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Monte Targón

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Como todo lugar mitológico, el Monte Targón es un faro para los soñadores, los locos y los aventureros. Los que logran sobrevivir a la ardua travesía hacia los pies de la titánica montaña encuentran un cielo que brilla con cuerpos celestiales; con el sol y las lunas, pero además con constelaciones, planetas, cometas ardientes que atraviesan la oscuridad y auspiciosas aglomeraciones de estrellas. Las personas que viven en la base de la montaña creen que estos son aspectos de seres estelares desaparecidos hace mucho tiempo, criaturas poderosas y ancestrales en una escala que supera la comprensión humana.

Historia

Mount Targon Crest icon.png

Logo del Monte Targón

El Monte Targón es la cima más poderosa de Runaterra, una montaña imponente de roca calcinada por el sol en medio de una cordillera de cumbres de escala incomparable en el mundo. El Monte Targón, ubicado lejos de la civilización, es totalmente remoto y su cima es casi imposible de alcanzar excepto por el explorador más resuelto.

Muchas leyendas están ligadas al Monte Targón, desde cuentos que hablan de guerreros ardientes imbuidos con poderes increíbles que caen desde el cielo para combatir contra monstruos, hasta relatos fantásticos sobre los dioses y sus moradas celestiales desplomándose en la tierra para dar forma a la montaña. Algunas leyendas van aún más lejos y afirman que la propia montaña es un antiguo titán bajo el letargo del sueño.

Como todo lugar mitológico, el Monte Targón es un faro para los soñadores, los locos y los aventureros. Los que logran sobrevivir a la ardua travesía hacia los pies de la titánica montaña son bienvenidos como peregrinos por las diversas comunidades tribales establecidas en campamentos nómadas alrededor de su base.

Allí, los cansados viajeros conocen a las tribus, como los Rakkor, quienes han soportado durante milenios el clima hostil y las tierras implacables que rodean a la montaña. Estas personas están unidas por su creencia de que vivir a la sombra de estas ciclópeas estructuras de escala monumental es un verdadero llamado de poderes misteriosos. El origen y propósito de estas estructuras, de tener alguno, sigue siendo un misterio para los mortales que nunca sabrán lo que pensaban sus desaparecidos creadores. Muchos credos están arraigados a los alrededores de la montaña, pero todos contemplan a los Solari, una religión de adoración al sol cuyos dogmas dominan esas tierras. El principal templo de los Solari se encuentra situado en la ladera este de la montaña, al cual solo puede llegarse atravesando puentes de cuerda ondulantes sobre cañones abisales, trepando escaleras serpenteantes sobre roca suelta y cruzando estrechas salientes de escarpados precipicios tallados con símbolos ancestrales y enormes efigies.

Algunos valientes intentan escalar la montaña imposible, quizás en busca de sabiduría o iluminación, o por perseguir la gloria o algún anhelo profundo que los motiva a pisar su cumbre. Los moradores de la base de la montaña animan a estos valientes al comenzar su ascenso, con el conocimiento de que la montaña probará que la enorme mayoría no es digna de hacerlo. Y el precio a pagar por no conquistar el Monte Targón es la muerte.

Los escarpados flancos de la montaña y las peligrosas condiciones de sus altas laderas hacen su ascenso casi imposible. Sus rocas están sembradas con los cuerpos deformados de quienes lo intentaron y fallaron. El ascenso es prácticamente imposible, una extenuante prueba de cada faceta del escalador, su fuerza, carácter, resolución, temple y determinación. Algunos ascienden por semanas o meses, otros por solo un día, ya que la montaña es inconstante y siempre está cambiando. E incluso para aquellos pocos que de alguna manera lograron sobrevivir hasta llegar a su cúspide, la prueba no ha terminado. Hay quienes al pisar su cumbre la encuentran completamente vacía, una extensión abandonada de ruinas y tallados desgastados que van más allá de la comprensión humana. Por razones desconocidas, la montaña ha considerado que al escalador le hace falta alma.

Sin embargo, para solo un puñado de ellos, se dice que la cima está bañada de una cascada de luz resplandeciente, a través de la cual pueden apreciarse maravillas y vistas lejanas, las abrumadoras y seductoras visiones de un dominio mítico en el más allá. A pesar de conseguir el objetivo de alcanzar la cumbre, la gran mayoría falla esta última prueba, y huyen temerosos de este reino inhumano. De los muy pocos que continúan su camino, la mayoría jamás regresa, mientras otros reaparecen minutos, años o hasta siglos más tarde.

Solo existe una certeza, quienes regresan cambian al punto de ser irreconocibles.

Los Aspectos

El cielo que rodea al Monte Targón brilla con cuerpos celestiales; con el sol y las lunas, pero además con constelaciones, planetas, cometas ardientes que atraviesan la oscuridad y auspiciosas aglomeraciones de estrellas. Las personas que viven en la base de la montaña creen que estos son aspectos de seres estelares desaparecidos hace mucho tiempo, criaturas poderosas y ancestrales en una escala que supera la comprensión humana. Hay quienes creen que, en ocasiones, el poder de estos aspectos desciende de la montaña en el interior de los cuerpos centelleantes de los escaladores que probaron ser dignos. Tal ocurrencia es increíblemente rara y surgen relatos sorprendentes de las hazañas de dichos individuos, quienes solo aparecen una vez cada pocas generaciones.

Es extremadamente inusual que más de un aspecto camine por la tierra de Runaterra en un momento dado, por lo cual las historias sobre la manifestación de varios aspectos han difundido una ola de temor e incertidumbre entre los habitantes de la montaña. ¿Qué clase de amenaza podría surgir para requerir la fuerza de tantos seres poderosos?

PANTHEON

EL ARTESANO DE LA GUERRA

Pantheon OriginalSkin.jpg

El guerrero incomparable conocido como Pantheon es un modelo en las batallas casi imparable. Nació entre los Rakkor, una tribu guerrera que habita las laderas del Monte Targón, y luego de escalar la traicionera cumbre de la montaña y ser considerado digno por esta, lo eligieron para convertirse en la encarnación terrenal del aspecto celestial de la guerra. Pantheon, imbuido con poder inhumano, busca incansablemente a los enemigos de Targón mientras deja solo cadáveres a su paso.

Atreus era un orgulloso guerrero rakkorano, bautizado en honor de una de las cuatro estrellas que formaba la constelación del Guerrero en el cielo nocturno, aquella conocida para los Rakkor como el Panteón. A pesar de no ser el más rápido o fuerte entre los jóvenes guerreros del Monte Targón, ni tampoco el más diestro con el arco, la lanza o la espada, Atreus era determinado, decidido, y su resistencia era legendaria entre sus pares. Cada día antes del amanecer, mientras los demás dormían, se levantaba para correr los engañosos senderos del Monte Targón, y era el último en abandonar los campos de entrenamiento por las noches, con los brazos pesados por el trabajo con la espada.

Una feroz rivalidad surgió entre Atreus y otro joven rakkorano, un muchacho llamado Pylas. Pylas, nacido de un linaje de renombrados guerreros, era diestro, fuerte y popular. Parecía destinado a la grandeza, y ningún joven de su edad podía superarlo en el círculo de combate. Solo Atreus se negaba a dar marcha atrás, exigiéndose el máximo en el campo de batalla para seguir luchando ensangrentado y malherido incluso después de haber sido derribado una y otra vez. Aunque esto hizo que se ganara el respeto de sus instructores, también resultó en la enemistad de Pylas, quien consideraba los desafíos constantes de Atreus como una falta de respeto.

Atreus fue rechazado por sus compañeros y sufrió numerosas palizas por parte de Pylas y sus seguidores, aunque las soportó todas con un estoico temple. Mantuvo oculto aquel creciente ostracismo de su familia, ya que sabía que esto les causaría daño.

Un día de patrulla a comienzos del invierno, a un día de distancia de su aldea, los jóvenes guerreros y sus instructores encontraron un puesto avanzado rakkorano bajo humo y ruinas. La sangre manchaba la nieve, y los cadáveres yacían esparcidos en el suelo. Se ordenó una veloz retirada, pero era demasiado tarde... el enemigo ya había caído sobre ellos.

Los forasteros, vestidos con pieles y pesadas armaduras de hierro, aparecieron entre la nieve, con las hachas destellando en la fría luz. Ninguno de los jóvenes guerreros había completado su entrenamiento, y sus superiores eran todos ancianos que ya habían pasado su tiempo de gloria, y aun así, asesinaron a varios enemigos por cada uno de los aliados caídos. Sin embargo, los forasteros los superaban en número, y los Rakkor fueron aniquilados, uno por uno.

Pylas y Atreus lucharon codo a codo, los últimos Rakkor que quedaban en pie. Ambos estaban heridos y sangrando. La batalla terminaría en un instante, pero sabían que debían advertir a la aldea. Atreus encajó su lanza en la garganta de uno de los bárbaros, mientras Pylas rebanaba a otros dos, lo que creó un espacio momentáneo entre el círculo de enemigos. Atreus le dijo a Pylas que se marchara, que él retendría a los enemigos mientras Pylas escapaba. Sin tiempo para discutir, Pylas huyó mientras Atreus cargaba contra el enemigo.

Atreus peleó muy duro, pero finalmente cayó al ser impactado en el pecho por un hacha que lo dejó inconsciente.

Atreus despertó, no en el más allá celestial como habría de esperarse, sino en la montaña donde había caído. El Sol ya se ocultaba tras las cumbres circundantes, y estaba cubierto por una fresca capa de nieve. Se incorporó entumecido y apenas lúcido. Buscó entre los cuerpos de los rakkoranos caídos, pero todos estaban muertos. Y aún peor, Pylas yacía un poco más allá, con un hacha arrojadiza encajada en la espalda. La aldea no había sabido del ataque.

Arrastrándose y tropezando, Atreus se acercó a Pylas, y encontró a su antiguo rival con vida, pero gravemente herido. Acarreando al joven guerrero en sus hombros, Atreus comenzó el largo camino de regreso a casa. Tres días más tarde llegó a duras penas hasta las afueras de la aldea, y finalmente, se dejó caer.

Despertó con la mirada de Pylas sobre él y sus heridas cosidas y vendadas. Aunque Atreus estaba aliviado al enterarse de que su aldea no había sido atacada, también se sorprendió al saber que ni los Rakkor ni los ancianos de los Solari habían enviado a los Ra-Horak a encontrar y matar a los invasores, decidiendo en lugar de ello permanecer en la aldea y defenderse ante cualquier posible ataque.

En los meses siguientes, Atreus y Pylas se volvieron grandes amigos. Olvidando cualquier antagonismo anterior, se centraron en su entrenamiento con un vigor y propósito renovado. Mientras tanto, en el interior de Atreus surgió un resentimiento hacia la orden de los Solari. Él sentía que la mejor manera de proteger a la tribu radicaba en buscar y destruir a sus potenciales enemigos, pero la nueva líder de los guerreros Solari, una antigua miembro de su propia tribu, Leona, predicaba una forma diferente de protección, una que Atreus consideraba débil y pasiva.

Como todos los jóvenes rakkoranos, Atreus y Pylas crecieron escuchando las historias de grandes héroes que escalaban la cumbre del Monte Targón y habían sido bendecidos con un gran poder. Una vez aprobados los rigurosos ritos guerreros rakkoranos, el par de amigos comenzó a entrenar para emprender el ascenso a la montaña. Atreus esperaba obtener el poder necesario para buscar y derrotar por sí mismo a los enemigos de los Rakkor, ya que al parecer los Solari no estaban dispuestos a hacerlo.

