitectos de reyes lejanos viajaban miles de millas para verlo. ¿Y este insulto es como lo recuerdan?

Los muros eran negros y brillaban como el basalto, pero Nasus podía ver las junturas disparejas entre los paneles encajados sobre la piedra áspera. Un disco solar brillaba en la cima del templo, pero incluso desde aquí, Nasus podía ver que no estaba hecha de oro, sino que de aleaciones de bronce y cobre. Tampoco flotaba como el disco bajo el cual Nasus adquirió su forma actual. En su lugar, unas cuerdas trenzadas atadas a pilares asimétricos en ambos lados del disco lo sostenían en el aire.

Parte de Nasus quería desatar su furia contra esta gente, odiarlos por construir este horrible recuerdo del imperio que él y una infinidad de otras personas consiguieron luchando y sangrando. Quería sacudirlos y contarles lo que habían deshonrado al construir sobre la grandeza del pasado. Pero ellos no sabían lo que él sabe, no vieron lo que él sí, y no podía hacerlos entender.

Un hierofante con una capa de plumas se encontraba frente al disco, con sus brazos levantados en súplica, aunque sus palabras se perdieron entre el ruido de la ciudad.

¿Era él la persona que buscaba?

Cruzó la plaza hacia el templo, dando pisadas decididas, notando los peldaños irregulares cortados en cada una de sus cuatro esquinas. Dos guerreros con ajustadas armaduras de guerra de bronce y yelmos con penachos, moldeados para representar bestias, se encontraban en las escaleras, vigilando. Al verlo, giraron hacia él. Nasus titubeó al reconocer a quién trataban de representar sus yelmos. Ambos tenían trompas alargadas. Uno imitaba toscamente las fauces de un cocodrilo; el otro tenía su visor moldeado en la forma de la cabeza de un chacal esbozando un gruñido.

Levantaron sus lanzas cuando se acercó, pero Nasus percibió su asombro cuando dejó caer su túnica y se levantó a toda su estatura. Pasó demasiado tiempo vagando el mundo de los mortales, encorvado y avergonzado, tratando de disimular su tamaño. Demasiado tiempo escondiéndose, haciendo penitencia en su sombría soledad, pero sus días de ocultarse habían llegado a su fin. Nasus ya no deseaba seguir escondiendo su verdadero rostro.

Nasus, una figura de poder y magia, un ser Ascendido de una época en la que héroes como él aún caminaban entre los mortales, se irguió sobre los guardias. La magia del disco solar levantó su cuerpo y lo recreó. Su carne, marchita y moribunda, se transformó en un semidiós de piel de obsidiana y cabeza de chacal. Una armadura anillada de oro, manchada por el tiempo y sostenida por cintas ceremoniales con relieves de los sigilos de Shurima, cubría su pecho y sus hombros. Alzó su mano y quitó la tela que envolvía a su bastón para revelar su hacha de mango largo. Su filo brillaba expectante, y la gema en su corazón, de un tono azul como el océano, refulgía con la luz del sol.

—Fuera de mi camino —dijo.

Los guardias titubearon atemorizados, pero no abandonaron sus puestos. Nasus suspiró e hizo girar su hacha en un arco circular. El extremo impactó al primer guardia con un golpe ascendente y lo lanzó varios metros hacia atrás. Su segundo ataque derribó al otro, que quedó tendido en el polvo, gimiendo de dolor mientras Nasus posó las garras de sus pies en el último peldaño.

Subió hacia la cima, donde el sol se reflejaba en el metal bruñido del disco. Mientras subía, miró más allá de los muros decrépitos de la ciudad de Vekaura. Un mar ininterrumpido de dunas inhóspitas se extendía hasta el horizonte por tres lados. En el flanco este de la ciudad, el terreno se levantaba en las ancas de agrestes cerros de tierra obstinada, sobre la cual crecían resistentes palmas desérticas y gruesos grupos de árboles bhanavar, cuyas raíces se extendían por cientos de metros bajo la arena para encontrar agua.

Ver el vacío desierto en el que se convirtió Shurima entristeció a Nasus, que recordaba la época en que la Madre de la Vida alimentaba a la tierra, que florecía con vida y vitalidad. Quizás Azir le devolvería la vida a Shurima una vez más, pero quizás no, lo que hacía de la tarea de encontrar al portador del linaje aún más vital.

Otros guardias subían hacia la cima del templo, gritando en un idioma que se originaba en el shurimano antiguo, pero que carecía completamente de la belleza y la complejidad de esa lengua perdida.

Nasus recordó el dolor y el miedo que sintió durante su ascenso final al Gran Templo, mientras se preparaba para su ritual de Ascensión. La terrible enfermedad lo había dejado demasiado débil para subir, y su hermano menor había tenido que llevarlo en sus brazos. Cuando llegó a la cima, el sol casi llegaba a su cénit, y la vida lo abandonaba como las arenas de un reloj de arena roto. Le rogó a Renekton que se fuera, que lo dejara encontrarse con el sol por sí solo, pero Renekton sacudió su cabeza y susurró sus últimas palabras intercambiadas como mortales antes de que el disco del sol los llevara a ambos a la Ascensión.

Estaré contigo hasta el final.

Incluso ahora, esas palabras tenían el poder de herirlo, de cortar con más profundidad que cualquier espada. Cuando era mortal, Renekton era impredecible. A veces era capaz de ser violento y cruel, pero también de actuar con gran nobleza y valentía. El poder que le otorgó la Ascensión lo había vuelto poderoso, y al final fue Renekton el que luchó contra el mago traicionero en la Tumba de los Emperadores y se sacrificó para salvar a Shurima.

¿Salvar a Shurima...?

¿Acaso lo que hicieron ese día salvó a Shurima? Azir murió, asesinado por su amigo de la infancia, y la ciudad fue destruida cuando la magia desatada del ritual de Ascensión roto la enterró bajo las arenas del desierto. Día tras día, Azir revivía el momento en el que selló las puertas de la tumba detrás de Renekton y Xerath, consciente de que no tuvo otra opción, pero no por eso menos abrumado por el aplastante peso de la culpa.

Ahora Xerath y Renekton estaban libres. De algún modo, Azir conquistó la muerte y se convirtió en uno de los Ascendidos, y Shurima renació bajo su voluntad. La antigua ciudad se levantó de su desértica tumba y se quitó de encima el polvo de los milenios que pasó dormida. Pero si las historias que salían del desierto eran ciertas, el Renekton que Nasus conocía y amaba ya no existía. Ahora era poco más que un asesino enloquecido que mataba sin piedad en el nombre de la venganza.

—Y yo te llevé a eso —dijo Nasus.

