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Vladimir/Historia

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Campeón Historia Estrategia Aspectos y Curiosidades


Detalles del Campeón
Lealtad/Hogar
Amigos
SwainSquare.png
EliseSquare.png
Swain Elise
Rivales
DariusSquare.png
VayneSquare.png
Darius Vayne

Hay un templo escondido en las montañas que separan Noxus y las Llanuras de la Tempestad, donde se guardan los secretos de una brujería tan antigua como aterradora. El área que lo rodea está cubierta de los cadáveres desangrados de quienes cometieron el error de aproximarse demasiado a él. Esto solo contribuyó a llamar la atención de Vladimir cuando, de joven, recorrió estas montañas mientras escapaba de Noxus. Un día antes, Vladimir, siendo todavía un adolescente, había asesinado a dos muchachos de su edad sin más razón que disfrutar de la embriagadora sensación de ver como manaba la sangre carmesí de su interior. Al instante se dio cuenta de que nunca podría reprimir sus impulsos homicidas y, si se quedaba en Noxus, sus malos actos acabarían por costarle caros. Así que, sin vacilar un instante, abandonó la ciudad estado y se dirigió hacia el sur.

El rastro de cadáveres lo llevó hasta un templo de piedra en ruinas. En su interior se encontró con un monje anciano que lo observó con ojos de color escarlata. Vladimir sorprendió al monje devolviéndole su cruel mirada sin vacilar. Al reconocer los siniestros apetitos del joven, el monje decidió enseñar a Vladimir a manipular y controlar el fluido de la vida, a menudo utilizando a los viajeros como conejillos de indias. Al llegar la hora de la última lección, el monje le advirtió de que un fracaso significaría la muerte. Vladimir no fracasó, pero el éxito conllevó una amarga sorpresa. Durante el ritual, la sangre del monje, hasta la última gota, abandonó su cuerpo y se fundió con la de Vladimir, que de ese modo quedó imbuido con su esencia y la de todos los hemomantes que lo habían precedido. Vladimir se encontró de repente solo y despojado de todo propósito, así que decidió regresar a Noxus y solicitó el ingreso en la Liga para demostrar la supremacía de su arte. Al observar el espantoso destino que se abatía sobre los guardias del palacio, los miembros del Alto Mando Noxiano decidieron valerse de los funestos talentos de Vladimir.

Eso que fluye por tus venas va a pasar a hacerlo fuera de ellas.
―Vladimir

Juicio de la Liga

Candidato: Vladimir
Fecha: 27 de julio, 20 CLE
OBSERVACIONES

Vladimir se mueve como si tuviese un propósito, su largo cabello y su túnica ondulan dramáticamente tras él mientras sus largos pasos lo guían velozmente a su destino. Los tacones de sus pulcras botas chocan contra los pisos de mármol del Instituto de la Guerra, un clamor impropio para el opresivo silencio general. Vislumbra su objetivo al frente, una gran puerta de piedra.

La espléndida actitud de nuestro invitado es una artimaña; una trampa para aquellos suficientemente estúpidos como para no ver más allá de la superficie. El cabello perfectamente arreglado, el atuendo extravagante, las uñas bien cuidadas… esas marcas de nobleza son falsas. Aquellos verdaderamente perceptivos no serán engañados por esta farsa. Desde sus rasgos crueles y angulares, hasta la perversa, aunque regia, joyería que adorna sus dedos, no cabe la menor duda: es un predador.

Vladimir se detiene por un momento al llegar, saboreando el momento. Admira la artesanía con una mirada voluble y ávida. Un par de panteras vigilan desde el relieve del arco de marfil, sus ágiles formas, un tributo al talento de su artesano. Una inscripción en la cima anuncia su destino: “El verdadero enemigo yace aquí.” Extiende su mano para acariciar la roca pulida. Las puertas se abren al tacto, deslizándose silenciosamente. Más allá sólo hay oscuridad. Vladimir lame sus delgados labios, y entra.

REFLEJO

Vladimir permanecía de pie en la oscuridad de la Cámara Reflejante. Por un momento sólo hubo silencio y el expectante latido de su corazón. Entonces apareció un susurro.

“Vladimir, hijo,” llamó una voz desde la negrura. La reconoció al instante, y su cabello se erizó. De la oscuridad emergió otra figura, de estatura similar, pero vestido con las ropas sencillas de un monje. Su cabello cenizo sólo rivalizaba con la enfermiza palidez de su piel. Sus ojos eran enteramente de color carmesí.

"Dmitri?" Vladimir preguntó, incrédulo, “pero, maestro, te has ido. Te maté.”

