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Islas de la Sombra

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Las islas de la sombras, dicen que no existen. Unas islas míticas, pobladas por fantasmas y espectros...cuentos para asustar a los niños. Pero yo se la verdad, he estado allí.

-Elise, La Reina de las Arañas

Historia

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Terribles son las historias que se cuentan de las islas de la sombras...

En cuanto puse el pie allí supe al instante que había algo raro en aquel lugar. Me picaba la piel y sentía una intensa nausea en la boca del estómago. No era un lugar para

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los vivos. Pero también sabía...en lo mas profundo de mi ser sabía, que las islas me daban la bienvenida, me querían ahí. A medida que me adentraba en ellas, veía la muerte a mi alrededor: árboles, hierba y flores de aspecto fantasmagórico me envolvían con su terrorífico resplandor. Era todo tan tranquilo y tan bello. Pase mi mano a través de una hoja espectral, que volaba en el viento, pero no había viento. Fue entonces cuando comprendí que la muerte era otro mundo y que yo estaba en la puerta del mismo. En ese momento escuché la canción, la canción de la araña. Mi compañero empezó a gritar de terror y calló de rodillas, le di un abrazo, le dije que no tenia nada que temer, que iba a ir a un lugar mejor. Los llevare a todos a un lugar mejor...

-Elise, La Reina de las Arañas

Actualización de historia

Las Islas de la Sombra una vez fueron un hermoso reino, pero eso fue antes de que un cataclismo mágico las asolara. La Niebla Negra cubre permanentemente las islas y la tierra misma ha sido mancillada, corrupta por un encantamiento maléfico. La propia isla drena la vida de quienes caminen sobre ella y, a su vez, atrae a los insaciables espíritus depredadores de los muertos. Quienes mueren a manos de la Niebla Negra son condenados a deambular por esta melancólica tierra para toda la eternidad. Y lo peor, el poder y el alcance de las Islas de la Sombra aumentan cada vez más para segar las almas de toda Runaterra.

La Niebla Negra

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La Niebla Negra se esparce por tierra y mar en busca de seres vivos, dejándolos indefensos a los horrores entrevistos en su espesura. Las pobres almas regresan con la Niebla de las Islas de la Sombra. Con el paso del tiempo, olvidarán a sus amigos y a sus familias, incluso a sí mismas, convirtiéndose en parte de la terrible fuerza que crece cada año.

Hecarim

La sombra de la guerra

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Hecarim es un coloso blindado que cabalga desde las Islas de la Sombra a la cabeza de una hueste de jinetes espectrales para dar caza a los vivos. Un monstruoso híbrido de hombre y bestia condenado a cabalgar por toda la eternidad, que goza matando y aplastando almas bajo sus cascos de acero.

Nacido en un imperio caído y olvidado hace tiempo, Hecarim ingresó como escudero en una legendaria compañía de jinetes conocida como la Orden de Hierro, una hermandad cuyos miembros habían jurado defender las tierras de su rey. En su seno soportó el entrenamiento más duro que se pueda imaginar, un régimen terrible que lo convirtió en un guerrero formidable.

En su paso a la adultez, Hecarim logró dominar con facilidad todas las formas de combate y las estratagemas de la guerra. Tras ver la facilidad con la que superaba a todos los demás escuderos, el caballero comandante de la Orden de Hierro se dio cuenta de la grandeza que albergaba el joven en su interior y lo reconoció como un posible sucesor. Pero a medida que pasaban los años y Hecarim acumulaba una victoria tras otra a lomos de su poderoso corcel, el caballero comandante comenzó a vislumbrar una oscuridad cada vez más grande en el corazón de su lugarteniente. La sed de sangre y la obsesiva hambre de victoria de Hecarim estaban erosionando su sentido del honor y, al comprenderlo, el caballero comandante se dio cuenta de que el joven caballero no debía convertirse en señor de la Orden de Hierro. Lo convocó a sus aposentos privados para comunicarle que no sería su sucesor, y Hecarim, aunque enfurecido por la noticia, se tragó toda su rabia y continuó con sus deberes.

Llegó una nueva guerra y, en el transcurso de una batalla en la que participaba la Orden, el caballero comandante se encontró rodeado de enemigos y separado de sus hermanos. Solo Hecarim podía acudir a auxiliarlo, pero en un momento de rencor, decidió volver la grupa y dejar morir a su comandante. Al finalizar la batalla, los caballeros supervivientes, ajenos a lo que había hecho su vengativo hermano, se arrodillaron sobre la tierra ensangrentada y juraron servirlo como señor.

Hecarim cabalgó hasta la capital, donde se reunió con Kalista, la generala del rey. Kalista se dio cuenta de que se encontraba ante un hombre excepcional y por ello, cuando la esposa del rey cayó herida por la hoja envenenada de un asesino, encomendó a la Orden de Hierro que permaneciera junto al monarca mientras ella partía en busca de una cura. Hecarim aceptó, pero el hecho de que le asignaran una tarea que él consideraba insignificante plantó en su interior la semilla del resentimiento.

Permaneció junto al monarca mientras este se sumía en una locura inducida por el pesar. Presa de la paranoia y enfurecido con aquellos que querían separarlo de su agonizante esposa, el rey envió la Orden de Hierro por todo el reino a sofocar revueltas que solo él veía. Hecarim dirigió la Orden de Hierro en una serie de sanguinarias operaciones de represión, que le granjearon fama de implacable ejecutor de la voluntad del rey. Ardieron ciudades enteras y la Orden de Hierro pasó por la espada a centenares de personas. El reino estaba sumido en la oscuridad y, a la muerte de la reina, Hecarim comenzó a tejer un velo de falsedades alrededor del rey. Le dijo que había descubierto la verdad sobre el asesinato y solicitó su permiso para invadir otros países con la Orden de Hierro, con la única intención de alimentar más su siniestra fama.

Pero antes de que partiera, Kalista regresó de su misión. Había encontrado una cura para la enfermedad de la reina en las legendarias Islas Bendecidas, pero había llegado demasiado tarde para salvarla. Horrorizada al ver lo que había sido del reino, la generala se negó a contar lo que había descubierto y fue encarcelada por su desafío. Hecarim, viendo una oportunidad de aumentar aún más su influencia, decidió visitarla en su celda. Tras prometerle que haría lo que pudiera por contener la furia del rey, logró convencerla de que le contara lo que sabía. De este modo, y aunque de mala gana, Kalista accedió a guiar la flota del rey a través de los encantamientos que protegían y ocultaban las Islas Bendecidas.

Hecarim llevó al marchito y enfermizo monarca hasta el centro del mágico archipiélago, donde se encontró con los guardianes del lugar portentoso y les exigió su ayuda. Los guardianes le ofrecieron sus simpatías, pero dijeron al rey que no podían hacer nada para ayudar a su esposa. Enfurecido, el rey ordenó a Kalista matarlos uno a uno hasta que obedecieran. Kalista se negó y se interpuso entre el rey y los habitantes de la isla.

Hecarim comprendió que había llegado a una encrucijada de su destino y tomó una decisión que sería su condena para toda la eternidad. En lugar de apoyar a Kalista, le clavó una lanza en la espalda y a continuación ordenó a la Orden de Hierro que acabara con los habitantes de las Islas Bendecidas. Sus guerreros y él sacrificaron a los guardianes hasta conseguir que uno de ellos, un anciano encorvado que portaba un farol, llevara al rey hasta lo que buscaba: El secreto para resucitar a su esposa.

Pero cuando la reina volvió a la vida, lo hizo como un monstruo de carne putrefacta, carcomido por los gusanos, que suplicó que le permitieran volver a morir. Horrorizado por lo que le había hecho a su amada, el monarca lanzó un hechizo para acabar con sus vidas y quedar unidos para toda la eternidad. El conjuro hizo efecto, pero por desgracia, sin que nadie pudiera preverlo, las numerosísimas y poderosas reliquias que se guardaban en la isla multiplicaron por cien su poder.

Un huracán de niebla negra rodeó al rey y desde allí se propagó por toda la isla matando a todos aquellos con los que se encontraba. Hecarim abandonó al rey a su suerte y trató de regresar a los barcos con la Orden de Hierro, luchando con los espíritus de sus anteriores víctimas, convertidos en espectros por la niebla negra. Uno a uno, los caballeros fueron cayendo en la no muerte, hasta que solo quedó Hecarim. Cuando la brujería desatada se apoderó de él, se fundió con su poderoso corcel creando una monstruosa abominación que era el auténtico reflejo de la oscuridad de su alma.

Entre aullidos de rabia, una agónica transformación engendró la titánica bestia conocida como la Sombra de la Guerra, un monstruo metálico hecho de furia y resentimiento. Los pecados de su vida anterior, acrecentados por un remolino de magia negra, dieron luz a una criatura de inagotable malicia y aterrador poder.

Ahora, Hecarim es esclavo de las Islas de la Sombra y patrulla por sus costas de pesadilla dando muerte a todos cuantos se encuentran con él, en una grotesca parodia de su antiguo deber. Y cuando el siniestro archipiélago vomita las nubes de niebla negra, el titánico centauro, a la cabeza de la espectral hueste de la Orden de Hierro, cabalga para masacrar a los vivos en recuerdo de sus distantes glorias pasadas.

Nadie sobrevive

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El gélido oleaje rompía sobre una costa desolada, teñida de rojo por la sangre de los hombres a los que ya había matado Hecarim. Los mortales que le quedaban por matar huían por la playa, presa del terror. Una lluvia negra caía sobre ellos mientras las hinchadas nubes de la tormenta acudían desde el enlutado corazón de la isla. Hecarim oyó los gritos que se lanzaban unos a otros. Sus palabras eran un gutural canto guerrero que no entendía, pero cuyo significado era evidente: Creían que podían vivir para alcanzar su nave. Sí, poseían cierta destreza. Se movían al unísono, con los escudos de madera entrelazados. Pero eran mortales y el sombrío centauro podía saborear el hedor de su miedo.

Los rodeó, sorteando las ruinas desmoronadas, oculto en la neblina que se alzaba desde las arenas cenicientas. El eco de sus cascos hizo saltar chispas desde las negras piedras y horadó el valor de los hombres que huían. Observó a los mortales a través del fino visor de su yelmo. Las débiles luces de sus retorcidos espíritus parpadeaban como fuegos fatuos en su carne. Le repugnaban, pero al mismo tiempo las codiciaba.

—Que nadie sobreviva —dijo.

El hierro de su yelmo amortiguó su voz, que sonó como la postrera exhalación de un ahorcado. El sonido crispó los nervios de los mortales como el chirrido de una hoja oxidada. Hecarim, embriagado por su terror, sonrió al ver que uno de ellos soltaba el escudo y, desesperado, se echaba a correr en dirección al barco.

Con un rugido, salió galopando de las ruinas infestadas de maleza y aprestó la guja de hoja curva mientras sentía la vieja emoción de la carga. Un recuerdo apareció durante un instante fugaz: Él, cabalgando a la cabeza de una hueste de plata, conquistando gloria y honor. Volvió a esfumarse mientras el hombre, al llegar al negro oleaje de los bajíos, volvía un instante la cabeza.

—¡Por favor! ¡No! —exclamó.

Hecarim lo partió en dos de un golpe atroz.

La hoja de ébano de la guja palpitó al bañarse en la sangre. La frágil voluta del espíritu del hombre trató de escapar revoloteando, pero la voracidad de la niebla no se dejó engañar. Hecarim observó cómo el alma, retorcida, se transformaba en un siniestro trasunto de la vida del hombre.

Convocó el poder de la isla y el ensangrentado oleaje comenzó a rebullir mientras del agua salía una hueste de caballeros siniestros, revestidos por una fina luz. Encerrados en las arcaicas placas de fantasmal hierro, desenvainaron unas espadas de color negro que resplandecieron con sombrío fulgor. Tendría que haber conocido a aquellos hombres. Lo habían servido una vez, y aún lo servían, pero no guardaba el menor recuerdo sobre ellos. Se volvió de nuevo hacia los mortales de la playa. Ordenó a las nieblas que se abrieran y disfrutó del terror que los embargaba al verlo con claridad por primera vez.

Su colosal figura era un híbrido de pesadilla de hombre y caballo, una monstruosa quimera de hierro forjado. Las placas de su cuerpo estaban cubiertas de humedad y grabados cuyo significado apenas recordaba vagamente. Un fuego espectral ardía detrás de su visor, la llama de un espíritu frío y muerto pero dotado a la vez de una odiosa vitalidad.

Se alzó sobre los cuartos traseros mientras una tracería múltiple de relámpagos partía el cielo. Bajó la guja y, seguido por sus caballeros, se lanzó a la carga, levantando enormes terrones de arena ensangrentada y fragmentos de hueso. Los mortales gritaron y levantaron sus escudos, pero la carga de los caballeros espectrales era imparable. Hecarim golpeó primero, como era su derecho por su condición de señor de la hueste, y el atronador impacto abrió un agujero astillado en el muro de escudos. Sus cascos revestidos de hierro pisotearon a los hombres hasta pulverizarlos. La guja golpeó a diestra y siniestra con mortífera precisión. Los caballeros fantasmales aplastaron todo cuanto se les oponía y masacraron a los vivos en una furia de cascos, lanzas y hojas letales. Entre el crujido de los huesos y la sangre derramada, los espíritus escapaban de los cuerpos rotos, atrapados ya entre la vida y la muerte por la magia negra del Rey Arruinado.

Los espíritus de los muertos rodearon a Hecarim, esclavos de quien los había matado, mientras él gozaba de la atropellada dicha de la batalla. Hizo caso omiso de sus aullidos. No tenía el menor interés en esclavizarlos. Dejaría estas mezquinas crueldades en manos del Carcelero Implacable.

A él solo le importaba una cosa: Matar.

''Atraviesen sus filas y pisotéenlos sin piedad. Aplasten a los vivos y deléitense en su terror''.

Karthus

La voz de la muerte

Karthus, heraldo del olvido, es un espíritu inmortal cuyas canciones pavorosas preceden el horror de su dantesca aparición. Los vivos temen la eternidad de la no muerte, pero Karthus solo ve hermosura y pureza en su abrazo, una comunión perfecta entre la vida y la muerte. Cuando emerge de las Islas de la Sombra es para llevar la dicha de la muerte a los mortales, como apóstol de la no vida.

Karthus nació en la más absoluta miseria, en los laberínticos suburbios que rodean la capital noxiana. Su madre murió al darle a luz, dejando al bebé y a sus tres hermanas al cuidado de su padre. Vivían con decenas de familias más en un ruinoso asilo, donde sobrevivían a base de agua de lluvia y alimañas. De todos los hermanos, Karthus era el más ducho cazando ratas y el que con más frecuencia traía cadáveres mordisqueados para la cazuela.