Llegó a la cima y trató de apartar los pensamientos acerca del ser en el que su hermano se había convertido: un monstruo que rugía el nombre de Nasus sobre las ardientes arenas del desierto.

Un monstruo que tarde o temprano tendría que enfrentar.

Nasus llegó a la cima de la estructura del templo, y las cintas de papel ceremonial revoloteaban en sus brazos y su cinturón. Plantó el mango de su hacha en la áspera piedra y tomó un momento para observar sus alrededores.

La luz del sol se reflejaba en ángulos divididos sobre el disco solar. Las terminaciones de su metal eran ásperas y opacas. Las cuerdas trenzadas eran dolorosamente evidentes vistas de cerca, y la crudeza del trabajo de los ciudadanos de Vekaura era muy aparente. El techo no tenía adornos; no había grandes estrados tallados con la bóveda celestial o los vientos cardenales, ni relieves de los héroes que habían Ascendido en su superficie sagrada.

Diez guerreros, vestidos con sucios mantos y armaduras compuestas por franjas sobrepuestas de bronce, se colocaron entre Nasus y el hierofante. El sacerdote era un hombre alto y delgado, vestido con una túnica de plumas iridiscentes con mangas amplias y con la forma de alas, y una capucha que parecía un pico de ébano. El rostro bajo la capucha era distinguido, severo y despiadado.

Al igual de Azir.

—¿Eres Nasus? —dijo el hierofante. La voz del hombre era profunda e imponente, casi como la de un monarca, pero Nasus podía oír su miedo. Una cosa es afirmar que uno desciende de los dioses, pero otra muy distinta es conocer a uno.

—El hecho de que lo preguntes significa que pasé demasiado tiempo lejos de aquí. Sí, soy Nasus, pero lo más importante es saber quién eres tú.

El hierofante se irguió, inflando su pecho como un ave en temporada de apareamiento y dijo: —Soy Azrahir Thelamu, descendiente del Emperador Halcón, Primera Voz de Vekaura, el Iluminado, el que Camina en la Luz y Guardián del Fuego Sagrado. Portador del Amanecer y...

—¿Descendiente del Emperador Halcón? —interrumpió Nasus—. ¿Dices ser del linaje del Emperador Azir?

—No lo digo, es lo que soy —respondió agresivamente el hierofante, recobrando algo de confianza en sí mismo—. Ahora dime qué quieres.

Nasus asintió y giró su hacha, sosteniéndola en ambas manos, horizontal al suelo.

—Tu sangre —dijo Nasus.

Golpeó las piedras con el pomo de su hacha de mango largo y una nube de arena se levantó del techo. Quedó flotando en forma de velos brillantes, girando en un círculo lento alrededor del hierofante y sus guerreros.

—¿Qué haces? —preguntó el sacerdote.

—Te lo dije, necesito ver tu sangre.

En un abrir y cerrar de ojos, los círculos de arena se convirtieron en un rugiente huracán. Los guerreros levantaron sus armas para proteger sus rostros de la tormenta de arena. Por su parte, el hierofante se inclinó, cegado y atragantándose con el polvo levantado por el viento. La tormenta de arena rugía con la furia de los vientos de las profundidades del desierto, que podían arrancar la carne de los huesos de toda una bandada de Eka'Sul en cosa de minutos. La armadura no los protegía: la arena penetraba en cada ranura y grieta para llegar a la piel y arrasar con ella. El disco del sol se balanceaba de un lado al otro en los vientos conjurados por Nasus, y sus cuerdas de soporte tensaban los anillos de hierro encajados en las piedras.

Nasus dejó que la furia de las arenas lo llenara. Sus extremidades refulgían con poder y su cuerpo se hinchaba mientras la ira del desierto se manifestaba dentro de su oscura piel. Su forma se erguía y crecía, enorme y monstruosa, tal como se decía del primer Ascendido.

Atacó sin advertencia, golpeando con fuerza a los guardias y lanzándolos a los lados con el mango de su hacha o la parte plana de su hoja. No tenía intención de matar a esos hombres. Eran hijos de Shurima, después de todo, pero se interponían en su camino.

Mientras se retorcían y gemían de dolor, Nasus caminó sobre ellos hacia el hierofante. El hombre estaba en el suelo, enroscado. Sus manos ensangrentadas protegían su rostro. Nasus lo tomó y lo levantó por el pescuezo con tanta facilidad como un sabueso levantando a un cachorro. Los pies del hierofante colgaban lejos del suelo a medida que Nasus lo levantaba hasta la altura de su rostro.

La piel del hierofante estaba roja y en carne viva donde la arena había arrasado, y por sus mejillas caían lágrimas de sangre. Nasus se acercó al disco solar. No era el disco genuino, ni siquiera era de oro, pero reflejaba la luz del sol, y con eso debía bastar.

—¿Dices ser del linaje de Azir? —le preguntó sin esperar respuesta—. Veamos si es verdad.

Presionó el rostro del hierofante contra el disco solar. El metal abrasador quemó su piel expuesta, y el hombre gritó. Cayó, sollozando, y Nasus observó la sangre, que siseaba mientras caía por el disco en riachuelos rojos. La sangre ya se estaba secando en una costra café, y su olor llenaba sus fosas nasales.

—Tu sangre no es de Linaje Ascendido —dijo Nasus, con tristeza—. No eres el que busco.

Entrecerró sus ojos y vio un brillo azul radiante que se reflejaba en la superficie del disco. Su fuente se encontraba a la distancia.

Nasus se volteó y posó su mirada allí. Una nube se reunía a la distancia, compuesta de polvo levantado por los pies de hombres marchando. Nasus vio el reflejo del sol en las puntas de lanzas y armaduras a través del polvo. Escuchó el batir de tambores de guerra y el sonido de los cuernos de batalla. Bestias enormes emergieron de las nubes de polvo, criaturas de guerra rebuznando, amarradas con cuerdas anudadas y dirigidas por grupos de hombres armados de picas con púas. Las bestias, protegidas por placas de piel calcificada y armadas con cuernos curvos, eran arietes vivientes, capaces de derribar con facilidad los deteriorados muros de Vekaura.

Detrás de las bestias de guerra avanzaba un ejército de bandas de guerra tribales hacia la ciudad bajo una gran variedad de tótems tallados. Al menos quinientos guerreros. Hostigadores ligeros, arqueros a caballo e infantería armada con escudos de escamas y hachas pesadas. Nasus sintió el toque de una voluntad dominante sobre ellos. Sabía que muchas de esas tribus normalmente se harían pedazos entre sí apenas se vieran.