Solo los más fuertes intentaban el ascenso, y solo unos pocos entre miles conseguían avistar la cima. No obstante, Atreus y Pylas se unieron a un grupo más grande formado por habitantes de todas las aldeas rakkoranas diseminadas a los pies de la montaña, y comenzaron su ascenso. Cuando partieron, el sol se oscureció al pasar frente a él la luna plateada. Algunos consideraron este suceso como un mal augurio, pero Atreus pensó que era una señal indicándole que estaba siguiendo el camino correcto, y que sus creencias sobre los Solari eran ciertas.

Tras semanas de ascenso, el grupo había reducido su tamaño a la mitad. Algunos habían regresado, mientras que otros habían muerto en la montaña, cayeron en grietas, quedaron enterrados bajo avalanchas o se congelaron hasta morir en la noche. Ya habían traspasado el límite de las nubes y el cielo estaba repleto de extrañas ilusiones y luces cambiantes. Pero seguían avanzando.

El aire se hacía cada vez más escaso, y el frío cada vez más amargo a medida que las semanas pasaban a ser meses. Varios escaladores se detenían a recuperar el aliento para nunca más moverse, con los cuerpos congelados por la montaña. Otros, enloquecidos por la falta de oxígeno y el agotamiento, se arrojaban por el precipicio, cayendo como si fueran piedras. Uno por uno, la montaña reclamó a quienes intentaban dominarla, hasta que solo quedaron Pylas y Atreus.

Exhaustos, congelados y con las mentes confusas, el par consiguió finalmente alcanzar la cima, solo para encontrar... nada.

No encontraron una ciudad de fábula en la cumbre, ni héroes guerreros esperando para recibirlos: solo había hielo, muerte y rocas retorcidas con extrañas formas circulares. Pylas se desplomó, abandonado por sus últimas fuerzas, y Atreus gritó de frustración.

Sabiendo que Pylas no tendría la fuerza necesaria para regresar a casa, Atreus se sentó junto a él, posando su cabeza en su regazo mientras observaba como la vida abandonaba el cuerpo de su amigo.

Fue entonces cuando los cielos se abrieron. El aire destellaba como si fuera líquido y se abrió un portal frente a Atreus. De él emanaba una luz dorada que le entibió el rostro, y podía avistarse una ciudad más allá del velo, un lugar de arquitectura inconcebible y grandiosa visión. Había una figura parada allí, esperándolo con la mano extendida.

De los ojos de Atreus brotaron lágrimas de asombro. No podía dejar solo a su amigo, pero al bajar la mirada pudo ver que Pylas había muerto en sus brazos con una sonrisa angelical en el rostro. Atreus se puso de pie, cerró los ojos de su amigo, y lo dejó con cautela sobre la nieve derretida. Dio un paso adelante para reunirse con su guía, atravesando el velo de realidad hacia el Targón real.

Los meses pasaron. En los flancos inferiores de la montaña, se asumía que Atreus y Pylas habían muerto junto con todos quienes habían intentado el ascenso. Se les lloró como correspondía, pero esto no era nada inusual, ni tampoco inesperado. Solo una vez en cada generación alguien regresaba con el poder de la cima de la montaña.

Fue en ese momento que otra banda de saqueadores bárbaros apareció misteriosamente en la montaña, casi un año después de la masacre que eliminó a los rakkoranos en el puesto avanzado y a los compañeros de Atreus. Atacaron a varias aldeas aisladas, asesinando y saqueando todo a su paso antes de llegar a un santuario de los Solari en lo alto de las montañas. Los guardias del lugar se vieron superados en número, pero permanecieron allí listos para morir defendiendo a las reliquias y los objetos místicos en su interior.

A medida que se acercaban los merodeadores, descendió un extraño viento que sacudió la nieve de los alrededores con una furia creciente. Las nubes turbulentas desaparecieron y expusieron la majestuosidad del Monte Targón en el epicentro de la tormenta. Los guerreros de ambas facciones lucharon para mantenerse de pie protegiendo sus ojos de la tormenta gélida mientras aparecía una resplandeciente ciudad fantasmagórica en los cielos de la cima de la montaña.

Las cuatro estrellas de la constelación del Panteón destellaron con un gran resplandor, y luego el cielo volvió a oscurecer. Al mismo tiempo, la luz ardiente de una estrella fugaz apareció en la ciudad etérea y se estrelló en el suelo.

Se abalanzó hacia el templo con una velocidad impresionante, y los bárbaros rezaron a los dioses paganos con voces agitadas. La luz radiante cayó con fuerza e impactó el suelo entre ambas fuerzas con un golpe estremecedor.

Ya no había estrella, sino un guerrero cubierto de luz estelar que portaba un reluciente escudo dorado y una lanza legendaria. Había aterrizado en postura de guerrero, con una rodilla en el suelo, y al levantar la vista hacia el enemigo que profanaba las tierras del Monte Targón, los rakkoranos pudieron ver que era Atreus... y a su vez no era él. Estaba imbuido del aspecto del guerrero, y ahora era mortal e inmortal al mismo tiempo, la encarnación de la guerra en persona. Ahora era un avatar de la batalla. Se había convertido en Pantheon.

El guerrero se incorporó con los ojos llameantes de luz celestial y el enemigo supo que la muerte vendría a buscarlos.

La batalla terminó rápidamente: nadie podía hacerle frente a Pantheon. La sangre de los forasteros corría por la armadura y el arma de Pantheon, hasta volver a quedar impecable y resplandeciente con aquella luz estelar. Con sus enemigos derrotados, Pantheon marchó hacia la estruendosa tormenta de hielo y desapareció.

La familia de Atreus lloró por su hijo y celebró un funeral en su honor. Aunque sospechaban que estaba muerto al no regresar de la expedición, ahora habían confirmado su destino. El aspecto del Panteón había destruido su personalidad, sus recuerdos y emociones. La carne de Atreus ya no era más que una cáscara habitada por el sobrenatural aspecto de la guerra; su alma mortal se había unido a las de sus ancestros en el más allá celestial.

Atreus no había sido la primera aparición de Pantheon en Runaterra, ya que hubo otras y probablemente habrá más en el futuro. No son inmortales, pues quedan limitadas por la humanidad que habitan, y pueden morir, aunque se requiere un gran esfuerzo para ello. La última aparición de Pantheon era motivo de discusión entre los ancianos de los Solari, ya que su llegada atraería una bendición y una maldición, pues a menudo anunciaba una época de oscuridad próxima a llegar...

LA LANZA DE TARGÓN

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Una figura solitaria esperaba a la caravana armada, una silueta frente al sol. Su pesada capa y la larga pluma que coronaba su yelmo danzaban al caluroso viento seco del desierto. Tenía una larga lanza apoyada en el costado.

La comitiva estaba formada por treinta fornidos. La mayoría eran mercenarios contratados, hombres y mujeres de aspecto tosco y belicoso ataviados con cotas de malla, cuero y cadenas que portaban ballestas, alabardas y espadas. Avanzaban por el polvoriento sendero junto a sus mulas cargadas, hasta que interrumpieron su marcha, y los insultos y bromas vulgares desaparecieron de sus labios al ver al guerrero parado inmóvil frente a ellos. El líder de la expedición, vestido de negro, frunció el ceño mientras detenía su corcel azabache.

La figura parada sobre la estructura de rocas no tenía intención de hacerse a un lado.

—Vienen con la muerte en sus corazones —dijo.

Su voz era tan dura como el hierro y tenía un extraño acento.

—Soy de la Montaña. No darán uno solo paso más.

Los mercenarios sonrieron de forma burlona.

—Vete al infierno, demente —gritó uno de ellos— o encajaremos tu cabeza en una pica para indicar que por aquí pasamos.

—Estás muy lejos de casa, amigo —dijo el líder de la caravana—; viajamos hacia la montaña por nuestra cuenta. No hay necesidad de derramar gota de sangre alguna.

El guerrero solitario parecía indiferente.

—Somos simples peregrinos, y aún nos queda un largo trecho por recorrer —dijo el líder.— Y, además, no podemos regresar. Nuestros barcos ya zarparon, ¿lo ves? —dijo, señalando hacia sus espaldas.

Detrás de la comitiva, a menos de un kilómetro de distancia, el mar brillaba como escamas de dragón a la luz de una vela. Podía verse a lo lejos un trío de galeones con las velas desplegadas en dirección hacia el norte, un largo camino a casa.

—Venimos en son de paz, te lo aseguro —prosiguió el líder—. Solo buscamos sabiduría.

—Hablas con lengua de serpiente —dijo el guerrero solitario—. Vienes en busca de la sangre de los profetas. Aléjate, o serás aniquilado.

El jinete frunció aún más el ceño, y dio media vuelta con un gesto de desdén.

—Que así sea, entonces —dijo—. ¡Mátalo!

En un instante, los hombres tomaron sus ballestas y cientos de flechas surcaron el aire. Sin embargo, el guerrero solitario seguía en su misma posición; las flechas sonaban al rebotar en su pesado escudo circular. Entonces, comenzó a avanzar.

No parecía tener prisa. Avanzó a zancadas con determinación sombría, aún una silueta contra el sol, bajando la punta de su lanza en dirección hacia sus enemigos. Otra ráfaga de flechas oscureció el cielo. Y una vez más eran bloqueadas por su escudo.

Gruñendo, una de los mercenarios se abalanzó hacia él con una cimitarra dentada apuntando hacia su garganta. Murió en un abrir y cerrar de ojos, con la lanza del guerrero enterrada en el pecho. Los dos siguientes murieron tan pronto como la lanza del guerrero dibujó una línea carmesí a lo largo de la garganta de uno y el borde de su escudo aplastó el cráneo de otro.

—Atrápenlo —rugió el líder de la expedición, desenfundando una fina pistola de diseño especial de su cinturón.

Una nube pasó frente al sol, permitiendo ver al guerrero con más claridad. Estaba ataviado con una armadura de diseño arcaico, aunque sus brazos y piernas estaban desnudos y con los músculos tensos. Su capa era de un rojo carmesí, aunque en la penumbra parecía como si las estrellas brillaran en la tela resplandeciente. La luz estelar también relucía en su implacable mirada, ensombrecida por las aberturas del visor de su yelmo.

El guerrero solitario se movía como si fuera líquido, y cada uno de sus movimientos era fluido, eficaz y letal. Era demasiado rápido, más de lo que cualquier hombre podría llegar a ser. Más mercenarios cayeron, con su sangre inundando el seco suelo del desierto. Nadie era capaz de asestar un golpe al letal luchador. Avanzó sin esfuerzo alguno entre los mercenarios, acercándose irremediablemente al jinete. Uno por uno los mercenarios fueron aniquilados. En instantes, quienes aún quedaban en pie, dieron la vuelta y huyeron para alejarse de este enemigo imparable.

El jinete apuntó con su pistola al guerrero solitario y disparó. De manera casi imposible, esquivó el impacto en el último momento, y el tiro solo logró raspar un lado de su yelmo. El líder maldijo y apuntó con su pistola para dar el segundo tiro... pero fue demasiado lento.

El escudo del guerrero lo impactó justo en el pecho, y salió volando del caballo. Cayó con fuerza, haciendo una mueca mientras el guerrero se acercaba y lo apretaba contra el suelo.