La muerte era una realidad omnipresente en los suburbios de Noxus, donde muchas mañanas comenzaban con el chillido de los padres desconsolados que, al despertar, se habían encontrado con los cuerpos fríos y sin vida de sus pequeños. Karthus aprendió a adorar estos lamentos y a contemplar con fascinación el momento en que los contadores de los Kindred, tras hacer una muesca en sus varas, se llevaban los cadáveres del asilo. Por las noches, el joven Karthus se internaba por las abarrotadas habitaciones en busca de aquellos cuyas vidas pendían de un hilo, con la esperanza de presenciar el momento en que su alma completase el tránsito de la vida a la muerte. Durante años, estos recorridos nocturnos fueron infructuosos, puesto que era imposible predecir el momento exacto en que fallecería una persona. El privilegio de presenciar el momento de la muerte le estuvo vedado hasta que alcanzó a su propia familia.

Las epidemias eran frecuentes en sitios como aquel, donde la gente vivía hacinada, y cuando la plaga se apoderó de las hermanas de Karthus, el joven se dedicó con toda diligencia a velarlas. Mientras su padre ahogaba sus penas, Karthus, como un buen hermano, se ocupaba de ellas... y observaba cómo las iba consumiendo la enfermedad. Presenció la muerte de cada una de ellas y fue como si una sublime conexión lo alcanzara en el mismo instante en que la luz se desvanecía de sus ojos, un anhelo de ver lo que yacía más allá de la muerte y desvelar los secretos de le eternidad. Cuando los contadores vinieron a buscar los cuerpos, Karthus los siguió al templo y se dedicó a acosarlos con infinitas preguntas sobre su orden y la realidad de la muerte. ¿Era posible que una persona existiera en el momento en que termina la vida, pero antes de que comience la muerte? Si fuera posible comprender y aprehender tan fugaz momento, ¿se podría combinar la sabiduría de la vida con la claridad de la muerte?

Los contadores comprendieron enseguida que Karthus era perfecto para ingresar en la orden, así que lo acogieron en sus filas, primero como sepulturero y constructor de piras, y luego como recolector de cadáveres. De este modo, empezó a recorrer las calles de Noxus con su carromato de huesos para recoger los muertos. Sus cánticos, fúnebres lamentos que hablaban de la belleza de la muerte y la esperanza en el abrazo de lo que había tras ella, no tardaron en hacerse famosos por todo Noxus. Muchas familias desconsoladas encontraron una pizca de paz y alivio en sus sentidas elegías. Finalmente, lo destinaron al propio templo para ocuparse de los muertos en sus últimos instantes, lo que le permitió dedicarse a contemplar cómo se los llevaba la muerte. Karthus hablaba con todos ellos y los acompañaba hasta el umbral de la muerte, con la esperanza de hallar más sabiduría en la luz mortecina de sus ojos.

Pero al cabo de algún tiempo, llegó a la conclusión de que no podría aprender nada más de los mortales y solo los propios muertos podrían responder sus preguntas. Las almas agonizantes no podían contarle nada sobre lo que había más allá, pero entre rumores cuchicheados y cuentos de miedo para niños, comenzaron a llegar hasta sus oídos los ecos de un lugar en el que la muerte no era el final: Las Islas de la Sombra.

Karthus vació las arcas del templo y compró un pasaje para Aguasturbias, una ciudad atormentada por una extraña niebla negra que, según se decía, arrastraba las almas hasta una isla maldita situada en el interior del océano. Ningún capitán se atrevía a llevarlo a las Islas de la Sombra, pero finalmente encontró a un pescador empapado de ron, cargado de deudas y sin nada que perder. Su embarcación afrontó las aguas durante muchos días y noches, hasta que una tormenta la empujó contra la rocosa ribera de una isla que no figuraba en ninguna carta de navegación. Una niebla negra flotaba sobre un paisaje espectral formado por árboles retorcidos y viejas ruinas. El pescador, aterrorizado, sacó la barca de las rocas y volvió la proa hacia Aguasturbias, pero Karthus saltó al agua y avanzó chapoteando hasta la ribera. Apoyándose en su vara de contador, cantó con voz orgullosa el lamento que había preparado para su propia muerte y un viento helado arrastró las palabras hasta el corazón de la isla.

La niebla negra sopló a través de Karthus y su ancestral brujería devastó su carne y alma, pero tan intenso era el deseo de Karthus de trascender la mortalidad que no lo destruyó. En su lugar, lo rehízo de nuevo y así fue como renació Karthus en las aguas de la isla, convertido en un espectro descarnado.

El conocimiento inundó su espíritu al transformarse en lo que siempre había creído que debía ser: una criatura que existía en el umbral entre la vida y la muerte. La belleza de este momento eterno lo maravilló mientras los destrozados espíritus de la isla, atraídos por su pasión como los depredadores del océano al olor de la sangre, se alzaban para presenciar su transformación. Por fin, Karthus estaba donde debía estar, rodeado por aquellos que comprendían de verdad la auténtica bendición de la no muerte. Imbuido de recto celo, comprendió que debía regresar a Valoran para compartir su don con los vivos y liberarlos del peso de las mezquindades de la mortalidad.

Se volvió, y la Niebla Negra lo arrastró sobre las olas hasta el bote del pescador. El hombre se postró de rodillas ante Karthus suplicando por su vida y Karthus le concedió la bendición de la muerte. Acabó con su sufrimiento y le permitió levantarse como espíritu inmortal mientras él cantaba un lamento por la partida de las almas. Fue el primero de muchos espíritus a los que liberaría, el primer soldado de una legión de espectros no muertos a las órdenes del Canto de la Muerte. Para sus sentidos acrecentados, las Islas de la Sombra estaban sumidas en un estado de apático limbo donde se malgastaban los dones de la muerte. Por tanto, galvanizaría a los muertos en una cruzada para llevar la belleza del olvido a los vivos, para acabar con el sufrimiento de la mortalidad y propiciar la llegada de una gloriosa era de no muerte.

Funeral en el mar

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Karthus se ha convertido en el emisario de las Islas de la Sombra, un heraldo del olvido cuyos lamentos son himnos a la gloria de la muerte. Las legiones de almas incorpóreas que comanda secundan sus cánticos funerarios con voces pavorosas que se extienden más allá de la niebla negra por camposantos y mataderos de todo Valoran.

El mar estaba oscuro y suave como un espejo. Una luna roja como la sangre flotaba a poca distancia del horizonte, igual que lo había hecho en las seis últimas noches. Ni viento ni susurro alguno perturbaban el aire, más allá del condenado cántico fúnebre que llegaba de quién sabe dónde. Vionax llevaba el tiempo suficiente navegando por los océanos de Noxus como para saber que un mar así solo podía ser presagio de mala fortuna. Plantada en el castillo de proa de la Voluntad Negra, recorría el horizonte con el catalejo, buscando cualquier cosa que pudiera utilizar para determinar su posición.

—Nada salvo mar en todas direcciones —le dijo a la noche—. No hay tierra ni estrellas reconocibles a la vista. El viento rehúye nuestras velas. Los remeros llevan días bogando, pero vayamos donde vayamos, no hay rastro de tierra firme y la luna no crece ni mengua.

Se tomó un momento para frotarse el rostro con las palmas de las manos. El hambre y la sed gruñían en su vientre y, por culpa de la permanente oscuridad, era imposible medir con exactitud el paso del tiempo. La Voluntad Negra ni siquiera era su nave. Solo había sido su primer oficial hasta que el hacha de un pirata freljordiano, de un golpe en el cráneo del capitán Mettock, le había concedido un fulminante ascenso. El capitán y otros quince guerreros noxianos yacían en el interior de unas parihuelas cosidas, tendidas sobre la cubierta principal. La intensidad cada vez mayor del hedor procedente de los cuerpos era la única prueba fehaciente del paso del tiempo.

Vionax dirigió de nuevo la mirada hacia mar abierto y entonces, al ver que una niebla negra se levantaba desde el agua, se le abrieron los ojos de par en par. Unas formas se movían en ella, contornos que permitían intuir miembros engarfiados y bocas entreabiertas. El condenado cántico volvió a resonar sobre las aguas, más fuerte esta vez y acompañado por el doloroso repicar de una campana fúnebre.

—¡La Niebla Negra! —dijo—. ¡Todos a cubierta!

Se volvió y atravesó corriendo la cubierta principal en dirección al castillete de popa y el timón de la nave. Tampoco es que pudiera hacer nada para mover la nave, pero ese era su sitio. Un estremecedor lamento por las almas perdidas se propagó sobre la nave mientras los hombres salían dando tumbos de las cubiertas inferiores y, a pesar del terror que le atenazaba la espina dorsal, Vionax no pudo por menos que reconocer su poética belleza. Unas lágrimas, no de miedo sino de tristeza infinita, afloraron a sus ojos y surcaron sus mejillas.

—Deja que acabe con tu tristeza.

La voz que había sonado en su cabeza era fría y sin vida, la voz de un muerto. Conjuró la imagen de las ruedas forradas de hierro de un carromato repleto de cadáveres y de un cuchillo que dejaba otra marca de muerte sobre una vara. Vionax conocía las historias sobre la niebla negra y sabía que debía evitar el archipiélago que acechaba tras la oscuridad de levante. Había creído que su nave se encontraba lejos de las Islas de la Sombra, pero se equivocaba.

Se detuvo en seco al ver que la niebla penetraba reptando sobre la borda, acompañada por los aullidos y graznidos de criaturas muertas. Los espectros, un arremolinado coro de condenados, revoloteaban sobre ella, y al verlos, la tripulación de la Voluntad Negra gritó de terror. Vionax sacó la pistola y la amartilló al mismo tiempo que una figura amenazante surgía de la bruma: Era alta e imponente, y estaba ataviada con una vestimenta andrajosa que parecía la de un antiguo prelado, pero con una armadura de guerrero sobre los hombros y el cráneo descarnado. Un libro colgaba de una cadena suspendida de su cintura y llevaba una larga vara recorrida por incontables muescas. En su punta y en la palma de la otra mano de la figura brillaban unas luces espectrales, resplandecientes como estrellas fugaces.

—¿Por qué lloras? —dijo la criatura—. Soy Karthus y te traigo un gran regalo.

—No lo quiero —replicó Vionax mientras apretaba el gatillo. Con una estruendosa detonación, la pistola escupió una bocanada de fuego. El proyectil alcanzó al monstruoso fantasma, pero lo atravesó sin hacerle el menor daño.

—Ay, mortales... —dijo Karthus mientras sacudía el yelmo—. Temen lo que no comprenden y rechazan una bendición que se les ofrece de buen grado.

El monstruo avanzó deslizándose y el siniestro fulgor que despedía su vara inundó la cubierta de una luz pálida y enfermiza. Vionax retrocedió frente al helor del espectro mientras sus tripulantes caían fulminados por la luz y sus almas empezaban a desprenderse de sus cuerpos como volutas de vapor. La capitana tropezó en uno de los cadáveres de las parihuelas y cayó sobre sus posaderas. Trató de alejarse de Karthus arrastrándose sobre los cuerpos de sus compañeros de tripulación.

Las parihuelas que tenía debajo se movieron.

Se movieron todas, retorciéndose y temblando como peces recién sacados del agua y arrojados sobre la cubierta de un bote. Unas volutas de humo brotaban por los desgarros de la tela y entre las torpes puntadas con las que las habían cosido los marineros. Entre la bruma se movían unos rostros, rostros con los que había navegado durante años, hombres y mujeres que habían luchado a su lado.

El espectro se irguió sobre ella, acompañado por las formas espirituales de la tripulación de la Voluntad Negra, perfiladas por la luz de la luna.

—No debes temer a la muerte, dama Vionax —dijo Karthus—. Te liberará del dolor. Desviará tus ojos de tu existencia mundana para mostrarte la gloria de la vida eterna. Abraza la belleza y la maravilla de la muerte. Despréndete de tu mortalidad. No la necesitas.

Le tendió la mano, y las luces que flotaban sobre ella se levantaron para envolverla. Mientras Vionax gritaba, atravesaron piel, músculo y hueso hasta llegar a su misma alma. El espectro cerró el puño y la capitana aulló al sentirse arrancada de sí misma desde dentro.

—Deja que tu alma vuele con libertad —dijo Karthus mientras se volvía para hacer una nueva muesca en su vara con una uña afilada—. Ya no sentirás dolor ni miedo, ni el deseo de experimentar nada salvo la belleza de lo que te he mostrado. Te aguardan milagros y maravillas, mortal. ¿Por qué no ibas a querer tal dicha...?

—No —suplicó ella con su último aliento—. No quiero verlo.

—Ya está hecho —respondió Karthus.

''La muerte no es el final del camino,solo el principio...''

Kalista

El espíritu de la venganza

Kalista, un espectro de cólera y castigo, es el inmortal espíritu de la venganza, una pesadilla acorazada que llega desde las Islas de la Sombra para dar caza a los embusteros y los traidores. Los que han sido traicionados podrán pedir venganza con lágrimas de sangre, pero Kalista solo responde a quienes considera dignos de su destreza. Ay de aquellos que se conviertan en el blanco de su cólera, porque cualquier pacto sellado con la sombría cazadora solo puede terminar en las frías llamas de sus lanzas espirituales.

En vida, Kalista era una orgullosa generala, sobrina del poderoso monarca de un imperio hace tiempo olvidado. Se regía por un estricto código de honor y esperaba que los demás hicieran lo mismo y sirvieran a sus reyes con total lealtad. Su rey tenía numerosos enemigos, y cuando los señores de un país conquistado enviaron un asesino para acabar con él, solo la velocidad del brazo de Kalista pudo evitar el desastre. Pero al salvar al rey condenó a la reina. La hoja del asesino, que estaba envenenada, hirió a la esposa de su señor en el brazo. Se llamó a los mayores sacerdotes, cirujanos y hechiceros, pero nadie pudo extraer el veneno del cuerpo de la reina. Ni siquiera la magia del rey pudo hacer otra cosa que ralentizar su avance. Loco de pesar, el monarca envió a Kalista en busca de una cura. Antes de partir, la generala convocó al señor de la Orden de Hierro, Hecarim, y le ordenó que ocupara su lugar al lado del rey. Hecarim aceptó la tarea de mala gana, pues habría preferido marchar con ella a la búsqueda.

