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Taric/Historia

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"Las mejores armas son hermosas".
 - Taric Taric

Taric Taric es el Aspecto del Protector, y gracias a su increíble poder es el guardián de la vida, el amor y la belleza en Runaterra. Caído en desgracia debido a la negligencia de su deber y exiliado de su tierra, Demacia, Taric ascendió el Monte Targón buscando la redención, y lo que encontró en la cima fue el llamado de las estrellas. Imbuido con el poder del Targón ancestral, el Escudo de Valoran no descansa en su deber de vigilar la traicionera corrupción del Vacío.

Historia

Como leal guardián de Demacia, todo el mundo esperaba que Taric fuera un modelo de dedicación abnegada y centrada en los ideales de rey y país. Aunque siempre se consideró un protector, en ningún momento puso límites sobre a qué o quién proteger; podía tratarse de un ideal, una obra de arte, o la vida de un desconocido. Todo tenía su valor. Todo tenía su belleza.

Muchos de los contemporáneos de Taric se centraban en los principios marciales de la batalla (algo que Taric dominaba sin esfuerzo). El joven guerrero, en cambio, se sentía atraído por las frágiles maravillas que daban sentido a la vida, y no por las brutales conquistas en nombre de una bandera o de una corona.

Esa filosofía podía ser peligrosa, especialmente teniendo en cuenta la posición de Taric en la jerarquía militar demaciana, pero él decidió dedicarse a comprender las simples verdades del amor, la belleza y la vida para poder convertirse en su campeón. Admirado por todos, Taric utilizaba su candor irresistible y calidez innata para superar la mayoría de los obstáculos y, en los raros casos en que eso no funcionaba, recurría a su habilidad con el martillo y la espada.

A medida que la búsqueda de conocimiento de Taric fue aumentando, faltó a sesiones de entrenamiento de combate para deambular por el bosque tratando de ver a un raro animal, dejó de asistir a desfiles por estar en una taberna escuchando la simple y hermosa balada de un bardo y se saltó reuniones del regimiento para observar cómo el manto plateado de la noche se cernía sobre las afueras. Taric sabía que, a su manera, estaba entrenando tan a conciencia como sus compañeros demacianos, pero sus superiores no compartían su perspectiva.

La naturaleza informal y relajada de Taric y su falta de interés por el deber con la patria hicieron que prácticamente todos los miembros de la autoridad se enemistaran con él; su familia, su rey, y sobre todo su amigo de toda la vida, Garen. Aunque la gente del pueblo veía a Taric como a un bribón encantador, Garen veía en él lo que realmente era: un hombre con el potencial de convertirse en uno de los mayores héroes de Demacia. El hecho de que Taric pareciera estar dando la espalda a su destino y a su país enfurecía a Garen.

Llegó un punto en que ni siquiera su antiguo amigo pudo protegerlo, y la carrera militar de Taric comenzó a derrumbarse. Fue degradado una vez tras otra y alejado cada vez más del corazón de Demacia, hasta que se encontró comandando a un pequeño grupo de reclutas, asignado a la defensa de una irrelevante fortaleza en ruinas, cerca de la zona fronteriza. Después de pasar semanas en el barro y bajo la lluvia tal como le habían ordenado y sin ningún peligro evidente, Taric decidió permitir que sus hombres durmiendo un poco mientras el salía a explorar un templo cercano para apreciar su arquitectura ciclópea.

Cuando la luz matutina se coló en el templo por el claustro, Taric decidió volver a la fortaleza y ver cómo estaban sus hombres. Lo que se encontró al llegar era una carnicería. Sus tropas habían sido asesinadas mientras dormían, y los cuerpos tenían el distintivo mordisco de los monstruosos depredadores del Vacío.

Taric les había fallado a sus hombres, a su país y lo más doloroso de todo, su misión personal de proteger la vida.

Cuando volvió a Demacia, a Taric le fue arrebatado su rango, y Garen lo sentenció a “la Corona de Piedra”, una ceremonia en la que el soldado sin honor debía ascender el Monte Targón. Todos consideraban esto una sentencia de muerte, pues muy pocos mortales habían podido sobrevivir el ascenso.

Y aunque los soldados deshonrados solían aprovechar la Corona de Espinas para comenzar una nueva vida en el exilio, Taric decidió expiar su error de verdad y emprendió el viaje hacia la escalada imponente del Monte Targón.

La ascensión casi le cobró la vida varias veces, en cuerpo y alma, pero Taric siguió avanzando a pesar del dolor, del remordimiento de su error, de los fantasmas de sus hombres caídos y del resto de pruebas que le impuso la montaña.