—¿Quién eres? —susurró con dificultad.

—Soy tu muerte —dijo el guerrero solitario—. Soy Pantheon.

El líder de la caravana movió la cabeza a un lado, notando que su pistola estaba tirada en el suelo muy cerca. Intentó alcanzarla, pero fue un acto inútil de desesperación.

—Regocíjate, mortal —dijo Pantheon—. Es un gran honor morir por la Lanza de Targón.

El desdichado intentó hablar, pero sus palabras fueron interrumpidas cuando Pantheon clavó su lanza en su pecho. De la boca del moribundo emergieron burbujas de sangre, hasta que dejó de moverse.

Pantheon sacudió su lanza y la apartó hacia un lado. El atardecer había dado paso al anochecer, y numerosas estrellas iluminaban el cielo nocturno.

Un cometa de fuego cruzó el cielo hacia las montañas distantes, a cientos de millas al este.

Pantheon entrecerró los ojos.

—Llegó el momento —dijo hacia la oscuridad, y comenzó su largo viaje de regreso hacia el Monte Targón.

''Tráeme a un campeón verdadero, o a cien más como tú, y lucharemos en una batalla de la cual se hablará hasta el fin de los tiempos''.

LEONA

EL RADIANTE AMANECER

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Leona es una guerrera imbuida con fuego solar, templaria de los Solari, que defiende Monte Targón con la Espada del Cénit y el Escudo del Amanecer. Su piel resplandece con el brillo de una estrella, mientras sus ojos arden con el poder del aspecto celestial que lleva dentro. Leona, que viste una armadura de oro y soporta una terrible carga de conocimiento ancestral, lleva iluminación a algunos y la muerte a otros.

Vivir en las tierras que rodean a la imponente cumbre del Monte Targón significa aceptar una vida de dificultades. Aquellos que lo intentan por voluntad propia son testamento del poder del espíritu humano para soportar lo que sea en búsqueda de significado y un fin superior. Tan duras como las rústicas faldas de la base de la montaña, nada se compara con las penurias que soportan quienes moran en la propia montaña.

La vida en las alturas de Targón está plagada de peligros. Cuando desciende la niebla resplandeciente que envuelve la cima, nunca llega sola. Al retirarse, deja a su paso todo tipo de cosas de otros mundos; criaturas radiantes que matan al azar y voces murmurantes que susurran secretos irreproducibles para volver locos a los mortales.

La tribu de los Rakkor, que sobrevive de plantas silvestres de la montaña y sus preciosos rebaños, habita en los límites de la resistencia humana mientras perfecciona sus habilidades guerreras para luchar en la guerra del fin del mundo. Rakkor significa Tribu del último sol, y su pueblo cree que existieron muchos mundos antes de este, cada uno de los cuales había sido destruido por una gran catástrofe. Sus videntes les enseñan que si este sol es destruido, ya no surgirá otro, por lo cual los guerreros deben prepararse para luchar contra los que busquen extinguir su luz.

Para los Rakkor, la batalla es un acto de devoción, una ofrenda que mantiene brillando a la luz del sol. Se espera que todos los miembros de la tribu combatan y maten a sus enemigos sin misericordia o vacilación, y Leona no era la excepción. Aprendió a pelear tan pronto como pudo caminar, y dominó el uso de la espada y el escudo con gran facilidad. A Leona le fascinaban las nieblas que envolvían la cumbre y con frecuencia se preguntaba qué habría más allá de ellas. Aquella fascinación no le impidió seguir peleando contra las feroces bestias, entidades inhumanas y pálidos extraños sin ojos que bajaban de la montaña.

Peleaba contra ellos y los mataba tal como le habían enseñado hasta el día en que la joven Leona encontró a un niño de piel dorada y alas de murciélago vagando por las laderas de la montaña. No hablaba su idioma, pero no había duda que estaba perdido y asustado. Su piel resplandecía con una suave luz, y a pesar de que sabía por sus enseñanzas que debía atacarlo, Leona no pudo permitirse asesinar a alguien tan indefenso. En su lugar, condujo al niño por un camino que llevaba hasta la cumbre, y lo observaba mientras ascendía hacia un rayo de luz solar, y luego, desapareció.

Cuando regresó con los Rakkor, la acusaron de haber fallado en su deber hacia el sol. Un muchacho llamado Atreus la había visto conduciendo a la criatura hacia la segura montaña en lugar de asesinarla. Atreus le había contado a su padre lo que Leona había hecho y este la denunció como hereje por contradecir las creencias de su pueblo. Leona no lo negó, y las leyes de los Rakkor solo admitían una sentencia para tal transgresión: juicio por combate. Leona enfrentaría a Atreus en la arena de combate bajo el sol del mediodía, y el juicio se realizaría bajo su luz. Leona y Atreus eran rivales equivalentes; sus habilidades como guerrera eran formidables, pero Atreus siempre había perseguido la excelencia marcial. Leona tomó su espada y escudo, Atreus su larga lanza, y ninguno de los espectadores de la arena podrían predecir el resultado de la batalla.

Leona y Atreus combatieron bajo el sol ardiente, y aunque ambos sangraban profusamente por decenas de heridas, ninguno lanzaba el golpe mortal. Al ocultarse el sol en el horizonte, un anciano de los Solari marchó hacia el campo de los Rakkor junto a tres guerreros de armadura dorada y exigió detener el duelo. Los Solari adherían a una fe marcial desarrollada alrededor del culto al sol, cuyos postulados implacables dictaban la vida en las cercanías y sobre el Monte Targón. El anciano hacía llegado hasta los Rakkor por sueños y una profecía ancestral de los Solari que hablaba de una guerrera cuyo fuego ardía más fuerte que el sol, una hija de Targón que traería la unidad al reino celestial. El anciano creía que Leona era la elegida, y al conocer la naturaleza de su transgresión, el hecho no hizo más que confirmar sus creencias.

Los videntes de la tribu le advirtieron sobre no interferir en el duelo, pero el anciano era inflexible; Leona debía ir con él y convertirse en uno de los Solari, y aprender sus enseñanzas. Los Rakkor eran muy independientes, pero hasta ellos acataban los decretos sagrados de los Solari. Los guerreros sacaron a Leona de la arena y cargaron su malogrado cuerpo lejos de los Rakkor, con destino hacia su nueva vida.

El templo de los Solari era una imponente ciudadela situada en las laderas orientales del Monte Targón, una brillante torre de mármol veteado en oro y granito pulido. Allí, Leona aprendió las enseñanzas de la orden sagrada, cómo adoraban al sol como una fuente de toda vida y rechazaban a cualquier otra forma de luz como algo falso. Sus enseñanzas eran absolutas e inflexibles, pero impulsada por su creencia en la profecía del anciano, Leona sobresalió en este entorno disciplinado y devoró los postulados de su nueva fe como si fuera un hombre sediento en el desierto en busca de agua que beber. Leona entrenó día a día con la orden guerrera de los Solari, los Ra-Horak, un título rakkorano que significa Seguidores del Horizonte, con quienes perfeccionó sus habilidades implacables con una espada hasta convertirlas en algo sublime. Con el tiempo, Leona asumió el mando de los Ra-Horak, y llegó a ser conocida en los alrededores del Monte Targón como una justa, devota, y según algunos, ferviente servidora del Sol.

Locket of the Iron Solari item.png

Su camino cambió para siempre cuando la llamaron para escoltar a una joven miembro de los Solari hacia el corazón del templo. El cabello de la niña era de color blanco puro y una runa resplandeciente brillaba en su frente. Su nombre era Diana, una busca problemas que Leona conocía por las exasperadas desgracias relatadas por los ancianos del templo. Diana había desaparecido hace meses, pero regresó vestida con una armadura pálida que destellaba un extraño fulgor plateado. Diana afirmaba traer consigo grandes noticias, revelaciones que sacudirían a los Solari hasta sus cimientos, pero que solo revelaría a los ancianos del templo.

Leona condujo a Diana hacia el templo con la guardia en alerta, ya que su instinto guerrero detectaba algo extraño en la conducta de la muchacha. Presente ante los ancianos, Diana habló sobre los Lunari, una fe ancestral y proscrita que veneraba a la luna, y afirmó que todas las verdades a las que se aferraban los Solari eran incompletas. La muchacha describió un reino situado más allá de la cima de la montaña, un lugar en el que el sol y la luna no eran enemigos, donde nuevas verdades podrían demostrarles nuevas maneras de ver el mundo. Leona sintió cómo crecía su rabia con cada palabra que pronunciaba Diana, y cuando los ancianos rechazaron sus dichos y la llamaron blasfema, Leona sabía que debía acabar con la vida de la hereje con su propia espada.

Leona observó cómo Diana enfurecía ante el rechazo de los ancianos, pero antes de poder reaccionar, la joven de cabello blanco arremetió contra ellos. Una luz cegadora explotó desde las manos extendidas de Diana, y unos orbes de fuego plateado incineraron a los ancianos hasta las cenizas en un abrir y cerrar de ojos. Un huracán blanco de llamas y rayos helados impactó a Leona, lo que la arrojó lejos de la cámara. Cuando recuperó la conciencia, descubrió que Diana había desaparecido y los Solari habían perdido sus líderes. Mientras los miembros restantes trataban de comprender este ataque ocurrido en su lugar más sagrado, Leona sabía que solo le quedaba un camino por recorrer. Ella perseguiría y destruiría a la hereje por el asesinato de los ancianos de los Solari.

Le resultó muy fácil rastrear el camino seguido por Diana. Las huellas de la hereje eran como mercurio reluciente a los ojos de Leona, y estos la condujeron hacia las altas laderas del Monte Targón. Leona no vaciló, y ascendió por un paisaje que le era extraño y desconocido, como si caminara por senderos que no habían existido sino hasta ese momento. El sol y la luna atravesaron el cielo en un abrir y cerrar de ojos, como si hubiesen pasado muchos días y noches con cada aliento que daba. No se detuvo para beber ni comer, y se mantuvo en pie por su propia furia, más allá de todo lo humanamente posible.

Finalmente, Leona alcanzó la cima de la montaña, exhausta, sin aliento, muerta de hambre y despojada de todo pensamiento que no fuese castigar a Diana. Allí, sentado sobre una roca en la cima de la montaña estaba el mismo niño de tez dorada cuya vida había perdonado cuando era joven. Detrás de él, el cielo ardía con una luz incandescente, una aurora de colores increíbles y la sugerencia de una ciudad majestuosa de oro y plata. En sus acanaladas torres y relucientes alminares, Leona pudo ver cómo el templo de los Solari reflejaba su magnificencia y cayó de rodillas en trance.

El niño de tez dorada le habló en la antigua lengua de los Rakkor, y le dijo que estaba esperando que ella lo siguiera desde ese día, y que esperaba que no fuese demasiado tarde. Estiró su mano y le ofreció mostrarle los milagros y conocer la mente de los dioses.

Leona nunca había rechazado nada en toda su vida. Tomó la mano del niño mientras este le sonreía y la conducía hacia la luz. Una columna de abrasadora iluminación impactó a Leona desde los cielos y quedó sumergida en ella. Sintió cómo una presencia impresionante recorría por su cuerpo con un poder terrorífico y el conocimiento olvidado de las primeras eras del mundo. Su armadura y sus armas ardieron hasta las cenizas en el fuego cósmico y renacieron como una placa de guerra adornada, un escudo de luz solar forjado en oro y una espada de amanecer encadenado.