Kalista recorrió el mundo buscando una cura entre eruditos, ermitaños y místicos, pero siempre en vano. Finalmente oyó hablar de un lugar legendario, escondido más allá de los ojos de los mortales, donde, según se decía, se ocultaba la llave de la vida eterna: las Islas Bendecidas. Sin dudarlo un instante, partió en su búsqueda. Los habitantes de la isla sabían lo que buscaba y, al percibir la pureza de sus intenciones, decidieron dejar que su embarcación llegara hasta sus costas. Kalista les suplicó que curaran a la reina y el señor de la orden le dijo que debía traerla hasta allí para que pudieran purificar su cuerpo. Al subir de nuevo a bordo de su nave, le revelaron las palabras de poder que le permitirían atravesar los encantamientos que protegían la isla, pero le advirtieron que no las revelara a nadie. Kalista partió de regreso a su patria, pero llegó tarde, pues la reina ya había muerto.

El rey, consumido por la locura que le había provocado la tristeza, se había encerrado en su torre con el cadáver en descomposición. Al enterarse del regreso de Kalista, exigió saber qué había descubierto. Con el corazón apesadumbrado, porque nunca antes había desoído una orden de su señor, Kalista se negó, pues recordaba la advertencia que le habían dado y sabía que no serviría de nada llevar un cadáver a la isla. El rey la tachó de traidora y ordenó que la encarcelaran hasta que cediera. Kalista permaneció en la celda hasta que Hecarim fue a visitarla. El caballero le pidió que ayudara al rey a encontrar la paz, bien devolviéndole a su esposa o bien ayudándolo a aceptar que estaba muerta y debía recibir sepultura en las Islas Bendecidas. De este modo, entre ambos, podrían aplacar su locura y terminar con todo aquello sin males mayores. A regañadientes, porque percibía algo extraño en Hecarim, Kalista aceptó la propuesta.

Y así, el rey levó anclas hacia las Islas Bendecidas con una flotilla de sus naves más rápidas. Kalista pronunció las palabras mágicas que levantaban el velo que protegía su destino y, mientras el rey prorrumpía en llanto, la resplandeciente costa apareció ante sus ojos. El monarca marchó hacia la ciudad blanca que se levantaba en el centro de la isla, donde lo recibió el señor de sus guardianes. Le ordenó que devolviera la vida a su esposa, pero la respuesta del sabio fue que tratar de engañar a la muerte iba contra el orden natural de las cosas. El rey montó en violenta cólera y ordenó a Kalista que lo matara.

Kalista se rehusó y apeló al gran hombre que había sido el rey antaño, pero sus ruegos cayeron en oídos sordos y el monarca volvió a ordenar la muerte del guardián. Kalista le pidió a Hecarim que la secundara, pero el señor de la Orden de Hierro se dio cuenta de que era la ocasión de reemplazar a Kalista como mano derecha del rey, que tanto tiempo llevaba esperando. Se acercó a Kalista como si pretendiera ayudarla, pero en el último instante, en un monstruoso acto de traición, la atravesó con una lanza. Los caballeros de la Orden de Hierro se sumaron a su traición y sus lanzas ensartaron el cuerpo de Kalista mientras caía. Entonces estalló una refriega brutal y desesperada entre los fieles a Kalista y Hecarim y sus hombres. Pero a pesar de su valor y destreza, los primeros eran muy pocos y los sicarios de Hecarim acabaron con todos ellos. Kalista, en sus instantes postreros, presenció la muerte de sus hombres, y con su último aliento juró que se vengaría de aquellos que la habían traicionado.

Cuando volvió a abrir los ojos, resplandecía en ellos el sombrío poder de una magia antinatural. Las Islas Bendecidas se habían transformado en una siniestra parodia de la vida y la belleza, un reino de oscuridad poblado por aullantes espíritus condenados a la pesadilla de la no muerte para toda la eternidad. Kalista no sabía cómo había sucedido aquello, pero aunque trató de aferrarse a los recuerdos de su traición, estos se desvanecieron poco a poco sin dejar otra cosa que una ardiente sed de venganza en su pecho.

Una sed que solo aplacará la sangre de los traidores.

Invocación

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Ahí estaba ella, la esposa guerrera, parada entre las ruinas de su hogar carcomido por las llamas. Todo lo que ella alguna vez quiso, sus pertenencias, sus seres amados, todo lo había perdido para no verlo nunca jamás. Una de esas tristezas que escapan a la razón, eso era todo lo que tenía ahora. Y odio, un odio profundo también, un odio ahogado que sin embargo la mantenía en pie.

Volteó a ver otra vez la cara del hombre aquel, en el momento justo cuando daba la orden. Se suponía que él estaba ahí para protegerlos, pero lo único que hizo fue escupir sobre sus votos. No, su familia no era la única que había sido destruida por su traición.

Todo lo que ella quería era desquitarse, ir por él y hacerlo pagar. Deseaba tomar su espada y hundirla en el pecho del asesino para ver cómo la vida se le escurría desde los ojos... pero sabía que ni siquiera podría acercársele. Día y noche los guardias lo seguían a donde fuera, y ¿qué era ella? Una guerrera y nada más. Nunca podría pasar a través del batallón entero, peleando hasta la última gota de sangre, sí, pero ella y nadie más, sola y su alma triste. Morir así, sería en vano.

Un escalofrío la recorrió. Respiró profundamente y supo que jamás regresaría.

Sobre una cómoda ennegrecida por el fuego, yacía la efigie tosca de un hombre formada por palillos y cordeles. La figurilla estaba sujeta con un trozo de tela arrancado de la capa del traidor. La esposa guerrera lo había tomado del puño muerto de su marido. A un lado había un martillo y tres clavos oxidados.

Lo recogió todo y se dirigió hasta el umbral donde antes del asalto había una puerta, donde hoy sólo quedaba un reguero de astillas. Afuera, alcanzó a entrever, la luz de la luna se derramaba sobre la oscuridad de los sembradíos.

Se estiró para alcanzar el dintel de madera y sobre él colocó la pequeña efigie de palos.

—Yo te invoco, Señora de la Venganza —dijo la esposa guerrera, en una voz leve y temblorosa que dejaba sentir la profundidad de su ira—. Detrás de tu velo, escucha mi súplica. ¡Yo te invoco, Señora de la Venganza!

Aprestó el martillo y clavó el primero de los clavos.

—Proclamo el nombre del traidor una vez —dijo, y en voz alta pronunció el nombre del maldito. Al mismo tiempo, colocó la punta del primer clavo sobre el pecho de la figurilla y de un solo golpe la hundió contra la dura madera para fijarla en el marco superior de la puerta.

De pronto, un escalofrío le recorrió la espalda. El cuarto se había vuelto más frío. ¿O acaso lo estaba imaginando?

—Proclamo su nombre dos veces —dijo, mientras otro golpe de martillo hundía el segundo clavo a un lado del primero.

Algo la estremeció en ese momento, obligándola a apartar la mirada. Una presencia oscura había aparecido entre los sembradíos iluminados por la luna, a unos cien metros de distancia, donde la aparición permanecía por completo inmóvil. La esposa guerrera comenzó a respirar agitadamente. Se esforzó por concentrar su atención nuevamente en la tarea inacabada.

—Proclamo su nombre tres veces —dijo y volvió a pronunciar el nombre del asesino de su marido y sus hijos, justo antes de hundir el último de los clavos.

Un antiguo espíritu de la venganza se plantó frente a ella en el umbral de la puerta. No pudo evitar tambalearse ni dejar escapar un grito ahogado.

La criatura ultraterrena estaba enfundada en una armadura arcaica, su piel era traslúcida y su carne traslúcida despedía un fulgor espectral. La Niebla Negra la envolvía como si fuera un sudario viviente.

Con un chirrido de metal torturado, la figura espectral se sacó del peto de su coraza la lanza ennegrecida que la atravesaba, el arma funesta que le había arrancado la vida.

La arrojó al suelo, por delante de la esposa guerrera. Ninguna de las dos dijo palabra; no era necesario. La esposa guerrera sabía cuál era la oferta: venganza a cambio de un precio terrible: su alma.

El espíritu la observó con rostro imperturbable y unos ojos envueltos por la llama de una gélida furia, unos ojos punzantes que vieron cómo la esposa guerrera recogía del suelo el arma traicionera.

—Juro lealtad a la venganza —dijo la esposa guerrera con voz temblorosa. Colocó la punta de la lanza contra su pecho, apuntando a su corazón—. Sello mi juramento con mi sangre. Sello mi juramento... con mi alma.

Se detuvo por un segundo. Su esposo habría ofrendado su propia alma pidiendo que ella, su amada mujer, jamás tuviera que emprender un camino como este. Le habría rogado que no condenara su alma tomando una decisión tan terrible. Por un instante la duda la carcomió, mientras el espectro no muerto la contemplaba en silencio.

Los ojos de la esposa guerrera se fijaron entonces en una imagen imborrable: su esposo yaciendo muerto, despedazado por hachas y espadas, y sus hijos regados por el suelo, empapados en su propia sangre. El corazón de la esposa guerrera comenzó a endurecerse hasta quedar convertido en una piedra fría de la que sólo emanaba coraje y determinación. Con mano firme, apretó entre sus puños la lanza.

—Ayúdame —imploró, libre ya de toda duda—. Por favor, ayúdame a matarlo.

Y la esposa guerrera hundió la lanza contra su pecho, hasta lo más profundo.

En su último suspiro, abrió los ojos grandes y calló de rodillas contra el suelo. Trató de hablar, pero de sus labios sólo brotaba el rojo silencio de la sangre.

El ser fantasmagórico la vio morir, impávido.

Conforme la última gota de vida abandonaba su cuerpo, la sombra de la mujer se puso en pie. Se miró con asombro las manos insustanciales y luego desvió la mirada al cadáver de ojos vacíos que yacía sobre un creciente charco de sangre. El semblante de la sombra se endureció y una espada fantasmal apareció en su mano.

Un lazo etéreo, un hilillo de luz apenas, se extendió entre la sombra recién nacida y el espíritu vengador al que había invocado. A través de ese lazo, la mujer pudo ver al misterioso ser de otro modo. Pudo entrever a la noble guerrera que había sido en vida: alta, orgullosa y de reluciente armadura. Su porte transmitía confianza, pero no arrogancia; nacida para ser líder, nacida para ser soldado. Aquella mujer era una comandante por la que de buena gana habría derramado su propia sangre.

Más allá de la ira que envolvía al espíritu vengativo, el alma atada pudo sentir un dejo de empatía, pudo ver cómo el dolor ante la traición las unía más allá del juramento.

—Tu causa es nuestra causa —dijo Kalista, el Espíritu de la Venganza, y su voz era fría como una tumba—. Ahora caminamos juntas por el sendero de la venganza.

La esposa ensangrentada asintió con la cabeza.

Y así partieron juntas el espíritu vengativo y la sombra de la esposa guerrera para perderse en la oscuridad.

''Cuando nos ofenden, buscamos justicia. Cuando nos hieren,respondemos. ¡Y cuando nos traicionan, el Espíritu de la Venganza golpea!''.

Mordekaiser

La pesadilla de hierro

El luctuoso renacido conocido como Mordekaiser es uno de los más aterradores y odiosos espíritus de las Islas de la Sombra. Lleva incontables siglos en el mundo, protegido frente a la auténtica muerte por su nigromancia y la fuerza de su sombría voluntad. Quienes se enfrentan a él en batalla se arriesgan a sufrir un terrible destino, pues Mordekaiser esclaviza las almas de sus víctimas para convertirlas en instrumentos de destrucción.

Mordekaiser fue mortal en su tiempo, un brutal rey brujo que gobernó sobre las tierras del oriente de Valoran mucho antes del advenimiento de Demacia o Noxus. Entraba en combate embutido en una pesada armadura de hierro y masacraba a todos los que se atrevían a oponérsele, aplastándolos bajo su maza mágica, Ocaso.

Tan odiado como temido, finalmente sus enemigos se aliaron para poner fin a su negro reinado. Tras un largo y sangriento día de batalla, Mordekaiser se encontró cara a cara con su destino sobre una montaña de cadáveres, rodeado de enemigos. Murió riendo, atravesado por flechas, espadas y lanzas, pero mientras lo hacía prometió a sus ejecutores que regresaría a buscarlos.

Arrojaron su cadáver en una pira inmensa, entre las celebraciones de sus enemigos. Y aunque las llamas no pudieron hacer otra cosa que ennegrecer su armadura, el cuerpo de Mordekaiser quedó reducido a un montón de huesos carbonizados.

Las hogueras ardieron durante días, pero cuando finalmente se extinguieron y partieron los vencedores, un aquelarre de brujos acudió al lugar y cribó las cenizas para recoger la armadura y los huesos de Mordekaiser. Se las llevaron lejos de allí en secreto, y en una noche sin luna tendieron el cadáver sobre una losa grabada con runas y conjuraron un encantamiento de maléfica nigromancia. Al llegar su magia negra al crescendo, una forma siniestra apareció sobre la losa. La espectral sombra se puso en pie dejando tras de sí el esqueleto.

Era un espectro hecho de oscuridad pura, sin embargo, sus ojos ardían con malicia. Las placas de la armadura, ennegrecidas por el fuego, se acoplaron sobre el espíritu, como atraídas por una poderosa magnetita, mientras los hechiceros se postraban de rodillas ante su revivido maestro. Les habían prometido un gran poder por sus servicios, pero no habían previsto qué forma adoptaría su recompensa.

Utilizando su nuevo dominio de las artes nigrománticas, Mordekaiser les hizo el regalo de la no-muerte, atrapados entre esta vida y la otra. Se transformaron en liches, viles cadáveres vivientes condenados a servirlo hasta el fin de los tiempos.

A lo largo de la década siguiente, Mordekaiser se encargó de acabar con todos aquellos que lo habían desafiado. Les extrajo el alma, y los sometió a su voluntad inmortal, como servidores suyos para toda la eternidad.

Tras haber asumido el manto del Renacido de Hierro, el reinado de pesadilla y oscuridad de Mordekaiser se prolongó durante muchos siglos. Durante este periodo hubo varias veces en que se le dio por muerto, pero en todas ellas regresó, revivido por el poder de sus liches.

Los huesos de Mordekaiser eran la clave de sus impías resurrecciones y así, a medida que iban pasando los siglos, su paranoia sobre su seguridad fue en aumento. En el corazón de su imperio levantó una fortaleza monolítica que acabaría por conocerse como el Bastión Inmortal. Y en el corazón de este titánico reducto ocultó sus restos.