Nasus sintió la presencia de una magia antigua y un sabor metálico llenó su boca. Todos sus sentidos se agudizaron. Escuchó el murmullo de cientos de voces más abajo, vio todas las imperfecciones del disco de bronce y sintió cada grano de arena bajo sus pies. Sintió el agudo olor a sangre recién estancada, con un leve dejo a los días del ayer y ecos distantes de una era que se creía perdida para siempre. El olor lo convocaba desde un algún lugar en el este de la ciudad, en el mismísimo borde en el que las ruinas se mezclaban con los cerros.

El portador de aquella magia renacida flotaba sobre el ejército: un ser compuesto de energía chisporroteante y un poder oscuro, atado por cadenas de hierro frío y los trozos de un antiguo sarcófago. Un traidor a Shurima y el arquitecto de la perdición del antiguo imperio.

—Xerath —dijo Nasus.

La casa en ruinas en el borde oriental de Vekaura estaba derrumbándose. No le quedaba mucho techo y la arena llegaba hasta la altura de los tobillos, pero tenía cuatro muros y los árboles que la cubrían ofrecían sombra durante las horas más cálidas del día. La mochila de Taliyah estaba apoyada en una esquina, lista para partir, como siempre. De su lado colgaban cantimploras llenas de agua y leche de cabra, y en su interior había suficiente carne deshidratada para varias semanas, junto con sus ropas y bolsas de rocas y piedrecillas que había recolectado a lo largo de todo Valoran.

Taliyah se encontraba arrodillada junto a la mujer herida, que yacía acostada en la sombra. Levantó el vendaje de su costado. Hizo una mueca al ver la costra de sangre alrededor de los puntos que usó para sellar la profunda herida. Parecía un corte de espada, pero no lo sabía con seguridad. Taliyah le había sacado la armadura a la mujer y la había limpiado tan bien como pudo. Aparte de la herida casi letal en su costado, el cuerpo de la mujer era un mapa de pálidas cicatrices. Todas eran recuerdos de una vida de batallas, y todas a excepción de una estaban repartidas el lado frontal de su cuerpo. Quien quiera que fuera esta mujer, solo uno de sus enemigos no la había enfrentado cara a cara. Taliyah reemplazó el vendaje y su paciente gruñó de dolor. Dormía mientras su cuerpo trataba de sanar, y solo la Gran Tejedora sabía cuánto tiempo había sufrido en el desierto.

—Eres alguien que lucha —dijo Taliyah—. Si hay algo que sé de ti, es que luchas por sobrevivir.

Taliyah no sabía si la mujer podía oír sus palabras, pero quizás podían ayudar a su espíritu a encontrar el camino de vuelta a su cuerpo. No importaba, se sentía bien hablar con alguien, incluso si no respondía. A menos que los murmullos febriles sobre emperadores y de estar muerto valieran como respuesta.

Taliyah había tratado de estar sola desde que dejó a Yasuo en Jonia, moviéndose constantemente y quedándose en cada lugar solo lo absolutamente necesario. Ya llevaba en Vekaura más tiempo de lo que había planeado. Se suponía que iba a ser una parada rápida para comprar suministros frescos, pero no podía irse mientras la mujer siguiera inconsciente. Su deseo de encontrar a su familia era abrumador, pero la Gran Tejedora siempre decía que todos estaban unidos por el hilo de la vida. Dejar que una hebra se deshilachara tarde o temprano afectaría a todas las demás. Así que Taliyah se había quedado para honrar su promesa a la mujer herida, aunque cada momento que no pasaba tratando de encontrar a su familia le dolía en el alma.

Taliyah apartó el oscuro cabello del rostro afiebrado de la mujer para estudiar su semblante, tratando de imaginar cómo había terminado herida y con la mitad de su humanidad hundida en las dunas exteriores del Sai. Era bonita, pero tenía un aspecto duro que no se suavizaba ni siquiera al estar inconsciente. Su piel tenía la textura bronceada y curtida por el sol de un nativo de Shurima, y cuando sus ojos ocasionalmente se abrían por un momento, Taliyah veía que eran de un azul penetrante.

Suspiró profundamente, diciendo: —Bueno, creo que no hay mucho que pueda hacer hasta que despiertes.

Taliyah escuchó un fuerte estallido al oeste. Se acercó a la ventana al escuchar el inconfundible sonido de rocas arrastrándose sobre otras rocas. Al principio pensó que era un terremoto, pero se parecía más a una avalancha, y había visto bastante de ellas durante su vida. Considerando el estado de los edificios en Vekaura, no le sorprendería si esto fuera el sonido de uno derrumbándose. Solo esperaba que nadie hubiera salido herido.

—¿Qué está pasando..? ¿Dónde estoy?

Taliyah se volteó al escuchar la voz de la mujer. Estaba sentada, mirando a su alrededor y tratando de alcanzar algo.

—Estás en Vekaura —dijo Taliyah—. Te encontré afuera, sangrando y moribunda.

—¿Dónde está mi arma? —preguntó la mujer.

Taliyah apuntó al muro detrás de ella, donde la extraña navaja de la mujer se encontraba envuelta en su correa de cuero hervido, y oculta bajo una manta tejida con diseños intercalados de aves.

—Ahí —dijo Taliyah—. Sus hojas son muy filosas, y no quería dejarla en algún lugar donde pudiera tropezarme con ella y rebanarme un pie.

—¿Quién eres? —dijo la mujer. Su voz exudaba desconfianza.

—Soy Taliyah.

—¿Te conozco? ¿Tu tribu quiere matarme?

Taliyah frunció su rostro y dijo: —No. No lo creo. Somos pastores. Tejedores y viajeros. En realidad, no queremos matar a nadie.

—Pues eres de las pocas personas que no —dijo la mujer. Espiró lentamente, y Taliyah solo pudo imaginarse el dolor que sentía en su costado. Se sentó e hizo una mueca cuando sus puntos se tensaron.

—¿Por qué alguien querría matarte? —preguntó Taliyah.

—Porque he matado a mucha gente —respondió Sivir, tratando de sentarse. —A veces porque me pagaban por hacerlo. Otras veces porque estaban en mi camino. Pero estos días, porque se enojan mucho cuando les digo que no voy a volver.

—¿Volver a dónde?

La mujer miró a Taliyah con sus penetrantes ojos azules, y esta vio un profundo pozo de dolor y sufrimiento en su interior.

—A la ciudad —dijo—. La que se levantó de las arenas.

—¿Entonces es verdad? —preguntó Taliyah—. ¿La antigua Shurima realmente renació? ¿La has visto?

—Con mis propios ojos —dijo la mujer—. Mucha gente se dirige hacia ahí ahora mismo. Vi principalmente a tribus del este y el sur, pero pronto vendrán otros.