Cuando se acercaba a la cima, Taric se tuvo que enfrentar a una miríada de realidades en conflicto que no parecía tener fin, y cada una de aquellas existencias distorsionadas le ofrecía una nueva visión horrible. Taric presenció la infinidad de destinos que podían aguardar a quienes no tenían a nadie que los protegiera en tiempos de crisis. Vio la Biblioteca de Alabastro engullida por las llamas, y a pesar de ello se adentró en aquel infierno para recuperar la poesía de Tung. Gritó de rabia cuando la Guardia de Hielo empujó al último de los venados oníricos por un precipicio, e incluso saltó al vacío en un intento desesperado de salvarlo. Se encontró ante las grandes puertas de ébano de Noxus, y cayó de rodillas al contemplar el cuerpo de Garen destrozado y encadenado como un aviso. Entre Taric y su amigo se interponía toda la fuerza militar de Noxus, pero Taric no dudó en alzar su escudo y cargar contra ellos. Cuando recuperó el cuerpo de Garen, el joven guerrero emprendió el camino hacia Demacia cargando con su peso y a sabiendas de que, cuando llegara, sería ejecutado. Mientras caminaba, Taric alzó la mirada. Cuando lo hizo, los campos ensangrentados de Noxus se convirtieron en el extenso cielo estrellado del Monte Targón.

Su juicio había terminado. Taric, libre de toda visión ilusoria, vio que se encontraba en la cima de la montaña, y que no estaba solo.

Ante él había algo con forma humana cuyo ropaje parecía la noche misma. Aunque sus rasgos estaban delimitados por el brillo de las estrellas, Taric se sorprendió por lo extrañamente familiar que le resultaba.

Su voz sonaba como un millar de susurros, tajantes como el viento en la montaña. Aún sin oír una sola palabra reconocible, Taric comprendió con total claridad el propósito de aquella figura.

Se llamó a sí mismo “el Protector”.

Impresionado por la firme resolución de Taric, aquel ser místico consideró que el héroe demaciano caído en desgracia era un avatar digno, así que lo imbuyó con sus poderes etéreos. El Protector le contó a Taric verdades que él ya había sabido toda su vida, y también de la envestidura para la que, sin él saberlo, se había estado preparando con cada una de las decisiones que lo habían llevado hasta la cima de la montaña.

Antes de que los susurros del Protector se desvanecieran, Taric recibió un último aviso: él sería el Escudo de Valoran, y tendría que hacer frente a una oleada de locura absoluta, un océano de dientes rechinantes por el deseo de consumirlo todo y un horror escuálido nacido en el Vacío.

Cuando aceptó aquel reto casi imposible, Taric renació dotado de poder y de un propósito, y ahora se dedica en cuerpo y alma a su deber: ser el firme guardián del mundo entero.

El huésped inesperado

Me detengo a contemplar el campo que antaño fuera verde, que hoy está de repleto de cicatrices y arruinado por la batalla.

La pérdida de vidas será inmensa, pero no puedo salvar a quienes buscan su propia destrucción. Todos esos hijos, todos esos padres, todos esos futuros perdidos. Demacianos y noxianos, siempre echándose a la garganta del otro, atraídos magnéticamente por algo más insignificante que ellos.

Sus altivos ideales cuentan con muchos defensores, y todos se interponen en mi camino, matándose casi con alegría por un pedazo de tierra, sin tener idea de su verdadera importancia. Dos ejércitos entrelazados, ambos entregados a su danza mortal.

Podría intentar razonar con ellos, hacer que la batalla se produjera en otro lugar, pero mis excompatriotas ven en mí algo de traidor y algo de dios iracundo, y los noxianos... bueno, los noxianos nunca han destacado por su paciencia.

Mis armas habituales (ingenio, encanto y calidez) no me van a servir aquí, en este pozo de desesperación. Así que aparto a quienes me estorban, y me encargo de quienes intentan detenerme. Mientras me acerco al objetivo, a mi alrededor suceden todos los horrores imaginables que un alma podría infligir a otra.

Y ahí, en el mismísimo epicentro de la furia de la batalla, el rayo de color llama mi atención; una delicada forma de vida a punto de perecer por culpa de unas botas llenas de barro y muerte. Manteniéndose firme con valor, no cede a la grisura mortecina de los brutos que luchan a su alrededor. Tan hermosa como una campana de cristal. Esta flor es la última de su especie. Si muere, nunca más habrá otra igual. No puedo permitir que eso suceda.

Los dos comandantes enfrentados dejan de luchar cuando me ven acercarme, un invitado no deseado en sus últimos momentos. Se giran hacia mí, aliados de repente por la indignación de mi intrusión.

Soy el centro de las miradas de ambos ejércitos, en una aparente invitación a aceptar el frío abrazo de la muerte proveniente de todas direcciones. Pero al contrario de todos esos hombres que se acercan a mí con cautela y con la espada temblándoles en la mano, yo sé por qué lucho.

El ascenso

"Un soldado condenado al exilio asciende el Monte Targón buscando Redención, y lo que encuentra en la cima es su llamado".

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Referencias

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