Pasado algún tiempo, se formó una alianza de tribus y partidas guerreras, cuyas fuerzas pusieron bajo asedio el Bastión Inmortal. Durante la batalla, un ladrón desconocido se infiltró en la poderosa fortaleza eludiendo sus infernales defensas y robó el cráneo de Mordekaiser. Su esqueleto debía estar entero para que se pudiera llevar a cabo el ritual de resurrección, pero sus liches, temiendo la cólera de su señor, le ocultaron el robo.

Sobre las murallas del Bastión Inmortal, incontables enemigos cayeron ante Mordekaiser, pero no fue suficiente para impedir la derrota. La fortaleza fue invadida y el brujo abatido por una inagotable marea de adversarios. Le arrancaron la terrible maza de la mano y le atenazaron las extremidades con grandes cadenas. Pero sus carcajadas resonaron atronadoras en medio de la oscuridad mientras lo hacían. No tenía razón alguna para pensar que no renacería de nuevo, como tantas veces había hecho. Sus enemigos ataron sus cadenas a unos titánicos basiliscos y, con una orden entonada a gritos, las escamosas bestias lo desmembraron.

Su cráneo viajó más allá del mar, a las Islas Bendecidas, un lugar oculto en la niebla y la leyenda. Los sabios protectores de aquella tierra conocían la historia de Mordekaiser y la de sus debilidades. Habían sido ellos quienes habían ordenado el robo para librar al mundo de su impía presencia, y ahora que tenían la calavera en su poder, la ocultaron en las profundidades de sus subterráneos, detrás de puertas cerradas y defensas mágicas. Los servidores de Mordekaiser se desperdigaron por todo el mundo en busca del cráneo, pero fueron incapaces de encontrarlo. Parecía que el reinado de Mordekaiser había llegado realmente a su fin.

Los años dieron paso a las décadas y las décadas a los siglos, hasta que un día se desató un terrible cataclismo sobre las Islas Bendecidas. Un rey cuya mente había sido reducida a un ruinoso estado por el pesar y la locura lanzó un hechizo que sumió el archipiélago en la oscuridad y lo transformó en un retorcido reino de criaturas no muertas: Las Islas de la Sombra. Durante la explosión de brujería que se produjo, la cámara que custodiaba el cráneo de Mordekaiser saltó en mil pedazos.

Atraídos como polillas a la luz, los liches de Mordekaiser acudieron raudos a las islas. Llevaban consigo los huesos de su amo y señor y, tras extraer su calavera de las ruinas, pudieron por fin franquearle de nuevo las puertas del mundo.

Desde entonces, Mordekaiser ha forjado su propio imperio en las Islas de la Sombra, esclavizando un ejército de muertos cada vez más numeroso. Mira con desprecio a estos espíritus insomnes, puesto que a diferencia de él, que escogió la senda de la muerte por propia voluntad, no son sino almas perdidas. Pero eso no quiere decir que no reconozca su utilidad. En los conflictos que se avecinan serán la infantería de sus ejércitos.

Al contrario que los espíritus menores, Mordekaiser no está confinado a la niebla negra. Es demasiado fuerte para eso. Sin embargo, su siniestra energía le otorga poderes nada desdeñables. Por ello, al menos de momento, las Islas de la Sombra son el lugar perfecto para ocultarse y multiplicar sus fuerzas.

Mientras consolida su poder y medita con perpetua obsesión cómo poner a salvo sus huesos, ha empezado a dirigir la mirada más allá del mar, hacia Valoran. Ha puesto los ojos en los imperios y civilizaciones que nacieron durante su ausencia. Y muy especialmente, se siente atraído por el Bastión Inmortal, la poderosa fortaleza que ejerce ahora como capital del joven imperio llamado Noxus.

Una nueva era de oscuridad se aproxima.

Sombras de condena

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La Niebla Negra se ensortijaba y revolvía como una criatura viva mientras avanzaba reptando alrededor del aislado castillo de piedra grisácea.

Una enorme figura acorazada caminaba dentro de ella. Su pesada armadura relucía como el aceite y en el interior de su casco de cuernos ardían unos orbes de cruel fuego de brujería.

La hierba se marchitaba bajo sus pies mientras el acorazado espectro marchaba hacia el portón del castillo. Podía ver movimiento en las murallas. Sabían que la muerte había venido a buscarlos. Su nombre flotaba en el viento, susurrado con terror:

Mordekaiser.

Varias flechas perforaron el aire de la noche. Algunas de ellas alcanzaron a Mordekaiser y se hicieron pedazos, repelidas por su armadura. Una penetró en el agujero entre el yelmo y la gorguera, sin ralentizar un ápice su inexorable avance.

Un pesado rastrillo de hierro se interponía en su camino. El espectro extendió una mano acorazada y la retorció en el aire. La tracería de hierro chirrió a modo de protesta mientras se retorcía hasta perder la forma, antes de salir despedida hacia un lado y dejar a la vista el recio portón de roble que protegía.

Sobre él, unas runas protectoras se encendieron con un fuego al rojo blanco y Mordekaiser retrocedió medio paso. La Niebla Negra se ensortijó a su alrededor y los defensores pudieron ver entonces las demás formas que ocultaba: espectros sombríos y rebosantes de odio que miraban con voraz codicia las almas de los vivos.

Mordekaiser se adelantó un paso, esgrimiendo su enorme maza de picos a la que llamaban Ocaso. Era un arma de siniestro renombre, que había segado millares de vidas. Con salvaje violencia, la descargó sobre el portón de roble.

Las runas, débiles hechizos de protección hilvanados por sus enemigos, estallaron en mil pedazos, incapaces de sobreponerse a la negra brujería de Mordekaiser. El portón, arrancado de los goznes, salió catapultado hacia dentro.

La Niebla Negra fluyó a través de la brecha, secundada por Mordekaiser.

Los soldados y peones de la guarnición lo esperaban en el patio de armas, más allá. Renacuajos, todos ellos. Su mirada recorrió sus filas en busca de un rival digno. Finalmente, sus ojos inmortales se posaron sobre un caballero embutido en plata que le salía al paso, espada en alto.

—Atrás, espectro, si no quieres que te expulse —dijo el caballero—. Este caserío y sus gentes están bajo mi protección.

Como respuesta a su amenaza, una hueste de espectros y guerreros traslúcidos se materializó en la Niebla Negra, detrás de su amo y señor.

—Esa alma es mía —dijo Mordekaiser para contener a sus ávidos espíritus. Su voz era profunda y sepulcral, y resonaba con el timbre de la propia muerte.

Señaló con el dedo y un cono de maléfica no vida se precipitó sobre el caballero.

La armadura de este brilló con intensidad un momento y luego volvió a la normalidad, sin que la nigromancia de Mordekaiser tocara al prisionero.

—Acero demaciano —dijo este con una sonrisa desdeñosa—. No te salvará.

Se adelantó y descargó un mazazo dirigido al cráneo del caballero. Este lo detuvo con su espada, aunque la fuerza del impacto lo hizo caer de rodillas. Mordekaiser se irguió sobre él, alto como una torre.

El caballero se revolvió hacia un lado y esquivó a Ocaso, que se había precipitado sobre él trazando un letal arco. Flanqueó a su adversario y lo golpeó en el costado, y la espada mordió profundamente a través de las placas y la malla. Para un mortal habría sido un golpe definitivo, pero para el blindado coloso no fue nada. Mordekaiser se quitó de encima al caballero con un despectivo revés de la mano enguantada.

El Renacido de Hierro se abalanzó sobre él para poner fin a la lucha, pero el caballero desvió su golpe con infinita destreza y le hundió la hoja de su espada en el pecho con todas sus fuerzas.

Con un chirrido metálico, la hoja se abrió paso a través del peto justo encima del corazón. No hubo resistencia desde el interior, como si la armadura estuviera hueca.

Mordekaiser agarró al caballero del cuello con una de sus gigantescas manos y lo levantó del suelo.

—Pensaste que podías proteger a estos mortales —dijo—. Pero ahora serás tú quien les quite la vida.

Le estrujó la garganta. El caballero sacudió los pies en el aire.

Con ojos llameantes, Mordekaiser observó detenidamente cómo se le escapaba la vida. Finalmente, dejó caer al suelo el cadáver.

Se arrodilló y puso una mano sobre el pecho del caballero muerto. Al levantarse de nuevo, la sombra del guerrero lo acompañaba.

El espíritu del caballero miró en derredor, con el espanto escrito en sus ojos espectrales.

—Ahora —ordenó Mordekaiser, consciente de que la sombra era impotente ante su voluntad—. Mátalos a todos.

''Todas las cosas deben morir... mas yo sigo con vida''.

Thresh

El carcelero implacable

Sádico y astuto, Thresh es un espíritu insomne que se enorgullece de su capacidad para atormentar a los mortales y quebrarlos con parsimoniosa y agónica inventiva. El sufrimiento de sus víctimas va más allá de la muerte, porque Thresh destroza también sus almas encerrándolas en su linterna para toda la eternidad.

En una época que el mundo prácticamente ha olvidado, el hombre que más adelante respondería al nombre de Thresh era miembro de una orden consagrada a la recopilación y custodia del saber. Los maestros de esta orden le encomendaron la tarea de proteger una cámara subterránea y oculta, repleta de impías y peligrosas reliquias mágicas. Por su voluntad de hierro y su carácter metódico, Thresh era la persona idónea para esta tarea.

La cámara que debía proteger estaba enterrada en lo más profundo de una ciudadela, situada en el centro de un archipiélago y protegida por sellos rúnicos, cerraduras arcanas y poderosos guardianes. Pero con el paso del tiempo, la magia negra que contenía dejó sentir su influjo sobre la innata malicia de Thresh y este, poco a poco, comenzó a cambiar. Año tras año, las reliquias apelaron a sus inseguridades, se mofaron de él utilizando sus mayores temores y alimentaron su amargura.

El rencor de Thresh afloró a la superficie en forma de actos de lasciva crueldad, al mismo tiempo que florecía su talento para explorar las vulnerabilidades ajenas. Le arrancaba lentamente las páginas a un libro viviente, para cosérselas de nuevo cuando estaba prácticamente destrozado. Arañaba la superficie de un espejo en el que estaban atrapados los recuerdos de un viejo mago hasta dejarla opaca (y al mago ciego), para luego volver a pulirla y empezar nuevamente. Del mismo modo que un secreto quiere ser contado, no hay nada que un hechizo desee más que ser lanzado, pero Thresh se lo negaba día tras día. Comenzaba a recitar el encantamiento y dejaba que su lengua fuera desgranando las palabras... para detenerse justo antes de la última sílaba.

Adquirió una exquisita habilidad para ocultar todas las pruebas de su crueldad, de manera que nadie sospechara que era otra cosa que el más disciplinado de los guardianes. La cámara había crecido hasta tal punto que nadie conocía su contenido tan bien como Thresh y de este modo, las reliquias menos importantes fueron borrándose del recuerdo de la orden... al igual que el propio Thresh.

Pero el hecho de tener que esconder su meticuloso trabajo le provocaba un amargo resentimiento. Todo cuanto estaba encomendado a su cuidado era maléfico o se había corrompido de algún modo... ¿Por qué no era libre para usarlo a su antojo?

La cámara albergaba numerosos artefactos mágicos, pero ninguna otra criatura viviente... hasta el día en que arrastraron hasta su interior a un hombre cargado de cadenas. Era un hechicero que había impregnado su propio cuerpo de brujería pura, lo que le daba el poder de regenerar su carne por atroces que fuesen sus heridas.

Thresh quedó entusiasmado al ver lo que le habían traído: una criatura capaz de experimentar el sufrimiento humano en toda su intensidad sin perecer nunca, un juguete que podía durar años y años. Lenta y metódicamente, comenzó a arrancarle la piel con un gancho, y luego usó unas cadenas para lacerar y desgarrar la herida abierta hasta que volvió a cerrarse. Adquirió el hábito de llevar las cadenas al recorrer la cámara, más que nada por el placer que le inspiraba el terror que embargaba al hechicero al oír el lento chirrido que lo precedía al aproximarse.

Enfrascado en los pormenores de sus tormentos en el interior de la cámara, Thresh comenzó a distanciarse cada vez más de la orden del exterior. Comía en las subterráneas estancias, a la luz de una solitaria linterna, y raras veces salía a la superficie. Su tez cobró una marcada palidez por la falta de luz y su semblante se volvió enjuto y consumido hasta el extremo. Los miembros de la orden empezaron a evitarlo, pero incluso así, cuando se produjeron una serie de misteriosas desapariciones en su seno, a nadie se le ocurrió investigar la guarida de Thresh.

Pero entonces sobrevino la gran catástrofe conocida como la Ruina y una oleada de energía mágica se cobró las vidas de todos los habitantes del archipiélago y los sumió en un estado de no muerte. Mientras los demás aullaban de angustia, Thresh se solazaba en la aniquilación. Salió de este cataclismo transformado en una abominación espectral, aunque, a diferencia de muchos que habían pasado al mundo de las sombras, sin perder su identidad. Si acaso, su afición a la crueldad y la tortura y su capacidad de discernir las debilidades ajenas se vieron acrecentadas.

Su nueva realidad le ofrecía la oportunidad de dar rienda suelta a su crueldad sin miedo a las represalias y sin las limitaciones derivadas de la mortalidad. Como espectro, Thresh podía atormentar sin fin a vivos y muertos y deleitarse con su desesperación antes de reclamar sus almas para someterlas a una eternidad de sufrimiento.

Ahora, Thresh busca víctimas muy concretas: los más inteligentes y duros, quienes poseen mayor fuerza de voluntad. Lo que más le gusta es atormentar a sus víctimas hasta arrancarles el último destello de esperanza, para luego obligarlas a afrontar la inexorable agonía de sus cadenas.

La recogida

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Un espantoso chirrido metálico se extendió sobre los campos. En el exterior, una niebla antinatural ocultó la luna y las estrellas, y el zumbido de los insectos se sumió de pronto en un completo silencio.

Thresh se acercaba a una destartalada cabaña. Levantó su linterna, no para ver lo que lo rodeaba sino para mirar en el interior del cristal. Más allá de este se veía algo que parecía un firmamento estrellado, con millares de minúsculos orbes ardientes. Cada uno de ellos zumbó frenéticamente, como si quisieran escapar a la mirada de Thresh. Los labios de este se retorcieron en una grotesca sonrisa y su dentadura resplandeció a la luz. Cada uno de aquellos orbes le era muy preciado.

Tras la puerta sollozaba un hombre. Thresh percibió su dolor y se sintió atraído por él. Conocía el sufrimiento del hombre como si fuera un viejo amigo.

Solo se había aparecido al hombre en una ocasión, décadas antes, pero desde entonces le había arrebatado todo aquello que amaba: de su caballo favorito a su madre, su hermano y, en los últimos tiempos, un criado que se había convertido en su confidente. El espectro no se había molestado en fingir que las muertes habían tenido causas naturales. Quería que el hombre supiera quién era el responsable de cada una de ellas.