—¿La gente va hacía ahí?

—Cada día más.

—¿Entonces por qué no quieres volver?

—Me cansas con todas tus preguntas.

Taliyah se encogió de hombros y refunfuñó: —Hacer preguntas es el primer paso en el viaje hacia el entendimiento.

La mujer sonrió y asintió con la cabeza, y respondió: —Buen punto, pero ten cuidado con a quién le preguntas. Hay quienes responden las preguntas con sus espadas.

—¿Como tú?

—A veces, pero ya que me salvaste la vida, no lo haré esta vez.

—Entonces dime una última cosa.

—¿Qué?

—Tu nombre.

—Sivir —dijo la mujer, a pesar del dolor.

Taliyah conocía el nombre. Había pocos en Shurima que no lo conocían, y ya tenía una buena idea de quién era esta mujer, por el estilo de su arma con cuchillas en cruz. Antes de que pudiera responder, un nuevo sonido enmudeció el ruido de las piedras cayendo. Pocas veces había escuchado algo así en su tierra natal, pero sí muchas veces en las costas de Jonia, en los laberintos de Noxus y en los páramos helados del Fréljord.

Taliyah miró su mochila, pensando en lo que le tomaría escapar de Vekaura. Sivir también escuchó el sonido, y extendió sus piernas al tratar de ponerse de pie. El esfuerzo casi fue demasiado para ella, y gruñó. Cayeron gotas de sudor por su frente por el esfuerzo.

—No estás en condiciones de ir a ningún lugar —dijo Taliyah.

—¿Escuchas eso? —dijo Sivir.

—Por supuesto —dijo Taliyah—. Suena como mucha gente gritando.

Sivir asintió. —De eso se trata precisamente.

Caía fuego del cielo.

Los brazos extendidos de Xerath emitían cometas de llamas blancas y azules, que viajaban en un arco, como los proyectiles de una máquina de guerra. El primero cayó en el mercado y explotó como una estrella fugaz. Un fuego abrasador detonó desde el impacto. Los cuerpos ardiendo volaban por el aire como leña ennegrecida. Los vientos llameantes transportaban la malévola risa de Xerath, una demencia inmemorial que disfrutaba del dolor de los demás.

¿Cómo no pude ver antes la maldad en su interior?

Nasus escuchó los gritos que provenían de la ciudad, y toda la ira que sintió anteriormente hacia la gente desapareció como la niebla sobre un oasis. Bestias de guerra enloquecidas por el dolor aplastaron los muros de la ciudad, golpeando y pisoteando el suelo con una fuerza que remecía el suelo. Guerreros con armaduras ligeras entraron en la ciudad sobre los escombros. Gritaban una variedad de alaridos de guerra diferentes, ansiosos de comenzar la matanza.

Nasus hizo girar su hacha y bajó las escalinatas del templo, avanzando cuatro peldaños a la vez hasta que llegó al suelo. Cientos de personas entraron en la plaza principal desde el extremo oeste de la ciudad, con miedo fluyendo por sus venas. Los gritos sedientos de sangre y el sonido del choque de armas los siguieron. Los ciudadanos aterrorizados buscaban refugiarse en los edificios alrededor de los bordes de la plaza, cerrando puertas y ventanas con la esperanza de que estas los mantuvieran a salvo. Nasus ya había caminado por las calles ensangrentadas de ciudades capturadas antes, y sabía lo brutales que podían ser los guerreros después de las batallas. Xerath haría matar a cada hombre, mujer y niño en Vekaura.

Más bolas de fuego cayeron como relámpagos, y el aire se llenó de gritos y el olor de la carne quemada. Las piedras se partían y rodaban en cascadas de roca derretida desde los impactos del ataque mágico. El mercado ardía, y pilares de humo negro oscurecían el cielo.

Nasus atravesó las multitudes horrorizadas moviéndose hacia el este, tras el potente hedor a sangre que ahora sentía. El hierofante era un fraude: su sangre era débil y se había diluido después de miles de años, pero... ¿que sentía ahora entonces? Era fuerte. Podía oír el trueno de un corazón latiendo dentro de un pecho mortal. Esta persona provenía de una línea de emperadores y reinas guerreras, hombres y mujeres de enorme ambición y fuerza. Era la sangre de un héroe.

La gente gritaba su nombre, rogando por su ayuda. Los ignoró. Sabía que servía un bien mayor. El sol había renovado su propósito de servir a Shurima más allá de la muerte, de luchar por su gente y defenderlos de sus enemigos. Estaba cumpliendo su propósito, pero dejar a los habitantes de Vekaura a su suerte le causaba un dolor conocido en su alma.

¿A cuántos más dejarás morir?

Ignoró este pensamiento, trazando un camino entre las calles destrozadas cubiertas de montones de arena. La mayoría de los edificios habían sido reclamados por el desierto. Todo lo que quedaba de ellas era un poco más que sus cimientos rotos y los restos de antiguas columnas cuadradas. Los carroñeros del desierto huían al verlo, mientras se acercaba al estruendoso corazón. Las ruinas de la ciudad se volvían más esporádicas, cada vez más enterradas en la arena.

Eventualmente llegó a una estructura derrumbada que una vez pudo haber sido un baño público. Sus muros eran más gruesos y resistentes que los demás. Se agachó para entrar, y sintió el olor del sudor y la sangre de las dos almas en su interior. Una era joven; la otra, tan antigua que Nasus sintió como si estuviera frente a frente con un amigo que había caminado bajo el mismo sol que él.

Una muchacha joven apareció en la puerta, vestida con un abrigo suelto proveniente de una tierra del otro lado del océano del este. Era la misma niña con la que había hablado en el zoco. Sintió su miedo, pero también su determinación. Mientras, ella movía sus manos en patrones curvos y giratorios como si tejiera algún tipo de magia naturalista. El suelo tembló, y las piedras bailaron a sus pies y la arena que las cubría cayó de su superficie. Detrás de ella, Nasus vio a una mujer intentando ponerse de pie, usando los muros para apoyarse. Su túnica estaba manchada de rojo. Una herida terrible, pero no mortal.

—Soy Nasus, Curador de las Arenas —dijo, pero a juzgar por su mirada, ella no desconocía su identidad. Su boca se abrió, impresionada, pero no se movió.

—Niña, hazte a un lado —dijo Nasus.

—No, no dejaré que le hagas daño. Le hice una promesa.