La guerrera que descendió la montaña parecía ser la misma que había ascendido, pero Leona había cambiado mucho en su interior. Aún conservaba sus recuerdos y pensamientos, aún era dueña de su propio cuerpo, pero una entidad vasta e inhumana la había elegido para ser su recipiente mortal. La dotó de poderes increíbles y un terrible conocimiento que acecharía sus ojos y le pesaría mucho en el alma; un conocimiento que solo podría compartir con una persona.

Ahora, más que nunca, Leona sabía que debía encontrar a Diana.

LA PORTADORA DE LA LUZ

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Los saqueadores atacaron antes del amanecer; cincuenta hombres vestidos con piel de lobo y cota de malla que portaban hachas sin brillo. Caminaban con prisa mientras entraban al poblado situado en las faldas de la montaña. Estos hombres habían combatido como hermanos durante años, vivían entre el latido que separa la vida de la muerte. Eran dirigidos por un guerrero vestido con una maltrecha armadura escamada, que portaba una gran espada pesada sobre su hombro. Debajo de su yelmo draconiano llevaba una barba y el rostro ajado, quemado por una vida de guerras bajo un sol más severo que este.

Las aldeas anteriores fueron fáciles de saquear; no era un gran desafío para hombres acostumbrados a combatir. El botín era escaso, pero en estas tierras tan extrañas, un hombre conseguía lo que podía.

Esta no sería la excepción.

Una repentina luz resplandeció más adelante; la luz del sol brillaba con fuerza.

Imposible. Faltaba una hora o más para el amanecer.

El líder levantó su callosa mano al ver una solitaria figura parada al otro extremo de la calle del asentamiento. Sonrió cuando notó que era una mujer. Al fin, algo valioso que saquear. Estaba envuelta en luz, y la sonrisa abandonó su rostro cuando pudo ver más de cerca que la mujer iba ataviada con una placa de guerra ornamentada. Su cabello rojizo caía desparramado de una diadema dorada y la luz del sol emanaba de su pesado escudo y larga espada.

Más guerreros emergieron de la calle y se situaron a cada lado de la mujer, cada uno vestido con una armadura dorada y blandiendo una larga lanza.

—Estas tierras están bajo mi protección —afirmó.

Leona levantó su espada mientras los doce guerreros de los Ra-Horak formaron un círculo con ella en su centro. Con seis a cada lado, hicieron girar sus escudos y los clavaron con fuerza en el suelo como si formaran uno solo. Leona hizo un pequeño giro y colocó su propio escudo en el vértice. Su espada se deslizó en la ranura ubicada debajo de la zona filosa del escudo.

Leona apretó sus dedos en el mango de cuero de su espada, y sintió una ola de poder aumentando en su interior. Un fuego enroscado que demandaba ser liberado. Leona lo contuvo en su interior, y dejó que se acostumbrara a su cuerpo. Sus ojos ardían como brasas encendidas y su corazón palpitaba con fuerza en su pecho. El ente al cual se había unido en la cima de la montaña deseaba incinerar a esos hombres con un fuego purificador.

El del yelmo de dragón es la clave. Mátalo, y el resto se rendirá.

Parte de Leona deseaba liberar el poder en su interior; anhelaba reducir a esos hombres a ceniza y huesos calcinados. Sus ataques habían matado a cientos de personas que llamaban hogar a las tierras que rodean al Monte Targón. Habían profanado los lugares sagrados de los Solari, derribado piedras solares sacras y contaminado los manantiales montañosos con sus desperdicios.

El de yelmo de dragón reía y giraba su gran espada en sus hombros mientras sus hombres se apartaban de él. Pelear con un arma tan enorme y mantenerla en constante movimiento requería cierto espacio. Gritó algo con un sonido gutural que parecía más un ladrido de perro que humano, y sus guerreros respondieron con un rugido.

Leona exhaló profundamente cuando los saqueadores arremetieron, con sus barbas trenzadas salpicadas de saliva mientras se abalanzaban hacia los Ra-Horak. Leona dejó que el fuego se extendiera por su sangre, y sintió cómo la criatura ancestral fundía su esencia con la suya por completo; se convirtió en una con sus sentidos y la dotó de las percepciones de otro mundo.

El tiempo se detuvo para Leona. Pudo ver el brillo pulsante del corazón de cada enemigo y oyó el estruendoso palpitar de su sangre. Para ella, sus cuerpos estaban iluminados con el fuego rojo del ansia por la guerra. El de yelmo de dragón dio un salto hacia adelante, y golpeó el escudo de Leona con la fuerza del puño de un gigante de piedra. El impacto fue feroz, lo que abolló el metal y la arrastró un metro completo. Los Ra-Horak retrocedieron con ella y mantenían intacto el muro de escudos. El escudo de Leona destelló de luz y el manto de piel de su rival ardió con su calor incandescente. El de yelmo de dragón abrió los ojos sorprendido, mientras arrastraba su enorme espada para realizar otro golpe.

—¡Aseguren y empujen! —gritó Leona, mientras los otros saqueadores golpeaban su línea. Las lanzas doradas empujaron en el momento del impacto y la primera línea de atacantes cayó atravesados por el acero forjado en la montaña. Fueron pisoteados cuando los guerreros que los seguían continuaron el ataque.

El muro de escudos vaciló, pero contuvo la arremetida. Las hachas golpeaban, los nervios se inflamaban y las gargantas gruñían por el esfuerzo del ataque. Leona encajó su espada en el cuello de un saqueador con una cicatriz que le partía el rostro desde la coronilla hasta la mandíbula. El hombre gritó mientras caía de espaldas, con la garganta llena de sangre. Su escudo impactó con fuerza el rostro del hombre junto a él y perforó su cráneo.

La línea de los Ra-Horak retrocedió cuando el líder de los saqueadores volvió a golpear con su espada, esta vez astillando el escudo del guerrero situado junto a ella. El hombre cayó destrozado desde el cuello hasta la pelvis.

Leona no entregó al de yelmo de dragón la oportunidad de arremeter por tercera vez.

Lo atacó con su espada dorada y pudo ver un ardiente reflejo de su imagen en el filo de su arma rúnica. El fuego incandescente abrasó al líder de la banda, sus pieles y cabello se incineraron al instante y su armadura se fundió a su carne como una marca. Gritó con horrible dolor, y Leona sintió cómo el poder cósmico en su interior gozaba con la agonía del hombre. El del yelmo dragontino se tambaleaba, y por alguna razón seguía vivo y gritando mientras su fuego derretía la carne de sus huesos. Sus hombres retrocedieron durante su ataque mientras él caía de rodillas como una pira en llamas.

—¡A ellos! —gritó Leona, y los Ra-Horak arremetieron con todo. Sus poderosas lanzas apuñalaban todo a su paso con brutal eficacia. Empuje, giro, retirada. Una y otra vez, como los implacables brazos de una máquina trilladora. Los saqueadores dieron la vuelta y huyeron de las hojas ensangrentadas de los Ra-Horak, horrorizados por la muerte de su líder. Ahora solo querían escapar.

Cómo y por qué llegaron estos saqueadores a Targón era un misterio, ya que claramente no vinieron a conocer la montaña ni a intentar ascenderla. Eran guerreros, no peregrinos, y si les perdonaban la vida, solo se reagruparían para volver a matar.

Leona no podía cruzar los brazos y permitir que eso ocurriera. Buscó muy dentro de ella y absorbió del asombroso poder más allá de la montaña. El sol emergió detrás de las cumbres más altas cuando Leona elevó su mano hacia la luz.

Cayó arrodillada y golpeó con fuerza el suelo con su puño.

Y una lluvia de fuego cayó desde el cielo.

''Si quieres brillar como un sol, primero debes arder como uno''.

DIANA

EL DESDÉN DE LA LUNA

Diana pelea empuñando su hoja lunar creciente como guerrera de los Lunari, una religión solo existente en las tierras situadas alrededor del Monte Targón. Al estar revestida con una armadura resplandeciente del color de la nieve por las noches, es la encarnación del poder de la luna plateada. Diana, que está imbuida con la esencia de un aspecto de más allá de la cumbre de la elevada montaña, ya no es completamente humana, y busca comprender su poder y propósito en este mundo.
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Diana nació mientras su padre y su madre se refugiaban de una tormenta en las implacables laderas del Monte Targón. Habían viajado desde una tierra distante, motivados por los sueños de una montaña que nunca habían visto y la promesa de revelaciones. El agotamiento y las enceguecedoras nevadas los agobiaron en las laderas orientales de la montaña, y allí, bajo la fría e inexorable luz de la luna, Diana llegó al mundo mientras su madre agonizaba.

Unos cazadores del Templo de los Solari, situado en las cercanías de la cumbre, la encontraron al día siguiente al calmar la tormenta y al salir el sol, arropada en una manta de piel y en los brazos de su padre muerto. Los exploradores la llevaron hasta el templo, donde presentaron a la expósita niña al sol y la bautizaron con el nombre de Diana. Criaron a la niña con el cabello negro como la noche como una más de los Solari, una religión que dominaba las tierras circundantes al Monte Targón. Diana se convirtió en una iniciada, y la entrenaron para venerar al sol en todos sus aspectos. Aprendió las leyendas del sol y entrenó día a día con los Ra-Horak, guerreros templarios de los Solari.

Los ancianos le enseñaron que toda la vida provenía del sol, y que la luz de la luna era falsa, pues no ofrecía alimento alguno y creaba las sombras en las cuales se refugiaban las criaturas de las tinieblas. Aun así, para Diana la luz de la luna era fascinante y hermosa en un sentido que el severo sol resplandeciendo sobre la montaña nunca podría igualar. Cada noche, la joven se despertaba después de sueños sobre escalar la montaña, salir a hurtadillas de los dormitorios de los iniciados para ir a recoger flores nocturnas y observar los manantiales de agua dulce volverse de color plateado a la luz de la luna.

A medida que pasaron los años, Diana siempre estaba en desacuerdo con los ancianos y sus enseñanzas. No podía evitar cuestionar todo lo que le enseñaban, siempre sospechando que se ocultaba algo en cada lección, como si lo que aprendía estuviera incompleto de forma intencionada. A medida que crecía, la sensación de aislamiento de Diana se intensificó cuando sus amigos de infancia se alejaron de la niña mordaz e inquisitiva que nunca encajó bien. De noche, mientras observaba a la luna plateada elevándose sobre la alejada cumbre, se sentía cada vez más marginada. Su deseo de escalar los flancos de la montaña era como una comezón imposible de rascar, pero desde pequeña le habían enseñado que la montaña reclamaría más que solo su vida si intentaba hacerlo alguna vez. Solo los más dignos y heroicos osaban realizar tal ascenso. Con cada día que pasaba, Diana se sentía más sola y más segura de que un aspecto importante de su vida permanecía insatisfecho.

La primera pista vino una vez que barría la biblioteca del templo como castigo por discutir con uno de los ancianos. Un destello de luz tras una estantería llamó la atención de Diana, y luego de investigar, descubrió las páginas parcialmente quemadas de un antiguo manuscrito. Diana tomó las páginas y las leyó bajo la luna llena esa misma noche, y lo que leyó consiguió abrir una puerta hacia su alma.