Atravesó las puertas, acompañado por el chirrido de las cadenas que arrastraba. Las paredes estaban llenas de humedades y cubiertas por años de mugre. Y el hombre tenía un aspecto aún peor: el pelo crecido y enredado, y la piel salpicada de costras en carne viva, abiertas por sus propias uñas. Su ropa, antaño un traje de buen terciopelo, no era ahora más que un montón de andrajos.

El hombre se apartó dando un respingo del fulgor verde y se tapó los ojos. Con un violento estremecimiento, retrocedió hasta el rincón de la cabaña.

—Por favor. Por favor, tú no —susurró.

—Hace tiempo te reclamé como mío —siseó Thresh con una voz tan cascada como si llevara una eternidad sin pronunciar palabra alguna—. Es la hora de la recolección...

—Me estoy muriendo —respondió el hombre con un hilo de voz—. Si has venido a matarme, más vale que te apresures. Hizo un esfuerzo por mirar directamente a Thresh.

—No es tu muerte lo que deseo —dijo el espectro y sonrió aún más.

Dejó entreabierta la portilla de cristal de su linterna. Unos sonidos extraños salían de su interior, como una cacofonía de gritos.

El hombre no reaccionó, al menos al principio. Las voces eran tan numerosas que se fundían como el chirrido de infinitos fragmentos de cristal. Pero el hombre abrió los ojos de par en par al oír que salían de la linterna las súplicas de algunas que reconocía. Oyó a su madre, a su hermano, a su amigo del alma y, por fin, lo que más temía: las voces de sus hijos, aullando como si los estuvieran quemando vivos.

—¿Qué has hecho? —exclamó. Sus manos buscaron a tientas hasta encontrar algo, una silla rota, y se la lanzaron a Thresh con todas sus fuerzas. Pero la silla atravesó al espectro sin tocarlo y Thresh respondió con una carcajada desprovista de toda alegría.

El hombre se abalanzó sobre él con los ojos inflamados de furia. Las cadenas del espectro se pusieron en movimiento como serpientes. Los garfios alcanzaron al mortal en el pecho, le abrieron las costillas de par en par y atravesaron su corazón. El hombre cayó de rodillas, con el rostro contraído de deliciosa agonía.

—Los abandoné para mantenerlos a salvo —sollozó. Un reguero de sangre cayó de su boca.

Thresh tiró con fuerza de las cadenas. Durante un instante, el hombre no se movió. Entonces comenzó el desgarro. Como una sábana de hilo convertida lentamente en trapos, fue arrancado de sí mismo. Su cuerpo se convulsionó con violencia y su sangre regó las paredes.

—Empecemos, pues —dijo Thresh. Tiró del alma cautiva, que brillaba con palpitante intensidad a un extremo de la cadena, y la introdujo en la linterna. El cadáver del hombre, ya vacío, se desplomó al tiempo que Thresh se marchaba.

El espectro se alejó de la choza en compañía de la ensortijada Niebla Negra, con la linterna en lo alto. Solo después de que se hubiera ido, una vez disipada la niebla, reanudaron los insectos su nocturno coro y volvieron a brillar las estrellas en el firmamento.

''La mente es un juguete maravilloso... y es maravilloso hacerla trizas''.

Yorick

El pastor de las almas perdidas

Yorick, último superviviente de una orden religiosa olvidada hace tiempo, carga con la bendición y la maldición del poder sobre los muertos. Atrapado en las Islas de la Sombra, sus únicos compañeros son cadáveres en descomposición y los espíritus aullantes que atrae. Sus monstruosos actos ocultan un objetivo noble: liberar su hogar de la maldición de la Ruina.

Yorick no llevó una vida normal ni siquiera de niño. Criado en una aldea pesquera en un extremo de las Islas Bendecidas, siempre tuvo que luchar para ser aceptado. Mientras la mayoría de los niños de su edad jugaban al escondite, él hacía amigos de otro tipo: los espíritus de los que acababan de morir.

Al principio, esta capacidad de ver y oír a los muertos lo aterraba. Siempre que alguien moría en la aldea, Yorick pasaba la noche en vela, esperando el aterrador llanto de un nuevo visitante. No podía entender por qué lo atormentaban, ni por qué sus padres creían que los espíritus eran solo pesadillas.

Con el tiempo, empezó a darse cuenta de que aquellos seres no pretendían hacerle ningún mal. Solo estaban perdidos y necesitaban ayuda para encontrar el camino al más allá. Y como solo él parecía capaz de verlos, decidió convertirse en su guía y escoltarlos hasta lo que quiera que los esperase en la eternidad.

Era una tarea agridulce. Yorick disfrutaba de la compañía de los fantasmas, pero cada uno al que daba descanso era un nuevo amigo del que tenía que despedirse. Para los muertos era un salvador, pero para los vivos, un paria. Los aldeanos solo veían a un niño perturbado que hablaba con gente que no estaba allí.

Las historias sobre sus visiones no tardaron en propagarse más allá de la aldea, hasta llamar la atención de una pequeña orden de monjes de las Islas Bendecidas. Sus enviados viajaron hasta la isla de Yorick, convencidos de que podía convertirse en una herramienta de su fe.

Yorick accedió a acompañarlos hasta su monasterio, donde aprendió los caminos de los Frailes del Crepúsculo y el verdadero significado de sus símbolos. Cada monje llevaba consigo una pala, símbolo de su deber de realizar los ritos funerarios que garantizaban que no se extraviaran las almas, así como un frasquito de agua procedente del sagrado manantial de sus islas. Este ''Aliento de Vida'' representaba el deber de los monjes de curar a los vivos.

Pero, por más que lo intentó, Yorick nunca logró ganarse la aceptación de los demás monjes. Para ellos, era la prueba tangible de cosas que solo debían conocerse a través de la fe. Envidiaban su capacidad de percibir sin esfuerzo lo que ellos solo empezaban a comprender tras una vida entera dedicada a su estudio. Despreciado por sus hermanos, volvió a encontrarse solo.

Una mañana, mientras se ocupaba de sus quehaceres en el cementerio, lo interrumpió la aparición de una nube negra como el carbón que avanzaba sobre las Islas Bendecidas, devorándolo todo a su paso. Trató de escapar, pero la nube lo alcanzó rápidamente y lo sumió en la oscuridad.

A su alrededor, todos los seres vivos empezaron a contorsionarse, corrompidos por la impía magia de la Niebla Negra. Las personas, los animales e incluso las plantas se transformaban en siniestras y viles caricaturas de su antiguo yo. El aire turbulento que los rodeaba estaba cuajado de susurros y sus hermanos comenzaron a arrancarse los frascos de agua curativa del cuello, como si les causaran una profunda angustia. Un instante después, Yorick contempló con horror cómo las almas de los monjes eran arrancadas de sus cuerpos, sin dejar más que fríos y pálidos cadáveres tras de sí.

Entre los gritos cada vez más débiles de sus hermanos, solo Yorick podía oír las veces que sonaban en la niebla:

“Quítatelo. Únete a nosotros. Seremos uno”.

Sintió que sus dedos buscaban el frasco que llevaba al cuello. Haciendo acopio de toda su determinación, apartó las manos de la garganta y ordenó a las almas que dejaran de aullar. La Niebla Negra se estremeció con violencia y la oscuridad se tragó a Yorick.

Al despertar, los vientos habían cesado y la tierra antaño fértil se había transformado en el grotesco yermo de las Islas de la Sombra. Unos solitarios zarcillos de Niebla Negra se aferraban aún a él, como si quisieran apoderarse del único ser vivo al que aún no habían logrado corromper. Pero, al tiempo que la Niebla se ensortijaba a su alrededor, Yorick se dio cuenta de que el frasco de su cuello la repelía. Sus manos lo agarraron, al comprender que era lo único que lo mantenía con vida.

Durante los días siguientes recorrió la isla en busca de supervivientes, pero no encontró otra cosa que los retorcidos restos de sus antiguos habitantes. Por todas partes, lo único que podía ver eran los espíritus desdichados que se levantaban de los cadáveres.

Mientras buscaba, poco a poco, empezó a juntar las piezas de los sucesos que habían desembocado en aquel cataclismo: un rey había arribado a la isla para resucitar a su reina, pero lo único que había conseguido había sido condenar al archipiélago, con todos sus habitantes.

Yorick habría querido partir en busca de aquel ''rey arruinado'', para deshacer la maldición que había provocado. Pero se sentía impotente frente a la infinidad de muerte que lo rodeaba.

Casi perdido en su tristeza, comenzó a hablar con los espíritus que había a su alrededor, tratando de encontrar el mismo consuelo que de niño. Pero mientras se comunicaba con la Niebla, los cadáveres empezaron a salir de sus tumbas, atraídos por su voz. Entonces comprendió que los cuerpos que había enterrado en su día estaban ahora bajo su mando.

Un destello de esperanza se encendió en su corazón sumido en la desesperación. Para liberar las Islas de la Sombra, utilizaría su poder y sus fuerzas.

Para acabar con la maldición, se vería obligado a utilizarla.

Ritos funerarios

“Ayúdame”, suplicó el náufrago.

Yorick no sabía cuánto tiempo llevaba allí, con los huesos rotos, desangrándose sobre los restos de su barco pesquero. Gimoteaba con fuerza, pero sus gritos se perdían bajo las voces de la multitud de espíritus que moraba en la isla. Un remolino de espectros, atraídos por su agonizante fuerza vital como si fuera una luz, se habían reunido a su alrededor deseando segar un alma fresca. El hombre, espantado, abrió los ojos de par en par.

Hacía bien en tener miedo. Yorick había visto la suerte que corrían los espíritus perdidos que se llevaba la Niebla Negra, y aquello... aquello era carne fresca, algo muy poco habitual en las Islas de la Sombra. Hacía mucho tiempo —¿cien años?— que no veía un ser viviente. Podía sentir la Niebla a su espalda, temblando, ávida por envolver a aquel desconocido en su frío abrazo. Pero la visión del hombre había despertado en él algo que creía olvidado, y decidió que no estaba dispuesto a permitirles tomar aquella vida. El fornido monje se cargó al malherido marinero sobre los hombros y se lo llevó consigo ladera arriba, en dirección al viejo monasterio.

Yorick estudió el rostro del herido, que a cada paso que daba el monje se contorsionaba con un gemido de agónica protesta. ¿A qué has venido, ser viviente?

Tras completar su ascenso, llevó al invitado por los pasillos de la abadía y se detuvo ante la vieja enfermería. Depositó al náufrago sobre una enorme mesa de piedra y comenzó a examinar sus órganos vitales. Tenía la mayoría de las costillas rotas y uno de sus pulmones había colapsado.

“¿Por qué pierdes el tiempo?”, preguntó un coro de voces al unísono desde el interior de la Niebla, detrás de Yorick.

Este guardó silencio. Dejó al hombre donde estaba y se dirigió a una pesada puerta, en la parte trasera de la enfermería. La puerta se negó a abrirse y la mano de Yorick no logró más que dejar una huella sobre la gruesa capa de polvo que la cubría. Apoyó el hombro sobre la madera y empujó con todas sus fuerzas.

“Tanto esfuerzo para nada”, se burló la Niebla. “Deja que nos lo quedemos”.

Una vez más, Yorick respondió con un silencio desdeñoso hasta que, finalmente, logró abrir la puerta. El pesado roble se arrastró sobre las baldosas de piedra del monasterio. Al otro lado había una cámara llena de pergaminos, hierbas y cataplasmas. Yorick se quedó mirando las reliquias de su antigua vida por un instante, tratando de recordar cómo se usaban. Recogió algunas que le resultaban familiares —vendas, frágiles y amarilleadas por el tiempo, y un ungüento que se había secado hacía tiempo— y volvió con el hombre.

“Déjalo”, dijo la Niebla. “Es nuestro desde el mismo momento en que arribó a tierra”.

“¡Silencio!”, replicó Yorick.

El hombre de la mesa parecía falto de aliento. Yorick, consciente de que no tenía mucho tiempo para salvarlo, trató de vendarle las heridas, pero la tela putrefacta se deshacía en cuanto conseguía aplicarla.

El aliento del hombre se entrecortó más y más, y empezó a tener convulsiones. Impulsado por una agónica desesperación, agarró al monje del brazo. Yorick sabía que solo había una cosa que pudiera hacer para salvarle la vida. Destapó el frasco de cristal que llevaba al cuello y observó el agua reparadora que contenía. Quedaba muy poca. No tenía la certeza de que hubiera suficiente para salvarlo. Y aunque fuera así...

Debía afrontar la verdad. Al tratar de salvar al hombre, solo estaba persiguiendo el fantasma de su antigua vida, cuando aquel lugar maldito se llamaba aún las Islas Bendecidas. Los espíritus de la Niebla se habían burlado de él, pero lo habían hecho con la verdad. El hombre estaba condenado, y si Yorick usaba las Lágrimas de la Vida, se condenaría también. Tapó el frasco y lo dejó descansar contra su cuello.

Se apartó de la mesa y vio subir y bajar el pecho del hombre una última vez. La Niebla Negra inundó la habitación y los espíritus que albergaba extendieron las garras con impaciencia. Con un último estremecimiento de avidez, le arrancaron el alma del cuerpo. El alma exhaló un débil y fugaz grito antes de ser devorada.

Yorick permaneció inmóvil y recitó una plegaria casi olvidada. Miró el cadáver sin alma de la mesa, amargo recuerdo de una tarea todavía inconclusa. Mientras siguiera existiendo la maldición de la Ruina, cualquiera que acudiera a las islas sufriría la misma suerte. Tenía que llevar la paz a aquellas islas malditas, pero después de años de búsqueda, lo único que había encontrado eran susurros sobre un rey arruinado.

Necesitaba respuestas.

En respuesta a un ademán de Yorick, un fino jirón de Niebla penetró en el cadáver del hombre. Un instante después se puso en pie. Apenas era consciente, pero podía ver, oír y caminar.

“Ayúdame”, dijo Yorick.

El cuerpo salió tambaleándose de la enfermería, con pasos lentos y pesados que resonaron por los pasillos del monasterio. Continuó hasta llegar a la pestilente atmósfera del cementerio y se alejó entre las hileras de las vacías tumbas.

Yorick lo vio caminar hacia el centro de la isla hasta que se lo tragó la Niebla. Puede que este sí regresara con la respuesta.

'Estas islas... cómo gritan''.