Nasus giró su hacha y la colgó en su espalda, mientras daba un paso adelante. La niña retrocedió hacia las ruinas. El suelo hacía patrones en ola a sus pies. Las piedras se levantaban del suelo y trozos de yeso se soltaban de los muros. La mampostería se trizaba y se abría, alzándose hasta lo que quedaba del techo. La última vez que se enfrentó con alguien con habilidades similares, aún era mortal y casi murió en el proceso. La mujer herida miró a la chica, asombrada. Era evidente que ignoraba completamente las habilidades de su compañera.

—Tienes el poder de romper la roca de Shurima —dijo Nasus.

Ella levantó una ceja y advirtió: —Sí, así que será mejor que te alejes antes de que te rompa a ti.

La valentía de la joven hizo sonreír a Nasus, quien contestó: —Tienes el corazón de una heroína, muchacha, pero no eres mi objetivo. Tu magia es poderosa. Si yo fuera tú, dejaría esta ciudad antes de que Xerath te la arranque.

Su piel palideció y le dijo: —No voy a ninguna parte. Prometí que protegería a Sivir, y la Gran Tejedora detesta las promesas rotas.

—Si eres su protectora, entonces debes saber que no tengo intención de hacerle daño.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

—Vine a salvarla.

La mujer herida caminó cojeando hasta el lado de la muchacha. Aunque era obvio que sentía mucho dolor, a Nasus le impresionó su determinación. Pero no se podía esperar menos de una descendiente directa de la antigua Shurima.

—¿Quién es Xerath? —preguntó.

—Un mago oscuro que ya sabe demasiado de tu existencia.

La mujer asintió y se volteó hacia Taliyah, colocando su endurecida mano en el hombro de la muchacha.

—Te debo la vida, pero no me gusta deberle nada a nadie — le dijo—. Así que considera tu promesa cumplida. Puedo seguir sola desde aquí.

El alivio en el rostro de la chica era evidente, pero aun así dudó.

—Te lo agradezco, pero apenas puedes caminar —dijo Taliyah—. Al menos déjame ayudarte a salir de la ciudad.

—Trato hecho —dijo Sivir agradecida, antes de voltear de nuevo hacia Nasus. Movió su mano desde su espalda para revelar una espada en cruz dorada y con una gema esmeralda en el centro. La mujer la sostuvo en posición; era un arma que ningún mortal común podría blandir con tanta facilidad.

—Últimamente, son muchos los que me han salvado —dijo—. Pero siempre quieren algo a cambio. Así que dime, grandulón, ¿qué es lo que tú realmente quieres?

—Mantenerte viva —dijo Nasus.

—Puedo hacer eso sin tu ayuda.

—La herida en tu costado me indica lo contrario. Estás...

—¿Esto? —lo interrumpió Sivir—. Solo fue un malentendido con unos ilusos que no aceptaron un no como respuesta. Confía en mí, he tenido heridas mucho peores y viví para contarlo. No necesito protección. Estos días, el destino parece cuidarme mejor que nadie, sin importar lo que haga.

Nasus sacudió la cabeza. Qué poco saben los mortales del destino.

—El futuro no está escrito en piedra —dijo—. Es un río que se divide, cuyo curso puede cambiar en cualquier momento. Incluso aquellos cuyo destino está escrito en las estrellas pueden descubrir que el agua de sus vidas fluye hacia tierras áridas si no tienen cuidado.

Apuntó al arma de Sivir y dijo: —¿Sabes a quién solía pertenecer esa navaja?

—¿Qué importancia tiene? —dijo Sivir—. Ahora es mía.

—Es Chalicar, la espada que una vez empuñó Setaka, la mayor Reina Guerrera del Ejército Ascendido, en la época en la que habíamos suficientes para que ese nombre significara algo. Fue un honor luchar junto a Setaka por tres siglos. Sus hazañas son legendarias, aunque veo que tú ni siquiera conoces su nombre.

—Los caídos son olvidados —dijo Sivir, encogiéndose de hombros.

Nasus ignoró la fría reacción de Sivir de su antigua hermana de guerra perdida, y contó esto: —Un estilita del desierto una vez le dijo que vería salir el sol el día en que un emperador shurimano gobernara todo el mundo. Le hizo pensar que era invencible, porque aún no conquistábamos el mundo, pero cayó a manos de los monstruos en la víspera de la perdición de Icathia. La sostuve en mis brazos mientras su luz se apagaba, y la envié a su sueño eterno en las profundidades de las arenas, con su arma sobre su pecho.

—Si viniste a recuperarla, tendremos un problema.

Nasus se arrodilló y cruzó sus manos sobre su pecho.

—Eres del linaje ascendido. Es tu derecho portar el arma, ya que por tus venas corre la sangre de emperadores. Trajo de vuelta a Azir y a Shurima, y eso debe significar algo.

—No, no significa nada —respondió Sivir, agresivamente—. Nunca le pedí a Azir que me trajera de vuelta. No le debo nada. No quiero tener nada que ver contigo o con este tal Xerath.

—Tus deseos son irrelevantes —dijo Nasus—. Xerath te matará sin importar si aceptas tu destino o no. Vino a acabar con el linaje de Azir de una vez por todas.

—¿Qué es lo quiere Azir de ella? —preguntó Taliyah—. ¿Y qué hará ahora que está de regreso? ¿Quiere que seamos sus esclavos?

—Hace demasiadas preguntas —dijo Sivir.

Nasus dudó antes de contestar.

—A decir verdad, ignoro cuáles sean los planes de Azir. Sé que se enfrentará a Xerath, lo cual para mí es suficiente. Pueden presentarle su cuello al traidor dócilmente, o pueden vivir para luchar en otra guerra.

Sivir levantó su túnica para mostrar sus vendas ensangrentadas e hizo una mueca mordaz antes de decir: —Nunca en mi vida he sido dócil, pero por ahora no estoy en condiciones de luchar con nada más amenazante que el sueño.

—Debes vivir —dijo Nasus, irguiéndose a toda su altura—. Y debes estar lista.

—¿Lista para qué? —preguntó Sivir, mientras ella y Taliyah comenzaban a recoger sus pocas pertenencias.

—Se acerca la batalla por Shurima —respondió Nasus—. Por ahora debemos huir. Los guerreros de Xerath están matando a todos en Vekaura.

—¿Qué tiene de especial este lugar? —preguntó Taliyah, acomodándose la mochila.

—La están buscando a ella —dijo Nasus.

El rostro de Sivir se endureció, dejó escapar un largo suspiro y dijo: —¿Así que eres Nasus? He oído historias acerca de ti desde que era una niña. Historias de guerra y batallas heroicas. Todas las leyendas cuentan que tú y tu hermano eran los protectores de Shurima, ¿no es así?

—Es verdad —dijo Nasus—. Renekton y yo luchamos por Shurima por muchos siglos.