Diana aprendió sobre un grupo extinto conocido como los Lunari, cuyo credo consideraba a la luna como una fuente de vida y equilibrio. De lo que pudo interpretar de los textos fragmentados, se enteró que los Lunari hablaban de un ciclo eterno, la noche y el día, la luna y el sol, esencial para la armonía del universo. Esta fue una revelación para la niña con el cabello negro como la noche, y mientras miraba más allá de las murallas del templo, notó que una anciana arropada en una capa de piel de oso avanzaba por el camino que conducía hacia la cumbre de la montaña. La mujer caminaba a paso vacilante y se apoyaba en un bastón de sauce tallado para permanecer de pie. Vio a Diana y gritó pidiendo ayuda; afirmaba que debía alcanzar la cima de la montaña antes del amanecer, una ambición que Diana sabía que era prácticamente imposible.

Su deseo de ayudar a la mujer y de escalar la montaña contradecía todo lo que le habían enseñado los Solari. La montaña solo era para los dignos, y Diana nunca se había sentido digna de nada. Una vez más la mujer pidió ayuda, y esta vez, Diana no tuvo más dudas. Trepó por las murallas y agarró el brazo de la mujer, y fueron de camino hacia la cima de la montaña, sorprendida de que una persona tan anciana hubiera llegado tan lejos. Escalaron por horas, sobre las nubes y en dirección hacia el aire helado, en donde la luna y las estrellas resplandecían como diamantes. A pesar de su edad, la mujer seguía subiendo, apurando a Diana cuando esta tropezaba o cuando el aire se hacía cada vez más frío y escaso.

A medida que avanzaba la noche, Diana perdió la noción del tiempo cuando las estrellas giraban sobre su cabeza y ya no veía nada más que la montaña. Juntas, Diana y la mujer escalaron cada vez más arriba y cada vez que sus pasos decaían, el pálido brillo de la luna le infundía las fuerzas necesarias. Finalmente, Diana cayó de rodillas, exhausta y agotada de una manera inimaginable, con su cuerpo entero debilitado hasta el límite del cansancio. Cuando Diana alzó la vista, pudo ver que de alguna forma habían llegado a la cima de la montaña, una hazaña que era imposible lograr en una sola noche. La cumbre estaba envuelta en cascadas de iluminación espectral, velos de luz brillante, espirales de colores vívidos y el fantasma resplandeciente de una vasta ciudad de oro y plata suspendida en el aire.

Diana buscó a su acompañante, pero la mujer no se veía por ningún lado, solo la capa de piel posada sobre sus hombros sugería que había existido. Al mirar hacia la luz, Diana pudo ver que el vacío dentro suyo se había llenado, y la aceptación y la oportunidad de ser parte de algo más grande que nunca hubiese imaginado. Esto era lo que Diana había buscado toda su vida sin siquiera saberlo, y un soplo de vitalidad recorrió sus piernas al ponerse de pie. Dio un paso vacilante hacia la increíble visión, y su resolución aumentaba con cada respiro.

Una oleada de luz surgió y Diana gritó mientras esta fluía hacia su interior, una unión con algo enorme e inhumano, ancestral y poderoso. La sensación era dolorosa, pero también jubilosa, un momento de eternidad, reveladora y alucinante. Cuando la luz se apagó, la sensación de pérdida que dejó era un dolor que nunca antes había sentido.

Diana tropezó y cayó por la montaña en un estado de fuga, inconsciente de lo que la rodeaba, hasta que se encontró ante una grieta en la ladera; una boca de cueva casi invisible en las sombras de la noche. Con frío y la necesidad de abrigo para pasar la noche, Diana buscó refugio dentro de la cueva. En su interior, la estrecha grieta se ampliaba hacia las ruinas de lo que alguna vez habría sido un templo o una enorme cámara de audiencias. Sus muros derrumbados estaban pintados con frescos desteñidos que representaban guerreros de plata y oro peleando codo a codo contra una interminable hueste de grotescos monstruos, mientras en el cielo llovían cometas de luz abrasadora.

En el centro de la cámara yacía una espada de media luna y una armadura como ninguna otra; una cota de malla de anillas de plata y una placa de guerra de acero pulido, finamente fabricadas. Al reflejarse en el brillo de la armadura, Diana pudo ver que su cabello negro como la noche ahora era de color blanco puro, y en su frente brillaba una runa con un resplandor incandescente. Reconoció el símbolo grabado elegantemente en las placas de la armadura; era el mismo símbolo representado en las páginas del manuscrito quemado que encontró en la biblioteca. Este era su momento de verdad. Podía alejarse de su destino o decidir aceptarlo.

Diana se estiró, y mientras sus dedos tocaban el frío acero de la armadura, en su mente explotaron las imágenes de vidas que ella no había vivido, recuerdos que no había experimentado y sensaciones totalmente desconocidas. Los trozos de historia ancestral arrasaron su mente como una nevisca; conocimientos secretos que apenas pudo comprender e innumerables futuros esparcidos como polvo al viento.

Cuando las visiones se disiparon, Diana se vio vestida completamente con la armadura de plata, que le quedaba como si hubiera sido diseñada especialmente para ella. Su mente aún ardía por el conocimiento recién adquirido, pero gran parte de este seguía fuera de su alcance, como una fotografía dividida entre la luz y la oscuridad. Seguía siendo Diana, pero también era algo más, algo eterno. Al sentirse reivindicada con este nuevo saber, Diana salió de la cueva en la montaña y regresó el camino hacia el Templo de los Solari, decidida a contarles a los ancianos lo que había aprendido.

Fue recibida en las puertas del templo por Leona, la maestra de los Ra-Horak y la guerrera más grande de los Solari. Llevaron a Diana ante los ancianos del templo, quienes escucharon horrorizados el relato de lo que había aprendido de los Lunari. Al terminar su historia, los ancianos la declararon hereje de inmediato, una blasfema y adoradora de falsos dioses. Había un solo castigo suficiente para purgar tales crímenes, la muerte.

Diana estaba consternada. ¿Cómo podían los ancianos rechazar algo tan verdadero? ¿Cómo podían ignorar aquellas revelaciones provenientes de la propia cima de la montaña sagrada? Sintió una enorme furia por su ceguera deliberada y emanaron orbes incandescentes de fuego plateado del aire que la rodeaba. Con un grito de frustración enceguecida por la ira, Diana desenfundó su espada y en cualquier lugar donde impactaba ardía un fuego plateado de luz letal. Diana arremetió una y otra vez, y al disminuir su ira, pudo ver la masacre que había desatado. Los ancianos estaban muertos y Leona yacía de espaldas, con su armadura humeando como recién salida de la forja. Horrorizada por lo que había hecho, Diana huyó del lugar de la masacre. Escapó hacia los páramos del Monte Targón, mientras los Solari se enteraban del salvajismo de sus ataques.

Ahora perseguida por los guerreros de los Ra-Horak, Diana busca reunir los fragmentos de sus recuerdos de los Lunari ocultos dentro de su mente. Impulsada por verdades a medias y atisbos de conocimiento ancestral, Diana solo tenía una verdad a la cual aferrarse, aquella que afirmaba que los Lunari y los Solari no eran enemigos, y que existe un destino más grande para ella que ser una simple guerrera. Desconocía lo que pudiera acarrearle ese destino, pero Diana lo descubriría, sin importar el costo.

TRABAJO NOCTURNO

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La noche siempre fue el momento favorito de Diana, aun cuando era niña. Había sido así desde que tuvo la edad suficiente como para trepar las murallas del templo de los Solari y observar la luna atravesando la bóveda estelar. Alzó la vista hacia el denso follaje del bosque, con sus violáceos ojos en busca de la luna plateada, pero solo vislumbró su brillo difuso a través de las espesas nubes y ramas oscuras.

Los árboles bloqueaban la vista, negruzcos y cubiertos de musgo, con sus ramas que parecían brazos retorcidos y estirados hacia el cielo. Ya no distinguía el camino, su ruta había sido oscurecida por la espesa maleza y el brezo enmarañado. Las espinas rasparon las placas curvas de su armadura, y Diana cerró los ojos al sentir un recuerdo retorciéndose en su interior.

Sí, un recuerdo, pero no era el suyo. Era otra cosa, algo extraído de las memorias fragmentadas de la esencia celestial con la que compartía su cuerpo. Al abrir los ojos, una imagen reluciente de un bosque se posó sobre los árboles apretujados que tenía enfrente. Pudo ver los mismos árboles, pero en una época diferente, cuando el bosque era joven y fecundo y el sendero entre ellos estaba iluminado y era bordeado por flores silvestres.

Al haberse criado en los hostiles entornos del Monte Targón, Diana nunca había visto un bosque como este. Sabía que lo que presenciaba era un eco del pasado, pero los aromas a jazmín y madreselva eran más reales que ninguna otra cosa que haya experimentado.

—Gracias —susurró, mientras seguía el contorno espectral del camino ancestral.

El sendero condujo a Diana entre árboles enormes y marchitos que habían muerto hace mucho tiempo. Escaló las laderas de las colinas rocosas y atravesó campos de pinos y abetos silvestres. Cruzó riachuelos montañosos y rodeó escarpadas laderas hasta llegar a una llanura rocosa situada en las cercanías de un enorme lago de agua fría y oscura.

En el centro de la llanura había un círculo formado por piedras imponentes, cada una tallada con espirales serpenteantes y sellos en forma de curva. En cada piedra, Diana pudo ver la misma runa que resplandecía en su frente, y con ello supo que había llegado a destino. Su piel se estremecía con una sensación de anticipación febril, una que había llegado a asociar con la magia salvaje y peligrosa. Diana se aproximó recelosa al círculo, con los ojos en alerta ante cualquier amenaza. Diana no pudo ver nada, pero sabía que allí había algo, muy hostil, pero familiar en cierto sentido.

Avanzó hacia el centro del círculo y desenfundó su espada. Su hoja de media luna relucía como un diamante en la débil luz de luna que penetraba a través de las nubes. Se arrodilló con la cabeza inclinada, con la punta de la espada en el suelo, con el mango a la altura de sus mejillas.

Los sintió antes de poder siquiera verlos.

Un descenso súbito en la presión. Una carga pura en el aire.

Diana se puso de pie cuando los espacios entre las piedras se dividieron en dos. El aire se torció y un trío de bestias chirriantes la atacó con una velocidad feroz; seres de carne blanca, armadura de caparazones de hueso y garras de acero.

Terrores.

Diana se sumergió bajo una mandíbula quebrada repleta de dientes de marfil pulido, y arremetió con su espada en un arco sobre su cabeza, lo que atravesó el cráneo del primer monstruo hasta sus hombros. La criatura cayó abatida, y su carne se deshizo instantáneamente. Diana dio la vuelta mientras los demás la rodeaban como una manada de cazadores, atentos a su hoja resplandeciente. La criatura que había matado ahora parecía una poza de alquitrán burbujeante.

Volvieron a arremeter, uno a cada lado. Su carne ya presentaba heridas violáceas que silbaba en la atmósfera hostil de este mundo. Diana saltó sobre la bestia a su izquierda y asestó con su espada en un arco creciente hacia las placas de sus cuellos. Gritó una de las palabras sagradas de los Lunari y la espada resplandeció con una luz incandescente.