Maokai

El treant retorcido

Maokai es un imponente y feroz treant que lucha contra los horrores antinaturales de las Islas de la Sombra. Las ansias de venganza lo inundaron después de que un cataclismo mágico destruyera su hogar, y sobrevive a la podredumbre únicamente por las aguas de vida imbuidas en su duramen. Maokai, antaño un pacífico espíritu de la naturaleza, lucha ahora con fiereza para desterrar la plaga de no vida de las Islas de la Sombra y restituir la anterior belleza de su hogar.

En tiempos inmemoriales, una cadena de islas emergió de las profundidades del océano como tejas negras de roca y arcilla. Con su creación, nació el espíritu de la naturaleza Maokai. Adoptó forma de treant, con un prominente cuerpo cubierto de corteza y largas extremidades como ramas. Maokai sintió la soledad profunda de la tierra y su potencial de exuberancia. Vagó de isla en isla en busca de señales de vida, cada vez más abandonado en su soledad.

En una isla montañosa, cubierta por un suelo mullido y rico, Maokai percibió una energía ilimitada que emanaba desde las profundidades de la tierra. Hincó sus grandes raíces hasta que alcanzaron unas aguas mágicas que otorgaban vida y bebió desmesuradamente. Tras beber el potente líquido, surgieron de él cientos de brotes que plantó por todas las islas.

Pronto, la tierra estuvo cubierta con un manto de bosques verdes, arboledas de elevados pinos y enredadas espesuras, todo impregnado de una magia maravillosa. Los árboles alcanzaban el cielo con sus densos follajes, con gruesas y sinuosas raíces que cubrían las islas de una exuberante frondosidad. Los espíritus de la naturaleza se sentían atraídos por tan abundante vegetación y los animales disfrutaban en el fértil verdor.

Cuando los humanos llegaron finalmente a las islas, también prosperaron en la abundancia de la tierra y formaron una sociedad cultivada de eruditos entregados al estudio de los misterios del mundo. Aunque Maokai era consciente de su presencia, comprobó que respetaban la espiritualidad de la tierra. Los humanos se dieron cuenta de la profunda magia que albergaba el bosque, por lo que construyeron sus casas en zonas poco frondosas para evitar molestar a los espíritus de la naturaleza. Maokai se manifestó directamente ante aquellos en los que confiaba y los bendijo con el conocimiento acerca de las frondosas islas, incluido su mayor don, el manantial subterráneo que podía curar heridas mortales.

Pasaron los siglos, y Maokai vivió inmerso en una alegría idílica hasta que una flota de soldados encalló en las costas de la isla. Maokai notó que sucedía algo terrible. Su rey, enloquecido por la pena, cargaba con el cadáver de su reina y, con la esperanza de revivirla, bañó su carne putrefacta en las aguas sanadoras. La reina, reanimada como un cadáver en descomposición, pidió volver a la muerte. El rey trató de deshacer el proceso, pero lo que logró fue lanzar inconscientemente una terrible maldición sobre la tierra.

A leguas de distancia, Maokai percibió las primeras ondas del desastre que pronto devastaría las islas. Sintió que una fuerza espeluznante se congregaba bajo el suelo y un amargo escalofrío lo recorrió de arriba abajo.

La devastación seguía propagándose, así que Maokai hincó las raíces desesperadamente en las profundidades para beber del agua sanadora, empapando cada fibra de su ser de magia. Antes de que le alcanzaran las aguas malditas, Maokai retiró las raíces, cortando toda conexión con el manantial. Aulló de rabia por la total corrupción de la reserva sagrada que había confiado a los hombres. Se crearon remolinos bajo el agua que se revolvieron hasta que no quedó nada puro.

Unos momentos después, la niebla que rodeaba las islas se ennegreció y se extendió por toda la tierra, atrapando a todos los seres vivos en un estado antinatural entre la vida y la muerte. Maokai observó impotente cómo todo lo que conocía (plantas, espíritus de la naturaleza, animales y humanos) se convertía en sombras miserables. Su furia aumentó: la gran belleza que había cultivado con sus pequeños brotes se había arruinado en un instante en las despreocupadas manos de los humanos.

La bruma enervante envolvió a Maokai, quien lloró hasta que las brillantes flores que adornaban sus hombros se marchitaron y se deshicieron. Su cuerpo se estremeció y se contorsionó hasta convertirse en una masa de raíces retorcidas y ramas enredadas, y la Niebla intentó succionarle la vida. Pero el duramen de Maokai estaba empapado con las preciosas aguas de la vida, y eso lo salvó del terrible destino de la no muerte.

Al tiempo que la tierra se plagaba de espectros grotescos y abominaciones horribles, una horda de hombres sin vida apareció frente a Maokai. Golpeó a los espíritus con sus extremidades en forma de rama con una violencia desatada, y se dio cuenta de que la fuerza de sus golpes podía convertirlos en polvo. El pensamiento le estremeció: nunca antes había matado. Se revolvió frenéticamente contra las formas sin aliento, pero vinieron cientos más a por él y, al final, tuvo que retroceder.

Con su hogar diezmado y sus compañeros convertidos en horrores inmortales, Maokai sintió la tentación de escapar de la pesadilla de las islas. Pero desde lo más profundo de su cuerpo retorcido, percibió la vida que le proporcionaban las aguas sagradas. Había sobrevivido a la Ruina por portar el mismo corazón de las islas en su interior y ahora no abandonaría su hogar. Como primer espíritu de la naturaleza de las Islas Bendecidas, se quedaría y lucharía por el alma de su tierra.

Aun rodeado de hordas infinitas de enemigos maliciosos y de una niebla ensombrecedora, Maokai lucha para conquistar el mal que infesta las islas arrastrado por un ardiente sentimiento de venganza. Su único placer procede de la salvaje violencia que inflige a los espectros sin alma que merodean por su tierra.

Maokai combate la Niebla y los espectros inmortales, acabando con su dominio en alguna arboleda o matorral. Aunque lleva una era sin surgir nueva vida en este suelo maldito, Maokai se esfuerza por crear pequeños refugios, aunque sean temporales, pero libres de lamento y putrefacción.

Mientras Maokai siga luchando, habrá esperanza, pues su duramen está empapado de las aguas incorruptas de la vida, la última oportunidad que queda para que la isla se recupere. Si la tierra vuelve a su estado de júbilo, Maokai dejará de estar retorcido. El espíritu de la naturaleza trajo la vida a estas islas ya hace mucho tiempo, y no pretende descansar hasta que vuelva a florecer.

Flor nocturna

El frío viento azota las grietas de mi corteza con un sonido hueco y silbante. Estoy tiritando. Mis extremidades hace tiempo que olvidaron la calidez del verano.

Las largas figuras que me rodean se quiebran y caen ante el vendaval. Las vidas en su interior hace tiempo que murieron; ahora son mis compañeros silenciosos. Sus frágiles troncos ya son solo carcasas vacías, bosquejos irregulares y grises que nada tienen que ver con el bosque exuberante que brotó aquí.

Un espíritu serpentea entre los árboles frente a mí, pálido y espectral contra el aire nocturno. Un nudo se tensa en mi corteza. Normalmente, atravesaría su corazón azotándolo con mis raíces, pero hoy no me muevo, no quiero que el espectro se percate de mi presencia. Estoy cansado de aguantar. Mi mera existencia es un acto de desafío contra la maldición que infesta estas tierras.

Sus ojos de luna están vacíos. No hay nada vivo que aliente su fría amargura en esta isla de muerte, nada que cazar o consumir. El espíritu se escabulle entre los árboles y me deja solo.

Miro a través del bosque de sombras y mis ramas vacilan. Alcanzo a ver una pequeña llama roja que se alza entre el gris infinito. En un montículo de tierra negra, un capullo de flor surge del suelo; sus pétalos son tan brillantes que me queman los ojos.

Es una flor nocturna. Hace mucho tiempo, solían cubrir el suelo de las Islas Bendecidas y florecían la noche del solsticio de verano. Por la mañana, las flores se marchitaban y solo quedaban los pétalos ennegrecidos, y hasta el año siguiente no volvían a florecer. Pero, durante una noche, iluminaban el bosque de un carmesí tan intenso que parecía que la tierra estaba en llamas.

Miro a mi alrededor y, durante un brevísimo instante, pienso que si encontré una flor tal vez haya más. Pero solo encuentro el gris sombrío de estas islas muertas.

Mis ramas crujen al dar un paso tembloroso hacia delante. Me acerco a la flor, cautivado, pisando y convirtiendo en polvo las hojas cenicientas. Mi enorme estructura se impone sobre su delicada forma. Me inclino hasta que mi cara casi toca los pétalos de dulce aroma. Las potentes aguas de mi duramen se agitan, despiertan al reconocer lo que tengo ante mí. Vida.

El cuello de la flor está ladeado como con curiosidad. Hay venas bermellón intenso recorriendo cada pétalo, y su tallo verde pálido está cubierto con cientos de pelillos plateados y aterciopelados. Podría pasar una eternidad disfrutando de cada una de sus partes.

Crece en todo momento y cambia sutilmente, su tallo cada vez es más alto y sus pétalos se abren lentamente. Me hechiza cada movimiento, por insignificante que sea. Observo cómo el capullo se abre para mostrar los filamentos extendiéndose desde dentro; su aroma embriagador me inunda la mente de color. Durante un instante me olvido del frío, del viento vacío y de mi propia amargura.

Una pálida luz titila y me encojo. Una figura brillante se acerca. Siento un hormigueo en la corteza. No hay aliados en estos bosques sin sangre.

Vuelve el espíritu maldito, atraído por el movimiento. La vida no se está tan quieta como la muerte.

Flexiono las extremidades con furia, ya no eludo la violencia. Me gusta.

Durante una noche, existirá en estas islas yermas un ser viviente inmune a las fuerzas corruptas.

El espíritu planea hacia nosotros. Una vez fue humano, pero ahora es translúcido y blanco como los huesos. Su falta de expresión se transforma en un gesto voraz cuando ve la flor roja como la sangre.

El espectro corre hacia la flor e intenta inhalar su frágil vida. Antes de que la flor se marchite y se convierta en una sombra sin vida, lanzo mis extremidades hacia delante y las enrosco en las piernas del espíritu. Chilla, retrocede como si se hubiera quemado, y yo rujo. Los seres antinaturales detestan las aguas subterráneas de mi interior.

Se retuerce y consigue soltarse. Levanto las raíces y las golpeo contra el suelo. El impacto divide el suelo estéril y envía ondas por toda la tierra. Las reverberaciones golpean al espectro, que se tambalea de sufrimiento. Me río amargamente. Mientras se revuelve, lo atravieso con mis extremidades, y entonces se disuelve.

Una niebla oscura surge del suelo acompañada de una peste repugnante. El viento gime y decenas de espíritus se materializan ante mí; sus rostros estridentes observan boquiabiertos la escena. La flor nocturna y yo crecemos ante el muro de sombras. No permitiré que destruyan lo único puro que existe entre tanta oscuridad.

Golpeo con toda mi rabia y los repelo con una fuerza implacable. No puedo destruir a todos los espíritus de las islas, pero puedo contenerlos un tiempo. Un espectro intenta atravesarme. Aúllo al elevar mis raíces para perforar su corazón, y se disipa en la niebla.

Mis fuerzas se agotan con tantos espíritus cerca, pero me niego a ceder.

La flor crece brillante bajo la luz de la luna, ajena a esta batalla por su existencia. Un solo pétalo carmesí cae de la flor perfecta como una gota de sangre. Su ciclo se está acabando, trayendo la muerte y, con ella, el descanso. Pero no lo ansío. Siento que mi furia podría acabar completamente con la plaga que asola la isla.

La niebla maldita se ha elevado por encima de los árboles y se arremolina en grandes nubes. Una horda infinita de espíritus surge de la niebla con las bocas abiertas y un hambre malsana. Me alzo lo más que puedo y golpeo a los espíritus voraces con mis extremidades, convirtiéndolos uno a uno en polvo. Pero vienen más.

Aúllo al transformar el viento en una espiral retorcida, y alimento la tormenta con mi ira hasta que se convierte en un torbellino tempestuoso. Me deleito en el caos que genera el torbellino mientras gira en un círculo frenético alrededor de la flor y de mí. Manda violentamente a los espíritus más allá de los árboles. En medio de esta pesadilla, he creado un santuario en el que puede desarrollarse la vida.

Me giro hacia la flor. Estamos juntos y en silencio en el ojo de la tormenta, aún en medio de toda la locura. Un segundo pétalo ardiente cae de la flor nocturna, y luego otro. El torbellino me drena la energía, pero no flaqueo, y la tormenta sigue rugiendo. La flor se inclina por momentos hasta que mira hacia el suelo. Es perfecta en su lenta y natural decadencia. No puedo mirar a otro lado mientras pierde su corona de pétalos ardientes y se marchita del todo.

Está muerta.

Bajo las ramas y el torbellino se calma. Por encima de mí, el cielo es de un gris pizarroso, lo más brillante que puede estar en este sombrío lugar. La melancolía de la niebla lo invade todo de nuevo y los espíritus regresan. Sus caras no tienen expresión, ya no sienten la vida ilícita de la flor nocturna, ya no esperan el gozo de una nueva muerte.

Se retiran a los bosques vacíos. Atravieso a un espectro con mis raíces según pasa por mi lado, y esparzo su esencia en la niebla evanescente. Los otros se escapan a mi alcance en su vuelta a la pesadumbre.

Aunque parece que las islas no han cambiado, ya no son la misma tierra baldía que eran ayer. Las aguas de la vida se agitan en mi interior y el suelo bajo mis raíces vuelve a ser fértil.

Aunque sus pétalos se transformaron en polvo, la luminosa flor nocturna arde como el fuego en mi interior y prende mi furia. Del mismo modo que estas islas nacieron de una roca en llamas, yo las purificaré de su pestilencia con una llamarada ardiente.

Sigo a los espíritus rezagados mientras se escabullen por los árboles huecos.

Pagarán por su perversidad.

'Me rodean carcasas vacías, sin alma e impasibles... pero yo haré que teman''.

Evelynn

La hacedora de viudas

Tan veloz como letal, Evelynn es una de las asesinas más eficientes, y costosas, de toda Runaterra. Capaz de fundirse con las sombras a voluntad, acecha pacientemente a su presa, esperando el momento preciso para atacar. Es evidente que no es del todo humana y, aunque no está claro cuál es su linaje, se cree que procede de las Islas de la Sombra. Sin embargo, sus vínculos con este reino torturado siguen revestidos de misterio.