Sivir se acercó vacilante a él. Su rostro estaba tan lleno de imperiosa determinación como el de Azir el día en que ordenó a los sacerdotes preparar el disco solar para su Ascensión, desafiando siglos de tradición.

—Entonces lucha por Shurima hoy —dijo Sivir, con tanta autoridad como un emperador—. Los hijos y las hijas del desierto mueren ahí fuera mientras hablamos. Si eres el héroe del que he oído toda mi vida, es tu deber salir y salvar a tanta gente como sea posible.

Nasus no había imaginado que la reunión resultara así, pero las palabras de Sivir acerca del deber avivaron un ascua que llevaba demasiado tiempo dormida en su pecho. Sintió su llama extenderse a través de su ser. Solo ahora comprendía lo perdido que había estado todos estos largos y solitarios años desde la caída y el posterior renacer de Shurima.

—Tienes mi palabra de que así lo haré —dijo Nasus, desatando un pendiente que colgaba de una tira de cuero alrededor de su cuello—. Si se alejan de aquí, haré todo lo posible por proteger a la gente de Vekaura.

La piedra de su pendiente era de jade, de un verde océano con venas de oro pálido que recorrían su superficie. Una suave luz emanaba de su interior, pulsando como un corazón que latía lentamente.

Se la ofreció a Sivir y le dijo: —Usa esto y te ocultará de los ojos de Xerath. No durará para siempre, pero quizá sea suficiente.

—¿Suficiente para qué? —preguntó Sivir.

—Para que yo vuelva a encontrarte —dijo Nasus, mientras se volteaba.

Dejó a Sivir y Taliyah antes de poder cambiar de opinión, ya que sabía que la mejor oportunidad que ellas tenían de sobrevivir era atraer a los guerreros de Xerath hacia él. Lo vieron partir y él nunca volteó hacia atrás. El fuego ardía al centro de la ciudad, y Nasus siguió los gritos de los habitantes de Vekaura.

Su ira aumentaba al pasar junto a los cuerpos de los hombres y mujeres asesinados por los devastadores guerreros. Más muertes que agregar a la deuda que saldar con Xerath. Nasus movió sus hombros para soltar sus músculos. La última vez que se enfrentó al mago, su hermano estaba a su lado, y una ola de miedo alcanzó a tocar a Nasus.

No pudimos derrotarlo juntos. ¿Cómo podré derrotarlo solo?

Nasus vio a un grupo de cinco guerreros bloqueando la salida de la plaza. Le daban las espaldas, pero se voltearon al oírlo desenfundar su hacha. Debía poder sentir su miedo ante la idea de luchar contra un guerrero Ascendido, pero el fuego azul de la voluntad de Xerath ardía en sus ojos, y no temían nada.

Corrieron a atacarlo con espadas y lanzas ensangrentadas. Nasus respondió de frente con un ataque bajo que partió a tres de ellos por la mitad de un solo golpe. Atravesó el pecho de otro con su puño y dejó caer todo el peso de su quijada en la cabeza del último. Nasus la mordió y la calavera del guerrero estalló.

Entró en la plaza y vio a los habitantes de la ciudad que aún quedaban, amenazados por espadas para que se arrodillaran frente al templo del sol, con sus cabezas gachas como dóciles adoradores. Grupos de guerreros ensangrentados alzaban sus lanzas hacia el luminoso y terrible dios que ardía en su cima.

El cuerpo ardiente del mago traidor flotaba suspendido en aire, y los bordes del disco solar se derretían bajo el inmenso calor de su cuerpo Ascendido. Flotando frente a él, el hierofante se retorcía entre gritos.

—Mortales, siempre han sido unos ilusos —dijo Xerath, mientras destrozaba la carne y los huesos del cuerpo del hierofante—. ¿Por qué alguien afirmaría ser del linaje de un emperador tan inútil como Azir?

—¡Xerath! —gritó Nasus. Su voz hizo eco en toda la plaza.

Los guerreros mortales se voltearon, pero no se movieron para atacar. Se produjo un silencio y Nasus sintió el odio que fluía de Xerath chocar contra él como una ola rompiente. Lo que quedaba del cuerpo del hierofante ardió hasta convertirse en cenizas en un instante, las que volaron por los vientos cálidos que rodeaban al mago. Nasus marchó a la plaza sosteniendo su hacha firmemente a su lado mientras todos los ojos se fijaban en él.

—Por supuesto que eres tú —dijo Xerath, con una voz igual de halagadora que la de su época como mortal—. ¿Quién más podría ser que el cobarde que me selló fuera del mundo por milenios?

—Te devolveré ahí —prometió Nasus. La forma de Xerath ardió con más fuerza.

—Tenías a tu hermano a tu lado para ayudarte, en ese entonces. Dime, ¿has visto a Renekton desde que abrieron la prisión que compartimos?

—No menciones su nombre —amenazó Nasus.

—¿Has visto en lo que se ha convertido?

Nasus no dijo nada; Xerath soltó una risa, un sonido similar a una lucha entre espíritus de fuego.

—Por supuesto que no —continuó Xerath. La llama atrapada en su ser crepitaba en un oscuro regocijo. —Te hubiera matado de tan solo verte.

Xerath bajó a lo largo de los arruinados muros del templo mientras las llamas recorrían sus extremidades y volaban como luciérnagas. Los soldados dominados seguían tan inmóviles como estatuas. Esta batalla no era para mortales.

—El poder en tu interior le correspondía a Azir —dijo Nasus, acercándose lentamente a Xerath—. No fuiste elegido por el sol.

—Tampoco lo fue Renekton, pero él ascendió.

—No digas su nombre —dijo Nasus, con dientes apretados.

—Tu hermano era débil, pero tú ya lo sabías, ¿no es así? —dijo Xerath, dando un paso adelante—. Quebrantarlo fue más sencillo de lo que imaginaba. Solo tuve que decirle que lo habías abandonado a la oscuridad. Que lo dejaste atrapado con su enemigo para que muriera.

Nasus sabía que el mago lo estaba provocando, pero su odio no le permitía pensar en otra cosa además de cortar las cadenas que mantenían contenido el inimaginable poder del cuerpo de Xerath. Dos seres Ascendidos de otra época se enfrentarían en el centro de la ciudad: un rey guerrero y un mago hecho de magia viviente.

Nasus atacó primero y, en menos tiempo que un latido del corazón, su cuerpo pasó de estar inmóvil a moverse a una velocidad cegadora. Sus piernas lo lanzaron por el aire mientras blandía su hacha en un arco descendiente. La hoja golpeó a Xerath en el pecho. Los eslabones de la cadena explotaron con el impacto.