La bestia explotó desde adentro, y sus trozos de carne retorcida comenzaron a desintegrarse ante el poder de la espada lunar. Diana aterrizó y alcanzó a esquivar el ataque de la última bestia. Pero no fue suficientemente rápida. Las garras filosas de la bestia perforaron el acero de sus hombreras, lo que la arrastró por el suelo. El pecho de la bestia se abrió por la mitad, lo que reveló una masa pegajosa de órganos y dientes afilados. Alcanzó a morder la carne de su hombro y Diana gritó mientras un frío paralizante se extendía desde su herida. Diana giró su espada sosteniendo el mango como una daga y arremetió contra el cuerpo de la bestia. Esta gruñó soltando a su presa. Un humeante icor negro supuró de su cuerpo destrozado. Diana se alejó de un giro mientras soportaba el dolor que recorría su cuerpo. Apartó su espada lunar mientras las nubes comenzaban a separarse.

La bestia había probado su sangre y ahora bufaba con un ansia depredadora. Su apariencia blindada se había convertido en un negro brillante y púrpura venenoso. Desplegó sus brazos afilados y los reacomodó en la forma de un abanico de ganchos y garras. Su carne fluía de forma anormal como si fuera cera para sellar la horrible herida que había abierto la espada de Diana.

La esencia en el interior de Diana emergió. Llenó sus pensamientos con un odio inmortal de una época distante. Diana vislumbró batallas ancestrales tan terribles que se habían perdido mundos enteros en su lucha; una guerra que casi había extinguido a este mismo mundo y que aún podría hacerlo.

La criatura se abalanzó contra Diana, con el cuerpo ondulante de poder puro proveniente de otro plano de la existencia.

Las nubes se separaron y una brillante luz plateada bañó el lugar. La espada de Diana bebió de la radiante luz de lunas distantes y su hoja resplandeció de energía. Asestó su golpe en un arco de ejecución y clavó los huesos de placas y los tejidos de la bestia con el poder de la iluminación nocturna.

La bestia explotó en una detonación de luz que deshizo su cuerpo por completo con el impacto. Su carne se fundió con la noche, y dejó a Diana a solas en la llanura con el pecho latiendo con fuerza mientras el poder que había adquirido en la montaña retrocedía hacia los rincones más lejanos de su carne.

Diana visualizó imágenes de una ciudad de ecos vacíos que alguna vez había latido con vida. La tristeza la invadió, a pesar de que nunca había conocido este lugar, pero mientras se lamentaba por ello, el recuerdo se esfumó y volvió a ser la Diana de siempre.

Las criaturas habían desaparecido y las piedras en círculo brillaban con haces de un resplandor plateado. Liberado del toque del lugar lleno de odio al otro lado del velo, su poder curativo se filtró en la tierra. Diana sintió cómo se esparcía en el paisaje, a través de rocas y raíces hasta llegar al mismo centro del mundo.

—El trabajo terminó por esta noche —dijo—. El camino está sellado.

Regresó al lugar donde el reflejo de la luna resplandecía en las aguas del lago. La estaba llamando, con su irresistible fuerza arraigada muy dentro de su alma mientras la impulsaba a seguir avanzando.

—Pero siempre habrá otra noche de trabajo —dijo Diana.

''Soy la luz que invade el alma de la luna''.

AURELION SOL

EL FORJADOR DE ESTRELLAS

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Aurelion Sol alguna vez adornó el gran vacío del cosmos con maravillas celestiales de su propia creación. Ahora, se ve obligado a usar su increíble poder para el beneficio de un imperio espacial que, tras engañarlo, lo mantiene bajo su servicio. Deseoso de volver a sus días de gloria, Aurelion Sol bajaría cada estrella del cielo, si tuviera que hacerlo, con tal de recuperar su libertad.

La aparición de un cometa muchas veces augura un periodo de agitación y malestar. Se dice que, bajo los auspicios de estos heraldos de fuego, se erigen nuevos imperios, se derrumban antiguas civilizaciones e incluso las estrellas mismas se caen del cielo. Estas teorías no hacen más que arañar la superficie de una verdad mucho más curiosa: la radiación del cometa encubre a un ser cósmico de inconmensurable poder.

El ser ahora conocido como Aurelion Sol ya era antiguo al momento en que los restos de las estrellas se fusionaron en mundos por primera vez. Nacido en el primer soplo de la creación, deambuló por el gran vacío tratando de cubrir un lienzo de incalculable magnitud con maravillas cuyo brillante espectro significaron un considerable placer y orgullo para él.

Un dragón celestial es una criatura exótica y, como tal, Aurelion Sol raras veces se topa con sus seres semejantes. A medida que surgían más formas de vida y estas iban poblando el universo, multitudes de ojos primitivos contemplaban su trabajo con admiración e intensa emoción. Adulado por el público de numerosos mundos, quedó embelesado por aquellas civilizaciones en ciernes que desarrollaban filosofías increíblemente egocéntricas sobre la naturaleza de sus estrellas.

Con el deseo de lograr una conexión más profunda con una de las pocas razas que consideró dignas, el dragón cósmico seleccionó las especies más ambiciosas para honrarlas con su presencia. Las pocas elegidas habían buscado desenmarañar los secretos del universo y se habían expandido más allá de su planeta madre. Se escribieron muchos versos acerca del día en que el Forjador de Estrellas descendió a un mundo pequeño y anunció su presencia a los targonianos. Una gran tormenta de estrellas cubrió los cielos y adoptó una forma enorme, tan magnífica como aterradora. Maravillas cósmicas giraban y se arremolinaban alrededor del cuerpo de la criatura. Nuevas estrellas aparecieron con brillo intenso, mientras constelaciones enteras cambiaban de forma según su capricho. Sorprendidos por los poderes luminosos del increíble dragón, los targonianos le dieron el nombre de Aurelion Sol y le hicieron un regalo como muestra de respeto: una esplendorosa corona de gemas estelares, que enseguida se colocó. Pronto, el aburrimiento se apoderó de Aurelion Sol y lo hizo volver a su trabajo en la fértil inmensidad del espacio. Sin embargo, cuanto más se alejaba de ese pequeño mundo, mayor era la sensación de que algo sujetaba su propia esencia, ¡desviándolo de su camino hacia otro lugar! Podía escuchar voces gritando, dándole órdenes, del otro lado de la extensión cósmica. Al parecer, la prenda que había recibido no era un regalo en absoluto.

Furioso, luchó contra estos impulsos controladores e intentó cortar los lazos por la fuerza, lo que solo sirvió para descubrir que, por cada ataque a sus nuevos maestros, una de sus estrellas desaparecía para siempre del firmamento. Una magia poderosa se había apoderado de Aurelion Sol, forzándolo a usar sus poderes exclusivamente en beneficio de Targón. Peleó contra quitinosas bestias que hacían tambalear la estructura de este universo. Se enfrentó a otras entidades cósmicas, algunas de las cuales conocía desde el inicio de los tiempos. Durante milenios, sirvió en las guerras de Targón, aplastó toda amenaza de dominio y ayudó a forjar un imperio estelar. Todas estas tareas eran un desperdicio de sus sublimes talentos; después de todo, ¡fue él quien derramó la luz sobre el universo! ¿Por qué debía él consentir a seres tan bajos?

A medida que su gloria del pasado se desvanecía en el reino de los cielos por no poder mantenerla, Aurelion Sol se resignó a nunca más disfrutar de la calidez de una estrella recién encendida. Hasta que lo sintió... su controvertido pacto se estaba debilitando. Las voces de la corona se hacían cada vez más esporádicas, se enfrentaban y discutían entre sí; algunas incluso se mantenían en un inquietante silencio. Una desconocida catástrofe que no pudo desentrañar hizo perder el equilibrio de aquellos que lo tenían atado. Estaban dispersos y distraídos. La esperanza se adueñó de su corazón.

Motivado por la tentadora posibilidad de la inminente libertad, Aurelion Sol llega al mundo en donde todo comenzó: Runaterra. Es aquí donde la balanza finalmente se va a inclinar a su favor. Y con ello, las civilizaciones de todas las estrellas serán testigos de su rebelión y contemplarán de nuevo su poder. Todos descubrirán lo que el destino les tiene preparado a aquellos que intentan robarle el poder a un dragón cósmico para su propio provecho.

AMANECERES GEMELOS

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El sol que nos es tan familiar en este mundo sigue detrás del horizonte. El terreno crudo y tosco se despliega debajo. Las montañas forman barreras que se alargan como dedos en los matorrales vacíos. Los palacios, o más bien, aquello que pasa por palacios, no pueden alzarse sobre otra cosa que la más baja de las colinas. La curvatura del planeta se encuentra con las estrellas con una serenidad y gracia que pocos de los moradores allí abajo podrán ver alguna vez. Están tan dispersos por el globo e intentan acaparar tan a ciegas cualquier tipo de conocimiento, que no es extraño que hayan sido conquistados y ni siquiera comprendan su predicamento.

El brillo del fuego que adquirí al correr hacia mi destino marcado ilumina el mundo que está debajo. Vidas enfrentadas, temerosas y regocijantes, se acurrucan en cualquier rincón fértil que puedan encontrar allí abajo. Oh, cómo observan y señalan cuando paso por encima de sus cabezas. Puedo escuchar algunos de los nombres por los que me llaman: profeta, cometa, monstruo, dios, demonio... Infinidad de nombres, ninguno se acerca ni un poco.

En la vasta extensión de un desierto, siento la punzada de la magia familiar que emana de la primera civilización entre estos salvajes. Admiren, se está construyendo un enorme disco solar. Los pobres trabajadores esclavizados golpean sus cabezas y rasgan sus ropas a mi paso. Sus crueles maestros me ven, un rayo de fuego que pasa, como un buen presagio, sin duda. Mi presencia quedará grabada en grotescos pictogramas sobre piedras ordinarias, un homenaje al gran cometa, la bendición del dios celestial que honró sus sagrados trabajos y demás. El único propósito del disco es canalizar la majestuosidad del sol en los más ''reconocidos'' de estos carnosos humanoides, para transformarlos en lo que este planeta exactamente necesita: más semidioses insufribles. Este esfuerzo va a surtir el efecto contrario. Pero supongo que pueden perdurar un poco más, quizás unos mil años, antes de caer y ser reemplazados por otros.

El desierto que está debajo desaparece en la noche detrás de mí, mientras paso por solitarias estepas, y luego, por ondulantes colinas marrones suavemente salpicadas de verde. El escenario pastoral oculta un campo manchado de sangre y cubierto de muertos y moribundos. Los sobrevivientes se abren camino con hachas ásperas y dan gritos de guerra. Un lado pierde por mucho. Hay cráneos de ciervos sobre picos clavados en la tierra, próximos a guerreros que se retuercen. Los pocos que todavía se mantienen en pie están rodeados de soldados que montan grandes bestias peludas.

Aquellos pocos derrotados y rodeados me ven y el valor parece aflorar por sus venas. Los heridos se levantan y toman sus hachas y arcos en un acto de resistencia final que toma a sus enemigos por sorpresa. No me quedaré mucho tiempo a observar el resto del pequeño enfrentamiento porque he visto este escenario desplegarse miles de veces: los sobrevivientes van a grabar mi apariencia de cometa en los muros de las cavernas. En miles de años, sus descendientes van a ondear mi imagen en estandartes e indudablemente cabalgarán en otras batallas igual de tediosas. Después de todos sus esfuerzos por capturar y registrar la historia, uno se pregunta por qué no aprenden de sus errores. Es una lección que incluso yo tuve que sufrir.