Las sombras llaman

Saito Takeda apoyó los codos en la superficie lacada de su escritorio. El cuero grueso de sus guantes crujía mientras golpeteaba entre sí las yemas de sus dedos. Lo que en años pasados habían sido gruesas masas de músculos, lentamente se había transformando en grasa, pero él seguía siendo un hombre grande e intimidante. Su mirada era inescrutable y sus ojos habían sido ocupados hace tiempo por unos lentes negros reflectantes, fríos y faltos de alma.

Un par de guardaespaldas de enorme tamaño permanecían a cada uno de sus lados. Eran lo mejor que el dinero podía comprar; el brillante, aunque trastornado, científico Singed había convertido sus cuerpos en brutales armas de tecnología química.

La inherente violencia y ambición de Takeda lo habían hecho salir de sus humildes orígenes para convertirse en uno de los barones químicos más poderosos de Zaun, quienes eran los infames gobernantes de las entrañas de la ciudad. Hoy planeaba la caída de otro de sus rivales.

'Hazla pasar, Ortos', dijo, en medio de la nube de humo que había exhalado.

Las cadenas ocultas tintineaban y se tensaban, y las oscuras puertas de hierro de su oficina se abrieron por completo con un chirrido. Otros dos guardaespaldas permanecían afuera prestando vigilancia silenciosa. Demasiados cuidados nunca son suficientes. Takeda lo había aprendido por las malas, como lo atestiguaban sus diferentes cicatrices.

El chambelán calvo de Takeda, Ortos, dio un paso adelante llevando a una pequeña figura hacia la entrada.

Las sombras no se despegaban de ella, por lo que era difícil distinguirla claramente, aunque Takeda pudo ver por un instante parte de una piel de tono azul y un par de ojos voraces que reflejaban los apliques de fuego químico de la oficina. Sintió una extraña sacudida de aprensión ante su presencia, pero la ignoró. Era uno de los hombres más temidos en Zaun; ¿por qué debería sentirse incómodo en su propia oficina?

'La señorita Evelynn', anunció Ortos.

Takeda hizo una seña con su mano enguantada. Ortos se retiró y las puertas se cerraron tras él. Evelynn avanzó con paso despreocupado, moviéndose con una gracia sublime y los tacones de sus botas resonaban dejando un marcado eco.

Se detuvo de repente del otro lado del amplio escritorio de Takeda y posó las manos en las caderas. Ahora él podía verla más claramente, ya que las sombras habían quedado atrás, en las esquinas de la sala.

Su delgada figura vestía un cuero rojo brillante y sus ojos eran amarillos y almendrados, como los de un gato. Una salvaje melena de cabello carmesí enmarcaba su rostro y unos filosos caninos brillaban a medida que sus labios se separaban para formar una sarcástica y burlona sonrisa.

'Me han llamado de muchas maneras', dijo ella, 'pero, ¿señorita? Esa es nueva'.

Takeda se reclinó en su asiento, analizándola. 'Por aquí muchos te llaman la Hacedora de Viudas'.

Evelynn se encogió de hombros. 'Al menos es preciso'.

'En lo que a mí respecta, nunca me he casado', dijo Takeda. 'Pero el que quiero que mates, el Barón Artega Holt, tiene esposa. Dos, en realidad, y una multitud de amantes'.

'Suena totalmente encantador. Seguro lo extrañarán muchísimo', susurró Evelynn. 'Me encantará conocerlo'.

'Antes de encomendarte esta tarea, necesito tener algún tipo de garantía', dijo Takeda. '¿Cómo sé que eres la indicada para este trabajo?'

'¿Vas a hacer que te lo demuestre? ¿Degollando a alguien en un callejón, tal vez?', preguntó ella con un dejo de irritación en la voz. '¿Hace tanto que no piso Zaun que realmente tengo que hacer una audición?'

'De vez en cuando oímos algo sobre tus proezas. El comandante caballero demaciano asesinado el año pasado; fuiste tú, ¿verdad?'

Evelynn asintió con un movimiento lento. 'Así es'.

'¿Y el heredero del Clan Kozar, en Piltóver, la semana pasada?

La expresión de Evelynn se endureció.

'No, no fui yo', dijo ella. 'Esa fue la Dama Gris'.

'Ah', exclamó Takeda. 'Qué interesante. Bueno, supongo que eso prueba que no siempre se puede confiar en las reputaciones y los rumores. Creeré en lo que pueda ver con mis propios ojos'.

'Entonces me temo que esto te decepcionará', dijo entre dientes Evelynn.

La asesina de piel azulada dio un paso atrás y desapareció repentinamente entre las sombras. Los guardaespaldas de Takeda se pusieron tensos y flexionaban las extremidades fortalecidas con pistones en señal de preocupación. Takeda miraba hacia la izquierda y hacia la derecha, tratando de ubicarla. Nada. Se había ido, sin más; había desaparecido por completo, como si se la hubiera tragado la oscuridad.

'No está mal', dijo. Él había oído hablar sobre su poder, por supuesto, pero algunas cosas a veces se exageran demasiado. Estuvo complacido de ver que los rumores eran ciertos en este caso.

Unas garras lo tomaron por detrás y unas uñas color rojo sangre se enterraron en su piel mientras Evelynn aparecía de entre las sombras. Ella era mucho más fuerte de lo que parecía y a la fuerza le giró la cabeza para dejar expuesto su grueso cuello. Su toque era gélido, como si ya no corriera sangre caliente por sus venas, y sus colmillos quedaron a centímetros de la yugular.

Los guardias se dieron vuelta enseguida y se abalanzaron para defender a su maestro, pero Takeda levantó una mano para detenerlos en el acto. Sabía que serían demasiado lentos si ella realmente quisiera terminar con su vida.

'¿Qué opinas?' musitó Evelynn mostrando los dientes y su helado aliento acariciaba la garganta de Takeda. '¿Logré impresionarte?'

Takeda resopló.

'Nada mal', dijo él. 'Sí, lo harás muy bien. Ahora discutamos mi oferta'.

'Espero que puedas costearme', dijo ella entre dientes, apretando más su cuello e inclinándose aún más. 'No quiero que me hayas hecho perder el tiempo aquí'.

Takeda tragó saliva en evidente incomodidad. 'No creo que ese sea un problema', dijo.

Evelynn lo soltó con un empujón y se sentó en el borde de la mesa. Se estiró como un gato con total tranquilidad.

'Aún no me has preguntado el precio', dijo ella.

'Lo que sea, puedo pagarlo'.

'El dinero no es de mi interés, Saito', exclamó la asesina.

Takeda frunció el ceño. 'Entonces, ¿qué es lo que quieres?'

'Mucho más de lo que estarás dispuesto a ofrecer, creo', contestó. 'Pero estoy segura de que accederás'.

'Esta no es la forma en que funcionan las cosas aquí', gruño Takeda. 'Soy el dueño de este distrito; nadie puede venir a exigirme nada'.

'Solo has visto una parte de lo que soy capaz de hacer', dijo Evelynn y se reclinó sonriendo. 'Estoy en buena posición para tener varias exigencias'.

Takeda no dijo nada, su cuerpo estaba tenso. Abrió la boca para hablar pero Evelynn lo interrumpió levantando un dedo.

'No digas nada precipitado, querido', dijo ella. 'Estarás muerto antes de que las palabras hayan dejado tus labios'.

Takeda la miró fijamente y quedó inmóvil, sin saber qué hacer.

'Eso es', dijo Evelynn después de un momento. Se paró, dio la vuelta al escritorio y se dirigió hacia la puerta dando zancadas.

'Artega Holt estará muerto antes de que salga el sol', dijo sin mirar atrás. 'Me pondré en contacto para mi primer pago'.

'¿Primer pago?' dijo Takeda.

'El primero de varios', dijo ella tomándose un momento para mirarlo. 'Sería prudente que recordaras que puedo atacar desde cualquier lugar donde haya oscuridad. Y Zaun es un lugar muy oscuro'.

Ella hizo un gesto con la cabeza señalando la puerta y levantando una ceja. Takeda masculló una orden y las puertas se abrieron. Antes de irse, Evelynn le hizo un guiño.

'No te lo tomes a mal', dijo la mujer mientras se perdía entre las sombras. 'Siempre y cuando no me irrites, esta sociedad funcionará para ambos'.

Takeda se sentó solo y en silencio. Después de unos minutos, su chambelán echó un vistazo adentro.

'¿Puedo servirle en algo, mi señor?' Dijo Ortos.

'No', dijo Saito Takeda con los dientes apretados. Lanzó un puñetazo contra el escritorio. 'Déjame, desaparece, déjame solo. Y échale leña a la caldera. Hay demasiadas sombras aquí...' [1]

Elise

La reina de las arañas

Elise es una letal depredadora que mora en un palacio sin luz ni ventanas, en lo más hondo del Bastión Inmortal de Noxus. En su día fue una mujer mortal, señora de una casa poderosa, pero la picadura de un malvado dios araña la transformó en una criatura hermosa, inmortal y totalmente inhumana. Elise se aprovecha de inocentes para mantener su eterna juventud y muy pocos son capaces de resistirse a sus encantos.

La dama Elise nació hace muchos siglos en el seno de la casa Kythera, una antigua y poderosa familia de Noxus, donde descubrió muy pronto lo útil que resulta la belleza para influir sobre las mentes débiles. Al llegar a la mayoría de edad, decidió contraer matrimonio con el heredero de la casa Zaavan, con la idea de acrecentar el poder de la suya. Muchos Zaavan se oponían al enlace, pero Elise engañó a su futuro marido y manipuló a sus detractores para asegurarse de que el enlace se llevara a cabo.

Tal como había previsto, su influencia sobre su nuevo esposo probó ser considerable. La casa Zaavan creció en poder, lo que a su vez facilitó el ascenso de la estrella de los Kythera. El marido de Elise era la cara visible de su casa, pero quienes conocían los entresijos de la pareja sabían quién ostentaba el poder en realidad. Al principio, su marido aceptó este hecho, pero con el paso de los años fue incubando un creciente descontento al ver que se convertía en la comidilla de las familias noxianas.

Finalmente, su resentimiento se convirtió en un rencor amargo, hasta que una noche, durante la cena, en medio de su habitual atmósfera de frialdad, reveló a su esposa que le había envenenado el vino. Acto seguido le expuso sus condiciones: si se retiraba del mundo y permitía que él se hiciera con las riendas del poder, le daría el antídoto. Si no, la dejaría morir de manera lenta y dolorosa. Con cada inhalación, el veneno hacía su funesta obra e iba disolviendo la carne y los huesos de Elise desde dentro. Convencida de que él llevaría el antídoto encima, Elise palpó entre su ropa un cuchillo afilado y empezó a interpretar el papel de la esposa arrepentida. Lloró y suplicó a su marido que la perdonara, utilizando todas sus argucias para acercarse a él sin alertarlo de sus intenciones. Y mientras tanto, el veneno iba deformando su carne con grotescas lesiones y llenando sus miembros de agonía.

Cuando por fin llegó a su lado, su marido comprendió —demasiado tarde— hasta qué punto había subestimado su aversión. Elise se abalanzó sobre él, le atravesó el corazón con el cuchillo y retorció lentamente la hoja para matarlo. Tal como había supuesto, llevaba encima el antídoto, pero el daño ya estaba hecho. Su rostro había quedado monstruosamente desfigurado, cubierto de grotescos cardenales y carne necrosada, como un cadáver dotado de una espantosa vida.

Elise se había convertido así en la señora de la casa Zaavan y, debido a la naturaleza de la política noxiana, recibió toda clase de alabanzas por haber cercenado a un miembro débil para el imperio. Sin embargo, las ideas de la belleza y el poder estaban tan entrelazadas en su interior que abandonó la vida pública y empezó a cubrirse el rostro con un velo. Renunció a la luz de día y expulsó a todos sus aliados y peticionarios, con lo que su antaño poderosa casa inició un lento descenso hacia la oscuridad. Elise acostumbraba pasear sola por los vacíos pasillos de su palacio, convertida en una moradora de la oscuridad que solo se aventuraba más allá de sus elevados muros al amparo de la noche.

En el transcurso de uno de estos paseos nocturnos, otra mujer cubierta por un velo se acercó a ella y, tras ponerle en la mano un sello de cera con forma de rosa negra, le susurró que la Mujer Pálida sí sabría valorar sus talentos. Elise prosiguió su camino, pero cuando se encontraba ya a unos pasos, el eco de la voz de la mujer resonó tras ella con la promesa de devolverle toda su belleza. A pesar de que sabía que era absurdo, la vanidad y la esperanza de volver a ser la que era inflamaron su curiosidad. Durante semanas recorrió las calles de la ciudad, hasta que volvió a dar con el sello de la rosa negra, grabado sobre un arco sombrío que conducía a las catacumbas de Noxus.

El rastro de símbolos ocultos la llevó hasta la Rosa Negra, una sociedad secreta donde aquellos que estudiaban la magia negra compartían secretos y saber oculto. Escondida bajo su velo, Elise se convirtió en una visitante habitual y no tardó en entablar una estrecha relación con la Mujer Pálida, una criatura de belleza atemporal dotada de gran poder. Abrazó las costumbres de la sociedad secreta, pero sin dejar de buscar lo que le habían prometido: su perdida belleza.

La Mujer Pálida le habló de un lugar encantado conocido como las Islas de las Sombras y de una athame con hoja en forma de serpiente que había pertenecido a uno de sus acólitos, muerto en la madriguera de un voraz dios arácnido. La daga estaba imbuida de una poderosa magia y si alguien la recuperaba para ella, la utilizaría para devolverle a Elise su belleza. Elise aceptó la propuesta al instante y, acompañada por un grupo de devotos de la Rosa Negra, decidió partir hacia las islas, a pesar de saber que un premio como aquel tendría un precio sangriento.

Encontró a un capitán desesperado y acogotado por las deudas, dispuesto a llevar a su grupo de peregrinos al otro lado del mar. Su barco navegó durante semanas hasta que una isla de accidentado contorno apareció tras unos bancos de niebla negra. Elise desembarcó en una playa de arena cenicienta y condujo a sus seguidores hacia las profundidades malditas de la isla, como un rebaño de corderos al matadero. Los malévolos espíritus de la isla se llevaron a muchos, pero cuando por fin llegaron a la madriguera cubierta de telarañas del dios arácnido aún quedaban seis con vida.