El golpe lanzó a Xerath hacia atrás, a los muros del templo. La mampostería se partió en dos y por las grietas zigzagueantes se elevó polvo, proveniente de la tumba de mucho más abajo. Grandes paneles de piedra cayeron del edificio. El mago se abalanzó hacia adelante, y descargas de energía fulguraban de sus crepitantes extremidades. Nasus aulló al sentir el poder de Xerath quemándolo, y ambos chocaron con un poder feroz.

Una oleada de energía mágica explotó hacia afuera, lanzando a la gente en una espiral como hojas en un huracán. Los edificios más cercanos colapsaron por el impacto de la fuerza sísmica, que destruyó sus muros. La gente de Vekaura huyó, tratando de encontrar un lugar seguro para ocultarse de esta batalla de dioses ancestrales. Ahora que el control de Xerath sobre ellos estaba roto, los guerreros se dispersaron y corrieron hacia los límites de la ciudad. Xerath invocó el fuego arcano del centro de su ser y lo desató indiscriminadamente.

Nasus rodó para esquivar una serie de brillantes cometas que cayeron con fuerza. Su fuego era frío, pero ardía igualmente. Se puso de pie a tiempo para hacer girar su hacha y desviar una serie de orbes de luz blanca. Xerath flotaba en el aire sobre él, riéndose mientras los relámpagos lo rodeaban. Nasus atacó al mago con su arma para liberar una descarga de poder fulminante. Xerath rugió de dolor e ira, pero aunque el fuego de su corazón parpadeó, no disminuyó.

Nasus saltó hacia Xerath. Lucharon en el aire y cayeron en el templo del sol una vez más. El impacto destruyó el muro exterior, y enormes bloques de piedra se derrumbaron desde la cima. Cayeron como los puños de los antiguos guardianes de las tumbas, agrietando la tierra y exponiendo las criptas ensombrecidas del templo. Los restos del disco solar cayeron del techo, precipitándose al suelo como una moneda lanzada por un gigante. Se hizo pedazos cuando golpeó el suelo, y lanzó trozos de metal destellante en todas las direcciones. Un fragmento se enterró en la carne del muslo de Nasus. Cuando lo retiró, la sangre brotó resplandeciente por su pierna.

Xerath surgió de entre los restos de piedras destrozadas, y un relámpago abrasador de fuego pálido golpeó a Nasus en el pecho. Gruñó y se tambaleó hacia atrás. Xerath desató otro torrente de energía mágica, que esta vez dio en el corazón de Nasus. El dolor era insoportable. Nasus cayó de rodillas, con la piel chamuscada y la carne viva. Nasus era capaz de luchar sin ayuda contra un ejército de mortales, pero Xerath no era un enemigo común y corriente. Era un ser Ascendido que blandía la fuerza robada del sol y el poder de la magia oscura.

Levantó su cabeza, mientras la ciudad ardía a su alrededor, y dijo: —Tu objetivo no está aquí, y ahora se encuentra oculto, lejos de tu mirada.

—Lo último que queda del linaje de Azir no podrá ocultarse de mí por siempre —dijo Xerath—. Lo encontraré y acabaré con esa sangre despreciable.

Nasus extendió su hacha, y la gema en su hoja emitió destellos chisporroteantes de fuerza.

—Moriré antes de permitírtelo.

—Como desees —dijo Xerath, lanzando ataques de luz una y otra vez desde sus brazos. Nasus hizo lo que pudo, pero no pudo detenerlos todos.

Xerath flotó hacia él, y dijo: —Le advertí a tu hermano una y otra vez de tu traición y de la envidia que ocultabas de él. Maldijo tu nombre y lloró mientras me contaba cómo iba a arrancarte una extremidad tras otra.

Nasus rugió y se puso de pie. Un pilar de fuego volcánico hizo erupción bajo Xerath, y el mago gritó al sentir como el refulgente fuego de los Muchos Soles lo envolvía.

Pero no fue suficiente. Nunca sería suficiente. La última vez que lucharon, Nasus y Renekton estaban en el cenit de sus poderes. Ahora, el poder de Nasus solo era la sombra de lo que alguna vez fue, mientras que el de Xerath llevaba siglos creciendo.

El mago se sobrepuso a este último y desesperado ataque, y a Nasus no le quedaba nada más que dar. La magia de Xerath lo levantó y lo sacudió en el aire, lanzándolo a las ruinas desmoronadas del templo. Las piedras se rompieron a su alrededor, y sintió sus huesos curtidos por el sol partirse como yesca.

Nasus se detuvo en el medio de los escombros. Sus piernas estaban rotas y retorcidas bajo su cuerpo. Su brazo izquierdo colgaba a su lado, inutilizado y roto desde el hombro a la muñeca. Trató de enderezarse con su otro brazo, pero un fuerte dolor surgió de su columna. Su espalda estaba rota. Con el tiempo, su cuerpo podría sanar estas heridas, pero ya no le quedaba tiempo.

—Has caído muy bajo, Nasus —dijo Xerath, flotando hacia él. Sus dedos en ascuas derramaban gotas de fuego líquido, como si fueran brasas. —Sentiría lástima por ti, si no te odiara por lo que me hiciste. Los largos años que pasaste vagando solo y abrumado quebrantaron tu espíritu.

—Prefiero eso a ser un rompejuramentos —dijo Nasus, mientras tosía sangre—. Incluso con todo el nuevo poder que has conseguido, sigues siendo un traidor y un esclavo.

Sintió la furia de Xerath y se regocijó en ella. Era todo lo que le quedaba.

—No soy esclavo de nadie —dijo Xerath—. El último acto de Azir fue liberarme.

Nasus estaba atónito. ¿Xerath era un hombre libre? No tenía sentido...

—Entonces, ¿por qué haces todo esto? ¿Por qué traicionar a Azir?

—Azir era un tonto, que ofreció su óbolo demasiado tarde —dijo Xerath.

Nasus gruñó de dolor. Los huesos astillados de su hombro hicieron fricción al comenzar a reconstituirse. Sintió la fuerza volver a su brazo, pero lo mantuvo inerte y con su apariencia inútil.

—¿Qué harás cuando muera? —dijo Nasus, recordando lo mucho que Xerath adoraba escuchar su propia voz—. ¿Qué le pasará a Shurima contigo como emperador?

Trató de impedir que su rostro reflejara su dolor, mientras su carne transformada hacía maravillas dentro de su cuerpo para reparar el daño que Xerath había causado.

El mago sacudió su cabeza y ascendió fuera de su alcance.

—¿Crees que no puedo ver cómo tu cuerpo se renueva? —dijo.