La figura echo la cabeza hacia atrás con una carcajada estridente. “Yo no puedo desaparecer, Vladimir. Soy parte de ti.” Como respuesta, el cuerpo del monje se disolvió en fina niebla roja. El olor metálico de la sangre llenó el aire. Vladimir cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que el cálido vapor lo cubriera con su abrazo.


El sonido de una respiración aguda y trabajosa lo sacó de su ensimismamiento. Sus ojos se abrieron de golpe, revelando un claro en un tranquilo bosque. Su corazón se aceleró de emoción. A sus pies yacían dos figuras mutiladas – una quieta, la otra jadeando – ambas cubiertas en sangre. Vladimir se examinó asombrado. Era un muchacho de quince años. En su mano derecha sujetaba un cuchillo de caza con fuerza – con tanta fuerza que el mango lo había cortado. Sus finas ropas estaban cubiertas de escarlata. Conocía este momento. Esos eran sus amigos. Fueron los primeros.

La desmembrada figura se arrastró hacia él, levantando la vista en una mezcla de tristeza y perplejidad. Su expresión se volvió una de odio puro. Una mano se adelantó, alcanzando su bota. Vladimir se alejó trastabillando para librarse del muchacho agonizante. El niño abrió la boca como si fuera a gritar, pero no salió ningún sonido. En vez de ello, un torrente de sangre se derramó entre sus labios manchando la tierra. Extendió un dedo acusador hacia su asesino. Vladimir soltó el cuchillo, y la oscuridad lo cubrió.


Un momento después se encontraba al pie de un camino montañoso a la sombra de una gran estructura. Ante él, apoyado en una lanza, yacía un cadáver blanquecino. Bajo él nacía una fuente de sangre, labrada en las rocas con herramientas primitivas. Alzó la mirada, levantando la mano para cubrir su rostro lastimado por el viento. El camino que se extendía ante él tenía quizás una docena de especímenes semejantes, colocados a intervalos similares. Sintió la familiar aceleración de su pulso. Con la emoción cubriendo cualquier sensación de peligro, escaló.

Vagando por los pasillos de la antigua estructura y con el rastro de cuerpos drenados de sangre guiando su camino, la agitación de Vladimir crecía. Por fin llegó a un gran salón. Por encima de su cabeza colgaban cadáveres, su sangre formando charcos sobre el piso. Al frente de la macabra escena se encontraba un monje con túnica, con el cabello peinado lejos de su rostro. Sus ojos carmesí brillaban amenazadoramente en su rostro pálido e implacable mientras hacía una seña al atónito viajero para que se acercara.

Vladimir se acercó sin parpadear, hipnotizado por el espectáculo, con sus ojos fijos en el hombre ante él. El monje le miraba con curiosidad. “¿Acaso no tienes miedo, muchacho?” preguntó con interés. Vladimir negó con la cabeza, sin palabras, sin apartar la mirada.

“Veo lo que eres,” continuó el monje, “Eres un heraldo, hijo mío. Un Segador Carmesí, que ha venido por lo que le pertenece.” Sonrió macabramente, dejando escapar una breve risa. “¿Cuál es tu nombre, joven?”

“Me llamo Vladimir,” balbuceó el desconcertado muchacho.

“Ahora estás bajo mi cuidado, Vladimir,” replicó el anciano, sonriendo. “No me decepciones.”


Vladimir miró fijamente a su mentor a los ojos. La imagen hizo que corriera hielo por sus venas. Había matado a este hombre. Había tomado su sangre. Y Dmitri se lo había pedido; lo había amenazado con la muerte si se rehusaba. La habitación se oscureció en torno suyo de nuevo, dejándolo con el fantasma de su maestro. El monje cruzó los brazos encima de su pecho. “¿Por qué quieres unirte a la Liga, Vladimir?” Preguntó Dmitri interesado.

“Deseo traer honor a mi noble casa y perfeccionar mi arte,” Vladimir respondió de inmediato.

La aparición frente a él sonrió divertida. “¿Por qué quieres unirte a la Liga, Vladimir?” repitió.

“Para luchar por la gloria de Noxus, mi hogar,” Vladimir respondió, titubeante.

La sonrisa de Dmitri se desvaneció. Parecía disgustado. “¿Por qué quieres unirte a la Liga, Vladimir?” su voz resonó.

El rostro de Vladimir se oscureció. Respondió, lentamente esta vez, “Debo matar.”

El monje anciano asintió. “¿Cómo se siente? Revelar tu mente,” preguntó.

Vladimir mostró sus dientes. “A decir verdad, liberador, " replicó. Como si fuese una respuesta, la puerta a sus espaldas se abrió de par en par, cubriéndolo de luz. Estaba solo.

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