Una hinchada y monstruosa criatura hecha de quitina y colmillos salió de la oscuridad y comenzó a devorar a los horrorizados viajeros. Mientras sus compañeros morían o quedaban inmovilizados en la telaraña, Elise vio la daga que buscaba la Mujer Pálida en la mano de un cadáver reseco. Logró alcanzarla al mismo tiempo que el dios araña le clavaba los ponzoñosos colmillos en el hombro. Elise cayó de bruces y la hoja del athame le atravesó el corazón. Su poderosa magia la inundó y, al mezclarse con el letal veneno, desencadenó terribles transformaciones en su cuerpo. El veneno, acrecentado por el poder de la magia, alteró su carne y transformó a Elise en una criatura aún más hermosa que antes. Sus cicatrices desaparecieron y su piel se volvió inmaculada como la porcelana, pero el veneno del dios tenía sus propios planes. La espalda de Elise se estremeció con un movimiento ondulante al tiempo que le brotaban de la carne unas patas de araña.

Elise se levantó, jadeante por la agonía de la transformación, y se encontró con que el dios araña se erguía sobre ella. Un poder compartido fluyó entre ambos y comprendieron al instante cómo podrían beneficiarse de aquella simbiosis inesperada. Elise regresó a la nave sin que la molestaran los espíritus de la isla y partió rumbo a Noxus. Al arribar al puerto, en mitad de la noche, era la única criatura viva que quedaba a bordo.

Devolvió el athame a la líder de la Rosa Negra, a pesar de que la Mujer Pálida le advirtió que la magia que mantenía su renovada belleza terminaría por desvanecerse. Las dos sellaron un pacto: la Rosa Negra proporcionaría a Elise acólitos para ofrecérselos al dios araña y ella, a cambio, les entregaría cualquier reliquia de poder que encontrase en la isla.

Elise volvió a instalarse en las desiertas estancias de la casa Zaavan, donde cobró fama como una criatura hermosa pero totalmente inalcanzable. Nadie sospechaba su auténtica naturaleza, aunque corrían curiosos rumores sobre ella, delirantes relatos sobre su inmortal belleza o la aterradora criatura cuya madriguera, según se decía, se encontraba en lo alto de su ruinoso y polvoriento palacio.

Han pasado siglos desde su primera visita a las Islas de las Sombras y, cada vez que Elise encuentra el menor rastro de blanco en su cabello o una pata de gallo en sus ojos, marcha a la Rosa Negra en busca de incautos que se dejen arrastrar al tenebroso archipiélago. Ninguno de sus acompañantes regresa nunca y se dice que ella vuelve de cada viaje rejuvenecida y con nuevas fuerzas, portando una nueva reliquia para la Mujer Pálida.

Hebras de seda

Aquellas semanas en el océano habían hecho que Markus se sintiera débil y mareado, por lo que se alegró mucho de volver a pisar tierra firme. El camino a la orilla de basalto era muy resbaladizo, lo que lo hacía traicionero. Los árboles torcidos y encorvados en todas direcciones parecían cáscaras ennegrecidas y miserables. Lloraban una savia amarillenta por donde aparentemente algún animal asustado había clavado sus garras. Entre los árboles se vislumbraba una tenue luz, que danzaba como las velas de los cadáveres cuyo brillo atraía a las almas incautas del pantano y las condenaba para siempre. En las ramas había algo parecido a hojas delgadas y mortecinas, y Markus tardó un momento en darse cuenta de que se trataba de telarañas.

El helecho obstruía la maleza en ambos lados del camino y en ocasiones se podía ver fugazmente la sombra de alguna criatura que se dirigía al bosque. Tal vez las ratas que habían infestado el barco los habían seguido incluso ahí. Markus no las había visto, como mucho intuido una veloz silueta de algo negro y peludo por un instante, u oído el sonido tan característico de unas garras al correr sobre madera. Siempre había pensado que, por el sonido, parecía que se tratara de criaturas con muchas más patas de las que se suponía que tenían.

El aire de aquella isla era inmensamente húmedo, y tanto su elegante túnica confeccionada a medida como sus botas estaban empapadas. La bola aromática que se llevó a la nariz no bastaba para camuflar el hedor de la isla, y le recordó al vertedero de cadáveres que había al otro lado de los muros de Noxus cuando el viento soplaba desde el océano. Al recordar su hogar, se sintió incómodo por un momento. Las aventuras de las catacumbas situadas bajo la ciudad le habían producido una placentera sensación de emoción ilícita, una recompensa por haber seguido el símbolo secreto de la flor de pétalos negros. En la oscuridad de los sepulcros, él y sus compañeros se reunieron, devotos.

Donde ella los aguardaba.

Alzó la vista, esperando ver a la seductora mujer cuyas palabras habían traído a tantos hombres a aquel lugar. Vio un destello de seda carmesí y el bamboleo de unas caderas antes de que la figura se adentrara en la espesa niebla. Los sermones sobre un dios ancestral lo llenaron de emoción, y cuando él y treinta hombres fueron elegidos para el peregrinaje, estaba extasiado de felicidad. Cuando embarcaron a medianoche y el timonero silencioso y encapuchado los miró, se sintió como en una épica aventura. Sin embargo, estar tan lejos de Noxus comenzaba a nublar su entusiasmo.

Markus se detuvo para mirar el camino por el que había venido. Sus compañeros peregrinos siguieron avanzando, empujando como ganado. ¿Qué les pasaba? Detrás de ellos iba el timonero, que se deslizaba por el camino casi como si sus pies apenas rozaran el suelo. Su ropaje ondulaba al son de su movimiento, y el miedo anidó en el corazón de Markus al estar cerca de él.

Cuando se giró, se encontró cara a cara con ella.

“Elise…”, dijo prácticamente sin aliento. Su instinto lo apremiaba a apartarla y salir corriendo de aquel horrible lugar, pero la intoxicación de su oscura belleza superaba el rechazo. Aquel sentimiento de repugnancia se desvaneció con tal rapidez que dudó de si la había sentido.

“Markus”, le contestó, y el sonido de su nombre en los labios de ella fue divino. Una oleada de placer le recorrió la columna. Su belleza lo atravesó, y saboreó cada detalle de su forma perfecta. Sus rasgos eran angulares y muy definidos, a lo que se sumaba un lustroso cabello escarlata como el de una chica de alta cuna que había conocido en el pasado. Sus labios carnosos y el brillo oscuro de sus ojos lo atrajeron más aún a su red con la promesa de un éxtasis inminente. Una capa negra y escarlata ceñida con un broche de ocho puntas cubría sus hombros, y ondeaba a pesar de que no había viento.

“¿Hay algún problema, Markus?”, preguntó. Su voz lo calmó como un bálsamo. “Necesito que estés en paz. ¿Lo estás, verdad, Markus?”

“Sí, Elise”, dijo. “Estoy en paz.”

“Bien. Me disgustaría saber que no estás en paz ahora que estamos tan cerca”.

La mera idea de no complacerla hizo que el pánico recorriera a Markus de arriba abajo, y que el joven cayera al suelo. Envolvió las piernas con sus brazos que, igual que el alabastro, eran pálidos, fríos y delicados.

“Lo que sea por mi señora”, dijo.

Ella bajó la vista para observarlo y sonrió. Por un instante a Markus le pareció ver algo largo, fino y brillante bajo la capa. El movimiento era antinatural y nauseabundo, pero le daba igual. Elise le puso una de sus afiladas uñas negras bajo la barbilla e hizo que se alzara de nuevo. Un riachuelo de sangre se abrió camino por su cuello, pero él lo ignoró y siguió a Elise, que había dado la vuelta y lo guiaba hacia delante.

Él la siguió, y en su mente no había más pensamiento que el de complacerla. Los árboles eran cada vez más delgados, y el camino terminaba en un acantilado. Al ver los símbolos escarbados, Markus sintió una punzada. Al pie del precipicio había una cueva que se asemejaba a unas fauces abiertas, y la determinación de Markus se desvaneció dejando paso al miedo.

Elise le indicó que entrara, y él no tuvo fuerzas para resistirse.

El interior de la cueva era extremadamente oscuro y hacía un calor sofocante. Aquella oleada de calor apestaba de un modo parecido al de un matadero. En su interior, una voz le gritaba que corriera, que se alejara tanto como pudiera de aquel lugar terrible, pero sus pies traicioneros lo llevaron aún más adentro. De repente sintió cómo caía una gota del techo y aterrizaba en su mejilla, y Markus se encogió de dolor, pues escocía. Miró hacia arriba y vio formas pálidas como larvas, colgadas y agitándose. En la superficie traslúcida de una telaraña recién tejida había una cara humana, y las redes acallaban sus gritos.

“¿Qué es este lugar?”, preguntó a la vez que se liberaba del velo del engaño.

“Este es mi templo, Markus”, dijo Elise, y se soltó el broche de ocho puntas para sacarse la capa. “Este es el cubil del dios de las arañas”.

Sus hombros se retorcieron, y dos extremidades se abrieron paso por su carne y le salieron por la espalda; eran largas, oscuras y cortantes. Elise se fundió con la oscuridad convertida en una grotesca masa abotargada. Sus piernas colosales inclinaron el cuerpo hacia delante, y la débil luz de la entrada de la cueva reflejó una miríada de facetas en sus ojos.

La araña formaba un bulto enorme, peludo y recubierto de tumores mutantes y viscosos. El terror de su aspecto de pesadilla rompió finalmente el hechizo de Markus, y este corrió hacia la entrada de la cueva con la risa de Elise retumbándole en los oídos. Cuanto más avanzaba, más hilos se le iban pegando y ralentizaban su avance. Cuando oyó el sonido de las garras en movimiento se supo perseguido, y sollozó al pensar en ella tocándolo. Tropezó con más hilos de sus redes, y sintió que algo lo agarraba por el hombro. Markus cayó de rodillas y el veneno paralizante comenzó a surtir efecto. Estaba encerrado en la cárcel de su propio cuerpo.

Una sombra se cernió sobre él; era el timonero, que alargaba los brazos. Markus gritó cuando su túnica cayó al suelo y reveló que en realidad no era un hombre, sino un sinfín de arañas agrupadas en forma de hombre. Miles de arañas cayeron sobre él, y sus gritos se fueron ahogando a medida que se introducían en su boca, sus oídos y sus ojos.

Elise se inclinó para observarlo desde el aire gracias a sus extremidades traseras. Ya no era hermosa, y menos aún humana. Sus rasgos reflejaban un hambre feroz que nunca sería saciado. La amenazadora forma de su monstruoso dios araña alzó a Markus del suelo con unas mandíbulas como cuchillas.

“Ahora tienes que morir, Markus”, dijo Elise.

“¿Por qué...?”, balbuceó con su último aliento.

Elise sonrió, con la boca repleta de colmillos como agujas.

“Para que yo pueda vivir.”

'La belleza es otra forma de poder, capaz de golpear más fuerte que cualquier espada''.

El lamento del príncipe

Hoy os contaré una historia que está colmada de tristeza. Se habla de la hija de un rey conocida por su bondad y su belleza. Pero eso fue hace tiempo, ya no queda nada. Lleva siglos muerta y enterrada.

Llegó un joven príncipe y se casó con la heredera. Sin embargo, el festín de bodas no fue feliz como el rey quisiera. Ella fue envenenada por la bebida, y el príncipe partió para salvarle la vida.

Muchos se unieron, dispuestos a asistirlo en sus aventuras. Navegaron incontables millas, y llegaron a las tierras más oscuras. Maldito lugar, perdición de todo hombre, las Islas de la Sombra tenía por nombre.

Soportando el terrible hedor de la muerte y el lamento, no encontraron rastros de vida, pero sí de movimiento. Eran espíritus de almas en pena, un mal augurio de su eterna condena.

Los hombres del príncipe lucharon con valor, pero apareció un enemigo temible. Era la Sombra de la Guerra, infame, malvado e invencible. Al verlos morir, el príncipe salió corriendo. No quería morir de un modo tan sangriento.

Solo y perdido en la oscura noche, huyendo de los espectros del mal, en un claro iluminado por la luna se topó con un monje fantasmal. Le dijo: “¡Ayúdame! Con tus esfuerzos y los míos combatiremos la maldad de estos seres impíos.”

“Aquí todos somos iguales a los ojos de los difuntos. El triunfo llegará junto al alba. Que sea como dices, luchemos juntos. Hoy aprenderás secretos furtivos que llevan siglos a salvo de los vivos.”

Decidieron unir fuerzas, y en aquel campo de huesos se defendieron de los espíritus de la isla que llevaban siglos presos. Nunca llegó el amanecer, pero sí el fin de la lucha. “Hemos ganado, monje, ahora desembucha”.

El príncipe escuchó la historia ancestral de una reina, y de cómo tras su muerte su marido perdió la cordura y condenó a las Islas a la peor suerte. Todo por su orgullo y pensar que los reyes podrían desafiar a la naturaleza y sus leyes.

Su magia desató un azote de maldad, toda la isla se volvió sombría. Envuelta por la Niebla Negra, privada para siempre de la luz del día. Se extinguió la vida, y el tiempo detuvo su paso. Atroces fueron las consecuencias de aquel fracaso.

Ni en el rincón más recóndito quedaba rastro de gloria o esplendor. Solo había corrupción, depravación, murmullos fantasmales de pena y dolor. Las propias víctimas de la calamidad ahora amenazaban a toda la humanidad.

El joven escuchó sin mediar palabra al monje de rostro mortecino. Parecía saberlo todo, incluso lo advirtió de su destino: “Puedes mentir tanto como gustes, pero yo veo a través de tus embustes”.

Ya no tenía sentido ocultar todas las maldades que había hecho. Admitió sin remordimientos envenenar a su esposa bajo su propio techo. Solo ansiaba poder, nunca la había amado, no había amor en su corazón despiadado.

Pero, con su último aliento, la princesa recitó un hechizo fatal. Invocó al Espíritu de la Venganza y le imploró justicia inmortal. Pagó su alma como sacrificio. Kalista partió para cumplir su juicio.

Entonces la niebla se volvió densa, había llegado la hora. Comenzó a emanar un frío intenso, y apareció la etérea cazadora. Igual que termina una triste canción, cesaron los latidos en su vil corazón.

Cuando cesaron sus gritos, en su última agonía el príncipe murió pensando que ya nunca reinaría. Demasiado lejos llegó su ambición. Demasiado lejos, y fue su perdición.

Su alma levitó a la deriva, buscando la luz del sol. Pero en su lugar encontró el brillo cadavérico de un farol. El Carcelero Thresh, de piedad vacío, se lo dejó claro: “Ahora eres mío”.

No permitáis que esta historia se borre jamás de vuestra memoria. Vivid una vida plena con vuestros seres queridos. Vivid, vivid como el que más. Porque llegará vuestra hora y no habrá vuelta atrás...

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Sombra y fortuna (Capítulo 1, se puede pasar al siguiente al final de la misma página).

Referencias

http://lan.leagueoflegends.com/es/site/shadow-and-fortune/index.html

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