—¡Entonces baja y lucha conmigo! —gritó Nasus.

—Me he imaginado tu muerte mil veces —dijo Xerath, alzándose sobre el templo vacío—. Pero nunca por mis propias manos.

Nasus vio al mago elevarse mientras los muros endebles del templo crujían y se agrietaban inclinándose, como para caer en cualquier instante.

—El Carnicero de las Arenas recibirá su tributo —dijo Xerath. Su forma brillaba con una fuerza mayor a la que jamás tuvo el disco solar. Desde las alturas caían rocas y polvo—. Y estaré ahí para ver cómo arranca la carne de tus huesos.

El mago lanzó sus cadenas de fuego blanco a los muros devastados y agregó: —Mientras llega ese momento, te sepultaré debajo de las arenas como tú lo hiciste conmigo.

Xerath ardía con el fuego y la luz de una estrella recién nacida, y arrojó sus cadenas ígneas hacia adelante. Una ensordecedora tormenta de piedras rotas cayó en avalancha sobre la totalidad de Vekaura, liberando un fuego asesino y devastador.

La tierra comenzó a resquebrajarse bajo los pies de Nasus, con rocas aglomerándose en cascada, unas sobre otras, como si fueran un tsunami de piedra líquida. Los muros del templo se derrumbaron, enterrando a Nasus bajo cientos de toneladas de escombros.

Después de la oscuridad, luz.

Un hilo de cálida luminosidad. ¿La luz del sol?

Al principio, no estaba seguro de si todo era real. Tal vez la mente tenía algún truco a la mano para ayudar al cuerpo con su transición a la muerte.

¿Era así como moría un ser Ascendido?

No. Esa no era la muerte. La luz del sol se movió por su campo visual y sintió cómo calentaba su piel. Redistribuyó su peso, extendiendo sus piernas y girando sus hombros. Sus extremidades estaban renovadas, señal de que debía haber pasado bastante tiempo en la oscuridad. Su cuerpo sanaba rápido, pero no tenía idea de cuánto tiempo había pasado inconsciente.

No importaba cuánto, había sido demasiado.

Xerath estaba libre y era más fuerte que nunca.

Nasus volteó hacia arriba. Vio cómo la roca había formado un domo perfecto, cuyo cielo vidrioso era suave y cálido al tacto. A pesar de la escasa luz, pudo apreciar la superficie estampada por remolinos vitrificados como pintura entremezclada en la paleta de un artista. Atravesó con su puño el cielo raso, una y otra vez hasta que la roca se rompió dejando los pedazos de un vidrio que había sido ablandado por un fuego intenso. La luz entró y pudo ver que todo lo que quedaba del templo era un cúmulo de piedras aplastadas. Nasus recogió del suelo un fragmento del domo destrozado, su protector. Lo observó en sus manos y descubrió sus varios materiales mezclados, que nada tenían que hacer juntos formando aquel pedazo de roca.

Guardó en su túnica el guijarro afilado y se alejó del devastado templo del sol. Examinó las ruinas mientras un lúgubre viento las recorría, acarreando los murmullos de los muertos.

La ciudad había desaparecido, o al menos lo que sus habitantes habían construido sobre sus vestigios. Nasus observó cómo la mayor parte del suelo de piedra presentaba los mismos patrones de textura arremolinada que el domo que le había salvado la vida. El borde de cada saliente tenía una superficie ondulada, como una marea de vidrio que formaba una ola congelada a medio surgir.

Y debajo de esa ola, protegidos del fuego asesino de Xerath, emergían puñados de habitantes de Vekaura. Salían de uno en uno y en pares al principio, y después en pequeños grupos, parpadeando ante la luz del sol y sorprendidos por la forma milagrosa en que habían sobrevivido.

Nasus asintió ligeramente con la cabeza y dijo: —Shurima te lo agradece, Taliyah —y volteó hacia la ciudad para encaminarse hacia ella.

El resto de Vekaura era una vez más la sombra desolada que había sido cuando Nasus la visitó por última vez. Muros rotos, cimientos quebrados y trozos de columnas que se erguían como árboles muertos en un bosque petrificado. Había visto ruinas como estas antes, después de la primera batalla con Xerath, cuando cayó Shurima. En ese entonces, la culpa había hecho que ocultara su rostro del mundo, pero no sería así esta vez.

Xerath habló de Renekton como si fuera una bestia enloquecida por la sed de sangre, pero Nasus conocía a su hermano mucho mejor que el mago. Xerath solo veía a la bestia en la que Renekton se había convertido. Había olvidado al noble guerrero que había en su interior. El hombre que había ofrecido su propia vida por su hermano. El guerrero que había sacrificado todo voluntariamente para salvar a su tierra natal de un traidor. Xerath había olvidado todo eso, pero Nasus jamás lo haría.

Si Renekton seguía vivo, parte de él debía recordar el héroe que solía ser. Si Nasus lograba alcanzar a esa parte de su hermano, quizás podría sacarlo de su pozo de oscuridad. Por mucho tiempo, Nasus había pensado que un día enfrentaría a Renekton, pero hasta ahora había creído que ese enfrentamiento terminaría con uno de los dos muerto.

Ahora sabía que había otra salida. Ahora tenía un propósito. El Linaje de Azir aún existía, así que todavía había esperanzas.

—Te necesito, Renekton —dijo—. No puedo matar a Xerath sin ti.

Frente a él, el desierto llamaba su nombre.

Detrás de él, la arena engullía otra vez a Vekaura.

Referencias

http://lan.leagueoflegends.com/es/featured/shurima/intro

http://promo.lan.leagueoflegends.com/es/shurima/index.html

Campeones

Campeón
Amumu Amumu Punto de origen
Ezreal Ezreal Origen de sus poderes
Azir Azir El emperador ha renacido.
Kassadin Kassadin Probablemente lugar de nacimiento; líder de los Conservadores
Malzahar Malzahar Lugar de nacimiento; ex vidente de Shurima. Trata de abrir el Vacío a Runaterra
Nasus Nasus Residente del lugar
Renekton Renekton Hermano y enemigo de Nasus Nasus.
Rammus Rammus Lugar de nacimiento
Sivir Sivir Lugar de nacimiento, mercenaria y ladróna de tumbas. Última decendiente de Azir
Xerath Xerath Lugar de nacimiento, encarcelado en un sarcófago durante eones

Campeones asociados

Campeón
Cassiopeia Cassiopeia Acompañada por Sivir Sivir en una incursión de las tumba. Se dice que han puesto en marcha acontecimientos que cambiaron tanto la vida de la cazadora y del Desierto de Shurima por siempre.

Spotlights de otros wikis

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