Dejo que perpetúen su oscuro ciclo.

Mi trayectoria revela más habitantes. Su repertorio colectivo de reacciones abarca la típica gama: apuntar, arrodillarse, sacrificar vírgenes en altares de piedra. Miran hacia arriba y ven un comenta, y nunca se preguntan qué yace detrás de esa abrazadora fachada. En cambio, lo dejan estampado en su propia y egocéntrica manera de ver la vida, y ensucian el esplendor de mi apariencia. Las pocas formas de vida más avanzadas, y uso tal descripción sin mucha rigidez, observan hacia arriba y toman nota de mis coordenadas en almanaques científicos en lugar de usarme como una profecía. Es ligeramente revitalizante, pero incluso su noción de intelecto en desarrollo parece indicar que soy un fenómeno que aparece frecuentemente con una órbita predecible. Oh, las hazañas que podrían lograr si tan solo... Bueno, no tiene sentido preocuparse por el desperdiciado potencial de los terrestres de mente simplona. No todo es culpa suya. A la evolución se le torna difícil cobrar fuerza en este mundo.

Sin embargo, la novedad de tal excentricidad infantil se desvaneció. Las avaras energías de mi mágica esclavitud me arrastraron de un miserable mundo a otro durante siglos. Ahora, me condujeron de vuelta a esta roca tan familiar como desagradable. La estrella que inunda la superficie con luz fue una de mis primeras creaciones, una confluencia de amor y resplandor. Oh, ese preciado momento en que sale a la vida con colores que solo su creador podría ver. Cómo extraño la nueva y chispeante energía de una estrella acariciando mi rostro y escurriéndose por mis dedos. Cada estrella emana una energía única, preciosa, que refleja el alma de su creador. Son como copos de nieve cósmicos que se consumen desafiando a la oscuridad infinita.

Desafortunadamente, los recuerdos que tanto anhelo se contaminan por la traición. Sí, aquí fue donde Targón me tendió una trampa para que le sirviera. Pero ahora no es momento de detenerse en errores pasados. Aquellos confinados Aspectos quieren que selle otra grieta... en su nombre, claro.

Es entonces que la veo. La guerrera imbuida de este mundo se encuentra sola en la cima de una de las cumbres más pequeñas y blande una lanza de piedra estelar. Me observa a través de un velo de carne anexada, una simple chispa disfrazada de rayo. Una gruesa trenza de cabello cobrizo cae sobre su hombro hasta una pechera dorada que cubre una piel pálida y pecosa. En sus ojos, la única porción de su rostro que no está protegida por un casco ajado por la guerra, destella un discordante tono escarlata.

Se hace llamar Pantheon, la furia guerrera de la encarnación de Targón. No es la primera en este mundo en usar el manto de Pantheon. Ni tampoco será la última.

Su brillante capa se agita detrás de ella cuando eleva su musculoso brazo y hace un movimiento que simula estar tirando de una enorme cadena. El tirón de mi vínculo crudamente encantado me arrastra con violencia hacia la montaña sobre la que ella está parada. Y me grita.

Me grita con una voz que retumba en mi cabeza y se transmite a través de esta insufrible corona de gemas estelares. Todos los sonidos se desvanecen cuando ella invade mi mente.

—¡Dragón! —me dice, como si fuera yo una débil bestia alada cuyas llamas de color naranja con suerte podrían llegar a incendiar un árbol.

—¡Sella su portal! —me ordena, y señala el fondo de una grieta en la roca con su pequeña lanza. No necesito ver la erosión violácea de la realidad arremolinando debajo. Podría oler el miasma en descomposición que envenena este mundo incluso antes de llegar. En cambio, clavo mi mirada en Pantheon. Ella piensa que me va a tener amansado como a un perro con correa. Hoy será diferente, he aprendido de mis errores.

— Dragón —ronroneo—. ¿Estás segura de que ordenarme con un nombre tan bajo es inteligente?

El puño de Pantheon sobre su lanza se afloja lo suficiente como para dejar caer el arma por una fracción de segundo. Retrocede un poco, alejándose de mí, como si la distancia de un simple paso pudiera protegerla de mi ira.

—Sella su portal —vuelve a decir, y grita más fuerte como si la orden anterior no se hubiera escuchado. El volumen no ayuda mucho a tapar el temblor en su voz. Impulsa su lanza hacia mí, como si un arma tan pequeña pudiera atravesarme.

Es la primera vez que veo temblar a un Aspecto de Targón. No está acostumbrada a tener que repetirme algo.

—Me voy a encargar de esos exasperantes horrores a su debido tiempo, querida Pantheon.

—Haz lo que te ordeno, dragón —Pantheon grita—, o este mundo estará perdido.

—Este mundo se perdió en el momento en que Targón se dejó dominar por la arrogancia.

Siento cómo la furia de Pantheon se mezcla con confusión mientras se esfuerza por tomar mis riendas inmateriales. En este momento solo está sintiendo lo que he descubierto. Targón está distraído y no siente su magia escurrirse vagamente de mis ataduras.

Pantheon vocifera de nuevo y, esta vez, no me puedo resistir. El crudo encantamiento recupera la soberanía de mi voluntad. Dirijo mi atención hacia la fuente de la grieta, que se encuentra en la cuenca de un valle que alguna vez fue frondoso y ahora está tapado por el sigiloso miasma morado. Siento las perversiones del Vacío canalizándose por el firmamento de la realidad y enviando oleadas de energía invisible a través de éter. Destruyen el velo que separa el vacío de la forma con su desagradable paso.

Son atraídos hacia mí, esas abominaciones con caparazones y múltiples ojos. Intentan devorarme, la mayor de sus amenazas. Desde los confines de mi mente, evoco una imagen de la superficie solar que encendí, antes de que me encadenaran, y que alguna vez encendieron los corazones de las estrellas. Lanzo rayos de puro fuego estelar e incinero oleadas y oleadas de aquellos horrores crujientes, para llevarlos de vuelta a su oblicuo infinito. Cascarones ardientes caen del cielo. Me sorprende que no se desintegren del todo, pero, nuevamente, las alimañas del Vacío no saben cómo funcionan las cosas en este universo.

Una enfermedad latente predomina en el aire. Desde el epicentro de la corrupción, siento un deseo... hambriento e indómito, alejado del sinsentido de estas comunes aberraciones brotadas del Vacío. La latente herida sobre la realidad se abre y colapsa, distorsionando y desequilibrando todo lo que toca. Lo que sea que existe del otro lado se está riendo.

Pantheon me grita otra orden, pero ignoro sus palabras. Esta fisura anómala en el universo me embelesa. No es la primera vez que tengo que tratar con algo de este tipo, pero esto se siente diferente, y no puedo más que admirar la manipulación maravillosamente aterradora de las barreras entre reinos. Pocos seres podrían desentrañar su complejidad, mucho menos pensar en poseer la magnitud de poder que se necesita para desgarrar la estructura de la existencia. En mi corazón, sé que una herida tan exquisita nunca podría ser orquestada por criaturas escurridizas. No. Debe haber algo más detrás de esta intrusión. Me estremezco de solo pensar qué tipo de entidad puede ser capaz de inducir una grieta de tal volatilidad. No necesito las órdenes de Pantheon para saber lo que tengo que hacer; la variedad de sus pedidos siempre fue de una imaginación limitada. Quiere que lance una estrella a la grieta, como si uno pudiera cauterizar tales abrasiones interdimensionales, y listo.

¿Estos torpes semidioses son mis captores?

En fin. Al menos no están tan alejados en su ''lógica'' al pensar que unas pocas abrasadoras maravillas cósmicas serían la solución a este problema. Voy a jugar el papel de un servidor obediente solo un poco más.

Disfruto de lo que hago después, en parte porque lo van a recordar, en parte porque se siente bien soltar un poco del viejo poder, pero, más que nada, porque deseo recordarle a cualquier inteligencia que controle la incursión al Vacío que nadie se ríe de mí en mi plano de existencia.

Los elementos básicos en la atmósfera se reúnen en apoyo a mi causa y se transforman en una anomalía plasmática. El prominente polvo estelar detona siguiendo mi orden tácita. El resultado es una réplica pequeña de una de mis majestuosas glorias que arden en las profundidades del espacio. Después de todo, no puedo arrojar una estrella grande a este frágil mundo.

El brillo reluciente de esta nueva estrella se escurre de mis manos. La acompañan dos hermanas, siempre a mi lado. Se escoran a mi alrededor con radiantes movimientos de ballet, sus interiores blancos y candentes devoran las nubes de polvo y materia que atraigo hacia nosotros. Nos convertimos en una tormenta de estrellas, la encarnación del cielo de noche, un enloquecedor remolino de fuego estelar. Evoco cantidades de polvo de ardientes estrellas y exhalo un calor tan puro y denso que hace colapsar, solo un poco, el aura de este mundo, lo que abraza para siempre la curvatura del planeta. Los filamentos brillantes de fuego estelar hacen piruetas en el centro de la grieta. La gravedad se funde en oleadas de color que la mayoría de los ojos nunca podrán ver. Mis estrellas distorsionan la materia cuanto más combustible se incorpora a su interior, lo que las hace fulgurar más y arder más. El espectáculo es impresionante, una danza de luces enceguecedoras y un calor tan ardiente que en un momento fugaz dan a luz nuevos espectros. Mi columna vertebral se estremece un poco de lo bien que se siente.

Los árboles se astillan. Los ríos se evaporan. Las cordilleras del valle se desmoronan en avalanchas arrasadoras. Los incansables trabajadores a cargo del disco solar, los soldados que asaltan las colinas, los soñadores, los devotos, los aterrados, los profetas del apocalipsis, los resignados, los reyes emergentes... todos aquellos que observaron el cometa pasar con ojos egoístas ven la supernova como un nuevo amanecer. En este patético mundo, mi resplandor convierte una noche oscura en un fantástico día. ¿Qué ficción evocarán para explicar este fenómeno?

Ni siquiera mis amos targonianos presenciaron alguna vez tal despliegue de mi poder. Ciertamente, ningún mundo terrestre alguna vez tuvo cicatrices tan profundas como la que dejó aquel valle alguna vez frondoso. Cuando haya terminado, nada quedará.

Ni siquiera esta encarnación de Pantheon. No puedo decir que voy a extrañarla a ella o a sus gritos sin sentido.

Tras las secuelas de mi masacre, las montañas en llamas colapsan en arroyos de escombros fundidos que ahora fluyen por el valle. Esta es la cicatriz que le dejé a este mundo. Una sobrecarga de dolor se despliega por mi cuerpo que emana de esa corona infernal. Es el precio que tengo que pagar.

Mi cabeza vuela y mis ojos se llenan de la triste imagen de una estrella moribunda. Mi corazón se estruja. Mi mente vacila. Una abrumadora sensación de desesperación rebota en mi alma, emanando de una profunda e inmediata pena, la de la comprensión latente de haber perdido algo precioso por tu culpa.

Ciertas formas de vida curiosas que conocí en el pasado una vez me preguntaron cómo podía recordar cada estrella que había creado. Si al menos pudieran sentir lo que era crear una sola estrella, entenderían lo irrelevante de su pregunta. Por eso es que sé cuándo incluso uno sola de mis queridas hijas deja de existir, cuando emana chorros de energía y, con ello, la sustancia misma de mi propio espíritu. Veo su muerte anunciar el fin de los cielos. Brilla fuerte por última vez en una detonación ígnea que momentáneamente ahoga a sus hermanos y hermanas. Mi corazón se sobresalta al ver los cielos apagarse como castigo por entregarle mi poder a Targón.

Un sol es el precio de un solo Pantheon. Este es el costo de mi ilimitada ira. Este es el tipo de brujería tosca con la que tengo que tratar.

En cuestión de segundos, recuperaron el control de mis riendas y me llaman para una nueva tarea. En ningún otro mundo pude demostrar tal despliegue de libertad, por más fugaz que haya sido. Y lo importante es que pude aprender de sus errores. Un pedazo de mí es libre ahora y, con el tiempo, volveré a este mundo, accederé a este misterioso pozo de energía y me liberaré de lo que queda de mi vínculo.

Me sintonizo con la esencia de la guerra que retuerce y se contorsiona entre cuerpos esparcidos por el cosmos. No estaba feliz de perder su avatar mortal en este mundo. Ya un nuevo anfitrión malhadado fue elegido para transformarse en la próxima iteración de Pantheon, un soldado de Rakkor, una tribu que se aferró a la base de la montaña de Targón y absorbe su poder como percebes. Un día, conoceré a esta nueva encarnación de Pantheon. Quizá encontrará una nueva arma y abandonará esa ridícula lanza. Puedo sentir la ralea celestial de Pantheon esparcida por todo el cosmos. En una sola instancia, toda su atención se concentra en este mundo, donde uno de sus Aspectos terrenales se evaporó por su propia arma. Su confusión se mezcla con una creciente desesperación mientras se enfrentan unos con otros por recuperar el control sobre mí. Cómo me gustaría ver sus rostros.

Al lanzarme de la gravedad de este mundo, esta Runaterra, siento una emoción que nunca antes había experimentado de Targón.

Miedo.

''Acobardarse. Rezar. Implorar.Todas son reacciones aceptables''.

TARIC

EL ESCUDO DE VALORAN

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Taric es el Aspecto del Protector, y gracias a su increíble poder es el guardián de la vida, el amor y la belleza en Runaterra. Caído en desgracia debido a la negligencia de su deber y exiliado de su tierra, Demacia, Taric ascendió el Monte Targón buscando la redención, y lo que encontró en la cima fue el llamado de las estrellas. Imbuido con el poder del Targón ancestral, el Escudo de Valoran no descansa en su deber de vigilar la traicionera corrupción del Vacío.

Como leal guardián de Demacia, todo el mundo esperaba que Taric fuera un modelo de dedicación abnegada y centrada en los ideales de rey y país. Aunque siempre se consideró un protector, en ningún momento puso límites sobre a qué o quién proteger; podía tratarse de un ideal, una obra de arte, o la vida de un desconocido. Todo tenía su valor. Todo tenía su belleza.

Muchos de los contemporáneos de Taric se centraban en los principios marciales de la batalla (algo que Taric dominaba sin esfuerzo). El joven guerrero, en cambio, se sentía atraído por las frágiles maravillas que daban sentido a la vida, y no por las brutales conquistas en nombre de una bandera o de una corona.

Esa filosofía podía ser peligrosa, especialmente teniendo en cuenta la posición de Taric en la jerarquía militar demaciana, pero él decidió dedicarse a comprender las simples verdades del amor, la belleza y la vida para poder convertirse en su campeón. Admirado por todos, Taric utilizaba su candor irresistible y calidez innata para superar la mayoría de los obstáculos y, en los raros casos en que eso no funcionaba, recurría a su habilidad con el martillo y la espada.

A medida que la búsqueda de conocimiento de Taric fue aumentando, faltó a sesiones de entrenamiento de combate para deambular por el bosque tratando de ver a un raro animal, dejó de asistir a desfiles por estar en una taberna escuchando la simple y hermosa balada de un bardo y se saltó reuniones del regimiento para observar cómo el manto plateado de la noche se cernía sobre las afueras. Taric sabía que, a su manera, estaba entrenando tan a conciencia como sus compañeros demacianos, pero sus superiores no compartían su perspectiva.

La naturaleza informal y relajada de Taric y su falta de interés por el deber con la patria hicieron que prácticamente todos los miembros de la autoridad se enemistaran con él; su familia, su rey, y sobre todo su amigo de toda la vida, Garen. Aunque la gente del pueblo veía a Taric como a un bribón encantador, Garen veía en él lo que realmente era: un hombre con el potencial de convertirse en uno de los mayores héroes de Demacia. El hecho de que Taric pareciera estar dando la espalda a su destino y a su país enfurecía a Garen.

Llegó un punto en que ni siquiera su antiguo amigo pudo protegerlo, y la carrera militar de Taric comenzó a derrumbarse. Fue degradado una vez tras otra y alejado cada vez más del corazón de Demacia, hasta que se encontró comandando a un pequeño grupo de reclutas, asignado a la defensa de una irrelevante fortaleza en ruinas, cerca de la zona fronteriza. Después de pasar semanas en el barro y bajo la lluvia tal como le habían ordenado y sin ningún peligro evidente, Taric decidió permitir que sus hombres durmiendo un poco mientras el salía a explorar un templo cercano para apreciar su arquitectura ciclópea.

Cuando la luz matutina se coló en el templo por el claustro, Taric decidió volver a la fortaleza y ver cómo estaban sus hombres. Lo que se encontró al llegar era una carnicería. Sus tropas habían sido asesinadas mientras dormían, y los cuerpos tenían el distintivo mordisco de los monstruosos depredadores del Vacío.

Taric les había fallado a sus hombres, a su país y lo más doloroso de todo, su misión personal de proteger la vida.

Cuando volvió a Demacia, a Taric le fue arrebatado su rango, y Garen lo sentenció a “la Corona de Piedra”, una ceremonia en la que el soldado sin honor debía ascender el Monte Targón. Todos consideraban esto una sentencia de muerte, pues muy pocos mortales habían podido sobrevivir el ascenso.

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Y aunque los soldados deshonrados solían aprovechar la Corona de Espinas para comenzar una nueva vida en el exilio, Taric decidió expiar su error de verdad y emprendió el viaje hacia la escalada imponente del Monte Targón.

La ascensión casi le cobró la vida varias veces, en cuerpo y alma, pero Taric siguió avanzando a pesar del dolor, del remordimiento de su error, de los fantasmas de sus hombres caídos y del resto de pruebas que le impuso la montaña.

Cuando se acercaba a la cima, Taric se tuvo que enfrentar a una miríada de realidades en conflicto que no parecía tener fin, y cada una de aquellas existencias distorsionadas le ofrecía una nueva visión horrible. Taric presenció la infinidad de destinos que podían aguardar a quienes no tenían a nadie que los protegiera en tiempos de crisis. Vio la Biblioteca de Alabastro engullida por las llamas, y a pesar de ello se adentró en aquel infierno para recuperar la poesía de Tung. Gritó de rabia cuando la Guardia de Hielo empujó al último de los venados oníricos por un precipicio, e incluso saltó al vacío en un intento desesperado de salvarlo. Se encontró ante las grandes puertas de ébano de Noxus, y cayó de rodillas al contemplar el cuerpo de Garen destrozado y encadenado como un aviso. Entre Taric y su amigo se interponía toda la fuerza militar de Noxus, pero Taric no dudó en alzar su escudo y cargar contra ellos. Cuando recuperó el cuerpo de Garen, el joven guerrero emprendió el camino hacia Demacia cargando con su peso y a sabiendas de que, cuando llegara, sería ejecutado. Mientras caminaba, Taric alzó la mirada. Cuando lo hizo, los campos ensangrentados de Noxus se convirtieron en el extenso cielo estrellado del Monte Targón.

Su juicio había terminado. Taric, libre de toda visión ilusoria, vio que se encontraba en la cima de la montaña, y que no estaba solo.

Ante él había algo con forma humana cuyo ropaje parecía la noche misma. Aunque sus rasgos estaban delimitados por el brillo de las estrellas, Taric se sorprendió por lo extrañamente familiar que le resultaba.

Su voz sonaba como un millar de susurros, tajantes como el viento en la montaña. Aún sin oír una sola palabra reconocible, Taric comprendió con total claridad el propósito de aquella figura.

Se llamó a sí mismo ''el Protector''.

Impresionado por la firme resolución de Taric, aquel ser místico consideró que el héroe demaciano caído en desgracia era un avatar digno, así que lo imbuyó con sus poderes etéreos. El Protector le contó a Taric verdades que él ya había sabido toda su vida, y también de la envestidura para la que, sin él saberlo, se había estado preparando con cada una de las decisiones que lo habían llevado hasta la cima de la montaña.

Antes de que los susurros del Protector se desvanecieran, Taric recibió un último aviso: él sería el Escudo de Valoran, y tendría que hacer frente a una oleada de locura absoluta, un océano de dientes rechinantes por el deseo de consumirlo todo y un horror escuálido nacido en el Vacío.

Cuando aceptó aquel reto casi imposible, Taric renació dotado de poder y de un propósito, y ahora se dedica en cuerpo y alma a su deber: ser el firme guardián del mundo entero.

EL HUÉSPED INESPERADO

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Me detengo a contemplar el campo que antaño fuera verde, que hoy está de repleto de cicatrices y arruinado por la batalla.

La pérdida de vidas será inmensa, pero no puedo salvar a quienes buscan su propia destrucción. Todos esos hijos, todos esos padres, todos esos futuros perdidos. Demacianos y noxianos, siempre echándose a la garganta del otro, atraídos magnéticamente por algo más insignificante que ellos.

Sus altivos ideales cuentan con muchos defensores, y todos se interponen en mi camino, matándose casi con alegría por un pedazo de tierra, sin tener idea de su verdadera importancia. Dos ejércitos entrelazados, ambos entregados a su danza mortal.

Podría intentar razonar con ellos, hacer que la batalla se produjera en otro lugar, pero mis excompatriotas ven en mí algo de traidor y algo de dios iracundo, y los noxianos... bueno, los noxianos nunca han destacado por su paciencia.

Mis armas habituales (ingenio, encanto y calidez) no me van a servir aquí, en este pozo de desesperación. Así que aparto a quienes me estorban, y me encargo de quienes intentan detenerme. Mientras me acerco al objetivo, a mi alrededor suceden todos los horrores imaginables que un alma podría infligir a otra.

Y ahí, en el mismísimo epicentro de la furia de la batalla, el rayo de color llama mi atención; una delicada forma de vida a punto de perecer por culpa de unas botas llenas de barro y muerte. Manteniéndose firme con valor, no cede a la grisura mortecina de los brutos que luchan a su alrededor. Tan hermosa como una campana de cristal. Esta flor es la última de su especie. Si muere, nunca más habrá otra igual. No puedo permitir que eso suceda.

Los dos comandantes enfrentados dejan de luchar cuando me ven acercarme, un invitado no deseado en sus últimos momentos. Se giran hacia mí, aliados de repente por la indignación de mi intrusión.

Soy el centro de las miradas de ambos ejércitos, en una aparente invitación a aceptar el frío abrazo de la muerte proveniente de todas direcciones. Pero al contrario de todos esos hombres que se acercan a mí con cautela y con la espada temblándoles en la mano, yo sé por qué lucho.

''Las mejores armas son hermosas''.

Referencias

http://lan.leagueoflegends.com/es/site/mount-targon/index.html

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